GALILEO Y LA IGLESIA, Juicio

LA INQUISICIÓN DE LA IGLESIA CONTRA LAS NUEVAS IDEAS DE LA CIENCIA

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GALILEO GALILEI Y LAS NUEVAS IDEAS ...

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En 1598, el astrónomo italiano Galileo fue juzgado por la Iglesia y la Inquisición por respaldar la teoría de Copérnico. Su sugerencia de que el hombre no era el centro del Universo fue considerada herejía y Galileo fue sometido a juicio en Roma y condenado a arresto domiciliario hasta su muerte en 1642.

Él mismo había realizado numerosos descubrimientos científicos. Entre ellos, había descubierto los satélites de Júpiter y las manchas solares. Galileo se había construido su propio telescopio, perfeccionando un sistema inventado en 1609 por el holandés Hans Lipperhay.

Debatió sus ideas copérnicas con el astrónomo y matemático alemán Johannes Kepler. Kepler también creía en la teoría de Copérnico e intentaba demostrarla mediante la matemática y la geometría. Además, descubrió que todos los planetas se mueven en órbita alrededor del Sol y que su velocidad de orbitación está relacionada con su distancia del Sol.

EL ASTRÓNOMO DE PISA: Galileo Galilei había nacido en Pisa en 1564. Diez años después su padre, el músico Vincenzo Galilei, se trasladó con la familia a Florencia. El niño pasó a estudiar en un monasterio cercano a esa ciudad, y más tarde se matriculó en la facultad de medicina de la Universidad de Pisa. Se cuenta que un día, encontrándose en la catedral, el joven estudiante de diecisiete años observó una lámpara colgante que oscilaba. Comprobó que completar una oscilación requería siempre el mismo lapso de tiempo, fuera cual fuera la distancia a recorrer.

Este descubrimiento le sirvió más tarde para elaborar el principio del péndulo, que se aplicaría, entre otros usos, a regular la marcha de los relojes. A partir de aquel día Galileo se interesó más por las ciencias exactas que por la medicina, a la que abandonó para profundizar en estudios sobre astronomía y física en Toscana y Florencia. Ya graduado, publicó un ensayo sobre el balance hidrostático que lo hizo conocido en toda Italia.

En los años siguientes se dedicó a revisar la teoría aristotélica del movimiento, y en 1592 obtuvo la cátedra de matemáticas en la Universidad de Padua. Allí permaneció 18 años y completó su propia teoría del movimiento, y la de la caída parabólica. No se sabe si es cierto que comprobó sus hipótesis dejando caer pesos desde la Torre inclinada de Pisa, pero sí que su otra pasión, la astronomía, empezaba a crearle problemas con la Iglesia. (ver: caída libre de los cuerpos)

Galileo era un convencido de la hipótesis sobre el Universo formulada dos siglos antes por Copérnico, que puede resumirse en que el Sol no giraba en tomo a la Tierra —como había «demostrado» Ptolomeo en el siglo u y seguido a pie juntillas desde entonces por la ciencia oficial—, sino que la cosa era exactamente al revés. El sabio pisano no hacía pública esta opinión, por no suscitar la burla de sus colegas y por un premonitorio temor a la reacción de la Iglesia.

Pero en 1609 probó en Venecia un catalejo con sistema telescópico y quedó fascinado con el artilugio. En ese mismo año construyó un telescopio 32 veces más potente, y lo aplicó por primera vez a la observación del firmamento. Al año siguiente ya dio a conocer sus primeros descubrimientos sobre la Luna, las fases de Venus o los satélites de Saturno.

PROCESO A LA CIENCIA

El Vaticano, que había comenzado a recelar de algunos científicos disidentes que se desviaban de lo que explicaban las Escrituras, celebró no obstante los trabajos de Galileo, y varios dignatarios de la corte pontificia mostraron un sincero interés por el telescopio. Animado ingenuamente por esta aprobación, Galileo publicó en 1613 unas observaciones sobre el Sol que venían a confirmar la teoría copernicana. Encendidos predicadores dominicos proclamaron la herejía de los «matemáticos» que pretendían contradecir la versión cosmogónica del Génesis. Aunque en el púlpito no mencionaban a Galileo por su nombre, sí lo acusaron en secreto ante la Inquisición.

Asustado por esa denuncia, Galileo recurrió a todos los valedores disponibles, tanto personalmente como por carta, desde el Gran Duque hasta un discípulo suyo que era monje benedictino. Argumentó, en un nuevo adelanto a su tiempo, que la Biblia era un texto alegórico, cuya adaptación a la realidad terrenal era susceptible de diversas interpretaciones. Varios expertos eclesiásticos se pusieron de su lado, pero no el cardenal Roberto Bellarmino, supremo árbitro de la Iglesia en asuntos de teología. El prelado vetó rotundamente la idea, ya bastante extendida, de que las hipótesis matemáticas se relacionaran con la realidad física, no se sabe si porque realmente no se lo creía, o por no suscitar un escándalo teológico que debilitaría a la Santa Sede en su dura lucha con el protestantismo.

De modo que, para cerrar todo el asunto, declaró oficialmente «falsa y absurda» la hipótesis copenicana y mandó incluir en el hidex eclesiástico las obras del genial astrónomo polaco. Unos días antes de publicar estas decisiones, Bellarmino tuvo el detalle de citar a Galileo en su despacho del Vaticano. El severo cardenal explicó a su incómodo visitante las medidas que pensaba tomar, advirtiéndole que no se le ocurriera sostener o defender lo que la Iglesia, o sea el propio Bellarmino, había decretado impío. No obstante, en atención a la edificante inquietud de Galileo por la ciencia, se le permitiría seguir discutiendo con sus colegas y en privado la doctrina de Copérnico, como una simple «especulación matemática». Galileo se retiró a continuar sus investigaciones científicas en su casa de Bellosguardo, cerca de Florencia.

Allí acuñó su famosa sentencia de que «el libro de la Naturaleza está escrito con caracteres matemáticos», en un tratado dedicado a su amigo y protector el cardenal Maffeo Barberini, que acababa de ser elegido papa con el nombre apostólico de Urbano VIII.

Confiado por su vieja amistad con el nuevo Pontífice, Galileo se presentó en Roma en 1624, con la esperanza de obtener la derogación del «Decreto Bellarmino» para poder publicar sus últimos trabajos. No lo consiguió, pero el Papa le permitió escribir un libro sobre algo así como «los sistemas del mundo», tanto ptolomaicos como copenicanos, sin comprometerse e incluso se ha llegado a pensar que Urbano le dictó allí mismo: «El hombre no debe pretender saber cómo está hecho el mundo, porque la creación es un misterio de la omnipotencia divina».

El enfrentamiento entre la Ciencia y la Iglesia estaba servido, y Galileo sabía de qué lado debía luchar. En 1632 publicó su gran obra: Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolomeico y copernicano. Sin duda el título cumplía con la indicación del Pontífice, pero el contenido era una encendida e incontestable defensa de la tesis de Copérnico, que produjo admiración y entusiasmo en los ámbitos científicos de toda Europa, pero no en los círculos eclesiales de Roma, donde al instante se alzaron detractores. Los jesuitas, por ejemplo, sostuvieron que Galileo había hecho más daño a la Iglesia Romana que Lutero y Calvino juntos.

Urbano VIII, indignado con su antiguo protegido, ordenó que se iniciase un proceso. Los distraídos censores habían aprobado el libro, probablemente por falta de una lectura detenida, y eso en principio impedía incluirlo en el Índex. Pero el Pontífice desautorizó el nihil obstat y prohibió totalmente la impresión y difusión de la obra de Galileo. Apareció entonces un acta de la entrevista con Bellarmino en 1616, donde Galileo se comprometía a «no enseñar o discutir el copernicanismo en ningún sentido», bajo pena de ser imputado por el Santo Oficio.

El tribunal quedaba así autorizado a iniciarle un proceso por presunta herejía. Pese a sus 70 años y sus achaques, el astrónomo fue obligado a viajar a Roma en febrero de 1633, para estar ‘presente en el juicio. Galileo alegó que no recordaba el compromiso asumido ante Bellarmino, quizá en razón de su avanzada edad. Los jueces se mostraron amables e indulgentes con él, y cuando se disponían a dejarlo libre con una reprimenda, apareció un decreto de la Congregación inquisidora determinando que debía ser sentenciado. El fallo consistió en obligarlo a «abjurar, maldecir y detestar» sus pasados errores sobre una sacrílega traslación de la Tierra. El científico pronunció cabizbajo aquel aberrante juramento, y dice la leyenda que al salir murmuró eppure si muove (no obstante se mueve insistiendo en su espectacular descubrimiento.

Galileo continuo trabajando y produciendo importantes hallazgos y aportes a la ciencia hasta su muerte en 1642. Aparte su indiscutible estatura como científico, el suplicio personal que sufrió en defensa del conocimiento adjetivo y racional, lo convirtió en emblema de la libertad esencial de la ciencia.

firma de Galileo Galilei

Firma de Galileo Galilei en el acta del proceso en su contra. Se guardó en el Archivo Secreto del Vaticano.
El observatorio guardó sus instrumentos de observación.

Fuente Consultada: Mas Allá de Ángeles y Demonios de René Chandelle

Proceso a Giordano Bruno Proceso a Huss Proceso a Savonarola Proceso a Juana de Arco

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