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La
idea de aplicar la máquina de vapor al transporte se llevó por primera vez a la
práctica ya en 1769 bajo la forma de un complicado artefacto, destinado a correr
sobre railes, construido por un francés, Nicolás Cugnot.
Posteriormente, el inglés Richard Trevithick fabricó locomotoras (1801-1808), si
bien estas últimas habían sido pensadas sólo para el servicio de las minas de
hulla y tenían una aplicación limitada.
Sin
embargo, a pesar de la victoria de Stephenson, hubo que resolver muchos
problemas de ingeniería antes de que los caminos de hierro pudieran desempeñar
un papel importante en el comercio. Primeramente, por ejemplo, las ruedas con
pestañas que se usaban para mantener los vagones, en la vía se subían sobre los
railes en las curvas, y tuvo que transcurrir algún tiempo antes de descubrirse
que las ruedas debían quedar holgadas sobre los carriles. y que podían acoplarse
a dispositivos giratorios debajo de los coches.
También los frenos dejaban mucho que desear presionaban contra las ruedas, y no
fueron seguros y de fácil manejo hasta que George Westinghouse perfeccionó el
freno de aire comprimido (1886). Además los enganches tenían tanto juego que al
arrancar el tren los vagones recibían tan fuertes .sacudidas, sobre todo los
últimos, que los viajeros eran violentamente proyectados hacia atrás.
El
tendido de puentes y la perforaci6n de túneles planteó a su vez dificultades a
los primeros constructores de líneas férreas. Los puentes de piedra no resistían
bien la vibración; los de ‘madera estaban expuestos a la acción de la intemperie
y del fuego; además, abrir agujeros en el suelo con barrenas de mano era, por no
darle un calificativo más duro, un trabajo agotador.
Sin
embargo, con el tiempo los puentes fueron construyéndose de hierro y acero (el
de Brooklyn, colgante, de acero y de 486 m de longitud, quedó terminado en
1883); la excavación de túneles se simplificó con el invento de la barrena de
aire comprimido... Por si estas dificultades técnicas no hubieran bastado,
produjese cierta hostilidad del público hacia los ferrocarriles en sus primeros
años de existencia. No sólo los campesinos residentes a lo largo de las líneas
férreas se quejaban de que las máquinas calentadas con leña, espantaban con su
chisporreteo a caballos y vacas, sino que se aducían toda suerte de argumentos
contra la nueva forma de transporte.
Algunos militares llegaron a creer que el traslado de la tropa por ferrocarril
Volvería a los hombres tan muelles que no servirían ya para la lucha. Varios
médicos de renombre temieron que los pasajeros contrajesen enfermedades
pulmonares por efecto del aire húmedo de los túneles y algunos moralistas
advirtieron que los tramos oscuros ofrecían a los hombres groseros una ocasión
irresistible de besar a las señoras, e incluso llegaron a aconsejar a las
presuntas víctimas de tales abusos que se pusieran alfileres entre los dientes
cuando el tren penetrase en un túnel
Fuente Consultada: Shepard B. Clough, en "La
Evolución Económica de la civilización occidental”
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