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Teorías sobre el origen de la
vida: Una de las bases fundamentales de
la biología es el origen de la vida sobre la Tierra. Las numerosas hipótesis
formuladas como respuesta pueden resumirse en cuatro teorías principales:
creacionismo, generación espontánea, teoría de la panspermia y teoría
naturalista.
El creacionismo:
Todavía a mediados del siglo pasado era una opinión generalizada que la
vida en la Tierra había sido creada por una fuerza sobrenatural, después de un
acto creativo único o bien a intervalos sucesivos. Además, esta teoría sostenía
que cada una de las distintas especies se había originado separadamente de las
otras y que no había experimentado modificación alguna en el transcurso de las
generaciones sucesivas (inmovilismo de las especies).
Dado
que no pueden someterse a una verificación experimental, los fundamentos del
creacionismo están excluidos del campo de aplicación de la ciencia y actualmente
son ignorados por la mayor parte de la comunidad científica.
La generación espontánea:
Los primeros biólogos de la Antigüedad ya habían comprendido fácil y
correctamente el modo según el cual el proceso reproductor actuaba en los
animales más comunes, y habían observado que la vida de todo nuevo individuo
tenía su inicio en el cuerpo femenino o, como mínimo, en los huevos puestos por
la madre. Sin embargo, durante muchos siglos fue una convicción común que los
animales más pequeños podían nacer de la materia no viva,
por generación espontánea. El fundador de esta teoría fue Aristóteles,
que, hacia mediados del siglo IV a. C., se dedicó al estudio de las ciencias
naturales.
El filósofo sostenía que algunas formas de vida, como los gusanos y
los renacuajos, se originaban en el barro calentado por el sol, mientras que las
moscas nacían en la carne descompuesta de las carroñas de animales. Estas
convicciones erróneas sobrevivieron durante siglos hasta que, hacia mediados del
siglo XVII, el biólogo italiano Francesco Redi (~1626?-1697) demostró que las
larvas de mosca se originaban en la carne tan sólo si las moscas vivas habían
puesto previamente sus huevos allí: por consiguiente, sostenía que ninguna forma
de vida había podido nacer de la materia inanimada. Redi preparó algunos
recipientes de vidrio que contenían carne del mismo origen; entonces cubrió la
mitad de estos recipientes con gasa, de modo que pudieran transpirar y dejó
abiertos los restantes contenedores.
Después de algunos días observó que la carne contenida en los recipientes
cubiertos, aun cuando estaba en putrefacción no contenía traza alguna de larvas,
al contrario de lo que sucedía con la carne de los recipientes
descubiertos, en la que las moscas adultas habían podido poner sus huevos. Este
experimento habría podido demostrar definitivamente que la vida sólo podía
originarse en otra forma de vida preexistente, pero no fue así: la teoría de la
generación espontánea sobrevivió dos siglos más, gracias al apoyo de los medios
religiosos partidarios del pensamiento teológico de Aristóteles.
En el
mismo período, el fisiólogo inglés
William Harvey (1578-1657), tras su estudio sobre la reproducción y
el desarrollo de los ciervos, descubrió que la vida de todo animal se inicia
efectivamente en un huevo, y un siglo después el sacerdote italiano Lazzaro
Spallanzani (1729-1799) comprendió la importancia de los espermatozoides en el
proceso reproductor de los mamíferos. Aunque estos descubrimientos demostraron
la validez de las tesis de Harvey y Spallanzani, durante mucho tiempo se
continuó sosteniendo la teoría de la generación espontánea, por lo menos en el
caso de los animales muy pequeños, como los microorganismos hasta que en 1861,
gracias a Louis Pasteur (1822-1895) y a sus experimentos sobre las bacterias,
fue definitivamente refutada.
Pasteur cultivó bacterias
en una solución nutritiva contenida en unos cuantos balones de vidrio; los
balones estaban provistos de un cuello largo en forma de S, desprovisto de
tapón, que impedía el paso de los microorganismos externos. Después de una
prolongada ebullición, observó que la solución estaba desprovista de toda forma
de vida y que estas condiciones se mantenían durante varios meses. Con esta
experiencia, Pasteur
descubrió el principio de la esterilización, además de otros procedimientos que
todavía se utilizan hoy para destruir los microorganismos, y demostró así que
ninguna forma de vida puede originarse espontáneamente de la materia inorgánica,
sino únicamente de la vida preexistente (onine vivum ex vivo) éste es el
denominado proceso de la biogénesis.
Fin de la teoría de la
generación espontánea
Cien años después del descubrimiento de los microorganismos por Leewenhock, se
atribuía el origen de los mismos a la descomposición de la materia orgánica
(generación espontánea).
Transcurría el año 1745 cuando un
sacerdote irlandés, Tuberville Needham, alegaba en favor de esa teoría el
siguiente experimento: colocó jugo de cordero en un frasco taponado, lo mantuvo
durante media hora en la ceniza caliente, con el objeto de destruir a los
gérmenes (microorganismos que podrían encontrarse en la superficie o interior
del frasco, o en el líquido), luego retiró la fuente de calor y comprobó que al
cabo de un tiempo el caldo se poblaba de microorganismos, lo que según Needham
solo podía provenir de la génesis espontánea.
Para comprobar si el experimento
era correcto o no, el italiano Spallanzani repitió la operación veinte años
después tomando nuevos recaudos, como taponar correctamente los frascos y
someterlos a altas y prolongadas temperaturas. En estas nuevas condiciones, los
resultados fueron distintos, ya que no aparecieron los microorganismos en los
caldos de cultivo.
Needham contestó a Spallanzani,
que con la ebullición prolongada de sus experiencias había destruido la "fuerza
vital" contenida en los cultivos, y como el investigador italiano no pudo
demostrar que la ebullición no había alterado el aire dentro del recipiente, se
consideró como correcta la primera experiencia. Transcurría la segunda mitad del
siglo XIX, y el problema de la generación espontánea aún estaba esperando
solución; hasta que Pasteur se vio frente a la necesidad de probar que los seres
asociados a la fermentación procedían del aire.
Basándose en las frustradas
experiencias anteriores, fabricó filtros de algodón, e hizo pasar el aire a
través de los mismos, luego disolvió el algodón y el sedimento formado en el
fondo del vaso reveló la presencia de numerosos cuerpos microscópicos redondos y
alargados, que se asemejaban a organismos observados con anterioridad en las
sustancias en estado de fermentación. Por otra parte en el algodón de filtro a
través del cual había pasado el aire previamente filtrado, no se encontró cuerpo
alguno. Con esta experiencia Pasteur comprobó la existencia de organismos en el
aire, pero sin poder probar si estaban vivos o muertos.
Teniendo en cuenta lo anterior,
realizó el siguiente experimento: colocó en un frasco una infusión de una
sustancia fermentable; al cuello largo y estrecho le dio forma de S, dejándolo
abierto. El frasco y su contenido fueron mantenidos a la temperatura de
ebullición durante un largo tiempo, luego se retiró la fuente de calor, y así
permaneció por días, semanas y meses, sin que su contenido fermentase; luego,
cuando le cortó el cuello, quedando el interior del mismo expuesto a la invasión
del aire atmosférico, observó la fermentación del caldo, demostrando, el
análisis al microscopio, la presencia de microorganismos.
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