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La
transferencia de poder de Occidente a Oriente se está realizando a un ritmo
acelerado y el contexto en que tienen lugar los retos internacionales pronto
cambiará notablemente, así como los retos mismos. Muchos en Occidente ya son
conscientes de la creciente fortaleza de Asia. Sin embargo, el hecho de que sean
conscientes no quiere decir que estén preparados. Y ahí está el peligro: que los
países occidentales repitan sus errores del pasado.
Los
cambios más importantes de poder entre estados, por no mencionar las regiones,
ocurren con poca frecuencia y muy rara vez de manera pacífica. A principios del
siglo XX, el orden imperial y los estados en ciernes de Alemania y Japón no
lograron ajustarse entre sí. El conflicto así generado devastó grandes partes
del planeta.
Hoy la transformación del sistema internacional será aún mayor y
requerirá que se asimilen tradiciones políticas y culturales marcadamente
diferentes. Esta vez son los superpoblados estados asiáticos los que buscan
desempeñar un papel más destacado. Como Japón y Alemania en aquel entonces,
estas potencias emergentes son nacionalistas, buscan reparaciones de los
agravios del pasado y quieren exigir una buena posición en el panorama mundial.
El creciente poder económico de Asia se está convirtiendo en mayor poder
político y militar, lo que incrementa el peligro potencial de conflictos. En la
región, los puntos de mayor riesgo de hostilidades —Taiwán, la península de
Corea y la Cachemira dividida— han desafiado cualquier solución pacífica.
Cualquiera de ellos podría detonar una guerra de gran escala que haría parecer a
las actuales confrontaciones de medio Oriente meras operaciones policíacas. En
breve, lo que está en juego en Asia es de enormes proporciones y exigirá de
Occidente toda su capacidad de adaptación.

Hoy,
China es la potencia en ascenso más obvia. Pero no está sola: India y otros
estados asiáticos ostentan tasas de crecimiento que podrían
aventajar a lasa de
los países occidentales mas importantes en las décadas por venir. La economía de
China crece a más de 90/o al año, la de India, a 80 o, y los “tigres” del
Sudeste Asiático se han recuperado de la crisis financiera de 1997 y han
reanudado su marcha hacia adelante. Se espera que la economía china duplique la
de Alemania para 2010 y dé alcance a la de Japón, hoy día la segunda más grande
del mundo, para 2020. Si India sostiene un crecimiento de 60 o durante 50 años,
como lo creen posible algunos analistas financieros, igualará o superará a la de
China en ese lapso.
No
obstante, es probable que el extraordinario ascenso económico de China continúe
durante varias décadas; es decir, si puede salir airosa de los tremendos
trastornos causados por el rápido crecimiento, como son la migración interna de
las áreas rurales a las urbanas, los elevados niveles de desempleo, la enorme
deuda bancaria y la corrupción imperante. En estos momentos, China está
enfrentando una prueba crucial en su transición hacia la economía de mercado.
Experimenta alzas inflacionarias, burbujas en la propiedad inmobiliaria e
insuficientes recursos básicos como petróleo, agua, electricidad y acero.
Beijing está restringiendo la oferta de dinero y los préstamos bancarios
grandes, a la vez que continúa esforzándose por limpiar a fondo el
frágil sector bancario. También acaba de elevar el valor de su moneda, fijada al
dólar, para abatir el costo de las importaciones. Si esos intentos de enfriar la
economía de China —que es mucho mayor y más descentralizada de lo que era hace
10 años, cuando se mantuvo sobrecalentada— no funcionan, la economía podría
derrumbarse.
Aunque fuera temporal, una quiebra tan enorme tendría consecuencias terribles.
Hoy China es un actor tan importante en la economía global que su salud está
inextricable-mente ligada a la del sistema en general. China se ha convertido en
el motor que impulsa la recuperación de otras economías asiáticas de los reveses
de la década de 1990. Por ejemplo, Japón se ha vuelto el mayor beneficiario del
crecimiento económico chino, y sus principales indicadores económicos entre
ellos el gasto del consumidor, han mejorado en consecuencia. Las últimas cifras
oficiales indican que el PIB real de Japón se elevó a una tasa anual de 6,40/o
en el último trimestre de 2003, el crecimiento más alto de cualquier trimestre
desde 1990. Gracias a China, Japón puede estar saliendo por fin de una década de
malestar económico. Pero esa tendencia podría no persistir si China cae en la
bancarrota.
India
también adquiere mucha importancia en la pantalla del radar. A pesar del
vacilante progreso de sus reformas económicas, India se ha lanzado en una firme
trayectoria ascendente, impulsada por sus grandes éxitos en software y las
industrias de servicios a empresas, que apoyan a corporaciones en Estados Unidos
y otras economías avanzadas. La regulación sigue siendo ineficaz, pero un cuarto
de siglo de reformas parciales ha permitido que surja un dinámico sector
privado. El éxito económico también está empezando a cambiar las actitudes de
fondo: después de 50 años, muchos indios están abandonando por fin su papel de
víctimas de la era colonial.
Otros
estados del Sudeste Asiático están integrando firmemente sus economías en una
red más amplia mediante tratados comerciales y de inversión. Sin embargo, a
diferencia del pasado, China (y no Japón ni Estados Unidos) es el eje del
fenómeno.

Los
miembros de la Asociación de las Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), por fin,
están considerando seriamente una unión monetaria. El resultado podría ser un
enorme bloque comercial, que representaría buena parte del crecimiento económico
de Asia... y del mundo.
LAS PRESIONES DEL ÉXITO.
Apenas empieza el ascenso de Asia, y si las grandes potencias regionales se
mantienen estables y mejoran sus políticas, el rápido crecimiento podría
continuar durante décadas. Un sólido éxito, no obstante, viene inevitablemente
acompañado de varios problemas.
El
primero y principal de ellos será las relaciones entre los países más
importantes de la región. Por ejemplo, Japón y China nunca han sido poderosos al
mismo tiempo: por siglos, China fue fuerte mientras Japón estaba empobrecido;
durante la mayor parte de los últimos 200 años Japón fue poderoso y China débil.
Que los dos sean poderosos en la misma era será un desafío sin precedentes. Por
su parte, India y China no han resuelto su disputa fronteriza que lleva ya 42
años y mantiene la desconfianza entre ellas. ¿Es posible que hoy coexistan estas
tres potencias, o chocarán entre sí por el control de la región, el acceso a las
fuentes energéticas, la seguridad de las rutas marítimas y la soberanía en las
islas del sur del Mar de China?
Cada
uno de los aspirantes asiáticos está implicado en explosivos conflictos
territoriales, y cada cual tiene variables presiones internas: trastornos
demográficos, rígidos sistemas políticos, luchas étnicas, frágiles instituciones
financieras y corrupción generalizada. Como en el pasado, las crisis internas
podrían provocar confrontaciones internacionales.
Taiwán es el ejemplo más peligroso de este riesgo. Han pasado ya más de 30 años
desde que Estados Unidos combinó el reconocimiento de una China con la petición
de una solución pacífica de la cuestión de Taiwán. Aunque los lazos económicos
NT sociales entre la isla y el continente han crecido desde entonces, las
relaciones políticas se han deteriorado. Taiwán, con su actual presidente,
parece pretender poco a poco la independencia absoluta, mientras la China
continental sigue buscando su aislamiento y amenazándola con desplegar 500
misiles a lo largo del Estrecho de Taiwán. Estados Unidos, actuando de acuerdo
con su compromiso con la seguridad de Taiwán, ha proporcionado a la isla equipo
militar cada vez más sofisticado. A pesar de las advertencias estadounidenses a
cada lado, si Taiwán traspasa la línea entre la autonomía provisional y la
independencia o si China se torna más impaciente, la región podría estallar.
La
región de Cachemira sigue dividida entre una India y un Pakistán dotados de
armas nucleares. Desde 1989, el conflicto ha costado unas 40.000 vidas, muchas
de ellas en choques en la Línea de Control que separa a los dos beligerantes.
Recientemente, India y Pakistán han suavizado su retórica belicista entre una y
otra, pero ningún lado parece dispuesto a un arreglo aceptable para ambos. Las
inestabilidades económicas o políticas en Pakistán podrían fácilmente volver a
detonar el conflicto.
Corea
del Norte es otro de los puntos de mayor riesgo. Varias rondas de conversaciones
recientes de seis partes, auspiciadas por China, no han logrado persuadir a Kim
Jong Ii de que desmantele su programa de armas nucleares a cambio de garantías
de seguridad y ayuda a la decrépita economía de Corea del Norte. Más bien, las
pláticas han traído recriminaciones: hacia Estados Unidos, por ofrecer demasiado
poco; hacia Corea del Norte, por seguir siendo intransigente, y hacia China, por
aplicar una presión insuficiente a su vecino dependiente.
Pruebas sacadas a la luz recientemente indican que los esfuerzos nucleares de
Corea del Norte están más avanzados de lo que antes se creía. Como advirtió el
vicepresidente Dick Cheney a los dirigentes de China en su visita de abril, el
tiempo puede estar acabándose para llegar a una solución negociada de la crisis.
EL CAMBIO DE PRIORIDADES.
Por
más de un siglo, Estados Unidos ofreció estabilidad en el Pacífico mediante su
presencia militar, sus alianzas con Japón y Corea del Sur y su compromiso con la
promoción del progreso económico. En efecto, en sus primeros días, el gobierno
de Bush subrayó su intención de fortalecer esos lazos tradicionales y de tratar
a China más como un competidor estratégico que como un socio para el futuro. Sin
embargo, los acontecimientos recientes (entre ellos los ataques del 11 de
septiembre de 2001) han modificado el énfasis de la política exterior
estadounidense. Hoy se espera mucho menos de Corea del Sur que en el pasado,
gracias en parte a los nuevos dirigentes de Seúl, que representan una generación
más
joven
de coreanos afines a China y mal predispuestos a Estados Unidos y que no temen
al Norte.
Entre
tanto, Japón, de cara a una China en ascenso, una Corea del Norte con armas
nucleares y una creciente tensión con Taiwán se siente inseguro. Por ello se ha
comprometido a desarrollar un sistema de defensa de misiles con ayuda
estadounidense y estudia flexibilizar sus limitaciones constitucionales sobre el
desarrollo y despliegue de sus fuerzas armadas.
Esas
medidas han inquietado a los vecinos de Japón, que podrían sentirse aún más
incómodos si Japón pierde la fe en su garantía de seguridad brindada por Estados
Unidos y optara por construir en su lugar su propia disuasión nuclear. Peor
sería, desde la perspectiva estadounidense, que China y Japón buscaran una
alianza estratégica entre ellos en lugar de tener relaciones paralelas con
Estados Unidos. Para adelantarse a ello, Washington debe evitar, en todos sus
manejos con China y las dos Coreas, sembrar algún género de dudas en Japón
acerca de sus obligaciones en la región.

Sin
embargo Japón, dados sus actuales problemas económicos y demográficos, no puede
ser el centro de ningún arreglo de poder en Asia. Más bien, ese papel será
desempeñado por China y, a la larga tal vez, por India. Por ello, las relaciones
con estos dos gigantes en crecimiento son esenciales para el futuro, y el
compromiso debe ser la orden del ella, aun cuando algunos funcionarios de Bush
sigan convencidos de que Estados Unidos y China acabarán siendo rivales. Para
ellos, la realidad estratégica es incompatible con los intereses vitales.
En
términos militares, Estados Unidos está protegiendo su posición con la más
amplia realineación de su poder en medio siglo. Parte de esta realineación es la
apertura de un segundo frente en Asia. Estados Unidos ya no está emplazado en
varias grandes bases de apoyo en el Pacífico frente al continente asiático; en
la actualidad ha realizado movimientos importantes hacia el corazón mismo
de
Asia, al construir una red de bases más pequeñas, ubicadas en los más remotos
rincones de Asia Central. La justificación manifiesta de estas bases es la
guerra contra el terrorismo. Pero hay analistas chinos que sospechan que la
intención verdadera de estas nuevas posiciones estadounidenses, sobre todo a
partir de la reciente intensificación de cooperación militar de Washington con
India, es la suave contención de China.
Por
su parte China está modernizando sus fuerzas armadas, tanto para mejorar su
capacidad de ganar un conflicto sobre Taiwán como para disuadir la agresión
estadounidense.
Ahora
la doctrina militar china se enfoca en contrarrestar las capacidades de alta
tecnología de Estados Unidos: redes de información, aeronaves “invisibles”,
misiles crucero y bombas dirigidas de precisión.
Los
estadounidenses suspicaces han interpretado el aumento de los presupuestos
militares chinos como signos de la intención de Beijing de reducir la presencia
estadounidense en Asía del Este. Por eso Washington está ansioso por usar a
India, que está dispuesta a acrecentar su poder económico y militar, como
contrapeso de China y como fuerte defensor de la democracia por propio derecho.
India, para encarnar estos papeles, necesita acelerar el ritmo de sus reformas
económicas y evitar el nacionalismo hindú asociado al Partido Bharatiya Janata (PBJ),
que sufrió una sorprendente derrota en las recientes elecciones parlamentarias.
Funcionarios del triunfante Partido del Congreso se comprometieron a continuar
con sus reformas económicas y, al mismo tiempo, a resolver las necesidades de
los pobres del campo que a través del voto los llevaron de nuevo al poder.
Envalentonados por la victoria, los voceros del Partido del Congreso dijeron que
defenderían el incremento de la tasa de crecimiento anual de India a 1 O0/o, a
partir de su actual ocho por ciento.
A
menos que el Congreso siga con su secular tradición de gobernar, reducirá
cualquier utilidad que India pudiera obtener de la campaña estadounidense de
contrarrestar la influencia de los fundamentalistas islámicos radicales. A la
fecha, la ideología religiosa que se opone a todo gobierno secular ha generado
sólo un moderado arrastre entre las grandes poblaciones musulmanas de India y
los estados circundantes de Asia Central y del Sudeste. Por ejemplo, a los
partidos políticos fundamentalistas islámicos les fue mal en las elecciones
parlamentarias de invierno y primavera en Malasia e Indonesia. Sin embargo, por
otras vías los radicales islámicos se vuelven una seria amenaza para la región.
Allá, los gobiernos débiles y la corrupción generalizada ofrecen un campo fértil
para las operaciones clandestinas: entrenamiento reclutamiento y equipamiento de
terroristas. Según los indicios, hay allá redes no bien definidas de distintos
grupos terroristas del Sudeste Asiático que se ayudan entre sí con
financiamiento y operaciones.
Encuestas recientes de opinión pública indican que la oposición a Estados Unidos
entre los fundamentalistas islámicos radicales está creciendo, en gran parte
debido a sus actividades en Irak y al respaldo estadounidense al gobierno de
Sharon en Israel. Aún queda por determinar el impacto completo de los ultrajes a
los que fueron sometidos los prisioneros iraquíes. Pero ya es patente la
profunda ira de las comunidades musulmanas de todo el mundo por la percepción de
desdén a los intereses palestinos del gobierno de Bush.
Una
solución del conflicto palestino-israeli no acabaría con el terrorismo, y los
mismos musulmanes deben encabezar la batalla ideológica dentro del islam. Pero
Estados Unidos podría fortalecer la participación de los moderados del mundo
islámico con una combinación de cambios de politicas y diplomacia pública
eficaces. Estados Unidos debe hacer más que establecer estaciones de radio y
televisión para difundir perspectivas alternativas
de
las intenciones estadounidenses en Medio Oriente. Debe volver a reaprovisionar
sus disminuidos recursos de diplomacia pública a fin de reclutar más expertos en
idiomas, reabrir bibliotecas extranjeras y centros culturales, y patrocinar
programas de intercambio. Dado el gran número de musulmanes tradicionalmente
tolerantes de Asia, Estados Unidos debe ayudar con vigor a la creación de
alternativas que sean atractivas frente al islamismo radical.
NECESIDAD DE CAMBIOS. Para adaptarse al gran
cambio de poder que hoy se da con tanta rapidez en Asia, Estados Unidos requiere
una vigorosa preparación de parte de su Poder Ejecutivo y del Congreso. El
compromiso establecido por el gobierno de Bush con China representa una mejora
respecto de su postura inicial, y el cambio se ha reflejado en los esfuerzos de
Washington por colaborar
con
Beijing en el combate contra el terrorismo y en las negociaciones con Corea del
Norte. El cambio también se ha reflejado en la renuencia a resolver diferencias
comerciales y monetarias con la imposición de obligaciones. Sin embargo, de
otras maneras, Washington todavía tiene que cambiar su enfoque.
Para
avanzar, Estados Unidos debe ofrecer el liderazgo para forjar los arreglos de
seguridad regional, siguiendo las líneas del acuerdo pendiente entre Estados
Unidos y Singapur para expandir la cooperación en la lucha contra el terrorismo
y la proliferación
debe
ser el adalid de las economías abiertas, o correrá el riesgo de quedar fuera de
los pactos comerciales futuros. Estados Unidos también debe evitar crear la
profecía propia de la rivalidad estratégica con China. De hedos Unidos debe
estar preparado para tal cambio en el curso de los acontecimientos. Pero ello no
es inevitable; la cooperación todavía puede producir avances históricos.
En el
plano internacional, las potencias asiáticas en ascenso deben tener más
representación en instituciones de mayor peso, empezando por el Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas. Este importante organismo deberá reflejar la
configuración emergente del poder global, y no sólo los vencer dores de la
Segunda Guerra Mundial.
Puede
decirse lo mismo de otros organismos internacionales de gran calado. Un reciente
estudio de la Brookings Institution señaló: “Existe una asimetría fundamental
entre la realidad global de hoy y los mecanismos existentes de la gobernabilidad
global, siendo el G-7/8 —el exclusivo club de países industrializados que
representan primordialmente a la civilización occidental— la principal expresión
de este anacronismo La credibilidad y eficacia de los organismos internacionales
depende de tales cambios; sólo entonces podrán contribuir en grado significativo
a la paz entre las naciones.
Aunque lejos de ser del todo segura, la
reestructuración de las instituciones para reflejar la distribución de poder
ofrece más esperanza que permitir que se diluyan en la inaplicabilidad y vuelvan
a la irrestricta e impredecible política del equilibrio de poder ya la
competencia económica sin orden ni concierto.
Fuente Consultada: Revista
Veintitrés Internacional
Por James F. Hoge JR
Director de Foreign Affairs
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