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Durante el siglo XIX la idea de que la luz era un fenómeno ondulatorio estaba
bastante afirmada. Las ondas que pueden observarse habitualmente a nivel
macroscópico siempre son perturbaciones de algún medio material: las ondas de
sonido son oscilaciones de las moléculas de aire, las ondas en un estanque son
oscilaciones de las moléculas de agua, las ondas en una soga son oscilaciones de
las moléculas que componen la soga, etc.
Por ese motivo resultó natural suponer que existía un medio material necesario
para la propagación de las ondas luminosas. A este medio se lo llamó éter. Esta
palabra ha tenido muchos usos a través del tiempo en explicaciones sobre la
naturaleza, cuando se necesitaba postular la existencia de algún fluido que
hiciera posible algún proceso (se ha hablado alguna vez de cierto éter que
conduciría las sensaciones de una parte a otra del cuerpo humano).
El
éter lumínico, de existir, debía tener propiedades muy particulares: ser lo
suficientemente tenue como para llenar todos los espacios, incluso el interior
de los cuernos transparentes o traslúcidos, y ser lo suficientemente rígido como
para poder transmitir ondas de altísima frecuencia como las que conforman la
luz. Los años pasaban y nadie podía diseñar una experiencia en la que se
manifestara claramente la presencia del éter.
Si el
éter llenaba también el espacio interestelar a lo largo de todo el Universo,
esto hacía surgir una pregunta: ¿El mar de éter estaba fijo en el espacio y a
través de éste se movían los astros sin perturbarlo, o cada planeta arrastraba
el éter como si friera una atmósfera? La sistema de referencia absoluto respecto
del cual se moverían todos los otros cuerpos. Y como la luz se propagaría a
velocidad c en el éter estacionario, desde un cuerpo en movimiento, como la
Tierra, se vería que la luz se mueve a distintas velocidades según lo haga en la
misma dirección del movimiento terrestre, en sentido contrario o
perpendicularmente.

Cuando el haz de luz viaja en la misma dirección y sentido que la Tierra, su
velocidad relativa a ésta es c — y. Cuando viaja en una sentido contrario, su
velocidad vista desde la Tierra es c + y.
En
1887, el físico Albert A. Michelson (1852-1931) diseíió un interferómetro y,
junto con el químico Edward W Morley (1838-1923), realizó un experimento que
debía mostrar la diferencia en las velocidades, vistas desde la Tierra, de dos
rayos que se mueven en direcciones diferentes. Se usaban dos rayos provenientes
de la misma fuente (para asegurar la coherencia), y luego de desplazarse en
direcciones perpendiculares, se los hacia interferir.
La
clave del experimento residía
en que el patrón de interferencia debía cambiar si se rotaba el aparato con
respecto a la dirección del movimiento de la Tierra.
El
aparato original tenía muchos espejos para aumentar el camino recorrido por los
rayos hasta unos 10 m, y así aumentar el efecto de interferencia. El dispositivo
descansaba sobre una gran piedra que flotaba en mercurio.

El
experimentador iba observando el patrón de franjas mientras hacía rotar
lentamente la piedra. Hicieron miles de mediciones en diferentes puntos de la
órbita terrestre y nunca notaron ni siquiera el mínimo corrimiento en el patrón
de franjas. La orientación de los rayos de luz con respecto al movimiento de la
Tierra no parecía afectar el movimiento de aquéllos. Algunos años más tarde,
Michelson también investigó interferométricamente la posibilidad de que la
Tierra arrastrara con ella al éter y demostró que esto tampoco era posible.
La
teoría del éter fue abandonada.
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