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MÉXICO,
EL DESEMBARCO DE LA MUERTE: El 18 de noviembre de 1518 Hernán Cortés
zarpó de la colonia española de Cuba con un ejército de ochocientos hombres,
mezcla de españoles amerindios. Desembarcó en la costa de Yucatán, donde
recibió mensaje: amistosos y regalos del emperador azteca Moctezuma (imagen) .
Continuando el viaje, Fundó la ciudad de Veracruz, se aseguró la lealtad de sus
vacilantes tropas quemando las naves —de manera que no pudieran regresar a Cuba—
marchó hacía el interior, a Tlaxcala.
Allí encontró una resistencia hostil y
luego de una dura batalla pactó con los tlascaltecas y partió hacia la capital
azteca de Tenochtitlán (en el mismo emplazamiento de la actual ciudad de
México), con un refuerzo de alrededor de mil tlascaltecas “amigos".
La ciudad,
una gran comunidad de aproximadamente 300.000 habitantes, se hallaba en medio de
un gran lago, por lo que se arribaba a ella por tres carreteras terraplenadas
construidas en piedra, una de ellas de casi diez kilómetros.
Cortés mantuvo relaciones amistosas con Moctezuma por algún tiempo pero se
enemistaron después de un ataque a Veracruz, aparentemente instigado por el rey
azteca. Cortés lo tomó prisionero, lo multó con una importante cantidad de oro y
lo forzó a reconocer el señorío de España. Seis meses más tarde, en mayo de
1520, el jefe español supo que un segunct4 ejército hispano-amerindio, bajo las
órdenes de Pánfilo de Narváez, avanzaba desde la costa hacia el interior con la
intención de restablecer a Moctezuma en el poder.
Dejando a Pedro de Alvarado a cargo de la capital, Cortés interceptó Narváez y
lo derrotó en un sorpresivo ataque nocturno. Luego recibió noticias de que
Alvarado estaba combatiendo una insurrección en la ciudad por lo que apresuré su
regreso. Al llegar, el 24 de junio de 1520, encontró Moctezuma muerto. Alvarado
había sitiado la ciudad con un pequeño remanente del ejército, mientras el
pueblo azteca vivía una revuelta general Cortés forzó su salida con gran
dificultad luego de una heroica batalla en que perdió casi la mitad de sus
hombres, y se refugió entre los relativamente amigables tlascaltecas.
Hacia
fines de 1520 recibió algunos refuerzos españoles, recluté un ejército de 10.000
tlascaltecas y formó una flotilla de pequeñas embarcaciones Ordenó cavar un
canal y tuvo éxito en llevar sus barcos hasta el lago que rodeaba la capital, a
la que sitió en abril de 1521. Él mismo comandó la empresa, de 300 hombres,
derrotó a una fuerza numéricamente muy superior efectuó desembarques en los
terraplenes, pero sufrió un revés con muchas bajas en el primer intento de
ingresar en la ciudad. Sin embargo, ésta cayó después de una obstinada
resistencia, el ¡3 de agosto de 1521. Cuando los españoles entraron, encontraron
las casas repletas de muertos, pero no p heridas de combate o por hambre, sino
por enfermedad.
Cuando Pánfilo de Narváez dejó Cuba en mayo de 1520, en su viaje a México llevó
consigo a unos africanos, probablemente los mismos esclavos cristianizados (o
sus hijos) que habían sido embarcados hacia las Indias Occidentales por orden
del rey Fernando. Algunos enfermaron durante el viaje y al menos uno fue bajado
a tierra en América estando aún enfermo. Éste infectó a otros tripulantes y la
enfermedad, a la que llamaron la “gran lepra’, se diseminó entre la población
amerindia. La descripción no tiene semejanza alguna con la lepra, y su rápida
dispersión con una inmediata erupción cutánea no coincide con el aspecto de la
frambesia o de la sífilis. Por estos datos, poca duda cabe de que se
trataba de una forma letal de viruela.
La
enfermedad, ciertamente, era más cruenta que la viruela conocida en la Europa
del siglo XVI. Puede considerarse que una forma epidémica que afectaba a los
nativos tlascaltecas fue transmitida por éstos a la capital en el primer intento
abortado de su captura, durante el verano de 1521. Cuando Cortés entró en la
ciudad en agosto, encontró que casi la mitad de los habitantes habían muerto. En
el curso de seis meses prácticamente no quedó un solo pueblo sin ser infectado
en las regiones conocidas de la Nueva España. Se ha estimado que casi la mitad
de la población azteca pereció en esa primera epidemia.
Una
segunda epidemia que, se sabe, ingresó por medio de la llegada de barcos
españoles, provocó devastación en 1531. Tres posteriores rebrotes, en 1545, 1564
y 1576, redujeron la población nativa de la Nueva España, de —se estima— entre
10 y 25 millones de habitantes anteriores a la Conquista a menos de 2 millones a
comienzos del siglo XVII. En la misma época, también la población inca del Perú
disminuyó, de cerca de 7 millones a, aproximadamente, medio millón.
La
viruela fue, sin duda, el principal villano, aunque no el único, ya que los
españoles también introdujeron las paperas y el sarampión, ambos causantes de
muchas muertes. No hay evidencia alguna de que esas infecciones existieran en
América antes de la llegada de los conquistadores.

Matanza de nativos. Temerosos de la creciente
resistencia azteca, los españoles respondieron con la matanza de varios nativos.
En esta acuarela del siglo XVI se aprecia la masacre de la que fueron víctimas
los pobladores de Cholula, ejecutada por órdenes de Cortés. Los habitantes de
Cholula se habían rehusado a proporcionar abastecimientos a las fuerzas
expedicionarias españolas.
La
espantosa mortandad tuvo otro efecto muy importante: los amerindios, en general,
percibieron la resistencia —por lo menos, inicialmente— como un hecho sin
mayores posibilidades de éxito. Los invasores, capaces de provocar la muerte a
esa escala, no podían ser simples mortales sino dioses vengativos. Por otro
lado, tanta desgracia sólo podía disminuir el espíritu de lucha de los nativos.
De acuerdo con esta visión, los nativos de Nuevo Mundo no estaban solos: también
las tribus aborígenes del sudeste de Australia deben de haber sentido algo
similar cuando, en los últimos años del siglo XVII, fueron diezmados por su
exposición repentina a la viruela, acompañando la primera etapa de la
colonización británica.
La
razón de la supuesta divinidad de los conquistadores no radicaba en que ellos
usaran armaduras capaces de anular las armas aztecas, o pólvora superando el
alcance de las flechas nativas. La razón suprema para verlos como superhumanos
radicaba en que ellos parecían inmunes al terrible flagelo que azotaba a los
amerindios.
La
epidemia inicial entre los aztecas en el verano de 1521 pudo haber sido causada
por un caso fortuito de la letal viruela malar introducida por un esclavo
africano, o quizá la forma benigna variola minar o alastrim sufrió algún
cambio hacia el tipo majar cuando fue contagiada a personas desacostumbradas y
desprotegidas. En cualquier caso, lo cierto es que los españoles tenían cierta
resistencia a la infección. No hay duda, de todos modos, que la viruela y la
inmunidad relativa a ella, jugaron un papel, sino el mayor, en la destrucción
del pueblo azteca, tanto como la superioridad de las armas españolas. De ahí en
mas México quedo como uno de los reservorios de la viruela virulenta.
La brusca caída de la población
nativa de Norteamérica: La presencia de
la viruela en América del Norte causó gran mortandad entre la población nativa y
fue motivo de migraciones internas. Para citar sólo algunos casos en los que el
virus provocó cuantiosas pérdidas humanas, apuntemos el siguiente cuadro
sumario:
Hidatsa: este
pueblo agrícola sedentario, de la familia lingüística siux. pertenece al área
cultural de las Grandes Llanuras. Habitaron la región de la parte alta del río
Missouri en Dakota del Norte hasta aproximadamente 1837, año en que una epidemia
de viruela mermó la población en toda la región. Los supervivientes se
trasladaron a otras tierras.
Cherokee: las
guerras con otras tribus los obligaron a desplazarse en dirección sudeste hacia
los montes Apalaches. En 1715 la viruela diezmó la población, que quedó reducida
a unos 11.000 miembros.
Pawnee: de la
región cultural de las Grandes Llanuras, estos nativos fueron tradicionales
amigos de los colonos y el gobierno de los Estados Unidos y enemigos de los siux.
Eran agricultores pero progresivamente fueron cediendo sus tierras, en parte por
la notoria pérdida de población —de varios millares descendió a unos pocos
cientos— causada, sobre todo, por la viruela y los ataques de otras tribus.
Omaha: también
de la familia de los siux, antiguamente habitaban un amplio territorio al oeste
del río Missourí, en el actual estado de Nebraska. La población mermó
notablemente por la epidemia de viruela de 1802 y por sus incesantes
enfrentamientos con tos siux.
Iowa: estos famosos cazadores de búfalos y
comerciantes de pieles constituían una comunidad de cerca de 1.100 individuos en
1760, cifra que mermó a menos de 800 en 1804, muchos de ellos víctimas de la
viruela.
Hurón: habitantes de la costa de los Grandes
Lagos, cuando recibieron a los primeros colonos y misioneros franceses, estaban
en la cumbre de su desarrollo como confederación de pueblos, y albergaban entre
10.000 y 30.000 almas en unos veinticinco poblados. En 1625, la viruela —junto,
al parecer, con otras epidemias— diezmó su población.
Aleutianos:
habitan las islas homónimas. Provenientes de Alaska, cuando las islas cayeron
bajo dominio del imperio ruso, hacia 1740, la población sumaba cerca de 25.000
habitantes. Aunque vivían en un gran aislamiento, sucesivas epidemias de viruela
y gripe, además de las extremas condiciones de subsistencia, mermaron
brutalmente la población, que, en la actualidad, apenas roza las 2.000 personas.
Fuente Consultada: Grandes Pestes de la
Historia - Wikipedia - Enciclopedia Encarta
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