|
HISTORIA DEL LA EXPLORACIÓN DE LA ZONA:
Cuando sir George Everest entró
a formar parte, en 1823, del Great Trigonometrical Survey of India no imaginaba,
ciertamente, que su nombre pasaría a la historia. Superintendente de dicha
organización entre 1830 y 1843, se dedicó ala difícil labor de estudiar datos
geográficos, determinando, entre otras cosas, el esferoide matemático sobre el
que se calcula la altura de las montañas.
Por esta razón, cuando en 1852 se
descubrió que el Peak 15, de la cadena del Himalaya, era la cima más alta de la
Tierra, Andrew Waugh, que entre tanto había sustituido a Everest, propuso
bautizarla con el nombre de su predecesor.
Más
interesados en la cartografía que en. la antropología, Everest y Waugh
ignoraban, probablemente, la existencia de un topónimo local utilizado por la
población tibetana para indicar no ya la cima más elevada sino toda la cadena
del Himalaya (palabra esta última derivada del sánscrito y que más o menos
significa Residencia de las Nieves). Este topónimo es Chomo Lungma, es
decir Diosa Madre de la Tierra (o según otras interpretaciones, Diosa Madre de
las Montañas o del Viento). Otro apelativo más reciente es Sagarmatha, Elevado
en el Cielo, elegido por los nepaleses, no sin un destello de orgullo
nacionalista, tras la apertura de sus valles a los occidentales.
El
Everest, o Chomo Lungma o Sagarmatha es una enorme montaña piramidal de
calizas primarias cuyas vertientes oriental y noroccidental están orientadas
hacia el Tibet y la sudoccidental, hacia el Nepal; es el punto culminante de la
cadena del Himalaya, sistema montañoso que comprende más de cien cimas de una
altitud superior a los 7.000 metros y diez de 8.000 (otras cuatro cimas de 8.000
metros se encuentran en el Karakorum) y constituye una franja de picos y
de macizos que se extiende formando un arco de más de 2.500 kilómetros de
longitud y entre 200 a 500 de anchura. Esta franja montañosa está delimitada, al
sur, por las tierras bajas de la India, y al norte, por la altiplanicie del
Tibet.

Su
formación se inició hará unos 10 ó 16 millones de años, durante el mioceno,
cuando la cima del futuro Everest yacía aún bajo el nivel del mar y la violenta
colisión del subcontinente indio (escudo de Deccan), separado de África,
con el continente asiático (escudo siberiano) señaló el comienzo de la
primera elevación de la cadena. Según tal interpretación, relacionada con la
teoría de “los continentes a la
deriva” (que no ha sido aceptada por todos), se necesitaron por
lo menos cinco millones de años para que el Everest emergiera de las aguas y
fuera empujado, durante las eras que siguieron, a más de 7.000 metros de altura.
La elevación de las cadenas provocó una notable modificación del clima, sobre
todo en la vertiente meridional; la de la India, con incremento de lluvias,
progresiva erosión de las vertientes de las montañas e intensa formación de
sedimentos que llenaron lo que entonces era el “mar del Ganges”.
La
prueba de que allí por donde hoy discurre el río sagrado había un mar la
demuestran los hallazgos, hasta cotas de 6.000 metros, de numerosísimos fósiles
de amonites, moluscos que los indios llaman shaligram y recogen con devoción,
considerándolos como uno de los atributos de Visnú. El Everest sufrió su última
elevación en épocas más recientes, durante la fase denominada Mahabharat,
que se remonta a 200.000 años atrás. La cima, formada por calizas estratificadas
y esquistos calcáreos y de cuarzo, fue empujada hacia arriba por intrusiones de
granito, alcanzando casi los 8.900 metros.
Y
puesto que el movimiento descrito todavía se está realizando se supone, con
fundamento, que la altura real de la montaña es, en la actualidad. superaba los
8.848 metros oficiales; teniendo presente, por otra parte, que el crecimiento
anual calculado en unos 7-10 centímetros, se ve profundamente limitado y reducido a
unos pocos centímetros por siglo debido a a acción constante de los fenómenos de
erosión. A diferencia de cuanto se ha imaginado, basándose en la gran altura del
Everest, el desarrollo de los glaciares no es excepcional la escasez de
precipitaciones, los períodos de sequía que dejan los monzones y la notable
pendiente, que acentúa el fenómeno de arrastre, impiden a los glaciares del
Everest (el Khumbu, a lo largo del cual transcurre el camino de acceso
meridional; el Rongbruk al norte, y el Kangghung, al este) competir con los de
otros sistemas montañosos. Así a los 17 kilómetros del Khumbu, por ejemplo son
poca cosa comparados con las enormes avenidas de hielo de Baltoro (60 Km.) en el
Karakorum o de Fedchenko, en el Pamir Translai (77 km).
Otro
aspecto singular de la cadena del Himalaya, y que quizá desconozcan muchos
occidentales, es su gran variedad climática que permite pasar del clima
cálido-húmedo tropical de la llanura al alpino-glacial de las cimas más
elevadas, ofreciendo una completa gama de paisajes y de ambientes naturales,
desde la jungla del Terai (hasta 600 metros de altura) al bosque húmedo
subtropical; desde las pinedas con ejemplares de hasta 20 metros, a las
magnolias y a los fantásticos rododendros arbóreos (1800 - 2.500 metros de
altitud) y desde los abedules del bosque subalpino (hasta los 4.000 metros) a
los brezales y praderas, donde bajo el límite de las nieves, crece la flora
espontánea, como saxífragas y gencianas.
La
fauna, naturalmente, también se distribuye según las franjas climáticas
altitudinales, por lo que en Nepal es posible ir a la caza del tigre a lomos de
un elefante, entre los cañizales y pantanos del Terai, y observar, pasados los
5.000 metros, manadas de yacks en estado salvaje. La cadena del Himalaya
se encuentra relativamente cerca del trópico de Cáncer (para ser más exactos,
está en la misma latitud que el norte de África o que el delta del Missisipi) y
sirve de barrera ante el monzón, régimen periódico de vientos causados por la
diferencia de temperatura y, por tanto, de presión, que se establece entre las
aguas del océano Indico y el continente asiático.
Yack es el bovido mas comun del
valle de Khumbu y de todo Nepal puede vivir hasta los 5000 m. de altura. Los
sherpa lo consideran su mayor riqueza. No comen su carne pero usan su leche para
mantequilla.
Durante el inicio del verano, grandes masas de aire húmedo, procedentes del
sudoeste, son empujadas hacia la India, produciéndose violentas lluvias que en
la cadena del Himalaya se transforman en nevadas de gran intensidad. El monzón
repercute en el ritmo de vida de la población local, mucho más numerosa de lo
que se cree, teniendo presente que, en Europa, el límite de tierra habitada
raramente supera los 2.000 metros. El Himalaya, gracias a sus características
climáticas, permite el desarrollo de una agricultura elemental, por lo que,
desde la antigüedad, el hombre, con tenacidad y perseverancia, fue colonizando
los valles más inaccesibles, formando terrazas en las laderas de las montañas y
llevando el ganado a pastos que a menudo se encuentran a más de 5.000 metros de
altura.
El
Himalaya, a despecho de su denominación de “techo del mundo”, nunca ha
representado un limite inalcanzable; por el contrario, Nepal, a caballo entre
dos grupos étnicos diferentes, tibetanos e indios, ha sido teatro de una
continua migración entre unos y otros, dando origen a una fusión y a un
sincretismo cultural que aún hoy son fácilmente comprobables: los nepaleses, por
ejemplo, población muy religiosa, permiten la coexistencia, entre ellos, de dos
religiones diferentes, el budismo y el hinduismo, que se han superpuesto al
culto autóctono del Ben Po y se han reunido en la veneración hacia
Manjusri, “suave fortuna”, divinidad que los indígenas consideran como la
fundadora de Nepal.
Muy
complicado resulta también el marco étnico actual de la zona del Himalaya,
caracterizado por la presencia simultánea de cuatro grupos principales: los
tibetano-nepaleses, los indonepaleses, los indios y los tibetanos. De estos
últimos, los sherpas (shar-pa u hombres del este) han desempeñado un
papel determinante en la conquista del Everest y de las cimas más altas del
Himalaya. Viven en su mayor parte en poblaciones del valle de Khumbu,
cuya capital es Namke Bazar, pueblo de 500 habitantes, situado a 3.340
metros de altura y antiguo lugar de tránsito obligado de las caravanas que se
dirigían al Tibet para intercambiar sal por pieles, lana y mantequilla, pasando
a través de Nangpa La, un pasaje situado a 4.776 metros de altitud. Los
prime ros exploradores que se acercaron a los 8.000 metros se limitaron a seguir
las pistas e itinerarios por los que se movía la población local desde hacía
siglos y que conseguía un sustento gracias a la cría de yacks y al cultivo
de patatas, nabos y cebada.
Los sherpa, es un población de
origen tibetano. Aquí vemos a un joven transportando alimento para su familia y
también para el trueque.
LAS PRIMERAS ESCALADAS: La
historia de las escaladas del Everest es relativamente reciente, pues se remonta
a finales de la primera Guerra Mundial, cuando el Dalai Lama, encarnación
perpetua del bodhisattva Avoloikitesvara y jefe religioso y temporal de las
religiones tibetanas, permitió a los occidentales adentrarse en las montañas del
Himalaya; poco después, en 1921, se constituyó en Inglaterra el Comité del
Everest, cuya primera actividad fue la expedición dirigida por el coronel
Howard-Bury.
Los
problemas que los primeros europeos tuvieron que superar y resolver al
enfrentarse con el Everest los desconocen hasta los alpinistas de cierta
experiencia. En primer lugar, el período de actividad de una expedición está
obligatoriamente supeditado a dos épocas del año: la primavera, cuando ya se han
derretido las nieves invernales y cesa el peligro de aludes, y el otoño, al
término del monzón estival. Otro factor, aparte del climático, acrecienta las
dificultades de acceso a las cumbres: la altura.
Erie Shipson definió como “un enfermo que se encarama soñando” al alpinista
que llega a más de 7.000 metros y se acerca a la “franja de la muerte”. El paso
se hace entonces pesado, la respiración afanosa, los reflejos más lentos y una
sensación de aturdimiento dificulta hasta los actos más elementales. La
progresiva disminución de oxígeno, a medida que la cota aumenta, y la cada vez
mayor falta de humedad en el aire, con la consiguiente deshidratación, unidas a
la pérdida de calor, más sensible todavía a causa del viento, constituyen un
conjunto de factores que únicamente un alpinista robusto y dotado de una
capacidad de adaptación excepcional puede afrontar. Es indispensable, por lo
tanto, una adecuada aclimatación para poder someter el organismo a estas
condiciones ambientales tan diversas.
Desde
el punto de vista técnico, la escalada a la cordillera del Himalaya es diferente
a la alpina y debe hacerse por etapas, alternando los “campamentos altos” con
períodos de permanencia y descanso en el “campamento base”. Además, a partir de
los 7.500 metros ya no se puede hablar de aclimatación: el desgaste quebranta la
resistencia del organismo y causa peligrosos síntomas de agotamiento precoz. Más
allá de los 8.000 metros es necesario el empleo de oxígeno, especialmente para
asegurar el descanso nocturno; pero el problema del transporte de las bombas de
oxígeno a los “campamentos altos” hace indispensable la cooperación de
porteadores especialistas en cotas altas.
Por
esta razón la historia del Everest está íntimamente unida a la presencia y
actividad de la población tibetana y, en particular, de los sherpas, raza
excepcionalmente resistente, hasta el punto de que los niños de siete a ocho
años pueden llevar cargas de hasta 20 kilos y de 35 los adultos y las mujeres.
Sin embargo; los primeros porteadores no fueron los sherpas del Khumbu, sino un
grupo perteneciente a la misma etnia y que se había establecido en Darjieling
(India), pintoresco poblado situado frente al monte Kinchinjunga, de 8.000
metros, al que los europeos llamaron el Chamonix del Himalaya; aquí se
alquilaron los primeros porteadores para las primeras tentativas de escalada al
Everest, entre 1921 y 1938. Estas empresas tuvieron a los ingleses como
protagonistas, y en particular a Mallory, que desapareció en 1924, durante una
tormenta, en su tercer intento de llegar a la cumbre, después de haber cubierto
la cota de 8.572 metros, la más alta alcanzada hasta entonces.
Tras
la interrupción que se produjo durante la segunda Guerra Mundial, la carrera
hacia el Everest volvió a iniciarse en 1950, esta vez por la vertiente
meridional del Nepal, con una exploración que visitó la cuenca del glaciar
Khumbu y fotografió las huellas de un extraño animal, creando el mito, todavía
no olvidado, del Yeti, el Hombre de las Nieves. Y tres años después, en 1953, se
alcanzó la victoria. Una expedición inglesa y de la Commonwealth, dirigida por
J. Hunt, sitúa su campamento a 5.336 metros, en la base de la cascada de hielo
aparentemente insuperable que protege el Cwm Occidental. Ocho campamentos
sucesivos llevan a la Cima Sur (7.986 metros), mientras que el noveno se emplaza
en la cresta meridional. El 29 de mayo, a las 6,30 de la mañana, salen dos
hombres de la minúscula tienda de campaña para intentar el asalto final.
Toda
la cordada de la expedición los acompaña espiritualmente, comprendidos los
sherpas, que se han prodigado en la oscura labor de transporte de materiales de
un campamento a otro. Precisamente uno de los alpinistas que habían de asaltar
el techo del mundo es el sherpa Tensing Norkay, hombre de excepcional
experiencia: en el año 1946 estuvo con los suizos en el Kedernat (Garhwal); en
1950, con los ingleses, en el Nanga Parbat, y en 1951 en el Nanda Devi, con los
franceses, y también en el Kinchinjunga, con el suizo Frey, que moriría
despeñado. En 1952 fracasó en su escalada al Everest con una expedición suiza,
pero, por último, al año siguiente, lo desafía de nuevo. Y esta vez, como
acabamos de decir, con éxito, llegando al punto más elevado.
El otro escalador
es el neozelandés Edmund Hillary, que ha quemado etapas consiguiendo en pocos
años una sólida fama de alpinista: una campaña en los Alpes (1950), la escalada
al Mukut Parbat (7.245 m) en 1951 y, en el mismo año, su participación en la
expedición inglesa de exploración al Everest. Hillary, el citado 29 de mayo,
siente la victoria al alcance de su mano.
Fija
las bombonas de oxígeno a sus espaldas, acopla la mascarilla, prepara los
garfios, sujeta el pico e inicia la marcha, atacando la escarpada pendiente
llena de nieve situada encima de su tienda de campaña. El frío es punzante y
Hillary ruega a Tensing que lo preceda para batir la pista. A las nueve están en
la Cima Sur, a la que ya había llegado la primera cordada de asalto de Evans y Bourdillons. Y ahora les espera la parte más difícil y desconocida de la
ascensión: una estrecha cresta rocosa coronada por peligrosas cornisas. Se
conceden un breve descanso para apagar la sed y cambiar las bombonas,
produciéndose
momento de pánico porque el respiración de Tensing se ha bloqueado causa del
hielo; luego, después peligroso rodeo de un ascenso rocoso, a las 11:30 se llega,
finalmente, a la cima.
Las
divinidades que habitan en Chomo Lugma acogen con benevolecia a los valientes, y mientras
Hillary quitandose el tubo de respiración, dispara las fotografías, Tensing excava un
agujero capa de nieve e introduce en él ofrecimientos de acción de
gracias: bizcochos y
dulces. Durante los años posteriores a la conquista del valle del Khumbu se vio
animado por la presencia de columnas de porteadores sahib que se dirigían al
campamento del Everest. Todas las naciones con una sólida tradición alpinista
consideraban un asunto de prestigio llevar a la cumbre alta del mundo una cordada
propia: en 1956 lo hicieron los suizos, en 1963 los Estados Unidos, en 1965 los indios,
en 1973 los japoneses y en 1975 los chinos ascensión por la cresta Noroeste Quedaba un
último problema que resolver medir las posibilidades de llegar a la cumbre
del Everest sin oxígeno, a decir verdad, la discusión sobre este tema nació desde un
principio, durante las expediciones de 1921 y 1922. No todos estaban de acuerdo sobre
el uso de oxigeno porque entonces los instrumentos de que se disponían, todavía
imperfectos, en determinados casos podían llegar a ser mas perjudiciales que útiles.
Norton, en 1933, había llegado sin bombonas a la cota de 8.600 metros y Hillary y Tensing se quitaron los tubos de respiración en la misma cima del Everest para
gozar de mayor libertad de movimientos. En la actualidad se discute toda la
técnica de aproximación al coloso del Himalaya.
Problemas de orden logístico, económico y filosófico hacen que muchas
expediciones, que por cierto cada día son más, decidan enfrentarse con las cimas
en el más puro estilo alpino. Ya no se sitúa una pirámide de campamentos de
apoyo a la cordada punta, sino que la cima se asalta directamente, sin el
arreglo previo del camino, con un número mínimo de porteadores y reduciendo los
campamentos intermedios a los estrictamente esenciales. Desde este punto de
vista, que presupone la formación de un pequeño grupo de alpinistas
autosuficientes y dotados de un excepcional equilibrio psicofísico, la
utilización de oxígeno se considera superflua, muy costosa e incluso “moralmente
desleal”. La cuestión adquiere una dimensión casi filosófica. El oxígeno
—afirman los purista— rebaja la altura del Everest a la de una montaña de 6.000
metros, allana las dificultades y pone al alcance de alpinistas mediocres las
cimas más elevadas.
Tan
sólo respirando libremente se puede vivir la experiencia de la escalada en toda
su grandeza, manteniendo inalterable la relación entre la dimensión de la
montaña y la capacidad humana: las grandes montañas deben ser para los grandes
escaladores. Pero, ¿es verdaderamente necesario escalar el Everest sin oxígeno
para “captar su grandeza”? El Everest es más que una montaña, es casi un mundo
especial en el que los grandiosos panoramas de cumbres nevadas son el fondo de
un universo humano y cultural sin el cual la roca y el hielo vivirían sin alma.
Entender el Everest quiere decir también recorrer humildemente los valles de
acceso y llegar a sus pies enriquecido con los encuentros humanos que se han
producido durante la marcha.
El
itinerario clásico que proponen la mayoría de agencias de viajes de todos los
países, se articula en diecinueve etapas. Partiendo de Katmandú, capital de
Nepal, se van atravesando, a lo largo de las crestas, una serie de valles
habitados por poblaciones thamang, que se encargan de transportar los equipajes
hasta el país de los sherpas. En Kan Kola se emprende la ruta hacia el norte y
después hacia el nordeste, subiendo por el valle de Dudh Kosi hasta llegar a los
hielos del Khumbu. Si el turista tiene prisa, puede utilizar el avión que
aterriza en Lukla (a 2.804 m de altitud), que es la etapa 12, o bien en
Namche
Bazar, a sólo cuatro días de marcha del campamento base.
Mas,
para vivir plenamente el ambiente de estos lugares hay que detenerse en las
casas de los sherpas y beber una copa de chang, símbolo de la fraternal
hospitalidad; contemplar cómo las sherpanas emulsionan la mantequilla en el
dongpo junto a la soda, el agua hirviendo, la sal y el té, para preparar la
fuerte y sabrosa bebida; detenerse ante los chorten, receptáculos de ofrendas, y
meditar sobre el drama cósmico de los seres que, a través de sucesivos ciclos de
nacimiento y de muerte, tienden a la liberación; pasar junto al mani korlo, el
molino de las plegarias, en el que se hallan grabados los ochos signos de la
buenaventura (tarashigye); ver ondear al viento las lungktas, banderas
estampadas que representan la donación de las propiedades a los dioses; y
observar cada día, etapa tras etapa, cómo se van acercando las lejanas agujas
nevadas...
El
trekking en el campamento base del Everest no es una simple excursión, sino un
peregrinaje que nos permite captar la esencia de lo divino y que nos conduce a
la base de Cwm Occidental, el santuario de Cfromo Lungma, la Diosa Madre de la
Tierra, frente a una cima que los hombres conquistan por breves momentos pero
que siempre será la residencia eterna de las divinidades.
Fuente Consultada: Maravillas del
Mundo por Giancarlo Cortellini
|