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EL
ASTRÓNOMO DE PISA:
Galileo Galilei
había nacido en Pisa en 1564. Diez años después su padre, el músico Vincenzo
Galilei, se trasladó con la familia a Florencia. El niño pasó a estudiar en un
monasterio cercano a esa ciudad, y más tarde se matriculó en la facultad de
medicina de la Universidad de Pisa. Se cuenta que un día, encontrándose en la
catedral, el joven estudiante de diecisiete años observó una lámpara colgante
que oscilaba. Comprobó que completar una oscilación requería siempre el mismo
lapso de tiempo, fuera cual fuera la distancia a recorrer.
Este descubrimiento
le sirvió más tarde para elaborar el principio del péndulo, que se aplicaría,
entre otros usos, a regular la marcha de los relojes. A partir de aquel día
Galileo se interesó más por las ciencias exactas que por la medicina, a la que
abandonó para profundizar en estudios sobre astronomía y física en Toscana y
Florencia. Ya graduado, publicó un ensayo sobre el balance hidrostático que lo
hizo conocido en toda Italia.
En los años siguientes se dedicó a revisar la
teoría aristotélica del movimiento, y en 1592 obtuvo la cátedra de matemáticas
en la Universidad de Padua. Allí permaneció 18 años y completó su propia teoría
del movimiento, y la de la caída parabólica. No se sabe si es cierto que
comprobó sus hipótesis dejando caer pesos desde la
Torre inclinada de Pisa, pero
sí que su otra pasión, la astronomía, empezaba a crearle problemas con la
Iglesia. (ver: caída libre de
los cuerpos)
Galileo era un convencido de la hipótesis sobre el Universo formulada dos siglos
antes por Copérnico, que puede resumirse en que el Sol no giraba en tomo a la
Tierra —como había «demostrado»
Ptolomeo en el siglo u y seguido a pie juntillas desde entonces por la ciencia
oficial—, sino que la cosa era exactamente al revés. El sabio pisano no hacía
pública esta opinión, por no suscitar la burla de sus colegas y por un
premonitorio temor a la reacción de la Iglesia.
Pero en 1609 probó en Venecia un
catalejo con sistema telescópico y quedó fascinado con el artilugio. En ese
mismo año construyó un telescopio 32 veces más potente, y lo
aplicó por primera vez a la observación del firmamento. Al año siguiente ya dio
a conocer sus primeros descubrimientos sobre la Luna, las fases de Venus o los
satélites de Saturno.
PROCESO A LA CIENCIA
El
Vaticano, que había comenzado a recelar de algunos científicos disidentes que se
desviaban de lo que explicaban las Escrituras, celebró no obstante los trabajos
de Galileo, y varios dignatarios de la corte pontificia mostraron un sincero
interés por el telescopio. Animado ingenuamente por esta aprobación, Galileo
publicó en 1613 unas observaciones sobre el Sol que venían a confirmar la teoría
copernicana. Encendidos predicadores dominicos proclamaron la herejía de los
«matemáticos» que pretendían contradecir la versión cosmogónica del Génesis.
Aunque en el púlpito no mencionaban a Galileo por su nombre, sí lo acusaron en
secreto ante la Inquisición.
Asustado por esa denuncia, Galileo recurrió a todos los valedores disponibles,
tanto personalmente como por carta, desde el Gran Duque hasta un discípulo suyo
que era monje benedictino. Argumentó, en un nuevo adelanto a su tiempo, que la
Biblia era un texto alegórico, cuya adaptación a la realidad terrenal era
susceptible de diversas interpretaciones. Varios expertos eclesiásticos se
pusieron de su lado, pero no el cardenal Roberto Bellarmino, supremo árbitro de
la Iglesia en asuntos de teología. El prelado vetó rotundamente la idea, ya
bastante extendida, de que las hipótesis matemáticas se relacionaran con la
realidad física, no se sabe si porque realmente no se lo creía, o por no
suscitar un escándalo teológico que debilitaría a la Santa Sede en su dura lucha
con el protestantismo.
De modo que, para cerrar todo el asunto, declaró
oficialmente «falsa y absurda» la hipótesis copenicana y mandó incluir en el
hidex eclesiástico las obras del genial astrónomo polaco. Unos días antes de
publicar estas decisiones, Bellarmino tuvo el detalle de citar a Galileo en su
despacho del Vaticano. El severo cardenal explicó a su incómodo visitante las
medidas que pensaba tomar, advirtiéndole que no se le ocurriera sostener o
defender lo que la Iglesia, o sea el propio Bellarmino, había decretado impío.
No obstante, en atención a la edificante inquietud de Galileo por la ciencia, se
le permitiría seguir discutiendo con sus colegas y en privado la doctrina de
Copérnico, como una simple «especulación matemática». Galileo se retiró a
continuar sus investigaciones científicas en su casa de Bellosguardo, cerca de
Florencia.
Allí acuñó su famosa sentencia de que «el libro de la Naturaleza está
escrito con caracteres matemáticos», en un tratado dedicado a su amigo y
protector el cardenal Maffeo Barberini, que acababa de ser elegido papa con el
nombre apostólico de Urbano VIII.
Confiado por su vieja amistad con el nuevo Pontífice, Galileo se presentó en
Roma en 1624, con la esperanza de obtener la derogación del «Decreto Bellarmino»
para poder publicar sus últimos trabajos. No lo consiguió, pero el Papa le
permitió escribir un libro sobre algo así como «los sistemas del mundo», tanto
ptolomaicos como copenicanos, sin comprometerse e incluso se ha llegado a pensar
que Urbano le dictó allí mismo: «El hombre no debe pretender saber cómo está
hecho el mundo, porque la creación es un misterio de la omnipotencia divina».
El
enfrentamiento entre la Ciencia y la Iglesia estaba servido, y Galileo sabía de
qué lado debía luchar. En 1632 publicó su gran obra: Diálogo sobre los dos
máximos sistemas del mundo, pto/emazco y copernicano. Sin duda el título cumplía
con la indicación del Pontífice, pero el contenido era una encendida e
incontestable defensa de la tesis de Copérnico, que produjo admiración y
entusiasmo en los ámbitos científicos de toda Europa, pero no en los círculos
eclesiales de Roma, donde al instante se alzaron detractores. Los jesuitas, por
ejemplo, sostuvieron que Galileo había hecho más daño a la Iglesia Romana que
Lutero y Calvino juntos.
Urbano VIII, indignado con su antiguo protegido, ordenó que se iniciase un
proceso. Los distraídos censores habían aprobado el libro, probablemente por
falta de una lectura detenida, y eso en principio impedía incluirlo en el Índex.
Pero el Pontífice desautorizó el nihil obstat y prohibió totalmente la
impresión y difusión de la obra de Galileo. Apareció entonces un acta de la
entrevista con Bellarmino en 1616, donde Galileo se comprometía a «no enseñar o
discutir el copernicanismo en ningún sentido», bajo pena de ser imputado por el
Santo Oficio.
El
tribunal quedaba así autorizado a iniciarle un proceso por presunta herejía.
Pese a sus 70 años y sus achaques, el astrónomo fue obligado a viajar a Roma en
febrero de 1633, para estar ‘presente en el juicio. Galileo alegó que no
recordaba el compromiso asumido ante Bellarmino, quizá en razón de su avanzada
edad. Los jueces se mostraron amables e indulgentes con él, y cuando se
disponían a dejarlo libre con una reprimenda, apareció un decreto de la
Congregación inquisidora determinando que debía ser sentenciado. El fallo
consistió en obligarlo a «abjurar, maldecir y detestar» sus pasados errores
sobre una sacrílega traslación de la Tierra. El científico pronunció cabizbajo
aquel aberrante juramento, y dice la leyenda que al salir murmuró eppure si
muove (no obstante se mueve insistiendo en su espectacular descubrimiento.
Galileo continuo trabajando y produciendo importantes hallazgos y aportes a la
ciencia hasta su muerte en 1642. Aparte su indiscutible estatura como
científico, el suplicio personal que sufrió en defensa del conocimiento adjetivo
y racional, lo convirtió en emblema de la libertad esencial de la ciencia.
Fuente Consultada: Mas Allá de Ángeles
y Demonios de René Chandelle
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