EUTANASIA:
Muchas confesiones religiosas, como la cristiana y la judía, creen
que Dios dá la vida y por lo tanto sólo a El corresponde la potestad de
quitarla. En este
contexto, la eutanasia sería considerada como rechazo a la soberanía de Dios.
Desde otro punto de vista, sin embargo se califica de injusta la utilización
de un argumento religioso para decidir política y públicamente sobre un tema
tan trascendental y complejo como éste
Ramón
Sampedro (Porto do Son, 5 de enero de 1943 – Boiro, 12 de enero de 1998) fue
un marino y escritor español. Tetrapléjico desde los 25 años, desarrolló una
intensa actividad de petición judicial para poder morir y que, dado que su
estado le impedía hacerlo personalmente, la persona o personas que le
auxiliasen no incurriesen en delito.
Algunos antecedentes históricos
La civilización griega fue la primera en emplear la palabra euthanasia, para
quienes significaba una buena muerte (tahanatos). La misma era aprobada por el
estado, ya que los gobernadores contaban con veneno para todo aquel que deseaba
morir, otorgándoles a su vez una autorización oficial: «Quien no desee vivir
debe exponer los motivos al Senado y una vez lo haya recibido, puede quitarse la
vida. Si existencia te resulta odiosa, muere; si el destino te es adverso, bebe
cicuta. Si la pena te abruma, abandona la vida. Dejad que el infeliz relate su
desgracia, dejad que el magistrado le proporcione el remedio para que él mismo
pueda ponerle fin». Esto sucedía básicamente en Atenas, Quíos y Massalia.
Sin lugar a dudas, que Grecia era una
sociedad que aceptaba la eutanasia como práctica ideada hacia un buen morir, con
la finalidad de evitar la mala vida. Sin embargo, esta práctica tiene sus
defensores y detractores desde la antigüedad, hasta nuestros días. Por ejemplo,
desde épocas muy remotas quienes defendían a la eutanasia eran Sócrates y
Platón, quienes se aferraban a la idea de que una enfermedad dolorosa y que
llevara a un alto sufrimiento, sería una buena razón para dejar de vivir.
Heródoto era un médico, y profesor de Hipócrates, condenado por el filósofo en
la República por «fomentar las enfermedades e inventar la forma de prolongar la
muerte» y agrega «por ser maestro y de constituir enfermiza; ha encontrado la
manera, primero de torturarse a sí mismo, y después al resto del mundo». Pese a
ello, hay quienes se oponían a esta práctica condenándola, por ejemplo grupos
como los pitagóricos, aristotélicos y epicúreos.
No obstante, Grecia no fue la única que
permitía este tipo de práctica. En Roma, se creía que un enfermo Terminal podía
suicidarse porque poseía motivos suficientes y valederos para hacerlo. Por lo
que sólo se penalizaba al suicidio ilógico y sin relación al padecimiento de una
enfermedad. Entonces la ideología romana era que vivir notablemente significaba
por lo tanto morir de la misma manera. Tal es así que hasta los aristócratas
prisioneros se les concedía frecuentemente evitar ser ejecutados mediante la
opción del suicidio. Imaginémoslos a través de las palabras de Séneca el
estoico: «Hay una gran diferencia entre un hombre que prolonga su vida o su
muerte. Si el cuerpo ya no sirve para nada, ¿por qué no debería liberarse al
alma atormentada? Quizá sería mejor hacerlo un poco antes, ya que cuando llegue
ese momento es posible que no pueda actuar».
Este hecho comenzó a girar radicalmente
cuando el suicidio es castigado con la negación de una “cristiana sepultura” a
la persona que violentaba contra su propio vida. Hecho que tomó su impulso
cuando en el mundo occidental dominó la religión cristiana. Si una persona
padecía alguna enfermedad y su sufrimiento era muy intenso, no se podía pensar
en la mínima posibilidad de un alivio piadoso. Es por esto que este rechazo
llega a marcar influencia en la esfera de la legislación civil. Por ejemplo, la
víctima era partícipe de un entierro degradante y un posterior abandono en la
vía pública, tras la expropiación de sus bienes. Cabe aclarar que no se
realizaban excepciones, aunque haya sido una persona que sufriera una enfermedad
incurable.
Según esta posición, las funciones de la
Iglesia y del Estado son usurpadas por el suicida. Tal es así que el suicidio-
contrario al quinto mandamiento cristiano, “no matarás”, fue bien definido hacia
el siglo IV por San Agustín, como “detestable u abominable perversidad”. ¿Por
qué dice esto? Porque Dios es el que concede la vida y también los sufrimientos,
entonces como cristianos la obligación es soportarlos. Y es la Iglesia quien con
su poder regla las costumbres y las prácticas de la sociedad. Entonces, estas
nociones son en la Edad Media la muestra de toda su dominación.
Sin embargo, este dominio de la Iglesia
se fue debilitando como producto de un renovado Interés por el individualismo,
hecho que se dio en el Renacimiento cambiando la concepción del suicidio, tema
en cuestión hasta el momento. Esto favoreció a flexibilizar y complejizar todas
aquellas decisiones morales referidas a la vida y la muerte. Desde aquí se
comenzó a hablar de una eutanasia voluntaria, como lo hizo Tomás Moro en su obra
titulada Utopía, en 1516, donde el autor describía este hecho con
autorización oficial inserto en una sociedad ideal. Por otra parte, Montaigne,
también escribió sobre el tema plasmado en cinco ensayos y concluyendo en que la
eutanasia es una elección personal y racional bajo algunas circunstancias. Ya
que el consideraba que el suicidio era un acto justificado, mientras que en la
escala de la naturaleza, el hombre tenga dignidad y habilidad para valorarse a
sí mismo.
Actualmente, “el debate es entre dos concepciones de la autonomía individual.
"Los que quieren legalizar la eutanasia afirman que este derecho [a la muerte]
es ilimitado y es exigible por el individuo frente a la sociedad y los médicos".
En cambio, los contrarios a la eutanasia "sostienen que la preocupación por el
bien común exige poner límites a una reivindicación individual que, si se
reconociera por ley, daría paso a un derecho a la muerte incompatible con las
fuentes morales de la democracia". Estos, conscientes de la función simbólica
que tienen las leyes, "se niegan a convertir la justicia en un calco de meros
deseos individuales y no separan el derecho de una reflexión filosófica sobre la
condición humana. La política, lejos de reducirse al arte de conquistar y
conservar el poder, supone que las decisiones se articulen según valores comunes".
(La Eutanasia, una solución anticuada; en http://www.condignidad.org/eutanasia-anticuada.html)
La posición de la Iglesia católica ante la eutanasia
La institución que actualmente rechaza y
combate a la eutanasia, es la Iglesia católica, la cual ha realizado una serie
de declaraciones al respecto a través de la Comisión Permanente Episcopal:
“Respetamos sinceramente la conciencia de las personas, santuario en el que cada
uno se encuentra con la voz suave y gente del amor de Dios. No juzgamos el
interior de nadie. Comprendemos también que determinados condicionamientos
psicológicos, culturales y sociales pueden llevar a realizar acciones que
contradicen radicalmente la inclinación innata de cada uno a la vida, atenuando
o anulando la responsabilidad subjetiva. Pero no se puede negar la existencia de
una batalla jurídica y publicitaria, con el fin de obtener el reconocimiento del
llamado ‘derecho a la muerte digna’, es esta postura pública la que tenemos que
enjuiciar y denunciar como equivocada en sí misma y peligrosa para la
convivencia social. Una cosa son la conciencia y las decisiones personales y
otra lo que se propone como criterio ético legal para regular las relaciones
entre los ciudadano”.
La Iglesia católica considera que el
aprecio por toda vida humana fue un progreso introducido por el cristianismo, lo
que supone que se vive en la actualidad es un retroceso. Un retroceso que hay
que colocar en lo que el Papa denomina “cultura de la muerte”. De esta manera,
la Iglesia considera a la eutanasia como aquella actuación cuyo objeto es
causar la muerte a un ser humano para evitarles sufrimientos, bien a petición de
éste, bien por considerar que su vida carece de calidad mínima para que merezca
el calificativo de digna. Esta práctica convertiría a la eutanasia en una forma
de homicidio, pues implica que un hombre da muerte a otro, ya mediante un acto
positivo, ya mediante la omisión de la atención y cuidados debidos.
De la eutanasia, así entendida, el Papa
Juan Pablo II enseña solemnemente: ‘De acuerdo con el Magisterio de mis
Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que
la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios en cuanto eliminación
deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana’.
La batalla política sobre la eutanasia
Actualmente, la eutanasia se transformó
en una problemática que conjuga un dilema jurídico y moral. Un dato certero es
el que demuestra el aumento, en los últimos años, del número de asociaciones
pro-eutanasia, desplegando una intensa actividad divulgativa y reivindicativa a
favor del derecho individual de las personas para elegir sobre su propia vida.
Al mismo tiempo, estas asociaciones se ven combatidas por la “cruzada a favor de
la vida” encabezada por las organizaciones religiosas.
Diversas asociaciones han luchado contra
los que defienden la posibilidad de elegir una muerte digna. Los argumentos que
legitiman a estos grupos oscilan entre el respeto a la voluntad divina hasta el
miedo a crear lagunas jurídicas que proporcionen impunidad a posibles
asesinatos. Los debates sobre la eutanasia generalmente terminan siendo
dominados por prejuicios morales, religiosos, emocionales, etc.
Sin cuestionar los diferentes puntos de
vista, cabría preguntarse: ¿se le puede aplicar la eutanasia o asesoramiento en
su suicidio a un enfermo terminal, que considere que su vida no es razón
suficiente para soportar un dolor intratable, la pérdida de dignidad o la
pérdida de importantes facultades, y que pide repetidamente ayuda para morir,
siendo consciente y sin estar en capacidad de fingir una depresión?.
La problemática de la eutanasia conjuga
y enfrenta diversos posicionamientos frente a los derechos humanos. En este
sentido, numerosas asociaciones pro eutanasia han comenzado una campaña de
concientización de la sociedad, para que ésta reconozca el derecho de cada
individuo a decidir sobre su propia vida. Por otro lado, otro sector de la
sociedad, encabezado por las asociaciones religiosas, se oponen drásticamente a
la legalización de la eutanasia. En la actualidad, la eutanasia se ha convertido
en una ardua batalla de carácter político.
Formas de aplicación de la eutanasia
La eutanasia pasiva hace referencia a la
muerte natural, es un termino que muchas veces es utilizado de forma errónea
por los medios de comunicación. La misma se produce cuando se suspende el uso
de los instrumentos que apoyan la vida o aquellos suministros de medicamentos,
de tal forma que se produzca la muerte que no contraría la ley natural.
Por el contrario, la eutanasia activa
supone la intervención directa que ocasiona la muerte del paciente poniendo fin
a su sufrimiento. En general, los defensores de esta opción, coinciden en la
necesidad de que existan condiciones previas que permitan realizarla como la
solicitud directa por parte del paciente o enfermo terminal de querer poner fin
a su vida, la imposibilidad de la medicina para salvarle, la incapacidad de los
fármacos para evitar su dolor y sufrimiento y el consentimiento de médicos y
familiares, entre otras.
Con respecto a ello, se ha expresado
anteriormente cuales son las posiciones de los detractores religiosos en cuanto
a este tema. Sin embargo, más allá de estos grupos, los detractores de la
eutanasia, en su lucha por impedir su aprobación legal, argumentan que al estar
el suicidio asistido y/o la eutanasia disponibles, esto daría lugar a que
algunos sujetos presionaran a sus familiares para que acepten morir, poniendo de
relieve la dificultad de establecer controles estrictos para probar la
influencia de otros sobre la decisión del paciente. Otras personas desearán
morir porque sufren de depresión clínica, invalidando esta condición una
decisión consciente.
El suicidio asistido se relaciona
vagamente con la eutanasia, éste se produce cuando alguien le da información y
los medios necesarios a un paciente para que pueda terminar fácilmente con su
propia vida.
Fuente Consultada:
Basado en La Gran
Enciclopedia Universal (Espasa Calpe) - Wikipedia