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El origen de las islas Galápagos es
netamente volcánico, y el archipiélago pertenece a un complejo que
ascendió de las profundidades del océano Pacífico, a unos 900 Km. de
la costa suramericana y en la línea ecuatorial. La isla más extensa,
Isabela, tiene 130 Km. de longitud y no menos de cinco volcanes,
cuya lava se ha unido hasta crear su extraña forma. La isla
Fernandina consta sólo de un único cono, que se eleva sobre el
océano.
Todo el archipiélago está integrado
por cinco islas, diecinueve islotes y cuarenta y cinco escollos,
contra los que chocan las olas del mayor océano del mundo. La
superficie total es de unos 11.500 kilómetros cuadrados, casi la
mitad de los cuales corresponden a la isla Isabela, la más grande y
alta de todas, cuyas cotas máximas superan los 1.500 metros de
altitud.
Dado su origen puramente volcánico,
las Galápagos nunca tuvieron conexión con continente alguno, de
forma que cuando las lavas incandescentes emergieron del fondo del
océano, entre remolinos de espuma, ningún ser vivo moraba en ellas.
Luego, a lo largo de los milenios, los vientos y las corrientes
marinas arrastraron hasta las abruptas costas de estas atormentadas
islas algunas plantas y animales.
Determinados seres pueden haber
llegado volando; algunos, como las semillas y animales pequeños,
especialmente los insectos, pudieron haber sido traídos por el
viento; otros, incluso las grandes tortugas, quizá llegaron nadando;
y otros, finalmente, serían transportados sobre balsas naturales,
troncos de árboles o masas flotantes de tierra y plantas
arrastradas hasta el mar por los grandes ríos tropicales.
Parte de esta sucesión de seres vivos
encontraron en las islas condiciones favorables para la
supervivencia, se multiplicaron e iniciaron una nueva línea
evolutiva al quedar aislados genéticamente de las poblaciones de
donde procedían.
¿Por qué los naturalistas se interesan tanto por
las Galápagos? Su flora y su fauna son la respuesta. Pero la
importancia de ambas deriva de su escasez y de su aislamiento,
circunstancias que han permitido evoluciones específicas de fácil
seguimiento y la preservación de animales arcaicos, desaparecidos
hace mucho tiempo en otras partes del mundo.
Así lo constató, en 1837, Charles
Darwin, quien, después de su paso por las islas, escribía en su
Evolutionary Notebook: "En julio empezaba el primer cuaderno sobre
La transmutación de las especies. Había quedado extraordinariamente
sorprendido, desde el mes de marzo pasado, por el carácter de los
fósiles suramericanos y especies del archipiélago de las Galápagos.
Estos hechos fundamentan (especialmente los últimos) todas mis
ideas". No es raro que la pista del naturalista inglés haya sido
seguida reiteradamente.
El interés de la flora y de la fauna
de las Galápagos se debe además, y en gran parte, al hecho de
encontrarse las islas situadas en una auténtica encrucijada
oceánica, donde convergen corrientes de muy diversas
características.
Del oeste llega la contracorriente
ecuatorial del Pacífico, que aporta aguas cálidas y transparentes,
mientras por el este afluye la corriente de Humboldt, de aguas
frías, que baña la costa occidental de América del Sur y que, a la
altura del límite entre Perú y Ecuador, vira hacia el noreste,
adentrándose en el Pacífico, como descubrieron a su pesar Tomás de
Berlanga y sus compañeros.
La presencia al mismo tiempo de aguas
frías y cálidas origina condiciones muy favorables para la fauna
marina; la gran riqueza de plancton alimenta a innumerables peces,
los cuales, a su vez, posibilitan la vida y el desarrollo de aves y
de leones marinos. Las Galápagos fueron famosas por la abundancia,
en sus aguas, de cetáceos, que en el pasado se cazaban con
regularidad y que todavía en nuestros días siguen siendo
perseguidos.
Los crustáceos son asimismo abundantes
y algunas bahías son famosas por su riqueza en langostas. En todo
caso, la yuxtaposición de aguas frías y calientes, que con tanto
interés han observado los oceanógrafos, da como resultado una
extraordinaria concurrencia de animales de aguas frías y de aguas
cálidas, ya que unos y otros gozan de condiciones idóneas para
vivir. Numerosos peces coralinos viven en los arrecifes, junto a
colonias de esponjas, estrellas de mar y moluscos, mientras que las
aguas próximas están habitadas por peces de agua fría. El contraste
más acusado se produce entre las aves.
El
alcatraz de patas rojas y el
alcatraz enmascarado pueden ser observados a considerable distancia
de la costa, ya que se alimentan de peces capturados en zonas
profundas del mar. El alcatraz de patas azules, menos aventurero,
acostumbra a pescar en aguas más superficiales.
Las colonias de estas aves constituyen
un espectáculo inolvidable; afincadas sobre todo en la isla
Genovesa, trenzan complicadas filigranas en el aire, y en la época
de cría ocupan todos los matorrales y pueblan la arena, llenando el
paisaje de sonido y movimiento.
Más interesantes son, desde luego,
los grandes rabihorcados o arefragatas, que alcanzan una
envergadura de más de dos metros. Suelen anidar en los matorrales, junto
a los alcatraces de patas rojas; pero sólo coexisten pacíficamente
cerca de los nidos, pues como no pueden bucear, en vez de capturar
los peces y animales marinos de la superficie del mar, prefieren
robárselos a sus vecinos.
En efecto, tan pronto como los alcatraces
han capturado una presa, los rabihorcados los persiguen y los
asustan hasta que la sueltan, e inmediatamente el rabihorcado se
lanza y captura el pez antes de que caiga de nuevo al agua.
Junto a estas aves típicas de la zona
intertropical vive también el pingüino, un ave marina característica
de las aguas frías y que se ve con frecuencia sobre las rocas de la
orilla o en la superficie del agua al cruzar el estrecho de Bolívar,
entre Fernandina e Isabela.
Los pingüinos de las Galápagos son más
pequeños que sus hermanos antárticos y su presencia en estas islas
se debe a su situación en medio de la corriente fría de Humboldt.
Siguiendo este gran río que atraviesa
el océano, algunos pingüinos llegaron a las islas en algún momento
del pasado, procedentes del extremo meridional de América del Sur y
evolucionaron hasta constituir una nueva especie. No es un pingüino
muy grande. De longitud logra unos 53 cm., con un peso promedio de
2.2 Kg. Entre los pingüinos es el segundo más pequeño.
En las costas de
Fernandina y de Isabela se pueden observar igualmente otras aves
marinas de porte erecto y alas reducidas e inútiles para volar y que
se zambullen desde las rocas para pescar en el océano. Son los
cormoranes ápteros de las Galápagos. A pesar de su gran tamaño,
estas aves tienen unas alas diminutas, con las, plumas atrofiadas,
por lo que no pueden volar e incluso caminan con dificultad.
Esta regresión en su evolución se
debe, según una sugestiva y discutible teoría, a que los cormoranes
no necesitaban alas para huir de los carnívoros y por ello dejaron
gradualmente de utilizarlas a través de generaciones.
El
cormorán
áptero es uno de los últimos ejemplos de una fauna extraña que ha
sobrevivido gracias al aislamiento y a la ausencia de enemigos.
Además de los pingüinos, otros "navegantes" viajaron a estas islas a
favor de la corriente de Humboldt.
Desde las costas meridionales de
América del Sur se desplazaron los leones marinos, que se
diferenciaron más tarde en una subespecie propia del archipiélago.
El valor de su piel ha sido la causa de su progresiva desaparición;
en la actualidad se concentran casi todos los ejemplares existentes
en Santiago, Isabela y Fernandina.
También por la ruta del mar llegó el
león marino de California; en el caso de este animal, la mala
calidad de su piel le puso a salvo de los cazadores comerciales. Y
así se han establecido prósperas colonias de ellos en las costas de
la isla Española, que además es famosa por ser el único lugar
conocido donde arriba el albatros de las Galápagos, del que existen
unas dos mil parejas.
Se ha citado ya la evocación al pasado
remoto que suscita la visita a las Galápagos. Esta experiencia
adquiere sus dimensiones más sugestivas cuando, con las primeras
luces del día, se observan las rocas próximas a la playa. De los
huecos y fisuras de las mismas se verán surgir grandes lagartos, de
hasta un metro veinte de longitud y de hocicos romos, patas torpes,
larga cola aplanada lateralmente y una cresta dorsal sobre el cuello
y el lomo. Su color puede ser totalmente negro o muy oscuro, aunque
los de algunas islas presentan manchas rojizas sobre su cuerpo, y
las patas anteriores y cresta a veces son verdes.
Tan extraños animales son las iguanas
marinas, exclusivas de este archipiélago. A medida que abandonan su
refugio nocturno, estas iguanas se sitúan sobre las rocas para que
el sol caldee sus cuerpos, sobre los que entonces trepan
confiadamente algunos cangrejos que devoran los parásitos fijos en
la piel del reptil.
Esta tolerancia de las iguanas respecto a los
cangrejos se extiende a todos los seres, incluido el hombre, que
puede acercarse a tocarlas o cogerlas sin ninguna reacción hostil
por su parte.
Cuando baja la marea, los reptiles abandonan las rocas
y se zambullen en las olas para pastar —su alimento exclusivo son
las algas marinas— y, una vez satisfechos, vuelven a la orilla,
donde se resguardarán de los rigores del sol. Las iguanas marinas
tienen sus parientes más próximos en el interior, entre las tierras
bajas cubiertas de cactus.
Son las iguanas terrestres, que se
alimentan de los frutos de las chumberas desprendidos de la planta.
De las dos especies de estos animales existentes en las Galápagos,
la primera ocupa las islas Fernandina, Isabela, San Salvador, Santa
Cruz y tres islotes de sus proximidades, mientras que la segunda
especie es exclusiva de Santa Fe.
La llegada del hombre, con el
hábito de la caza, y la introducción de los animales domésticos —de
efectos devastadores sobre la vegetación y los recursos
alimenticios— han ido reduciendo considerablemente la población de
iguanas terrestres, hasta llegar a la extinción en San Salvador y en
uno de los islotes próximos a Santa Cruz. |