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En
1914 casi toda Europa entró en guerra. Aunque ninguno de sus dirigentes imaginó
que se trataba del fin de una era, poco después de iniciada la contienda algunas
personas lo presintieron. Enseguida la guerra resulté ser muy distinta de lo que
esperaban. En primer lugar, por su magnitud eclipsé todos los conflictos
anteriores y se prolongó más de cuatro años. No se trataba de una duración
extraordinaria pues con anterioridad las había habido más prolongadas, pero
éstas no fueron de combates continuos.
Las
campañas relativamente cortas se alternaban con largas pausas en las que los
ejércitos descansaban y recobraban el aliento. Sólo la guerra de Secesión
norteamericana se pareció remotamente a la Gran Guerra de 1914-1918, en la que
millones de hombres se enfrentaron mes tras mes, año tras año, separados por
unos pocos cientos de metros de terreno, intentando someter a sus enemigos.
Desde el principio la guerra naval fue encarnizada y constante y empeoré a
medida que cada bando intentaba privar al otro de alimentos y suministros. Hasta
el cielo se convirtió en un campo de batalla. No fue la primera vez que se
emplearon aviones militares para la guerra
——eso
había ocurrido en 1911, cuando los italianos atacaron el imperio turco en el
norte de Africa, para no mencionar que desde hacía más de un siglo se utilizaban
globos—, sino la primera vez que los cielos se convirtieron en zona de combate.
Al cabo de poco tiempo, los aviones atacaban blancos situados muy por detrás de
las líneas enemigas.
Los
ferrocarriles del siglo XIX habían demostrado que era posible concentrar con
rapidez y abastecer a ejércitos más numerosos. Ya existía el motor de gasolina y
en 1918 los camiones eran tan importantes como los caballos para los ejércitos
desplegados. Esos mismos motores impulsaron las nuevas armas aéreas: en 1918 la
RAF superaba los 20.000 aparatos. Sin ninguna duda las armas se perfeccionaron
(si es que ésta es la palabra adecuada) de forma aterradora. Surgieron nuevos
horrores como el gas tóxico y los lanzallamas, pero murieron más personas a
causa de las armas de fuego corrientes que, en 1914, habían alcanzado un alto
grado de perfeccionamiento. A partir de 1850, todos los ejércitos reemplazaron
los viejos mosquetes y cañones de carga por la boca por fusiles de retrocarga y
cañones de campaña. Mejoraron la distancia, el poder destructivo y la precisión.
En
1914, el vulgar soldado de infantería británico disponía de un fusil que, en
manos expertas, podía alcanzar a un blanco de tamaño humano a una distancia
máxima de 800 metros, arma con la que podía apuntar y disparar de diez a doce
tiros por minuto. En 1900 la infantería contaba con ametralladoras (que hacían
600 disparos por minuto), cañones de campaña, que disparaban tres o cuatro veces
por minuto a una distancia de 9.000 metros y armas capaces de alcanzar blancos
aún más lejanos.
Como
es comprensible, la matanza de 1914-1918 superó todo lo imaginable. Si bien
nadie ha calculado exactamente la cantidad de muertos y heridos, las cifras son
colosales, En lo que respecta a las grandes potencias, franceses y alemanes
fueron los que más sufrieron en relación a sus poblaciones y los norteamericanos
(que entraron en guerra más tarde) los que menos. De todas maneras, no sólo
sufrieron las grandes potencias (4 millones de polacos murieron combatiendo, a
menudo en bandos contrarios) y las cifras totales no expresan todo el horror de
lo que ocurrió. Los combates fueron más encarnizados, prolongados e intensos de
lo visto hasta entonces.
En
1916, en una espantosa batalla de cinco meses ante la fortaleza francesa de
Verdún, los ejércitos francés y alemán sumaron más de 600.000 muertos, heridos y
desaparecidos. Ese mismo año, durante el primer día de la batalla del Somme, el
ejército británico (que aún se componía exclusivamente de voluntarios) tuvo
20.000 bajas y cerca de 40.000 heridos. Retornado a la imagen global de la
guerra, durante esos cuatro años murieron en el mundo casi 5.000 hombres por
día.
La
mayoría de las víctimas se debieron a la acción directa del enemigo, lo que
constituía una novedad. Aunque parezca extraño, en todas las guerras anteriores
el peor enemigo no fue el otro bando, sino las enfermedades. Grandes
concentraciones de hombres apiñados en situaciones improvisadas, con higiene
precaria, probablemente con provisiones de agua contaminada y sin alimentos
frescos: situación ideal para que se desencadenaran terribles epidemias de
cólera, viruela o tifus. Las enfermedades devastaron el triple de soldados
británicos que bóers durante la guerra de 1899-1902 en Africa del Sur. Las
mejoras de la Gran Guerra no sólo se debieron al tratamiento de las
enfermedades. Se sabía más sobre la prevención y las sociedades industrializadas
podían mantener en campaña enormes ejércitos sin privarlos de alimentos,
vestimenta y provisiones médicas correctos. Empero, los civiles padecieron una
alimentación más deficiente y enfermedades a medida que la guerra se prolongaba
y, mediante los bloqueos, cada bando intentaba privar al otro hasta someterlo.
El
objetivo de los bloqueos también consistía en interrumpir la línea de
suministros a la industria bélica. Para un alto nivel de producción industrial
eran imprescindibles minerales, sustancias químicas, combustibles y maquinaria
de importación. Las necesidades de los ejércitos eran enormes: calzado, telas
para uniformes y sacos terreros, alambre de espino, maderas para la
construcción, herramientas para cavar, elementos imprescindibles a una escala
inimaginable pocos años antes. En lo que a armas y municiones se refiere, nunca
era suficiente. En 1914, un batallón de infantería británico contaba con dos
ametralladoras y COCOS años después necesitaba más de cincuenta. Se consumieron
ingentes cantidades de proyectiles: el bombardeo previo a la batalla del Somme
requirió cerca de 2.000 armas en un frente de dieciséis kilómetros (se oyó en
Londres, a 320 kilómetros de distancia).
En
1918 la guerra se había vuelto mundial. Los «imperios centrales»
(Austria-Hungría y Alemania) se opusieron desde el principio a las potencias
«aliadas» o «de la Entente» (Gran Bretaña, Francia y Rusia). Ambos bandos
buscaron otros socios. En pocos meses Japón se sumó a Ia Entente y Turquía a los
imperios centrales. En 1915 Italia se puso en contra de Austria-Hungría. En
1917, Estados Unidos entró en guerra del lado de los aliados; año y medio
después, cuando acabó la guerra, en Europa sólo España, Suiza, Holanda y los
países escandinavos eran neutrales (incluso China estaba formalmente en guerra).
La
guerra se extendió debido, principalmente, al estancamiento en que se sumió
Europa. Aunque los alemanes dominaban Bélgica y un extenso territorio del norte
de Francia, en el que penetraron deprisa durante las primeras semanas de la
guerra, el frente occidental se convirtió en una especie de guerra de asedio.
Millones de hombres vivieron en trincheras y bajo tierra, saliendo
ocasionalmente para emprender otra gran ofensiva que, tuviera o no éxito, casi
siempre acababa con sangrientas pérdidas.
Algunos buscaron nuevas armas para superar el punto muerto en las trincheras
(entre ellas, la invención del tanque). Otros buscaron nuevos aliados con el fin
de alterar el equilibrio numérico. Ambos bandos utilizaron bloqueos y a final de
1916, después de las horrorosas batallas del verano en Francia y mientras Rusia
seguía combatiendo en Oriente, el alto mando alemán llegó a la conclusión de
que, si no hacían algo deprisa, Alemania perdería la guerra debido a la eficacia
del bloqueo naval británico.
Por
consiguiente, Alemania decidió bloquear Gran Bretaña con submarinos en lugar de
con barcos. Sin aviso previo, los submarinos alemanes se dedicaron a hundir todo
barco que se dirigiera a un puerto británico, ya fuera neutral o beligerante,
estuviese desarmado o armado, transportara o no material bélico. Esta acción
decidió que los neutrales EE.UU. entrasen en guerra y cuando en los aliados
le ganaron la batalla a los submarinos gracias a nuevos artilugios técnicos y al
envío de convoyes de barcos, su victoria parecía incontrovertible. Sólo era
cuestión de tiempo que el enorme potencial numérico y el poderío industrial de
Estados Unidos influyeran en el campo de batalla. Los dirigentes alemanes
tuvieron un ultimo golpe de suerte: Rusia se derrumbó a causa de la revolución.
Así pudieron concentrar en Occidente un mayor número de efectivos y en 1918
lanzaron la última gran ofensiva. No fueron capaces de derrotar a los ejércitos
británico y francés. Entonces se produjo el contraataque. A finales del verano
los ejércitos alemanes y sus aliados emprendieron la retirada de todas partes
(salvo de Rusia). En octubre el gobierno alemán solicitó el armisticio la
suspensión de las hostilidades—, que le fue concedido en condiciones muy severas
y a las once en punto de la mañana del 11 de noviembre de 1918 guardaron por fin
silencio las armas del frente occidental. Así concluyó la peor guerra de la
historia.
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