La
bajo el liderazgo del General Perón, un conjunto de fuerzas coexistieron de
manera permanente. Sin embargo, las mismas quedaron sin control desde el día
mismo de su muerte. Pero, el punto son retorno surge justamente antes de julio
de 1974, dejando visiblemente certera la ruptura entre las facciones peronistas.
Sumado a ello, este deceso tan importante despojó al gobierno de una conducción
legítima y aceptada por la totalidad del conjunto peronista, asegurando esta
gobernabilidad, mediante la reformulación de acuerdos políticos.
José López Rega, ministro de acción Social y secretario privado de Perón, fue
quien acompaño y aconsejó de manera influyente a la viuda del presidente, que
ocupó el lugar, ejerciendo de manera fluctuante la dirección ejecutiva. (En la
foto Hectór Cámpora saluda al presidente saliente Alejandro Lanusse en 1973)
El
sindicalismo, además del entorno presidencial, fue otro factor de poder en el
seno del gobierno. Tal es así, que se dedicaron a deshacer el esquema político
que con tanto esfuerzo había diseñado Perón, porque se sintieron relevados de
sus compromisos, los cuales habían sido asumidos recién en 1973. Además, estos
creían que el movimiento obrero debía entrar en la etapa política abierta con la
muerte del presidente, los cuales dejaba sin efecto a los viejos compromisos con
el gobierno.
A tal punto que la dirección de la CGT pasó a manos de los sindicalistas, pocos
meses después de la muerte de Perón. Esta nueva dirigencia de igual manera
negoció con el gobierno, objetivos diferentes. Su base estaba en la
reformulación del Pacto social y del desplazamiento de los líderes sindicalistas
y políticos, que no concuerden con las ideas del oficialismo cegetista.
Perón y su esposa "Isabel"
Martínez
cuando asumían la presidencia de la república Argentina el 12 de octubre de 1973
Tal
es así, que Gelbard (Ministro de Economía, que Perón había apoyado con firmeza)
renuncia con motivos de la concesión de la renegociación del pacto social.
Suceso además, que lleva a una reorganización del gobierno. Resultado final:
López Rega en la cúspide de su poder. Ello fortaleció a la burocracia
sindicalista, período coincidente con una intensificación de la violencia.
El proyecto de institucionalización política
de Perón, tenía como eje central un conjunto articulado de acuerdos, los
cuales a mediados de 1975 fracasaron, y llevaron a reflejar que nuestro
país marchaba sin rumbos. Sin embargo, los problemas se agudizaron aún
más, cuando al Ministerio de Economía llega Celestino Rodrigo.
Este
último apoyado por López Rega, adoptó una serie de medidas: la
devaluación del peso (entre un 100% y un 160%), el precio de la nafta
sufrió un incremento del 181%, sumado a los precios del trasporte (75%),
entre otras. Estas medidas se conocieron como el “Rodrigado”, y
significaban una fuerte transferencia de ingresos a favor de las
exportaciones agropecuarias, un gran impacto en los precios internos y
un violento recorte del poder adquisitivo de los salarios.
La
consecuencia inmediata fue una brusca inflación y una crisis política.
Crisis que provocó una exitosa huelga general declarada por la CGT, que
se tradujo finalmente en el desplazamiento de Rodrigo y López Rega.
JOSÉ LÓPEZ REGA: EL RASPUTÍN ARGENTINO:
López Rega nació un
17 de octubre y su madre murió en el parto; fue un muchacho educado,
cuidadoso en los modales y respetuoso en el trato, pero introvertido;
tenía una biblioteca que cubría toda una pared y se interesaba
especialmente en temas espirituales; a los 19 años jugaba al fútbol e
integró la tercera especial de River Plate; se casó a los 27 años y se
incorporó a la Policía Federal en 1944. Sus dos pasiones fueron el canto
lírico y el esoterismo.
Una noche
de 1943, tristemente ataviado con un traje de etiqueta alquilado y
perfumado con una colonia barata, el hombre subió al escenario del Club El
Tábano, de Saavedra, y entonó un bolero, al frente de una orquesta que él
mismo había contratado. Su debut frente al micrófono fue casi debut y
despedida: una seguidilla de necesidades económicas lo llevarían a
alistarse poco tiempo después en la Policía Federal. El cantante frustrado
tenía la certeza de que el nuevo trabajo terminaría con las penurias que
lo llevaban a enredarse en largas disputas verbales con su esposa, Josefa
Flora Masera.
Ni
sus más íntimos imaginaban, por entonces, que aquel hombre gris y menor se
convertiría en uno de los personajes más influyentes y nefastos de la
política argentina. El cantante frustrado que se convirtió en policía se
llamaba José López Rega (1916-1989) y buena parte de su época lo
identificaba como “El brujo”. (AMPLIAR: SU BIOGRAFÍA)
Isabel
Perón se alejó temporariamente del gobierno, que quedó en manos del presidente
del Senado, Ítalo Luder (foto izquierda). El ministro de Economía, Antonio
Cafiero, apoyado por la CGT, procuró infructuosamente controlar la inflación.
El
retorno de Isabel Perón a la presidencia, la crisis interna del peronismo, la
agudización de la violencia política, y la falta de colaboración —en muchos
casos, abierta oposición— del empresariado y las Fuerzas Armadas, quitaron al
gobierno toda base de apoyo.
Un golpe anunciado Los militares
volvieron al gobierno, tras la brecha abierta por la descomposición del
gobierno, el descontrol económico y la violencia política vivenciada en esta
época. Así, el general Jorge R. Videla (Ejército), el almirante Emilio E.
Massera (Marina) y el brigadier Orlando R. Agosti (Aeronáutica); los tres
comandantes de la armada, integraron la llamada Junta Militar, que el 24 de
Marzo de 1976 derrocó al gobierno de María Estela Martínez de Perón. Esta nueva
intervención militar, fue totalmente diferente a las anteriores, y se hizo
llamar “Proceso de Reorganización Nacional”.
Masera-Videla-Agosti
Representantes de las Tres Fuerzas Armadas
Igual
que años anteriores, los sectores capitalistas y una gran parte de la población
espera que el nuevo gobierno militar reestableciera el orden y normalizara la
economía, ante la aguda crisis que atravesaba Argentina. En última instancia, el
golpe de 1966 había originado un gobierno sostenido por las Fuerzas Armadas;
pero en 1976 las características de este gobierno eran en base a un ejercicio en
forma directa y en todos sus niveles por las Fuerzas Amadas. Al respecto, el 25
de mayo de 1976 el nuevo presidente, el general Jorge R. Videla señala:
“Las Fuerzas Armadas no fueron
escuchadas. Como consecuencia de ello y previendo la inexorabilidad de la
crisis, se prepararon para hacer frente a esta situación y las Fuerzas Armadas,
como institución, dieron una respuesta institucional a una crisis también
institucional.”
La sociedad Argentina, era el punto central de
transformaciones propuestas por este gobierno militar. Ya que la idea no se
fundaba simplemente en corregir una política económica, de resolver una crisis
institucional o de derrocar a la guerrilla. Por que para ello solo hubiese
bastado algunos cambios dentro de la legalidad constitucional. La existencia
misma de una nación, era el cuestionamiento que se planteaba la Junta Militar.
“Reorganizar” la sociedad argentina, era entonces la solución a esta crisis, era
un “proceso” que no tenía “plazos” pero si “objetivos”: crear un ser occidental,
nacional y cristiano.
La represión política y social (que buscaba
eliminar a todos aquellos que se opusieran a sus objetivos), sumado a la
desarticulación de las bases de la economía industrial (es decir, abandonar por
completo el modelo industrialista iniciado 40 años atrás y producir una mayor
concentración de la riqueza) y ejercicio autoritario del poder, fueron las
expresiones que fundaron esta “reorganización”. Sin embargo, la derrota en la
Guerra de Malvinas, fue el producto que sirvió para el derrocamiento del
gobierno militar, acelerando se desgaste y llevando a Galtieri a renunciaren
Julio de 1982.
Uno de los rasgos fundamentales de este gobierno
militar fue la represión ilegal, desarrollado con gran tenacidad entre los años
1976 y 1978. Este rótulo de ilegalidad no se acuñe porque sólo fue llevada a
cabo por el gobierno de facto, sino fundamentalmente porque se violaba la
legalidad establecida por ese mismo gobierno.
Tal es así, que la represión era
organizada de manera sumamente planeada, y dirigida por los más altos niveles de
decisión político y militar. Pero hay que agregarle otra particularidad, al
mismo tiempo fue clandestina. Quienes fueron receptores de la misma, eran
aquellos integrantes de las organizaciones guerrilleras que se comprometían con
la lucha armada. No obstante, no fueron los únicos, sino que se extendió a
aquellos actores sociales y políticos totalmente desvinculados de esta
participación guerrillera.
El decreto N° 6 de la junta
Militar suspendió “la actividad política y de los partidos políticos, en
jurisdicción nacional, provincial y municipal”. La ley Nro. 21.261 dispuso
‘transitoriamente” la suspensión del “derecho de huelga, como así también el de
toda otra medida de fuerza, paro, interrupción o disminución del trabajo o su
desempeño en condiciones que de cualquier manera puedan afectar la producción,
tanto por parte de trabajadores como de empresarios y de sus respectivas
asociaciones u organizaciones”.
Así
este gobierno militar, también suprimió los derechos civiles y las libertades
públicas, anulando las garantías constitucionales y por lo tanto, creando nuevos
instrumentos. Un hecho que tuvo grave consecuencias fue la suspensión de la
vigencia de la última parte del artículo 23 de la Constitución nacional, quien
establece que en ciertas condiciones el gobierno puede declarar estado de sitio.
La suspensión de esta garantía individual se vio agravada porque el Poder
Ejecutivo, decide poner a su disposición una numerosa cantidad de detenidos.
En el primer año de dictadura ya
había más de quince mil desaparecidos, diez mil presos,
cuatro mil muertos y decenas de miles de exiliados.
Con
un total verificado de más de trescientos, los centros clandestinos, fueron los
sitios elegidos para llevar a cabo las modalidades de represión, como secuestro,
detención, tortura, y en la mayoría de los casos ejecución. Así, la pena de
muerte fue implantada por la Junta Militar, aunque siempre fuera de la ley, es
decir que no se aplicaba legalmente la misma. Algunas estimaciones hablan de
diez mil casos comprobados (algunos triplican la cifra), incluyendo en estas a
personas detenidas y ejecutadas clandestinamente por las fuerzas de seguridad.
Pero aquí surge una figura jurídica muy nombrada en nuestros días
“desaparecidos” (implica la desaparición forzada de personas.
No
obstante, la población argentina en su totalidad vivió un clima de miedo de
censura, consecuencia de esta represión vivenciada. El gobierno estableció
además, un duro control sobre los medios de comunicación y la vigilancia de
todas las manifestaciones artísticas. La acción coactiva del Estado terrorista
silenció cualquier tipo de opinión o información que se consideraba como
peligrosa para el gobierno.
Difíciles divisiones internas atravesaron el gobierno militar desde su inicio,
aunque su objetivo siempre fuese pretender el equilibrio y firmeza. Estas
desintegraciones derivaron en buena medida de la particular traducción a la
acción que adquirió la decisión de asumir institucionalmente el gobierno. La
distribución de la administración pública en todos sus niveles y modalidades en
partes iguales, es decir, la nacional, provincial, municipal, empresas del
estado, universidades; fue el principio general que garantizó la participación
de las tres fuerzas en el gobierno.
Así,
una tercera parte de los cargos públicos quedó para cada cuerpo de oficiales de
cada fuerza. Las anteriores intervenciones militares, que contaron con mayor
peso de funcionarios civiles en la administración pública, se diferenciaron
justamente de este gobierno del “Proceso”, en cuanto a la decisión anterior. Ya
que la misma revelaba la índole de las relaciones entre las fuerzas,
caracterizadas por una profunda desconfianza. Los oficiales de las Fuerzas
Armadas tuvieron en sus manos, entre 1976 y 1981, la gran mayoría de los altos
cargos de la administración pública.
Esto
llevó a que cada funcionario pase a depender de dos jefes: su superior
jerárquico en el escalafón de la administración pública y su superior militar;
perjudicando finalmente el funcionamiento del Estado, fragmentándolo además en
múltiples unidades que a su vez gozaban de una autonomía de hecho, con los
previsibles efectos de la corrupción. Asimismo, el gobierno de “Proceso” y su
ordenamiento institucional y jurídico, se caracterizaron por su incoherencia y
arbitrariedad. A tal punto de no cumplir con las leyes que el mismo había
dictado, su evidencia más visible: la acción represiva.
Estado legal, Estado Clandestino
“El Estado se vio afectado de
forma más profunda aún. El llamado Proceso de Reorganización Nacional supuso la
coexistencia de un Estado terrorista clandestino, encargado de la represión, y
otro visible, sujeto a normas, establecidas por las propias autoridades
revolucionarias pero que sometían sus acciones a una cierta juridicidad. En la
práctica, esta distinción no se mantuvo, y el Estado ilegal fue corroyendo y
corrompiendo al conjunto de las instituciones del Estado y a su misma
organización jurídica.
La primera cuestión oscura era
dónde residía realmente el poder, pues pese a que la tradición política del país
era fuertemente presidencialista, y a que la unidad de mando fue siempre uno de
los principios de la Fuerzas Armadas, la autoridad del presidente —al principio
el primero entre sus pares, y luego ni siquiera eso— resultó diluida y sometida
a permanente escrutinio y limitación por los jefes de las tres armas."
LUIS ALBERTO ROMERO
Breve Historia Contemporánea de Argentina (1994)
La
política económica del gobierno militar fue decidida y ejecutada durante cinco
años por José Alfredo Martínez de Hoz. Ministro de economía entre 1976 y 1981.
Martínez de Hoz concentró un enorme poder, que le permitió tomar decisiones que
transformaron profundamente el funcionamiento de la economía y la sociedad
argentinas.
El programa económico que Martínez de Hoz presentó al país el 2 de
abril de 1976 era de inspiración liberal y postulaba la necesidad de pasar de
una economía de especulación a una de producción, por medio del estímulo a la
libre competencia y la limitación del papel del Estado en la economía. Estos
objetivos no fueron alcanzados. Por el contrario, el resultado de la política
económica de Martínez de Hoz fue un crecimiento explosivo de la especulación
financiera y una caída dramática de las actividades productivas.
En un
primer momento, el gobierno militar tomó una serie de medidas de estabilización
—que contaron con el apoyo del Fon-do Monetario Internacional y la banca privada
extranjera— para controlar la inflación, reducir el déficit fiscal y equilibrar
el sector externo. Se devaluó la moneda, se redujo el déficit del sector público
—en buena parte congelando los salarios— y se consiguió financiamiento externo.
La política económica tuvo un sesgo fuertemente antiobrero: se suspendió el
derecho de huelga y se redujo la participación de los asalariados en el PBI
(producto bruto interno).
Una
vez controlada la crisis abierta con el Rodrigazo, el equipo económico definió y
llevó adelante dos medidas principales: la apertura de la economía y la
liberalización de los mercados financieros.
La
apertura de la economía era la apertura del mercado interno a la competencia
exterior —no la promoción de la exportación de la producción nacional—. El
instrumento principal de esta política fue la reducción de los aranceles de
importación. Posteriormente, la sobrevaluación del peso se sumo a esta medida,
lo que comprometió seriamente la actividad productiva —afectada además por las
altas tasas de interés—.
La
liberalización del mercado financiero se llevó a cabo con la liberación de la
tasa de interés y la autorización para el funcionamiento de nuevos bancos e
instituciones financieras. Sin embargo el Estado, que renunciaba a los
controles, garantizaba los depósitos a plazo fijo tomados por entidades
financieras privadas.
En
1978 el gobierno militar estableció una pauta cambiarla —conocida popularmente
como la “tablita”— que determinaba una devaluación mensual del peso. Esta
devaluación era decreciente y tendía a cero. El objetivo declarado de esta
medida era controlar la inflación.
Este objetivo no se alcanzó. En cambio, lo
que se fomentó fue una fuerte especulación con una gran masa de dinero colocada
a corto plazo —favorecida por la abundancia de dólares en el mercado
internacional— basada en la existencia de altas tasas de interés y la garantía
del Estado sobre el precio de recompra de los dólares.
Algunas palabras y frases de uso habitual en la época —“plata dulce”,
‘bicicleta”,"deme dos"— dan cuenta de las características de un período de
prosperidad artificial y de especulación financiera.
La
euforia financiera contrastaba con el comportamiento del sector productivo,
apremiado por el endeudamiento. El sector industrial, en particular, sufrió una
profunda mutación, que incluyó una caída en su producción, una disminución de la
mano de obra ocupada y el cierre de numerosas plantas.
El
esquema de Martínez de Hoz estalló en 1980, de la mano de la quiebra de
importantes entidades financieras —entre ellas uno de los mayores bancos
privados— y el Estado terminó haciéndose cargo de los pasivos de los bancos
quebrados.
El Campeonato Mundial de Futbol de
1978 se celebró en Argentina y contó con el decidido apoyo de la dictadura
militar
En
1981, el general Viola reemplazó en la presidencia a Videla, y Martínez de Hoz
también fue reemplazado. En ese año, el descalabro económico llegó al extremo.
El gobierno dispuso una devaluación del peso del 400%, al tiempo que la
inflación llegaba al 100% anual. Esta devaluación tomó impagables las deudas en
dólares de las empresas privadas. El Estado nacionalizó las deudas, lo que
acrecentó el endeudamiento público.
A
pesar de su carácter liberal, la política económica de Martínez de Hoz incluyó
una expansión considerable del papel del Estado en la esfera económica. Esto se
debió en parte a la decisión de la cúpula militar de mantener en la órbita
estatal a las empresas públicas —cuyos directorios, por otro lado, fueron
ocupados por militares—. Además, durante este período creció la inversión
pública. Muchas obras públicas fueron ejecutadas por contratistas privados y
algunas empresas del Estado privatizaron parte de sus actividades —lo que se
llamó “privatización periférica”—.
En este último caso se incluyó la
subcontratación de tareas de búsqueda y explotación petrolera y de tareas de
reparación de materiales y mantenimiento de vías en los ferrocarriles, la
provisión de equipos telefónicos, la recolección de residuos y el mantenimiento
del alumbrado público en la ciudad de Buenos Aires. Alrededor de estas
actividades se fue configurando un poderoso grupo de empresas contratistas del
Estado.
Otras
áreas de crecimiento del gasto público fueron la estatización de empresas
privadas en dificultades —como la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad y la
compañía Austral— y la notable expansión del gasto militar.
En
1978, el conflicto limítrofe con Chile por la zona del canal Beagle estuvo a
punto de desencadenar una guerra. Las Fuerzas Armadas fueron reequipadas con
vistas al enfrentamiento y movilizaron tropas hacia la frontera. La guerra se
impidió por la mediación del Papa Juan Pablo II.
Entre la apertura y la guerra: El
estallido del programa económico coincidió con el cambio de presidente. El débil
ganador en la puja interna de la cúpula militar fue el general Roberto Viola,
designado presidente por la Junta de comandantes, en septiembre de 1980. Viola,
que asumió en marzo de 1981, se propuso modificar la orientación de la política
económica y encontrar una salida política para el régimen militar.
Este intento
de cambio obedecía a la percepción por parte de una fracción del Ejército del
fracaso de la política de Martínez de Hoz y de la necesidad de buscar nuevos
aliados. Viola dividió el Ministerio de Economía en cinco carteras, con el
propósito de “despersonalizar” la política económica, incorporó una mayoría de
civiles al gabinete, produjo un acercamiento con los sectores propietarios
—nombró dirigentes representativos del sector rural y del industrial en los
ministerios de Agricultura e Industria— e inició un diálogo con sindicalistas y
políticos.
Este
intento de encontrar nuevas bases de apoyo para el régimen militar fracasó. En
el terreno político, la apertura fue recibida con frialdad por las principales
fuerzas políticas, que dudaban de la representatividad de Viola dentro de las
Fuerzas Armadas y, por consiguiente, de la viabilidad de su política. En julio
de 1981, se constituyó la Multipartidaria —convocada por la Unión Cívica Radical
e integrada por los partidos
Justicialista, Intransigente, Demócrata Cristiano y el Movimiento de Integración
y Desarrollo—, con la finalidad de ofrecer un bloque político unificado
“tendiente a recuperar la vigencia de las instituciones democráticas y a ofrecer
al país, coyunturalmente, una propuesta de solución ante la emergencia
nacional”.
Sin
embargo, la oposición decisiva al proyecto de Viola provino del frente interno
militar. Esta oposición se manifestó como un conflicto de poderes entre la Junta
Militar y el presidente, que culminó con el desplazamiento de Viola, en
diciembre de 1981. Su reemplazante fue el general Leopoldo F. Galtieri.
(foto arriba)
Galtieri
intentó restablecer la imagen de autoridad del gobierno militar y retomar la
orientación liberal de la política económica, que quedó en manos de un nuevo
ministro de Economía, Roberto Alemann (foto izquierda). Endureció las relaciones
con los partidos políticos y con el sindicalismo, que por su parte endurecieron
también su oposición.
Una masiva concentración promovida por la CGT-Brasil —el
ala más combativa del sindicalismo, diferenciada de la CGT-Azopardo, más
conciliadora—, el 30 de marzo de 1982, fue duramente reprimida. Pero la magnitud
y el carácter de la movilización mostraron que la oposición social y política
había crecido.
Tres
días más tarde, el régimen militar —que en 1978 había llevado al país al borde
de la guerra con Chile, evitada por la mediación del Papa— inició su última
etapa, con la ocupación militar de las islas Malvinas.
La Guerra de las Malvinas: El 2
de abril de 1982 el gobierno ocupó por la fuerza las islas Malvinas. La
ocupación, si bien se originó en una decisión tomada en secreto por unas pocas
personas y sin calibrar adecuadamente sus posibles consecuencias militares y
políticas, contó con un amplio respaldo popular.
(Ver: La Junta Decide Tomar Las Islas Malvinas)
El
gobierno imaginó que la recuperación de las Malvinas iba a resolver sus
problemas políticos, en un momento en que el rumbo de la experiencia militar se
veía comprometido. Al principio, eso pareció posible. Pero el gobierno había
subestimado la respuesta de Gran Bretaña y creyó además que los Estados Unidos
—cuyo principal aliado era precisamente Gran Bretaña— apoyarían la acción
argentina.
La
reacción británica —en buena medida motivada por razones de política interna—
fue dura. El gobierno de Margaret Thatcher decidió enviar una poderosa flota y
fuerzas militares para recuperar las islas. Los Estados Unidos, después del
fracaso de la mediación del general Haig —que procuró que el gobierno argentino
aceptara la resolución 502 de las Naciones Unidas y retirara las tropas de las
islas— apoyaron decididamente a su principal aliado.
El
gobierno militar decidió controlar estrictamente la difusión de noticias acerca
de la evolución política y militar del conflicto, y creó un clima triunfalista
que no se correspondía con el curso real de los acontecimientos.
En el
plano de la política internacional, la Argentina recibió la adhesión de los
países de América latina y del Movimiento de Países No Alineados, pero quedó
aislada de las potencias occidentales. Un intento desesperado del gobierno
argentino por cambiar sus alianzas y conseguir el apoyo de la URSS tampoco
prosperó. En el plano militar, el poderío y la organización británicos superaron
al caótico e improvisado dispositivo militar argentino. El 14 de junio de 1982,
el mando militar argentino en Malvinas capituló ante los jefes británicos.
...El 15 de junio de 1982, las tropas argentinas se rindieron ante las
inglesas. La guerra por las Malvinas había terminado. También empezaba el fin
de la dictadura militar. (Foto: Archivo General de la Nación)
De Carter a Reagan
Las relaciones entre la
Argentina y los Estados Unidos durante el “Proceso’ atravesaron dos etapas
diferenciadas. En la primera, el gobierno de los Estados Unidos estaba en manos
de James Carter, del partido Demócrata, que hizo de la defensa de los derechos
humanos una de sus prioridades en América latina. Esta orientación lo llevó a un
conflicto permanente con el gobierno argentino, que violaba sistemáticamente
los derechos humanos.
El cambio de administración —cuando el republicano Ronald
Reagan reemplazó a Carter— tuvo como consecuencia un cambio de política con
respecto a la Argentina. Reagan, que buscaba aliados para su política exterior,
encontró en Galtieri un entusiasta adherente, dispuesto a alinear a la
Argentina con la política exterior norteamericana y a intervenir militarmente en
América central. Los Estados Unidos, por su parte, levantaron las sanciones que
la administración Carter había impuesto a la Argentina. Galtieri, entusiasmado
con los elogios norteamericanos e ignorante de la importancia relativa de los
aliados de Estados Unidos, supuso que este apoyo se traduciría en una
neutralidad benévola en el conflicto que pensaba iniciar con Gran Bretaña.
Dadas
las condiciones militares del conflicto y el control de la información por parte
del gobierno, la derrota militar fue a la vez inevitable e inesperada. Una de
sus consecuencias principales fue la descomposición inmediata del gobierno
militar.
Galtieri renunció, la Marina y la Fuerza Aérea se retiraron de la Junta
y el comandante en jefe del Ejército designó a un nuevo presidente, el general
Reynaldo Bignone.
(foto a la derecha)
Fuente Consultada:
Historia Argentina Luchilo-Romano-Paz
El
Día Nacional de la Memoria por
la Verdad y la Justicia
es el día en el que se conmemora en Argentina a las muertes de civiles
producidas por la última dictadura militar que gobernó el país, autoproclamada
Proceso de Reorganización Nacional, anualmente el 24 de marzo en recuerdo
del mismo día de i 976, fecha en la que se produjo el golpe de Estado que depuso
al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, dando inicio a la
dictadura militar más sangrienta de la historia argentina.
El primer acto fue en el año 2007
en el centro clandestino de detención de La Perla, provincia de Córdoba. El 2 de
agosto de 2002 el Congreso de la Nación Argentina dicto la ley 25.633 creando al
Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia con el fin de conmemorar
a las víctimas, pero sin darle categoría de día no laborable. Tres años después,
durante la gestión del presidente Néstor Kirchner, se impulsó desde el mismo
Poder Ejecutivo Nacional que la fecha se convirtiera en un día no laborable,
inamovible.
Se produjo un supuesto debate, en
el cual opositores al proyecto enviado por el Poder Ejecutivo recalcaron que al
ser feriado pretende una festividad, mientras el oficialismo sostuvo "no hay
posibilidad de que ningún docente pueda ignorar el hecho". Finalmente con el
apoyo de Organizaciones de derechos humanos como: Abuelas de plaza de mayo y
Madres de plaza de mayo, el proyecto se convirtió en ley.