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Francis Bacon
(Londres 1561-1626) es el filósofo de la ciencia original, el
primero que describió no sólo las ambiciones intelectuales características de la
ciencia moderna, sino también las organizaciones donde ésta se desarrolla.
Hombre brillante, socialmente ambicioso y arrogante, en su prolongada carrera
pública Bacon ostentó altos cargos en la administración y escribió extensamente
sobre los beneficios públicos de lo que ahora se calificaría como ciencia
aplicada. Fue de los primeros en desechar la
escolástica medieval como método de investigación, y propuso el propio.
Como
su contemporáneo Descartes Bacon describió un método científico que puso en
suspenso la mayoría de las creencias tradicionales en favor del proyecto de
establecer una comprensión del mundo nueva y más amplia. A diferencia de
Descartes, la ciencia de Bacon se basaba en meticulosas observaciones y
experimentos e implicaba la cooperación con numerosos científicos. La primera
etapa del proyecto de Bacon consistía en reunir grandes cantidades de datos
mediante la observación directa y sin prejuicios de todo tipo de cuestiones.
A
continuación, se filtraban los datos para evitar errores y absurdos, pese a lo
que aún continuarían
estando poco elaborados. El siguiente paso consistía en formular hipótesis de
leyes generales que explicaran los datos obtenidos. Bacon pensó que se debería
buscar un número limitado de características básicas, de modo que las leyes
hipotéticas cubrieran todas las combinaciones posibles de dichas
características. En cate punto se corría el riesgo de que uno se dejara influir
por creencias irracionales, de modo que era preciso protegerse de ellas.
En
Cambridge, sus estudios de las diversas ciencias le llevaron a la conclusión de
que los métodos empleados y los resultados obtenidos eran erróneos. Su
reverencia por Aristóteles, del que, a pesar de todo, no parecía tener excesivo
conocimiento, contrastaba con su desapego por la filosofía aristotélica. A su
juicio, la filosofía precisaba de un verdadero propósito y nuevos métodos para
alcanzar ese propósito. Con el primer germen de la idea que le consagraría,
Bacon abandonó la universidad.
Bacon
agrupó estas influencias en las cuatro clases de ídolos: ídolos de la tribu
(errores e ilusiones naturales para el ser humano); ídolos del cuarto de trabajo
(énfasis exagerado en las propias experiencias); ídolos del mercado (asumir que
distintas personas usan las mismas palabras para describir las mismas cosas); e
ídolos del teatro (ideas que desorientan presentadas por los sistemas
filosóficos). En cuanto se tuviera la hipótesis, se debería contrastar con los
datos existentes. Silos datos no permitieron encontrar pruebas determinantes,
podrían obtenerse realizando un «experimento crucial». Esto permitiría comprobar
directamente las implicaciones de las hipótesis competidoras, lo que indicaría
cuál es correcta.
Muchos aspectos de esta metodología encajan perfectamente con la estructura de
las ciencias biológica y fisica, que luego hicieron uso de ella. En concreto, la
idea de manipular la naturaleza para producir pruebas que no podrían obtenerse
por simple observación es crucial para el método científico. Otros de los
elementos propuestos por Bacon parecen hoy bastante inocentes, en particular la
idea de que es posible formular un con junto de hipótesis suficientemente rico
para cubrir todas las posibles leyes reales, y bastante simple para descubrir la
verdad por una sencilla eliminación le las hipótesis propuestas que no enajen
con los datos.
Los
científicos deben de ser ante todo escépticos y no aceptar explicaciones que no
se puedan
probar por la observación y la experiencia sensible (empirismo).
La
más sabia de las sugerencias de Bacon acaso sea la de que, para entender la
naturaleza, es preciso coordinar el trabajo de muchos investigadores, algunos de
los cuales reunirán información y otros se dedicarán a sistematizarla. Bacon se
daba cuenta de que éste era un empeño costoso, por lo que trató de interesar a
las autoridades de su época para que sufragasen los gastos de lo que hoy se
denominan asociaciones científicas e institutos de investigación. Al fracasar
trató de financiarlos él mismo.
Cuando murió en 1626, Bacon había caído en
desgracia por aceptar un soborno en su cargo de juez; desde el principio de la
historia de la ciencia, la necesidad de apoyo económico llevó a quienes la
practicaban a adoptar medidas desesperadas.
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