|
MILES DE MUJERES MUSULMANAS FUERON
TORTURADAS Y VIOLADAS SALVAJEMENTE DURANTE LA LIMPIEZA ÉTNICA ORQUESTADA POR EL
LÍDER SERBIO RECIENTEMENTE FALLECIDO
SLOBODAN MILOSEVIC . YA PASARON 10 AÑOS DEL
FINAL DE LA GUERRA, Y MIENTRAS SE CALCULA DE 10000 LOS CULPABLES QUE SIGUEN
IMPUNES, LOS HIJOS DE AQUELLAS VIOLACIONES BUSCAN LA VERDAD MIENTRAS SUS MADRES
SON SEGREGADAS
Las
violaron una y otra vez, noche y día, hasta cansarse. Mataron a sus maridos
hijos y hermanos, delante de sus ojos. Eso
fue durante la guerra declarada en Bosnia (1992-1995) por el recientemente
fallecido líder serbio Slobodan Milosevic cuando la antigua república yugoslava
optó por la independencia. Hoy, diez años después de que los líderes políticos
firmaran la paz en los Acuerdos de Davton., estas mujeres son aún la viva imagen
del conflicto. Mientras que los hombres caídos en la guerra son shaheed
—héroes—, de ellas nadie quiere oír hablar; la palabra violación es demasiado
fea como para estar presente.
Estas mujeres son las víctimas olvidadas, que han
necesitado de una película, Grbavica, ganadora del último Festival de Berlín,
para que su país y el mundo se acuerden de que existen. Más de 20.000 bosnias
musulmanas fueron sistemáticamente violadas por las fuerzas serbias en la
campaña de limpieza étnica orquestada por Milosevic. Algunas dicen que les
cuesta demasiado vivir, y que si no se matan es por sus hijos, muchos de ellos
fruto de las violaciones que rompieron sus vidas.
En Bosnia el uso de la violación
se implantó como táctica de guerra. Una comisión de las Naciones Unidas y grupos
de derechos humanos descubrie— ron que los grupos paramilitares serbios habían
alentado sistemáticamente la violación de mujeres bosnias musulmanas como parte
del esfuerzo por «limpiar» de musulmanes la región. Así, miles de mujeres
musulmanas fueron torturadas y violadas salvajemente durante la limpieza étnica
orquestada por el líder serbio Slobodan Milosevic. Ya en 1993, las
organizaciones de derechos humanos de Bosnia aseguraban que entre 30.000 y
50.000 mujeres y niñas habían sido violadas por los combatientes serbios en toda
la república.
La mayoría de los niños concebidos
en violaciones serán internados en orfanatos de Bosnia o de la vecina Croacia, y
rara vez serán dados en adopción. En el último verano de la guerra tuvo
lugar el mayor genocidio ocurrido en Europa desde el fin de la Segunda Guerra
Mundial. Srebrenica, un enclave que había sido declarado «zona de seguridad» por
la ONU y estaba teóricamente protegido por los «cascos azules» holandeses, fue
tomada por las fuerzas serbias, al mando del general Ratko Mladic, en julio de
1995. Los hombres de Mladic ejecutaron a más de 7.000 musulmanes, casi la
totalidad de la población masculina.
Para
ellas, la guerra y la barbarie de los campos de concentración no ha terminado.
Viven presas de las imágenes de horror que reaparecen sin aviso y sin falta a
diario en sus cabezas. El momento en el que el soldado maloliente dice “vas a
tener un hijo serbio” y la violan entre varios, cuando el uniformado toma el
cuchillo y le rebana el cuello a su hijo, o el instante en que comienzan a
cortarle los pechos. Pero ni siquiera pueden permitirse pensar en todo esto,
porque les toca sacar adelante a lo que ha quedado de sus familias. Sus hijos ya
son adolescentes y quieren saber la verdad.
Se
desconoce cuántos niños son hijos de los violadores, pero las organizaciones
hablan de miles. Muchos fueron entregados en adopción en Europa, otros viven en
orfanatos bosnios y muchos otros han crecido junto a sus madres, creyendo que su
padre fue un shaheed, un musulmán que murió en la guerra defendiendo a su
patria. Jasmila Zbanic, la directora de Grbavica, que realizó un intenso trabajo
de campo para preparar la película, explica que “las mujeres, cuando salían de
los campos, se hallaban en estado de choque y no querían saber nada de sus
hijos. Muchos niños acabaron en el
norte de Europa. Nadie les ha seguido la pista ni se sabe cuántos son.
Las
madres que entregaron a sus hijos viven ahora atormentadas”. En el Consejo
Internacional para la Rehabilitación de las Víctimas de la Tortura de Sarajevo
explican que los soldados serbios no entregaban a las mujeres al bando enemigo
hasta el séptimo mes de embarazo, cuando ya no había vuelta atrás y tenían la
certeza de que no abortarían. “Querían que tuvieran hijos serbios, querían
estigmatizar a toda la familia”, dice Dubravka Salvia, la directora de la
asociación.
Sin
ayudas estatales, estas mujeres malviven en los arrabales de las ciudades
bosnias. Pese a los enormes problemas psicológicos que arrastran, carecen de
seguridad social y sus ingresos se reducen a la pensión de viudez, cuando toca.
Dayton y el gobierno bosnio insisten en que deberían volver a las tierras de las
que fueron expulsadas, pero a ellas les aterroriza la idea del regreso, porque
temen verse las caras con sus violadores, la gran mayoría aún libres. Y las
autoridades bosnias se escudan en la falta de acuerdo entre las dos entidades
que forman el país —la República Serbia de Bosnia y la Federación croato-musulmana-para
no dar caza a los criminales. Muchas han permanecido todos estos años calladas y
sólo ahora empiezan a hablar, muy poco a poco. Saben que sus testimonios podrían
encarcelar a sus agresores, aunque a duras penas conservan la fe en la Justicia.
Los expertos insisten en que vomitar el dolor es el primer paso hacia la
curación, pero la mayoría no son capaces de verbalizar tantas atrocidades. Ni
siquiera sus maridos —los que aún viven— lo saben y muchos de sus hijos tampoco,
porque temen que las abandonen.
UN
TEMA QUE NO SE TOCA. En una de las cinco colinas que rodean Sarajevo, la ciudad
que estuvo cercada 43 meses durante la guerra, vive Hasija Brankovic. A sus 35
años, casi nunca habla de lo que le hicieron los soldados durante el mes que
pasó en un campo de concentración en Rogatica, en la República Serbia de Bosnia.
Su hermana mayor y su madre, que medio ha perdido la cabeza, también pasaron por
los campos, pero ese tema no se toca, a pesar de que las tres viven en la misma
casa raquítica y duermen en una única habitación, junto con otros dos hermanos
pequeños.
Llegaron a esa casa a los tumbos, después de que las echaran de las nueve
anteriores por no pagar el alquiler. Hasija habla de las penas que pasa para
sacar adelante a esa familia, sin trabajo y sin más ayuda que la pensión de su
padre, muerto en la guerra. En total, 170 euros a los que hay que restar los 100
de alquiler. Hasija salta de un tema a otro y pronto explica que las pastillas
para los nervios le impiden centrarse. Sentada en el suelo de un cuarto de estar
que hace las veces de cocina y de despensa, empieza a hablar de su encierro en
el campo de concentración. “Calla!”, la corta enseguida la madre, con la cabeza
cubierta con un pañuelo y sin apenas dientes. La mujer teme aún represalias.
Quedamos para otro día, lejos de la presencia de la madre. “Los soldados nos
llevaron a la escuela de Rogatica. Cada noche y cada día venían, con un calcetín
en la cabeza, y nos preguntaban: ‘Quieres que te viole o prefieres mirar?’. A
veces era un hombre, a veces un grupo. Así durante un mes.” Hasija llora, toma
aire y piensa. “Mataron a mi padre y mi hermana de tres años no pudo escapar del
campo. Si no fuera porque tengo que ocuparme de mi familia, me haría algo a mí
misma”, asegura esta mujer que calla más horrores de los que relata. Hasija
todavía no sabe si algún día testificará ante los jueces; de momento, no se
siente preparada.
En el
tribunal montado hace un año en Bosnia para juzgar a criminales de guerra y que
reemplazará al Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY),
un equipo de psicólogas atiende a las que han decidido testificar contra sus
violadores. Jasmina Pusína, una de las terapeutas, explica que muchas mujeres no
hablan con la esperanza puesta en el olvido. “Intentan olvidar sin sabe que
nunca podrán. Conviven con sus secretos hasta que un día se vienen abajo. Tarde
o temprano sucede, es sólo cuestión de tiempo” asegura Pusína, quien explica que
las terapias tratan de ensamblar las piezas del rompecabezas del horror. Los
olores, los sonidos, las imágenes de los días de la tortura para hacer a las
mujeres conscientes del trauma, y para que aprendan a convivir con él. Estas
terapias las dirigen las ONG, que trabajan de forma intermitente, en función de
las ayudas internacionales. Marijana —nombre ficticio— hace tiempo que decidió
hablar y recomponer su espeluznante historia. La ha contado en La Haya. Haber
testificado no la ha vacunado, sin embargo, contra el inevitable derrumbe cada
vez que revive su paso por un campo de concentración en Visegrado, al este del
país. “Me violaron varias veces. Tantas que no sabría contarlas. Mi hijo, de 16
años, lo vio todo. Olían mal, a cebolla, a alcohol. Estaban muy sucios. Me
enseñaron varios cuchillos. ¿Cuál es el más afilado me preguntaron?”. Marijana
rompe a llorar: “Vi cómo pasaban el cuchillo por el cuello de mi hijo. Les pedí
que me mataran a mí. No entiendo qué hemos hecho para ser tan odiadas”. Vuelve
el llanto y la respiración entrecortada, pero Marijana quiere continuar: “Lo
tenían todo pensado, todo planeado para humillamos y destrozar a nuestra
comunidad. Ahora nosotras no
valemos para nada, y el gobierno hace oídos sordos,
pero, si seguimos calladas, no llegaremos a ninguna parte”, afirma esta mujer
que vive en Sarajevo, y que dice adivinar la llegada del frío invierno bosnio en
las cicatrices de su cuerpo. Manjana reconoció en el campo de concentración a
Milan Lukic, entregado por Argentina al TPIY el pasado febrero, después de siete
años de fuga. Lukic operaba bajo las órdenes de los prófugos Radovan Karadzic y
su jefe militar, Ratko Mladic,(foto) acusados de genocidio por la
Matanza de Srebrenica, en la que exterminaron a 8.000 musulmanes bosnios en 1995.
Maida
Cupina también testificó en Holanda. Fue contra Milosevic. Tampoco tiene trabajo
y vive en un piso que le ha prestado el tribunal. A sus 50 años es alta y va muy
arreglada. Pelo bien teñido, colorete y labios perfilados. Su imagen esconde a
una mujer hundida. “Tengo que ser valiente y seguir, por mis hijos”, dice. “Me
violaron delante de mi marido y de mis dos hijos. Me encerraron en casa de mi
padre donde estaba disponible para los soldados durante las 24 horas. ‘Musulmana
inútil’, me gritaban los serbios. Hacían orgías durante días enteros”, relata
mientras empalma un cigarrillo con otro en el apartamento, prestado, donde vive
con su hija, enferma de anorexia, y sin acceso a un tratamiento médico. Cupina,
de 1,72 metros, llegó a quedarse en 42 kilos. Fue entonces cuando los
nacionalistas fanatizados estimaron que ya no servía para sus propósitos y la
intercambiaron por prisioneras serbias. Ahora dice vivir condenada a la cadena
perpetua de esas imágenes, del olor a alcohol y sudor de esos hombres, tatuados
en su cerebro.
Mientras Cupina habla, por el televisor desfilan las imágenes del entierro de
Miíosevic en Pozarevac la ciudad natal del caudillo ultra-nacionalista serbio.
“Los soldados que vinieron a Nevesinje eran serbios, no bosnios. Esto no fue una
guerra civil, fue un genocidio orquestado por Milosevic. Ha muerto después de
haber consumido la mayor parte del tiempo y del dinero del tribunal de La Haya.
¿Y ahora qué?”, se pregunta esta mujer.
SOSPECHOSOS EN LIBERTAD. Junto a Milosevic y al resto de los grandes nombres del
TPIY, fuentes judiciales del país estiman que alrededor de 10.000 sospechosos
(en su mayoría procedentes de las filas de los fanáticos serbios, pero también
bosnios) siguen en libertad. La mayor parte de ellos vive en la República Serbia
de Bosnia, una de las dos entidades del país, y que, tras la expulsión de miles
de musulmanes durante la guerra, se ha convertido en una zona étnicamente
limpia, casi sin presencia musulmana. A pesar de que Dayton reconoció el derecho
al retomo de los desplazados y de que las autoridades alientan de boquilla el
regreso, las víctimas insisten que, si no se detiene a los agresores no habrá
vuelta posible.
Nusreta Sivac es una de las pocas que optó por el regreso y ahora le toca
cruzarse en la calle con los hombres que la torturaron en los tres campos de
concentración en los que estivo en 1992: Omarska, Trnopolje y Keraten conocidos
por las imágenes que dieron vuelta al mundo y en las que se veía a hombres
famélicos tras la alambrada.

“Estuve allí casi dos meses. Hablar de que pasó dentro es durísimo”, dice Sivac,
que cuenta que la tortura y las violaciones eran generalizadas y que antes de la
guerra era juez Prijedor, una ciudad entonces multiétnica unos 20 kilómetros de
la frontera con Croacia y donde hoy día los musulmanes forman una minúscula
comunidad, asentada en Kozarac.
Allí,
las casas son nuevas, levantadas sobre las cenizas a las que quedaron reducidas
las viviendas de los bosnios, quemadas por los soldados y milicianos serbios.
“Siempre tuve claro que iba a volver. Esta es mi ciudad. El primer día que
llegué a mi casa, había un cartel que decía: ‘Esta es la puerta de Omarska’.
Ahora me encuentro por la calle con hombres que me maltrataron y otros que han
salido después de cumplir dos tercios de su condena”, explica Sivac. ¿Cómo
reacciona? “Les miro a los ojos. Es lo único que puedo hacer, con esa gente no
se puede hablar. Para nosotras, la mejor lucha es la verdad”, dice esta mujer
que ha testificado en el TPIY contra varios responsables de los campos.
Sivac,
que pertenece a una asociación de mujeres víctimas de la guerra, sostiene que
muchas no quieren testificar porque tienen miedo. “Los agresores siguen teniendo
puestos importantes en la República Serbia de Bosnia. Muchos son héroes
militares”, asegura en una cafetería con aire turco de Kozarac. Prueba de ello
es lo que queda del campo de concentración de Trnopolje, hoy reconvertido en
escuela y asociación de vecinos y en cuya entrada una gran águila esculpida en
piedra rinde homenaje a los soldados que han dejado sus vidas para formar los
cimientos de la República Srpska”. Ramos de flores frescas yacen sobre la nieve,
al pie del monumento.
En
ese campo, los soldados elegían cada día a unas cuantas chicas a las que se
llevaban para violarlas. Unas volvían marcadas por las torturas. Otras, ni
siquiera volvían.
Ahora, Sivac no tiene trabajo y es difícil que lo consiga en una comunidad en la
que los musulmanes no son bienvenidos. A sus 55 años, tampoco tendrá derecho a
una jubilación. En la República Serbia de Bosnia, las mujeres que estuvieron en
los campos ni siquiera son consideradas víctimas del conflicto. En el resto de
Bosnia, las mujeres que fueron violadas sistemáticamente durante la guerra están
consideradas víctimas desde el año pasado, y en teoría, tienen derecho a una
pensión, igual a Jade un hombre que perdiera una pierna por una granada. El
problema, señalan las terapeutas del tribunal, es probar el daño psicológico.
Por eso, algunas asociaciones piden al gobierno que promulgue una ley que se
ocupe de estas mujeres, igual que se aprobó una para los desaparecidos durante
la guerra.
SIN
DERECHOS ESPECÍFICOS. “No hay una definición clara de quiénes son las mujeres
víctimas de la guerra. No tienen ningún derecho específico”, reconoce el
ministro bosnio de Derechos Humanos y para los Refugiados, Misrad Kebo, que
defiende que las mujeres violadas no deben tener un tratamiento especial, y
culpa a las autoridades serbias de que los violadores sigan en la calle y de que
el reconocimiento como víctimas ni siquiera exista en la República Srpska. “Esto
es un problema regional, no sólo interno. Estamos hablando de Mladic y de
Karadzic, de gente que se encuentra a salvo en los países vecinos. Nosotros
pedimos a las autoridades serbias su colaboración”, asegura Kebo en la sede del
gobierno, en Sarajevo.
Kebo
echa también el resto de pelotas fuera. Culpa a las mujeres de no querer hablar:
“El Estado no puede hacer nada si ellas no reconocen lo que les ha pasado”. Y
asegura que su gobierno no dispone de recursos para atender a estas mujeres.
Sorprende, sin embargo, ver cómo Sarajevo es hoy una ciudad completamente
reconstruida, donde apenas queda rastro de los morteros y las granadas en los
edificios, y donde el dinero no ha alcanzado para la reconstrucción de las vidas
de los que quedaron dañados de por vida por la barbarie.
A
falta de iniciativas estatales, Grbavica la película bosnia recientemente
premiada en Berlín, podría ser el catalizador de la esperada catarsis colectiva
que anime a las mujeres a hablar y que recuerde al gobierno bosnio s cuenta
pendiente con las víctimas olvidadas.
Grbavica cuenta la historia de una mujer violada durante la guerra. La
precariedad económica en la que sobreviven las mujeres como Esma, la
protagonista. Y habla de los hijos gestados en las violaciones, que hoy son adolescentes y que empiezan a preguntar por 1 identidad de sus padres.
LAS
MENTIRAS DE LA GUERRA. Muchas de la madres que decidieron quedarse con sus hijo
los han criado en los campos de refugiados, al amparo de las mentiras de la
guerra. Pero es tos niños y niñas tienen hoy 14 años y quieren saber quiénes
fueron sus abuelos paternos quiénes son sus tías.., y para eso no hay res
puesta. Sus madres fueron violadas tantas veces que, aunque se atrevieran a
decirles que si padre no fue un héroe, serían incapaces de da con su identidad.
“Son niños muy inseguros muy dependientes. Viven con el temor de que sus madres,
traumatizadas y apenas capaces de arrastrar su propia vida, los abandonen. Se ha
producido la transmisión generacional de trauma”, estima Salvia.
Grbavica, cuya exhibición ha sido prohibida en la República Serbia de Bosnia, y
cuy estreno en Belgrado contó con la presencia de seguidores de Mladic y
Karadzic que trataron de abortar la proyección, está batiendo récords de
taquilla en la Bosnia croata y musulmana. Esta película ha sido capaz de llevar
las violaciones sistemáticas del ámbito de lo privado al terreno de lo público,
algo inédito en Bosnia. Que no se olvide es algo que obsesiona a su joven
directora. “Fueron actos diseñados para humillar. Con ellos destruyeron tanto..,
sus creencias religiosas, su autoestima, sus vidas. Todavía soy incapaz de
entender cómo los hombres pueden ser capaces de utilizar la violación como un
arma, cómo son capaces de tener una erección fruto del odio”, reflexiona Zbanic
en Tuzla, en el noreste de Bosnia, donde recientemente se estrenó la película.
Esa
noche en Tuzla, los espectadores —la mayoría mujeres— salieron conmocionados de
la sala. Algunas, con los ojos todavía húmedos, se han quedado sin palabras. Un
poco más tarde, Eilla Vickovic, con hiyab, ya está en condiciones de hablar:
“Esta película puede ofrecernos un futuro mejor a los bosnios, sobre todo a las
que tienen miedo de que la sociedad no las entienda si cuentan que han sido
violadas. Pero todo el mundo conoce los hechos desde hace tiempo ¿Cómo es
posible que haga falta una película para entender esto?”, se pregunta.-(Foto:
Jasmila Zbanic)
Por Ana Carbajosa
Fuente Consultada: Revista Veintitrés
Internacional
|