LA DOCTRINA
DEL FASCISMO: En los años 20
aparecen en Europa, como reacción contra la marea ascendente de los socialistas,
una serie de movimientos ideológicos que con los medios de la revolución de
izquierdas hacen una revolución de derechas. El contenido doctrinal pasa a
segundo piano, se da más importancia a los hechos; así Hitler se resiste, al
principio, a presentar un programa y Mussolini exclama:
“Nuestra doctrina
es el hecho”. Aunque el proceso afecta a varios países europeos sus
realizaciones modélicas se materializan en Italia y Alemania. Algunas notas
pueden resaltarse en unos movimientos que arguyen el valor adjetivo de las ideas
frente al sustantivo de los hechos:
a)
Omnipotencia del Estado. Los individuos están totalmente subordinados al
Estado; todo para el Estado, será la fórmula. El Estado totalitario no tolera la
separación ni el contrapeso de los poderes, que es en cambio el símbolo de los
Estados democráticos. En el campo político se suprime toda oposición, a la que
se considera sólo como una perturbación para el buen gobierno; en el campo
intelectual el Estado monopoliza la verdad y la propaganda, al tiempo que se
rechaza cualquier crítica. “Todo en el Estado, nada fuera del Estado”, sentencia
Mussolini
b)
Protagonismo de las “elites”. Una minoría debe gobernar. Se parte de la
desigualdad de los hombres, en contraposición al liberalismo decimonónico,
basado en la igualdad, y en consecuencia se rechaza la democracia porque concede
los mismos derechos a todos. Las elecciones se consideran un espectáculo inútil,
una “falacia democrática”; Mussolini niega que el número pueda dirigir las
sociedades humanas, y Hitler afirma que “es más fácil ver a un camello pasar por
el ojo de una aguja que descubrir un gran hombre por medio de la elección”.
Esta desigualdad
esencial de los seres humanos ofrece reflejos diversos. En primer lugar una
desvalorización de la mujer. Las mujeres, dirán los ideólogos nazis, deben estar
en su lugar, su objeto deben ser las tres K (Kinder, Küche, Kirche:
niños, cocina, iglesia). Argumentando que las mujeres son incapaces de usar
las armas se convierten automáticamente en ciudadanos de segunda clase y se
procura evitar la mano de obra femenina; el papel de la mujer se centra en el
hogar, donde vive subordinada al marido. Más dramáticas fueron las conclusiones
racistas que se dedujeron de la desigualdad de los hombres. Mussolini habla de
la superioridad de los gobernantes y de la grandeza del pueblo italiano, llamado
a regir y dominar a otros pueblos. Hitler desarrolla en Mein Kampf su
doctrina de la superioridad de la raza aria.La igualdad democrática se basaba en
la tradición ju¡deocristiana, que considera a todos los hombres hijos de Dios.
Para el fascismo, que rompe con esta tradición, la desigualdad no sólo es un
hecho, sino un ideal. La dicotomía superioresinferiores ha sido bien resumida
por Eienstein: “En el código fascista, los hombres son superiores a las mujeres,
los soldados a los civiles, los miembros del partido a los que no lo son, la
propia nación a las demás, los fuertes a los débiles, y (lo que quizás es más
importante para el punto de vista fascista), los vencedores en la guerra a los
vencidos
c) Exaltación
del jefe carismático. Llevando a sus últimas consecuencias el postulado de
la desigualdad de los hombres, una nación fuerte necesita encontrar al hombre
excepcional, al superhombre, según la doctrina de Nietzsche; cuando la
Providencia lo pone al frente de un pueblo debe prestársele obediencia ciega y
seguirle sin titubeos. Max Fritsch presenta en una obra de teatro importante en
la dramaturgia de nuestra época, La muralla china, al emperador como “el
que nunca se equívoca”, “el que siempre tiene razón”; retrata así irónicamente
la concepción del jefe carismático, inspirado. En escenografías grandiosas
Mussolini invoca los estilos de la antigua Roma imperial; es el hombre
histórico, indiscutido. Hitler utiliza los mitos del romanticismo alemán y
organiza grandes concentraciones de escenografía wagneriana, en las que el
centro de todas las atenciones y decisioneses el Führer.
d)
Imperialismo. A veces se ha definido el fascismo como un nacionalismo de
vencidos, engendrado por la humillación de la derrota. Expresan sus mitos la
desorientación de los antiguos combatientes. En Francia los excombatientes se
oponían a medidas democráticas, pero su actitud fue menos desafiante que la de
los alemanes; los vencidos adoptan posturas de revancha, que la nueva ideología
canaliza. Del nacionalismo se pasa con facilidad al imperialismo, una gran
nación encuentra su verdadero horizonte en la formación de un imperio, y en
relación con él se defiende el principio del espacio vital. Un pueblo superior
tiene derecho a disponer de espacio para realizarse y a conquistarlo; esta
necesidad se coloca por encima del derecho internacional.
e)
Desconfianza en la razón. La tradición racionalista es uno de los más
decisivos legados de Grecia a Occidente; el fascismo rechaza esta tradición y
adopta posturas antirracionalistas, desconfiando de la razón y exaltando los
elementos irracionales de la conducta, los sentimientos intensos, el fanatismo.
En esta línea irracionalista se desenvuelven los dogmas, las ideas
indiscutibles, como la superioridad de la raza o del jefe. En contraposición, la
democracia estima que ningún tema debe dejar de ser discutido. El tabú, lo que
debe aceptarse sin discusión, lo que no puede ser sometido a análisis, es rasgo
peculiar de los regímenes totalitarios.
LAS RAÍCES DEL FASCISMO ITALIANO
Otto Bauer ha
señalado tres procesos sociales, relacionados entre sí, que confluyen en la
génesis del fascismo: la Guerra Mundial, la crisis económica y la pérdida de
beneficios de la gran industria.
a) La guerra de
clases, es decir, separa de su grupo social, a grandes masas de combatientes.
Estos, incapaces de reincorporarse a los modos de vida burgueses, nostálgicos de
heroísmo, forman milicias. En Italia se organizan en muchos pueblos tropas de
choque, orgullosas de sus condecoraciones y heridas, con hábitos de dar y
recibir órdenes, de llevar uniforme y organizar desfiles. Su ideología es
militarista, exigen la disciplina de las masas a los jefes. Psicológicamente la
guerra crea hábitos definidores del fascismo. Pero lo hemos señalado antes como
un nacionalismo de vencidos, e Italia se encuentra en 1918 en el bando de los
vencedores. La antinomia es sólo aparente. Se ha hablado, certeramente, de una
paz perdida. Italia ha sufrido mucho en la guerra y considera que ha perdido la
paz porque no obtiene satisfacción a sus reivindicaciones territoriales.
b) La crisis
económica es otra condición indispensable, hasta el punto de que Angelo Tasca
afirma que sin crisis económica no hay fascismo. Las destrucciones de la guerra
sumen en la miseria a masas de pequeños burgueses y campesinos, que abandonan
desengañadas a los partidos parlamentarios; las devaluaciones de la moneda
arruinan a los pequeños propietarios. Con las subidas de los precios se producen
en cadena reivindicaciones salariales. A los pequeños burgueses les indigna que
el proletariado, arrancando constantes subidas de salarios, afronte la crisis
mejor, y odia a los obreros insumisos.
La situación
económica es complicada. La guerra deja un aparato industrial superior a las
necesidades normales, y de esta forma la superproducción coexiste con la
escasez. Ha de buscarse culpables de esta coyuntura paradójica; la agresividad
empieza a considerarse una virtud.
c) La pérdida de
los beneficios de los grandes industriales es considerada por Otto Bauer como
una tercera raíz. Ebenstein considera que el desarrollo industrial es una
condición esencial para el crecimiento del fascismo; en primer lugar porque pone
a disposición de la nueva ideología un aparato técnico indispensable para su
propaganda y actividad —radio, transportes—, y en segundo porque su apelación
constante a la guerra no puede sino basarse en la posesión de considerables
recursos industriales.
En la posguerra
los beneficios, muy altos, que algunos empresarios han conseguido disminuyen
rápidamente. Para evitarlo es preciso romper la resistencia obrera por medio de
milicias; se comienza apoyándolas financieramente y se termina por cederles el
poder. En el campo se producen enfrentamientos de colonos y terratenientes,
éstos recurren a los grupos de combate llamados fascios. La clase
capitalista había descubierto la forma de romper el impetuoso ataque de la clase
obrera. El dinero con que contó el fascismo le atrajo un infraproletarjado de
parados, que así recibían un uniforme y una soldada. Al final, lo mismo en
Italia que en Alemania, había que destruir el fascismo y ceder al empuje obrero,
o entregarle el poder. Los capitalistas se inclinaron por la segunda
alternativa.
LA MARCHA
SOBRE ROMA
El desencanto ocasionado por los tratados de paz
de Versalles, la depresión económica y el avance de la izquierda revolucionaria
que amenazaba con desencadenar una guerra civil en Italia, sirvieron de pretexto
a Benito Mussolini para exigir en la última semana de octubre de 1922 la
formación de un gobierno fascista para salvar la patria de la amenaza socialista
y de la anarquía.
El 29 de octubre, Mussolini, invitado por el rey
Víctor Manuel III, viajó por la noche en tren expreso desde Milán a Roma
acompañado por su séquito y al día siguiente formó gobierno. Apresuradamente,
unos 25.000 camisas negras fueron transportados por el Partido Nacional
Fascista desde la ciudad de Nápoles a la de Roma, donde el día 31 desfilaron
aparatosamente en honor al Duce.
Por obra de la propaganda y la ampulosidad
características del movimiento fascista este desfile pasó a la épica
mussoliniana como la Marcha sobre Roma.
(ampliar este tema)
EL FASCISMO EN
EL PODER
Carente de un
autentico programa de gobierno, sin otro bagaje que su ansia de poder, Mussolini
va a demostrar una astucia extraordinaria para hacer evolucionar el sistema
parlamentario italiano hacia un modelo de dictadura personal. La práctica
constitucional exigía el voto favorable de la Cámara, pero constituyendo los
fascistas una minoría de una treintena de diputados, resultaba imprescindible el
apoyo de la derecha. En conjunto se pueden distinguir dos fases en el proceso de
sustitución de las estructuras democráticas; hasta enero de 1925 se cubre una
etapa de dictadura solapada, desde esta fecha, de dictadura abierta.
El primer paso es
la consecución de la ley de plenos poderes, a la que solamente se oponen
socialistas y comunistas. Dotado de atribuciones que ningún jefe de gobierno
anterior había tenido, mientras se recrudecen las violencias de las bandas
fascistas Mussolini se consagra a la creación de órganos paralelos a los del
Estado, como el Gran Consejo del Fascismo, que puede tomar decisiones políticas
y reduce al gobierno a un simple papel administrativo; de manera similar la
Milicia para la seguridad del Estado suplanta a la Guardia Real —disuelta en
enero de 1923—, y los comisarios políticos (“prefectos volantes”), reclutados
entre los “ras”, restan toda autoridad a los prefectos provinciales. En un año
Mussolini dispone de un Estado fascista paralelo. Aunque populares y liberales
se apartan recelosos y sus periódicos comienzan a criticar a Mussolini, votan
muchos de sus diputados la nueva ley electoral —ley Acerbo—, que prevé una sobre
representación de la lista más votada (los 2/3 de asientos de la Cámara). Se
trata de un suicidio parlamentario, solamente explicable por la capacidad de
convicción del líder fascista, que ofrece a algunos partidos presentarse con una
lista conjunta.
En las elecciones
de 1924 los fascistas obtienen cinco de los siete millones de votos, pero la
resistencia antifascista aumenta por las irregularidades del proceso electoral.
Al abrirse las
sesiones del Parlamento el diputado socialista Matteotti hizo una crítica
demoledora del fascismo y de la gestión gubernamental de Mussolini. El eco fue
grande en toda Italia; el discurso de Matteotti desató las lenguas. Unos días
después el valeroso secretario del partido socialista es raptado y asesinado. La
prensa publica artículos indignados contra el fascismo criminal.
Una parte de los
diputados no fascistas, que colaboraban con Mussolini, como Orlando y Albertini,
se apartan de él. En ese momento Mussolini lo tenía todo contra él; la Iglesia y
el partido populista de Dom Sturzo, los liberales, los socialistas, la corte, la
diplomacia, los universitarios. Benedetto Croce niega al fascismo cualquier
valor político o histórico y lo califica de “doloroso incidente”. lntelectuales y
profesores firman un manifiesto antifascista. Pero Mussolini se queda y sus fieles
se dirigen a las provincias para dirigir una campaña de violencia que le afirme en
poder.
La oposición
abandona el Parlamento; fue un error, no volvería a ocupar sus escaños.
Mussolini declara que oposición es inútil. Durante varios meses de 1924 y 19
parece que el rey va a dar el paso de enfrentarse al di dor; los empresarios se
muestran recelosos del giro del acontecimientos; un grupo, dirigido por el
senador Ett Conti, intenta persuadir al rey para que despida al dictador; pero
el monarca teme el regreso a la anarquía anterior, sólo para poder contemplar
después otro tipo anarquía.
Los partidos
políticos desaparecen de la vida pública comenzando por los populistas y
socialistas; la prensa aherrojada, los libros subversivos quemados en hogueras
públicas, por plazas y aldeas se maltrata o asesina a los enemigos del régimen.
Muchos abandonan Italia, llega a haber 300.000 exiliados italianos, que
publican periódico en su idioma.
Al mismo tiempo,
Mussolini, dando muestras de extraordinarias dotes políticas, prescinde de los
extremis de su partido. Cuando plantea un posible programa de vuelta a la
normalidad, los “escuadristas” amenazan con un golpe de Estado y precipitan un
estallido de violencia durante el año 1925. Es su final; Mussolini otorga poder
excepcionales a los prefectos de las provincias y se de sembaraza de los que no
le obedecen dentro del moví. miento. Es ya la figura clave. Uno de sus aciertos
estriba en oponer ramas hostiles y disidentes del fascio; contra los
escuadristas, sector exaltado y demagógico, se lanzan los sindicalistas, que
soñaban con apoyarse en masas obreras, sector que tampoco agrada a Mussolini.
Del choque de ambos sale robustecido el sector que encabezan Mussolini y
Farinacci.
Con toda la
autoridad del Estado y del partido en un solo hombre, el Duce, se declara
la ilegalidad de los restantes partidos políticos y la obligatoriedad de su
programa para todos los funcionarios del Estado. La educación se somete a un
control riguroso. Se organizan numerosas manifestaciones para demostrar la
adhesión de las masas al Duce, en torno al cual se suscita un culto
desmedido; se le canta como estadista genial, como la encarnación heroica de la
nación. Su palacio de la plaza Venecia se convierte en su cuartel general; de su
despacho salen nombramientos, ceses, condenas; algunos funcionarios se suicidan
al ser convocados.
En referéndum y
elecciones se refleja una paulatina y creciente docilidad política del pueblo
italiano. En 1929, en una consulta al pueblo se recogen 8,5 millones de síes y
136.000 noes; en 1934 diez millones de respuestas afirmativas y sólo 15.000
negativas. En las elecciones hay una sola lista que el elector tiene que aceptar
o rechazar.
LA GESTIÓN DE
GOBIERNO
Frente al
liberalismo, que propugna el libre juego de las fuerzas del mercado, como había
postulado Adam Smith, y frente al socialismo, que supone la absorción de la vida
económica por el Estado, el fascismo se presenta como una tercera vía, en la que
se apoya a la empresa privada pero con una intervención estatal.
El corporativismo
se inspira en los gremios o corporaciones medievales, en los que, se afirmaba,
se habían armonizado los intereses de patronos y trabajadores. De la misma
manera el Estado corporativo suprimiría la lucha de clases, constituyendo al
Estado en árbitro de las disputas dentro de unas instituciones comunes. El
intervencionismo estatal fue una construcción jurídica de Alfredo Rocco, con las
leyes laborales de los años 1926 y 1927, disposiciones que se resumen en la
Carta del Lavoro (1927), que organiza las profesiones en corporaciones
verticales de patronos y obreros. El Estado se reserva la última disposición
Los planes de
aumento de la producción se bautizan con denominación bélica. La “batalla del
trigo” se inició en 1925; su objetivo era el autoabastecimiento para frenar la
pérdida de divisas que provocaba la importación. Se consiguió con el cultivo de
tierras marginales y convenciendo a los campesinos para que abandonaran otros
cultivos. Una activa propaganda, en la que se presentaba a Mussolini con el
torso desnudo, trabajando como agricultor, movilizó a millones de italianos en
una empresa cuyo resultado feliz se identificaba con el prestigio de la nación.
Pero la batalla
del trigo fue antieconómica. Parte de lo que se ahorró en compra de cereales
extranjeros se perdió por el descenso en las ventas de otros productos, se
abandonaron cultivos de huerta lucrativos, y en el Sur se antepuso el cereal a
los pastos y a la ganadería, cuyos fertilizantes hubieran enriquecido el suelo.
La agricultura intensiva, más idónea para una población en aumento rápido,
provocado por la “batalla de los nacimientos’, fue olvidada.
La “batalla de
la lira” consistió en establecer una cotización excesivamente alta para la
moneda italiana, estableciendo una ecuación entre moneda fuerte y prestigio
internacional, pero tal cotización redujo la competitividad de los productos
italianos en el mercado exterior y produjo la quiebra de las pequeñas empresas.
Con gran
publicidad se acometió la desecación de pantanos y marismas, la irrigación y la
repoblación forestal. El ejemplo más famoso es la desecación de los pantanos
pontinos, cerca de Roma; tras la recuperación de la tierra se trajeron colonos
del Noreste, y se construyeron ciudades como Latina y Sabaudia. Obsesionado por
hacer de esta tarea un escaparate de propaganda para los visitantes extranjeros,
el régimen se olvidó de las zonas más alejadas de Roma. Según un estudio de
Mario Bandini, de los 2,6 millones de hectáreas en las que se inició alguna
tarea de recuperación sólo la décima parte mostró un aumento significativo en la
producción y en el número de personas que la tierra podía sostener. En un clima de falta de
libertad muchos intelectuales tuvieron que abandonar Italia.
Fuente Consultada: Cromos
Historia del Mundo Moderno