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El
postperonismo
El derrocamiento del primer
experimento nacionalista popular de Perón implicó el cierre de un ciclo
histórico. A partir de entonces se sucedió una época que comúnmente se denomina
como de "empate" entre fuerzas, alternativamente capaces de vetar los proyectos
de las otras, pero sin recursos para imponer perdurablemente los propios.
El "empate político" se vio
reflejado en los ciclos periódicos de crisis económica. El poder económico fue
compartido entre la burguesía agraria pampeana (proveedora de divisas y por lo
tanto dueña de la situación en los momentos de crisis externa) y la burguesía
industrial, volcada totalmente hacia el mercado interior. Las alianzas se
establecerían según cual fuera el momento del ciclo.
Hasta 1966 hubo una serie de
esfuerzos destinados a destruir al peronismo para crear una alternativa civil de
apoyo mayoritario, pero fueron en vano.
Algunos de los que derrocaron a
Perón anhelaban un país "sin vencedores ni vencidos" (como dijera Lonardi al
asumir), y creían que con tiempo y educación democrática se podría integrar a
los peronistas a la sociedad. Desgraciadamente, los que predominaron fueron los
más duros e intolerantes, los "gorilas", que condenaron a un ridículo silencio a
la mayoría electoral, y que transformaron en delito cantar la marcha partidaria
y mencionar los nombres de Perón y Evita.
La regla tácita operante durante
esta época señalaba que el peronismo no debía gobernar ni podía ocupar espacios
de poder relevantes. Quien, por táctica o principios republicanos, diera lugar a
su retorno a posiciones de poder, aunque fueran parciales, sería desplazado por
el método tradicional de los cambios críticos: el golpe de Estado. De esto se
trataban los conflictos sociales planteados al comienzo del informe: gobiernos
militares y civiles no peronistas se adueñaban del poder pero no podían
mantenerlo por la presión peronista; estos a su vez podían derribar gobiernos
pero no podían tomar el poder. Como factor de presión añadido para cualquier
gobernante, constitucional o no, siempre estaba la eventualidad del arribo del
General de su exilio - según la leyenda, en un avión negro - que con su amplia
influencia y estrategia política podría prácticamente manejar la situación como
se le antojara.
En 1966 el ejército, al mando del
Tte. Gral. Juan Carlos Onganía, estableció una dominación autoritaria
"necesaria" para suprimir la inflación y restablecer el crecimiento económico.
La fuerte resistencia que la sociedad opuso a este programa obligó al gobierno
militar a suavizar su situación y a acuciar una salida electoral. Aunque en las
elecciones de 1973 el peronismo volvió al poder, la sociedad ya estaba
fracturada y una seria inquietud política persistió durante los tres años
siguientes, hasta que finalmente la Junta militar presidida por Jorge Rafael
Videla tomó el poder mediante otro golpe de estado en junio de 1976.
Aramburu
y la desperonización de la sociedad
El gobierno de Lonardi fue
rápidamente reemplazado por las facciones más "gorilas" del poder, asumiendo el
general Pedro Eugenio Aramburu la presidencia. Su régimen fue un intento de las
clases dominantes de "poner orden en la casa", y recuperarse, principalmente la
burguesía agraria, del deterioro que el peronismo le había causado.
Con Aramburu se terminaron las
ambigüedades. Se intervino el Partido Peronista y la CGT, así como la mayoría de
los sindicatos; se prohibió el uso de símbolos peronistas, se detuvo a muchos
dirigentes políticos y gremiales y se anuló la Constitución de 1949. Después de
más de cien años de que no se fusilaba por motivos políticos, un alzamiento
militar-civil fue sometido de esta manera. Los peronistas pudieron sentir que
habían sido profundamente derrotados.
Procurando desarmar lo más
posible el aparato de la organización obrera peronista, el gobierno de Aramburu
sentó la base institucional para el proceso que se abriría con Frondizi: el
reemplazo de trabajo por capital en el desarrollo industrial,
esto es, el
despojo de los derechos sociales peronistas en función de la acumulación de
capital y la eficiencia de la economía.
El
gobierno desarrollista de Frondizi
En 1958, Perón desde Madrid,
ordenó a sus seguidores votar por el radical disidente y desarrollista Arturo
Frondizi, demostrando así su fuerza aún desde el exilio. Perón se vio obligado a
tomar esta decisión, ya que era dudoso que los peronistas volvieran a votar en
blanco (después de la Asamblea Constituyente de 1957 en la que el 24% de los
votos fueron en blanco) en un momento en el que se elegiría a las autoridades
que regirían por seis años los destinos de la nación. Por otro lado, Frondizi
seducía a los peronistas con sus consignas progresistas y desarrollistas y su
prédica en contra del gobierno militar.
Las FFAA, lideradas por entonces
por los sectores más antiperonistas, sostuvieron que el candidato de la UCRI
había ganado ilegítimamente, ya que los votos peronistas habían frustrado al
candidato oficioso de los militares, el de la UCR del Pueblo. Desde la asunción
del nuevo presidente, el golpe ya estaba dando vueltas en las cabezas de los
opositores.
Después del período peronista, el
sector industrial había quedado compuesto por pequeños capitalistas y talleres
artesanales de baja eficiencia y competitividad, pero de gran capacidad de
empleo. Las grandes corporaciones del país, que cubrían las áreas de industria y
servicios públicos, eran propiedad del Estado.
El gobierno desarrollista de
Frondizi implementó un plan destinado a modernizar las relaciones económicas
nacionales e impulsar la investigación científica. En diciembre de 1958 se
promulgó la Ley de inversiones extranjeras, que trajo como consecuencia la
radicación de capitales, principalmente norteamericanos, por más de 500 millones
de dólares, el 90% de los cuales se concentró en las industrias químicas,
petroquímicas, metalúrgicas y de maquinarias eléctricas y no eléctricas.
El mayor efecto de esta
modernización fue la consolidación de un nuevo actor político: el capital
extranjero radicado en la industria. La burguesía industrial nacional debió,
desde entonces, amoldarse a sus decisiones y la tradicional burguesía pampeana
fue desplazada de su posición de liderazgo, recuperándola a medias en los
momentos de crisis.
Otras de las consecuencias de
este plan fue la concentración de las inversiones en la Capital Federal, la
provincia de Santa Fe y principalmente la ciudad de Córdoba, que experimentó un
meteórico desarrollo industrial. Por otro lado, las variaciones en la
distribución de los ingresos beneficiaron a los sectores medio y medio-alto, en
detrimento de los inferiores, pero también de los superiores.
La complejización de las
estructuras políticas y económicas desplazó a los viejos abogados y políticos
del poder y los subordinó a una nueva clase dirigente, la burguesía gerencial,
que empezó a formar el nuevo Establishment. Ante esta nueva situación, la
burocracia sindical adoptó una nueva posición; ni combativa, ni oficialista:
negociadora. Desde que en 1961 Frondizi devolvió a los sindicatos el control de
la CGT, se empezó a gestar en el interior del sindicalismo peronista la
corriente "vandorista" (por Augusto Vandor, líder del poderoso gremio
metalúrgico) que estaba dispuesta a independizarse progresivamente de las
indicaciones que Perón impartía en el exilio. Eventualmente, consideraban
construir el embrión de un proyecto político-gremial capacitado para negociar
directamente con otros factores de poder (es decir, sin la mediación de Perón)
al estilo del Partido Laborista inglés nacido en la década del ‘40. Todo esto
hizo que los partidos políticos tradicionales fueran perdiendo relevancia como
articuladores de intereses sociales.
En estos años de proscripción y
declinación general del nivel de vida de la clase obrera nació la izquierda
peronista, es decir, aquellos peronistas cuyas metas eran el socialismo y la
soberanía popular. Esta se dio no por acercamiento de la izquierda tradicional,
que seguía siendo hostil al peronismo, sino a través de la radicalización de los
activistas peronistas y la peronización de jóvenes que se habían orientado
primero hacia la derecha y el nacionalismo católico.
En recompensa por el apoyo
electoral recibido, Frondizi se acercó a los peronistas - otorgándoles una
amnistía general, una nueva Ley de Asociaciones Profesionales, etc.- pero las
inversiones extranjeras, consideradas la clave del desarrollo frondicista, les
olían a entrega al imperialismo yanqui. Los contratos con ocho compañías
petroleras extranjeras y la privatización del frigorífico Lisandro de la Torre
desbordaron la ira de los peronistas nacionalistas, que se sentían traicionados.
A su vez, se levantaron las protestas de la burguesía nacional, que necesitaba
el petróleo barato, y que temía que si la Argentina no se aliaba a EEUU contra
Castro, sufriría la misma política de agresión que Cuba.
Ante la creciente oposición de la
clase obrera, con una recurrente recesión, y con muy poco espacio para
maniobrar, Frondizi se encontró entre la espada y la pared: cedió a todos los
planteos militares (inquietos por la movilización del peronismo) y declaró
primero el Estado de Sitio y luego el plan de represión CONINTES para
desmovilizar a la clase obrera. Al mismo tiempo legalizó al Partido Peronista
para competir en las elecciones de 1962 para gobernadores provinciales, en las
que los peronistas ganaron en cinco distritos. Este hecho fue intolerable para
los militares, por lo que decidieron el derrocamiento de Frondizi, encendiendo
los fuegos del más virulento antiperonismo, al estilo de los años ‘55 y ‘56. El
presidente destituido conservó la cordura como para salvar un jirón de
institucionalidad designando como sucesor al presidente provisional del Senado,
José María Guido.
Acto seguido se produjeron
enfrentamientos dentro de las FFAA, más específicamente entre los denominados
azules y colorados, en los que fueron derrotados los grupos más antiperonistas y
favorables a la burguesía agraria que habían volteado a Frondizi. Tras dos
choques sangrientos, otra generación se consolidó en el liderazgo de las Fuerzas
Armadas, bajo el mando del general Onganía.
Dada la necesidad de otorgarle
una salida institucional al precario gobierno de Guido, en 1963 se llamó a
elecciones presidenciales nuevamente. Con el peronismo proscripto y con tan sólo
el 25% de los votos, resultó vencedor el candidato de la UCR del Pueblo, Arturo
Illia.
Illia, el
insólito respeto republicano
El presidente Illia recreó un
modelo de gobierno respetuoso hasta el fin de las pautas de la democracia
liberal, inspirado en la imagen republicana anterior a 1930. En este sentido, su
administración fue ejemplar: gobernó sin Estado de Sitio y sin presos políticos,
garantizó las libertades básicas y hasta tuvo arrestos de dignidad nacional en
sus relaciones con los EEUU, como lo demostró en oportunidad de la invasión de
los marines en Santo Domingo.
Gracias a una coyuntura
internacional favorable a los productos argentinos en el mercado mundial, la
Argentina entró en un ciclo largo de recuperación, que eliminaría por una década
el déficit en la balanza comercial. Si bien el gobierno de Illia no frenó estas
tendencias, tampoco las impulsó. Esto es lo que los sectores más desarrollistas
le achacaron desde el principio al gobierno radical. El nuevo Establis hment
necesitaba la apertura económica, la acumulación de capitales y la
racionalización del Estado por encima de toda legalidad republicana. A los ojos
militares y desarrollistas, el viejo sistema de partidos era incapaz de asumir
estas tareas, por lo que prepararon el golpe mejor planeado y menos violento de
la historia argentina. Moldearon a la opinión pública desde años antes del
levantamiento por medio de una intensa actividad propagandista, hasta
identificar al presidente radical con la modorra pueblerina y la siesta
provinciana, al mismo tiempo que enaltecían a los militares como héroes de la
epopeya tecnológica y de la grandeza nacional.
La Junta destituyó en 1966 al
presidente, al vicepresidente, a los gobernadores y a los vicegobernadores,
disolvió el Congreso Nacional, las legislaturas provinciales y los partidos
políticos y reemplazó a los miembros de la Corte Suprema de Justicia. En nombre
de las FFAA el cargo de presidente fue ocupado por un hombre de larga tradición
cristiana y occidental: el Tte. Gral. Juan Carlos Onganía. El suceso militar fue
bautizado con el nombre de "Revolución Argentina", afirmándose sobre el consenso
de algunos sectores, en el consentimiento resignado de la mayoría y en la
expectativa desconcertada de casi todos.
La
Revolución Argentina
La Revolución Argentina fue la
continuación del proyecto desarrollista de Frondizi llevado a sus extremos:
favoreció la apertura y la concentración de capitales para impulsar el proceso
de industrialización y modernización de la estructura productiva y se estableció
sobre un Estado autoritario donde confluían el poder político y el económico. El
objetivo económico de Onganía fue pronto descubierto: la consolidación de la
hegemonía de los grandes monopolios industriales y financieros asociados con el
capital extranjero, a expensas de la burguesía rural y de los sectores
populares.
Esta situación hizo que el
peronismo profundizase su división, entre los que querían resistirse a los
militares y los que querían colaborar, los vandoristas. Cuando estos se
acercaron al gobierno, Perón - desde el exilio - fomentó el surgimiento de
sindicatos opuestos a la burocracia sindical, como la CGT "de los argentinos".
Así les recordó a los vandoristas que sin él, no eran nada. Luego de haber
logrado su objetivo a fines de 1968, y por temor a que la nueva central obrera
se desbandara, la disolvió. Así era la táctica "pendular" del general.
En julio de 1966, un mes después
del golpe derechista, la Policía Montada entró a la Universidad de Buenos Aires
y la desalojó a porrazos, en el episodio tristemente conocido como la "Noche de
los Bastones Largos". Si bien visto en retrospectiva el acontecimiento no fue
particularmente terrible, (principalmente comparado con la represión vivida
durante el régimen de Videla), en esa época caló muy hondo en el alumnado. Dos
años más tarde los estudiantes más políticamente motivados ya estaban
estableciendo lazos de solidaridad con las organizaciones obreras militantes
y desarrollando su campo de acción en el ámbito externo, principalmente en
las villas miseria.
Pese a haber tenido condiciones
económicas nacionales e internacionales a su favor, al cabo de los tres primeros
años, la Revolución Argentina ya mostraba signos de fracaso. El más evidente fue
la inesperada respuesta social a la política económica oficial, que derivó en el
surgimiento de las guerrillas urbanas.
La
guerrilla
Las principales causas que
ocasionaron su origen y expansión fueron:
El acercamiento de las clases
medias con las bajas:
Al darse cuenta los universitarios de que su problemática no estaba tan lejos de
la del proletariado (problemas económicos comunes por el aumento del costo de
vida y transporte, desocupación creciente, etc.), comenzaron a identificarse con
ellos y a buscar lazos que beneficiarían a ambos. No sólo creían posible un
mundo mejor; los universitarios de izquierda sabían que como profesionales,
administradores, planificadores de la economía, etc., tendrían un buen lugar en
un eventual gobierno socialista.
Aunque la mala situación
económica jugó su papel en la radicalización de la clase media, coincido con
Richard Gillespie cuando afirma que los factores sociales y económicos fueron
causas menores frente a los políticos y culturales. El golpe de Onganía
significó un violento ataque a lo que la clase media consideraba su coto
privado incluso durante la década infame, esto es, las universidades, y el
mundo de la cultura en general. El violento ataque de Onganía a la autonomía
universitaria contribuyó mucho a empujar a los jóvenes de clase media a la
oposición armada.
El hecho de que pocos obreros
integrasen las guerrillas se debió principalmente a la acción desmovilizadora
que significó el peronismo, que los convenció de que su fuerza radicaba en el
poder colectivo industrial y en los sindicatos y no en las armas de fuego. Por
otro lado, no contaban con los recursos económicos necesarios para pasar a la
clandestinidad y convertirse en combatientes profesionales. Los universitarios
gozaban de una mayor independencia económica y disponían de mucho más tiempo
para pensar y para dedicar a la exigente vida de guerrillero. No debe sorprender
pues que las guerrillas urbanas hallan aflorado en países muy urbanizados y con
un alto porcentaje de habitantes de clase media, como Argentina y Uruguay,
afectados por medidas económicas impopulares y por la reducción de las
libertades políticas y culturales.
La atracción casi mística que
producía sobre la juventud el General Perón desde el exilio:
Muchos de aquellos quienes durante el primer gobierno de Perón eran aún niños,
descubrieron en él un modelo y mentor espiritual, el gestor de una nostálgica
época de oro en la que el pueblo había sido feliz; comparada con los años
sesenta, década en la que los jóvenes argentinos descubrieron la desilusión del
sistema político, tanto en su forma constitucional como de facto. A su vez,
Perón, por medio de mensajes, apoyaba a las organizaciones guerrilleras en sus
acciones partisanas y alentaba a las "formaciones especiales". Como ejemplo, un
extracto de su "Mensaje a la juventud" de 1971:
"Tenemos una juventud
maravillosa, que todos los días está dando muestras inequívocas de su capacidad
y su grandeza ... Tengo una fe absoluta en nuestros muchachos que han aprendido
a morir por sus ideales".
El debilitamiento de los valores
de la sociedad tradicional y el relajamiento de los controles morales y
sociales: observado en
hechos como la duplicación de la criminalidad violenta en seis años, la
triplicación de separaciones y divorcios y la disminución de ingresantes al
servicio de la Iglesia. No debemos olvidar que el planeta entero vivía una época
de cambios vertiginosos: el hippismo, la guerra de Vietnam (que fue la primera
vez que el mundo pudo ver una guerra por televisión), el mayo francés,
etc. Todas estas corrientes de revolución y contrarrevolución impulsaban a la
juventud a tomar partido activamente por algo que considerasen justo.
El compromiso social y político
que asumió parte del clero latinoamericano a fines de los ‘60:
Este pequeño pero muy activo sector bautizado "Sacerdotes del Tercer Mundo", con
su profunda capacidad de prédica en los sectores mas bajos de la sociedad,
convirtió numerosas iglesias en centros clandestinos para reuniones y
afiliaciones. La liturgia católica, por otro lado, actuó como sedante frente a
los temores a la muerte que muchos guerrilleros habrían de sentir: eran
presentados como "hijos del pueblo", que "caían" en vez de morir, y a los que se
les daba la condición de mártires.
El
cordobazo, rosariazo,
tucumanazo, etc.:
Estas manifestaciones espontáneas de obreros y estudiantes fueron recibidas por
los combatientes como una señal de apoyo del pueblo a sus acciones guerrilleras.
De los movimientos guerrilleros
de esta época, se destacan:
Ejército Revolucionario del
Pueblo (ERP): eran el
brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Siendo marxistas,
consideraban al peronismo una operación de la burguesía para ganar tiempo y
retrasar la concreción de la revolución obrera. Tenían más afinidades en el
interior y entre las clases populares que los Montoneros.
Montoneros:
esta fue la principal fuerza guerrillera urbana que ha existido hasta la fecha
en América Latina. Estaban convencidos de que las armas eran el único medio que
tenían a su disposición para responder a "la lucha armada que la dictadura
ejerce desde el Estado". Llegaron a manejar a la juventud peronista y a la
universidad y a tener la adhesión de cientos de miles de argentinos en el
‘73-’74 mientras incidían íntimamente en el poder durante el breve gobierno de
Cámpora. Su cúpula estaba manejada por hombres originarios de la extrema derecha
católica, como Firmenich y Vaca Narvaja, que advirtieron que sus ansias de lucha
nacionalista y antiimperialista serían en vano si no lograban la adhesión de los
peronistas. Adoptaron sus consignas y las radicalizaron ("Perón o muerte")
haciéndose pasar por los dueños de la verdad justicialista. Con sus acciones
acostumbraron a las masas a la violencia y a la venganza y formaron una falsa
imagen de Perón, idealizándolo como un revolucionario, al estilo de Mao Tse Tung
o Fidel Castro.
Otras organizaciones guerrilleras
que terminaron fusionándose con los Montoneros fueron las Fuerzas Armadas
Peronistas (FAP), las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y los Descamisados,
de menor importancia.
Llegado este punto de análisis,
me parece importante revisar las actitudes de Perón en este período. Desde el
exilio reformuló su teoría de la Tercera Posición, asociándola a las luchas del
Tercer mundo para librarse del imperialismo y el colonialismo. Al mismo tiempo,
aplaudió la ruptura chino-soviética, considerándola un "golpe al socialismo
internacional dogmático" de la URSS, y como una tendencia mundial al surgimiento
de "diversas variedades de socialismo nacional".
Claro que para cada uno de los
que prestasen atención a sus declaraciones, esta frase quería decir algo
distinto. La derecha peronista la interpretaba como un nacionalsocialismo,
hermano del nazismo y del fascismo, mientras que para la izquierda era una "vía
nacional hacia el socialismo". De cualquier manera, la izquierda podía citar
muchos más indicios de que Perón había sufrido una metamorfosis revolucionaria
en el exilio que la derecha, como cuando afirmó que "si hubiera sido chino
sería maoísta", o cuando dijo que "la única solución es la de libertar el
país tal como Fidel Castro libertó al suyo".
Lo que Perón buscaba con sus
declaraciones demagógicas era dar a cada sector una imagen "espectral" de si
mismo. Cada cual veía lo que quería ver: una representación idealizada del
caudillo. Así satisfacía a todos y conservaba su liderazgo. Esta política de
incitación tanto a derecha como a izquierda que pareció ser muy eficaz desde el
exilio, demostró su falencia mayor a la vuelta de Perón, cuando todos esos
sectores lucharon violentamente por su reconocimiento como verdaderos
peronistas. Esto tenía que pasar tarde o temprano, pero yo supongo que Perón
confiaba en su capacidad de maniobra política y en que iba a gobernar más años
de los que finalmente presidió, a pesar de su avanzada edad. Sería irresponsable
de mi parte afirmar sin bases concretas que Perón provocó intencionalmente la
radicalización de la sociedad con el único objetivo de recuperar el poder, pero
la verdad no está muy lejos de esto.
Levingston y Lanusse, ¿el paso al costado del antiperonismo?
La designación del general
Roberto M. Levingston como presidente en junio de 1970 fue, para decir lo menos,
inesperada y sorprendente. Al momento de su nombramiento, era agregado militar
en la embajada argentina en Washington, por lo que era completamente desconocido
para el pueblo argentino. Por esta falta de base social, y por la oposición que
le presentaron los partidos políticos, no pudo concretar su "proyecto nacional"
de convocatoria a los partidos sin sus líderes; esto es, a los peronistas sin
Perón, a los radicales sin Balbín, etc. De más está decir que los peronistas,
radicales, demoprogresistas, bloquistas, conservadores populares y socialistas
le respondieron formando una alianza llamada La Hora del Pueblo. Este fue el
final del gobierno de Levingston, en marzo de 1971.
Para mostrar hasta que punto la
los peronistas tenía una visión distorsionada de Perón en el exilio, cabe
aclarar que los Montoneros interpretaron La Hora del Pueblo como una hábil
jugada de su líder destinada a ganar tiempo mientras el Movimiento profundizaba
sus niveles organizativos y métodos de lucha para emprender la próxima etapa de
la guerra.
La verdadera figura detrás de
Levingston era el general Alejandro Lanusse, que buscaba una salida honorable
para las FFAA. Aunque el verdadero proyecto de Lanusse era la apertura política
progresiva hacia la institucionalidad bajo tutela militar, la amenaza de una
revuelta revolucionaria - alentada por Perón - obligó a los militares a llamar a
elecciones libres para marzo de 1973.
Aunque Perón se ofrecía como el
único capaz de evitar el terremoto social en la Argentina, por una cláusula de
residencia no pudo presentar su candidatura. En su lugar fue Héctor Cámpora, que
al frente del FREJULI (coalición que reunía sobre el eje peronista a
frondicistas, conservadores populares, populares cristianos y otras
agrupaciones) triunfó el 11 de marzo de 1973 con el 49,59 % de los votos, por
sobre la fórmula radical encabezada por Balbín.
Cámpora y
el regreso de Perón
El 25 de mayo de 1973, mientras
el centro de Buenos Aires vivía una fiesta carnavalesca, Héctor Cámpora asumió
la presidencia de la Nación. Después de dieciocho años de proscripción, el
peronismo volvía al poder. En los alrededores del Congreso más de un millón de
personas festejaban la partida de los militares. En medio de palabras y acciones
de rechazo a las FFAA y a los símbolos de la presencia norteamericana en la
Argentina, Lanusse era agredido y escupido. Estos recuerdos del "poder de la
chusma" y la anarquía quedaron muy grabados en las mentes de los militares, y
reaparecerían en posteriores discursos de Videla.
Cámpora reconoció a los
Montoneros su contribución otorgándoles a muchos de sus cabecillas importantes
puestos en el gobierno y declarando una amnistía general para todos los
guerrilleros encerrados como presos políticos. También reemplazó a toda la plana
mayor del Ejército, haciendo fracasar la "salida honorable" planeada por
Lanusse.
Una vez que el peronismo volvió
al poder, el ERP continuó armándose para la gran contienda militar
revolucionaria. Los montoneros, en cambio, habían logrado su objetivo principal.
Ahora comenzaron a prepararse para el próximo, la patria socialista nacional,
para lo que pensaban heredar el liderazgo del movimiento de Perón. Ambos grupos,
por razones diferentes, siguieron ampliando sus organizaciones.
La
izquierda y la derecha peronistas luchan por el control del espacio político
El 20 de junio de 1973 Perón
regresó definitivamente. No eran las circunstancias del Perón gobernante del ‘46
al ‘55, ni del Perón exiliado y mítico del ‘55 al ‘72. El liderazgo permanecía,
pero el contexto era muy diferente. El carisma debía probarse ahora en el llano,
en medio de una sociedad conmovida por las crisis recurrentes y la cultura de la
violencia.
En Ezeiza pudo observarse lo que
sería el prólogo para las sangrientas luchas internas que el peronismo viviría
después: a medida que se aproximaban a recibir a su líder, las columnas de
Montoneros, FAR y JP fueron ametralladas por elementos de la derecha
peronista (que más tarde integrarían la Alianza Anticomunista Argentina - Triple
A), perdiendo la vida más de 25 personas. Por más que los autores eran conocidos
y hasta se publicaron fotografías de los mismos, Perón simplemente no hizo
nada al respecto.
Perón ganó las elecciones del ‘73
con el 61,8 % de los votos. Inmediatamente después de su asunción, la JP y el
peronismo de izquierda en general, empezaron a ver atónitos como Perón defendía
a los líderes sindicales y a la derecha peronista y castigaba verbalmente a los
"grupos marxistas terroristas y subversivos" supuestamente
"infiltrados" en el movimiento. La izquierda estoicamente mantenía su
lealtad y disciplina al verticalismo peronista:
"Quien conduce es Perón, o se
acepta esa conducción o se está afuera del Movimiento... Porque esto es un
proceso revolucionario, es una guerra, y aunque uno piense distinto, cuando el
general da una orden para el conjunto [del Movimiento], hay que obedecer"
El Descamisado, nº 26, 13 de
noviembre de 1973
La izquierda peronista no podía
creer que el Perón revolucionario que ellos creían conocer se había pasado para
el otro bando. Empezaron a fantasear sobre su "extraño" comportamiento,
atribuyéndolo al círculo de traidores, burócratas e imperialistas que lo
rodeaba, encabezado por el ministro de Bienestar Social José López Rega.
López Rega era quien estaba
detrás de la AAA y quien reclutaba entre otros a numerosos policías que habían
sido expulsados por gangsterismo y reincorporados antes de la asunción de Perón
(López Rega era él mismo un policía retirado). En este "Escuadrón de la Muerte"
adquirieron experiencia muchos de los que después integrarían las brigadas de
represión del Proceso. Tan sólo en el período 1973 - 1974 la AAA y otros
comandos fascistas habían asesinado a más de doscientos peronistas
revolucionarios, militantes de izquierda no peronistas y refugiados políticos
extranjeros, y esto fue meramente el inicio. No cabe duda de que nunca hubieran
sido capaces de lograr tal mortal eficacia de no haber sido por la tolerancia y
la participación activa del mando de la Policía Federal.
En enero de 1974, y luego de
varias acciones pro-derechistas de Perón, los Montoneros dieron finalmente
cuenta de su engaño:
"[Antes de su retorno, habíamos]
hecho nuestro propio Perón, más allá de lo que es realmente. Hoy que está Perón
aquí, Perón es Perón y no lo que nosotros queremos".
Mario Firmenich, enero de 1974,
en conferencia ante la JP
En la reunión del Día del
Trabajador de 1974 en la Plaza de Mayo sucedió la inevitable ruptura. Al salir
Perón al balcón se encontró con un escenario que lo irritó sobremanera: los
Montoneros, que sumaban dos tercios de un total de 100.000 asistentes, habían
llenado la plaza con estandartes de su Movimiento, silbaban a Isabel Perón, y
coreaban coplas del tipo de "Si Evita viviera sería Montonera", y "Qué
pasa (...) general, que está lleno de gorilas el gobierno popular". Perón,
furioso, abandonó su discurso de unidad nacional y comenzó a echar diatribas
contra los revolucionarios: "estos estúpidos que gritan", "algunos
imberbes pretenden tener más méritos que los [líderes sindicalistas] que
lucharon durante veinte años", "[los miembros de la Tendencia
Revolucionaria] son infiltrados que trabajan adentro y que traidoramente son más
peligrosos que los que trabajan de afuera, sin contar que la mayoría de ellos
son mercenarios que trabajan al servicio del dinero extranjero", en fin, no
ocultó la verdadera repulsión que la izquierda le producía. La JP, a su vez,
respondió marchándose de la Plaza, dejándola semivacía. Ya nada podía esperarse
de un Perón que una semana después daba personalmente la bienvenida al general
Pinochet, quien ocho meses atrás había derrocado al gobierno socialista chileno
de Salvador Allende.
El
pandemónium
El 1º de julio de 1974, murió en
su cargo de presidente Juan Domingo Perón, a la edad de setenta y ocho años. Su
esposa María Estela Martínez asumió la presidencia, bajo la conducción
derechista de López Rega. El frente peronista se fue fracturando aún más y el
terrorismo guerrillero se consolidó y agrandó. Los Montoneros decidieron
"volver a la resistencia" clandestina para reformar la sociedad sin Perón,
abandonando definitivamente la esfera legal. A partir de entonces se alejaron
cada vez más de la guerra de guerrillas urbana para acercarse cada vez más al
ERP y al terrorismo político, cuyas víctimas muchas veces eran civiles que no
integraban el gobierno ni las fuerzas de seguridad.
A principios de 1976, cada cinco
horas se cometía un asesinato político y cada tres estallaba una bomba. Esta
violencia política indiscriminada le granjeó a los guerrilleros el desprecio de
gran parte de la opinión pública que simpatizaba con ellos cuando eran una joven
agrupación que luchaba contra la Revolución Argentina y por el regreso de Perón.
Del mismo modo aumentó el terrorismo estatal: la acción guerrillera constituía
una grave amenaza para amplios sectores de la sociedad argentina y para la
seguridad del Estado.
Además de la violencia política
reinante, la inquietud obrera se estaba generalizando de nuevo. A pesar de que
las huelgas estaban prohibidas, importantes sectores del movimiento obrero
recurrieron a ellas, así como a marchas de hambre, trabajo a reglamento y
manifestaciones callejeras, en un esfuerzo destinado a cambiar la política
económica del gobierno. Con una inflación mayor a la de Alemania en el período
1921-1922, y al borde de la cesación de pagos internacionales, el
gobierno constitucional había perdido el control de las variables claves del
manejo económico. El vacío de poder que desde la muerte de Perón aquejaba al
país, dejaba al gobierno peronista incapaz de ofrecer solución a los problemas
vigentes, ante la oposición que le demostraban tanto los empresarios como los
obreros.
Ante todo esto, las FFAA
lideradas por Videla actuaron sagazmente, sin intervenir hasta que la situación
empeoró hasta tal punto que los civiles fueron a golpear las puertas de los
cuarteles. De esta manera probaron la absoluta falencia del régimen
constitucional y lograron que la opinión publica apoye o se resigne nuevamente
ante la opción militar.
El
Proceso de Reorganización Nacional
El 24 de marzo de 1976, la Junta
Militar encabezada por el teniente general Jorge Rafael Videla por el Ejército,
el almirante Emilio Eduardo Massera por la Marina y el brigadier general Orlando
Ramón Agosti por la Fuerza Aérea, depuso al gobierno constitucional de Isabel
Perón con el objeto de "terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo
subversivo". Denunciaban "la irresponsabilidad en el manejo de la economía", las
malversaciones, ya públicas, de Isabel Perón y su administración y el "tremendo
vacío de poder" existente que amenazaba a la Argentina con "la disolución y la
anarquía". Desgraciadamente, casi todo esto era cierto, y muchos argentinos les
creyeron.
Como en 1966, pero mucho más
severamente, fueron disueltos el Congreso y las legislaturas provinciales; la
presidente, los gobernadores y los jueces, depuestos; y fue prohibida la
actividad política estudiantil y de los partidos. La UIA, la CGE, la CGT y los
sindicatos más importantes fueron intervenidos, sus fondos congelados; y las
actividades relacionadas con las huelgas y las negociaciones colectivas,
declaradas ilegales. Se establecieron consejos de guerra militares con poderes
para dictar sentencias de muerte por una gran variedad de delitos y para
encausar sumariamente a todo aquel que se sospechase subversivo. El mensaje
oficial era que sólo "los corruptos, los criminales y los subversivos tendrían
que temer a la nueva autoridad".
Desde la crisis del petróleo del
‘73, había en los bancos de los países occidentales industrializados,
principalmente norteamericanos, muchas divisas que los exportadores de este
producto habían depositado. Estos capitales debían ser prestados, por lo que
desde el FMI se creó la conciencia de que era bueno para un país en desarrollo
como la Argentina recibir inversiones. Aunque por la inestabilidad política del
país sólo se contrajeron préstamos y deudas, el régimen militar aplicó esta
receta fondomonetarista. Mediante la apertura indiscriminada de los aranceles
externos, la disminución del poder adquisitivo de la clase obrera y la
sobrevaloración del peso (que dificultaba las exportaciones y estimulaba las
importaciones), se procedió a una substancial desindustrialización del país,
definitivamente favorable al capital extranjero. Aquí vemos el principal interés
norteamericano por derrocar al régimen peronista.
Un año después, incluso muchos de
los que habían apoyado el golpe se sentían alarmados ante la profundización de
la crisis económica y los duros atropellos a las libertades democráticas que el
régimen infligía. Estas dos cuestiones se relacionaban, ya que para imponer la
política económica neoliberal de Martínez de Hoz era necesaria una amplia
represión, cuyo concepto militar de "subversión" era bastante amplio. En las
palabras de Videla: "un terrorista no es sólo el portador de una bomba
o una pistola, sino también el que difunde ideas contrarias a la civilización
cristiana y occidental".
Los métodos que las FFAA pusieron
en práctica para eliminar la subversión tomaron por sorpresa a los opositores,
guerrilleros y sospechosos detenidos: campos de concentración clandestinos,
centros de tortura y unidades especiales militares y policíacas, cuya función
era secuestrar, interrogar, torturar y matar. Las prácticas comunes de
tortura eran la picana, el submarino (inmersión), la violación, y el encierro
con perros feroces adiestrados, hasta que las víctimas quedaban casi
descuartizadas. A los que sobrevivían, una vez extraída toda la información
útil, se los "trasladaba". En una primera fase, a los trasladados se los
acribillaba a balazos, se los estrangulaba o se los dinamitaba. Más tarde, por
temor a las presiones internacionales por los derechos humanos, se los
"desaparecía" sin más ni más, arrojándolos sedados al mar desde un avión,
por ejemplo.
La represión se dirigió
principalmente a los cuadros intermedios de las organizaciones opositoras, como
los delegados de fábrica, quienes hacían la sinapsis entre la cúpula y los
militantes de base. Así pasó con los Montoneros, cuyos dirigentes escaparon
(muchos de ellos del país) y dejaron a la deriva a los personajes de segunda
línea. En dos años esta agrupación ya había sido liquidada, esencialmente por
las delaciones de ex-compañeros. En el caso del ERP, se desbarató toda su
estructura, "desapareciendo" tanto a militantes como a cabecillas,
presumiblemente por su estructura menos verticalista.
El saldo del Proceso militar fue,
entre otras cosas, 30.000 desaparecidos, triplicación de la deuda externa, alta
inflación, desindustrialización, fuerte caída del PNB y una indeleble lección
histórica.
En 1983, agobiados por la
situación económica, debilitados por la derrota de Malvinas, y presionados por
la opinión pública nacional e internacional, los militares devolvieron el
gobierno a los civiles en las elecciones en las que triunfó el Dr. Raúl Alfonsín
por la UCR, apoyado en el recuerdo que la sociedad tenía del último gobierno
peronista.
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