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Cuando la Política Fracasa
Estados
Unidos está descubriendo nuevamente los límites del poder militar. En Irak
mantiene un control aéreo absoluto, pero no deja de perder terreno. Su mera
presencia incita a la violencia. Aunque el presidente George W Bush cree que ha
protegido a los estadounidenses “llevando la guerra al enemigo”, más de 1.700
estadounidenses han muerto en el conflicto con Irak, que también ha provocado
atentados terroristas contra los aliados de
EE.UU., como las terribles explosiones de Londres.
Naturalmente, el error del gobierno de Bush es descuidar la política en sus
cálculos bélicos, o seguir ciegamente el dicho de que la guerra es la política
por otros medios. De hecho, la mayoría de las guerras son un fracaso de la
política, un fracaso de la imaginación política.
Con su fariseísmo y su falta de
conocimientos históricos o culturales, Bush y sus asesores creyeron que invadir
Irak sería fácil, que el ejército de Saddam Hussein se desmoronaría, y que
Estados Unidos sería recibido como un libertador. No comprendieron que Irak ha
sido durante mucho tiempo un país ocupado y manipulado desde el exterior.
En
consecuencia, es lógico que a los iraquíes la ocupación les parezca tan sólo un
episodio más de explotación extranjera. En general, se entiende que el petróleo,
no el terrorismo, fue el motivo inicial de la guerra; una guerra planeada por
los principales asesores de Bush durante la década de 1990 y posibilitada por su
acceso al poder en 2001. Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001
proporcionaron la luz verde, no la motivación básica. Los iraquíes se percatan
de todo esto. No ven la negativa de Bush a establecer una fecha tope para la
retirada de las tropas como un signo de resolución, sino como una declaración de
la intención estadounidense de permanecer en Irak, establecer un régimen títere,
controlar el petróleo del país e instalar bases militares permanentes.
Pero
no va a funcionar. Hay, sencillamente, demasiadas fuerzas políticas reales sobre
el terreno en Irak como para que Estados Unidos pueda manejarlas, y estas
fuerzas exigen cada vez más un calendario para la retirada estadounidense, al
igual que hacen legiones de iraquíes en las manifestaciones públicas y en las
oraciones en las mezquitas. Sólo la política, y no las armas, puede calmar la
situación. Vietnam es un verdadero precedente. El número de muertos y heridos
vietnamitas fue quizá veinte veces superior al de estadounidenses, pero aun así
Estados Unidos no consiguió someter al adversario al que se enfrentaba. Podía
bombardear ciudades de Vietnam hasta convertirlas en escombros, como puede hacer
en Irak, pero esto no resuelve nada, se cobra enormes cantidades de vidas
inocentes y confirma la opinión de que los estadounidenses son ocupantes.
Todo
esto tiene también un aspecto económico. La doctrina de política exterior
estadounidense establece que la seguridad nacional del país descansa sobre tres
pilares: defensa, diplomacia y desarrollo. La ayuda económica a los países
pobres es crucial, porque la pobreza proporciona el combustible para la
violencia, el conflicto e incluso el terrorismo. Pero la diplomacia y el
desarrollo ocupan el segundo y el tercer lugar tras los planteamientos
defensivos —y más precisamente militares— en el gasto estadounidense en política
exterior.
Si
Estados Unidos se basara en la política y no en la guerra, entendería que el
aumento del gasto en desarrollo, y un enfoque comercial en Asia, Africa y Medio
Oriente, en lugar del actual método militar, serían más útiles para los
intereses estadounidenses. Lo que sacó a Muammar Kaddafi de su aislamiento no
fue el bombardeo de Libia sino la diplomacia pacífica. El mismo método habría
sido mucho menos costoso y más prometedor con respecto a Saddam Hussein.
El
ejército puede proteger a Estados Unidos de un ataque militar convencional, pero
no puede protegerlo de la política. Para eso, los estadounidenses tienen que ser
más listos e invertir en desarrollo pacífico en lugar de construir bases
militares en territorios que durante mucho tiempo han sido objeto de abusos.
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LA DECADENCIA DEL IMPERIO AMERICANO
EL TITÁN TAMBALEANTE |
Por TIMOTHY GARTON ASH
*Historiados británico, profesor de Estudios Europeos en la Universidad de
Oxford
Si
quieren saber cómo era Londres en 1905, vean cómo está Washington en 2005.
Gravitas imperial y tremendamente convencido de su importancia. Esa sensación de
ser el centro del mundo y necesitar saber lo que
ocurre en todos los rincones porque es posible que le pidan —o, al menos, que se
sienta llamado— a intervenir. La hiperpotencia. El perro más fiero. Y, sin
embargo, royendo bajo la superficie, el miedo persistente a que la supremacía
mundial que posee no esté, ni mucho menos, tan segura como le gustaría. Como
dijo en 1902 el ministro británico de las Colonias, Joseph Chamberlain:
“El
titán cansado se tambalea bajo la esfera desmesurada de su destino”.
Ahora, Estados Unidos es ese titán cansado. En el caso británico, la angustia
nació de un conflicto inesperadamente prolongado, sangriento y costoso, la
guerra de los boers —en la que un pequeño grupo de rebeldes extranjeros desafió
al ejército más poderoso que había visto el mundo—, la preocupación por el
creciente poder económico de Alemania y Estados Unidos y una combinación de
agotamiento imperial y problemas socioeconómicos en casa. En el caso de Estados
Unidos, la angustia es resultado de un conflicto inesperadamente prolongado,
sangriento y costoso: la guerra de Irak, en la que un pequeño grupo de rebeldes
extranjeros desafía al ejército más poderoso que ha visto el mundo; la
preocupación por el creciente poder económico de China e India, y una
combinación de agotamiento imperial y problemas socioeconómicos en casa.
Irak
es la guerra de los boers de Estados Unidos. Recordemos que, cuando Gran Bretaña
declaró el fin de las grandes operaciones de combate, en el verano de 1900, los
boers emprendieron una campaña guerrillera que mantuvo en vilo a los soldados
británicos durante dos años más. Si estos consiguieron vencer fue sólo gracias a
una actitud despiadada que —me alegra decir— un país democrático, escrupuloso y
esencialmente anticolonialista como Estados Unidos parece incapaz de tener. Al
final, Londres contaba con 450.000 soldados británicos y coloniales en la zona
(frente a los 150.000 soldados estadounidenses en Irak) que encerraron
aproximadamente a la cuarta parte de la población boer en campos de
concentración, donde muchos murieron.
En un
reciente sondeo de CNN/Gallup, el 54% de los entrevistados pensaba que fue un
error enviar tropas estadounidenses a Irak, y el 57% decía que la guerra de Irak
ha hecho que Estados Unidos esté menos a salvo del terrorismo. El campamento de
los que protestan ante el rancho del presidente Bush en Crawford, surgido
alrededor de la madre de un soldado muerto en Irak, es un símbolo del
sufrimiento. La CNN emitió un documental, realizado a partir de fuentes de
primera categoría, que explicaba con detalle que las informaciones sobre las
armas de destrucción masiva de Saddam se tergiversaron, manipularon y adornaron,
y que estaban, como el título del programa, completamente vocadas. Para los
lectores británicos europeos no es ninguna novedad, pero en Estados Unidos no se
han difundido tanto datos. En otro sondeo, el número de la consideraban sincero
al presidente pero por primera vez, inferior al 50%. Esta serna vuelto a tratar
de obtener más apoyo p administración y para la guerra, pero fi rece que lo esté
logrando.
EL
COSTO DE LA GUERRA. Una reciente de The New York Times calculó los costo posible y
verosímil de la guerra de largo plazo: más de un billón de dólares que los
políticos iraquíes hayan llegado consenso sobre el proyecto de Constitución hay que
ser muy optimistas para pensar que vaya a servir para que Irak se convierta en república
federal democrática, pacífica y estable. Irán está adquiriendo discretamente
cada vez más
poder en la zona chiita del sur de Irak. En Washington se cuenta un chiste: se; la
guerra, y ganaron los iraníes.
Mientras tanto, los precios del Petróleo —más de 60 dólares el barril— hacen que
surtidores estadounidenses, la gasolina normal sin plomo cueste casi tres
dólares el galón. Si se mantienen los altos precios de la energía se pondrán en peligro no sólo una
economía todavía llena de fuerza, sino todo un estilo de vida, simbolizado por el Hummer
en sus versiones civil y militar. Además de la inestabilidad en Oriente Próximo, la causa
principal de que suban los precios del petróleo es constante demanda de energía de los
nuevos gigantes económicos de Asia. Los chinos van por mundo firmando calladamente grandes
contratos de suministro de petróleo con todos países productores que encuentran, sin
tener en
cuenta si son políticamente rechazables, como en el caso de Sudán e Irán. Una
empresa china intentó comprar una gran compañía energética de California, pero
eso fue demasiado. Los políticos estadounidenses impidieron el trato.
China
e India son para Estados Unidos lo que Alemania y Estados Unidos eran para Gran
Bretaña hace cien años. China es en estos momentos la segunda economía
consumidora de energía del mundo, después de Estados Unidos. Además posee la
segunda reserva de divisas extranjeras, después de Japón y por delante de
Taiwán, Corea del Sur e India. En esta lista, Estados Unidos está en noveno
lugar, detrás de Singapur y justo delante de Malasia. Según algunos economistas,
el índice de ahorro neto real —teniendo en cuenta toda la deuda y el gasto
público— de Estados Unidos es cero. Nada. Es un país que no ahorra; es un país
que gasta.
Todo
esto no quiere decir que Estados Unidos vaya a derrumbarse mañana. Ni mucho
menos. Al fin y al cabo, el imperio británico duró 40 años más después de 1905.
Es más, alcanzó su máxima dimensión después de 1918, antes de que firmara su
sentencia de muerte al invertir su sangre y su dinero en derrotar a Adolf Hitler
(hay otras maneras peores de morir). Ahora es de imaginar que el imperio
informal de Estados Unidos, su red de bases militares y semi protectorados, va a
seguir creciendo. Estados Unidos, como la Gran Bretaña eduardiana, posee todavía
tremendos recursos económicos, tecnológicos y militares, atractivo cultural y,
cosa importante, el deseo de seguir en la cima. Como proclamaba una cancioncilla
en una revista musical inglesa de la época:
Tenemos intención de seguir siendo
el perro más fiero. Guau, guau.
Sí, señor, tenemos intención de
seguir siendo el perro más fiero.
Hoy
no hace falta buscar mucho para oír ese estribillo en Washington. La estrategia
de seguridad nacional del gobierno de Bush no oculta su objetivo de conservar la
supremacía militar. Ahora bien, no se sabe si el siglo americano, que comenzó en
1945, durará hasta 2045, 2035 o sólo 2025; pero su final se vislumbra ya en el
horizonte. Si resulta que ustedes son de los que, de forma instintiva,
consideran que eso es motivo para alegrarse, párense un momento a pensar y
tengan en cuenta dos cosas: la primera, que las oscilaciones de poder entre las
grandes potencias en ascenso y en decadencia han ido tradicionalmente
acompañadas de guerras terribles, y, segunda, que el próximo perro más fiero
puede ser mucho peor.
Así
pues, no es momento para alegrarse del mal ajeno. Es hora de una solidaridad
fundamental. Algunas personas con visión de futuro en Washington están empezando
a formular una estrategia a largo plazo para tratar de crear un orden
internacional que proteja los intereses de las democracias liberales incluso
después de que entre en declive la hiperpotencia estadounidense, y para intentar
que las nuevas potencias, como China e India, se comprometan a mantener dicho
orden. Eso es lo que tiene que hacer el titán cansado de hoy, y todos debemos
ayudarle.
Por Jeffrey S. Sachs (*)Catedrátjco de la Universidad de Columbia. Project Syndicate
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