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GRAN CIENCIA. Tipo de práctica científica
que se inició y desarrolló durante el siglo XX y que requiere de grandes
recursos de infraestructura y personal, y, por consiguiente, económicos. Por
este motivo, es necesario tomar decisiones políticas de cierta envergadura para
iniciar o mantener proyectos de Gran Ciencia. No estaría de más, por
consiguiente, que todos —científicos, políticos o simples ciudadanos (no sé muy
bien por qué escribo «simples», cuando ser un buen ciudadano es realmente
bastante complicado)— deberíamos conocer no sólo la existencia e importancia de
este tipo de ciencia, sino sus mecanismos más notorios. Para contribuir a esta
labor de educación social, en una era en la que la ciencia es cuestión de
Estado, incluyo aquí este concepto.
El
nacimiento de la Gran Ciencia tiene que ver especialmente con la física de las
partículas elementales (ahora denominada de altas energías>. Buscando
instrumentos que fuesen capaces de suministrar cada vez mayor energía a
partículas atómicas, para que éstas pudiesen chocar con el núcleo atómico, lo
que a su vez debería permitir ahondar en su estructura y en la de los elementos
que lo forman —esto es lo que había hecho Ernest Rutherford (1871-1937) en 1911
cuando propuso su modelo atómico: lanzó núcleos de helio sobre láminas delgadas
de oro—, físicos británicos primero, y estadounidenses después abrieron la
puerta de la Gran Ciencia.
En 1932, John Cockcroft (1897-1967) y Ernest Walton
(1903-1995), del Laboratorio Cavendish en Cambridge, utilizaban un multiplicador
voltaico que alcanzaba los 125.000 voltios para observar la desintegración de
átomos de litio. En realidad no era una gran energía: cuatro años antes Merle
Tuve (1901-1982) había utilizado un transformador inventado por
Nikola Tesla
(1856-1943) para alcanzar, en el Departamento de Magnetismo Terrestre de la
Carnegie Institution de Washington, los tres millones de voltios.
En
1937, Robert Van de Graaff (1901-1967) logró construir generadores de cerca de
cinco metros de altura, que producían energías de cinco millones de voltios.
Fue, sin embargo, Ernest O. Lawrence (1901-1958) el principal promotor de la
Gran Ciencia en la física de partículas elementales. A partir de 1932, Lawrence
comenzó a construir ciclotrones, máquinas circulares en las que las denominadas
partículas elementales iban ganando energía durante cada revolución, lo que les
permitía acumular suficiente energía. El primer ciclotrón medía apenas treinta
centímetros de diámetro. Pero aquello sólo era el comienzo: en 1939 Berkeley ya
contaba con un ciclotrón de metro y medio de diámetro, en el que los electrones
podían alcanzar una energía equivalente a dieciséis millones de voltios (16 Mev).
Y en septiembre de ese año Lawrence anunciaba planes para construir uno nuevo
que llegase a los 100 MeV.
En
abril de 1940, la Fundación Rockefeller donaba 1,4 millones de dólares para la
construcción de aquella máquina, el último de sus ciclotrones, que iba a tener
más de cuatro metros y medio de diámetro. En la actualidad los grandes
aceleradores tienen kilómetros de radio, y cuestan miles de millones de dólares.
Aquí tenemos una de las características que con mayor frecuencia se encuentra en
la Gran Ciencia: mayor tamaño, mayor potencia, mayor costo económico. No sólo es
el tamaño de las máquinas implicadas lo que caracteriza a la Gran Ciencia.
Alrededor de los ciclotrones de Lawrence se agrupaban físicos, químicos,
ingenieros, médicos y técnicos de todo tipo. En varios sentidos el laboratorio
de Berkeley se parecía más a una factoría que a los gabinetes y laboratorios de
otras épocas, el de Lavoisier (1743-1794) en París, el de Liebig (1803-1873) en
Giessen o el de Maxwell (183 1-1879) en Cambridge.
La
segunda guerra mundial dio un nuevo impulso a este modo, «gigantesco», de
organización de la investigación científica. Para llevar adelante proyectos como
el del radar o el Manhattan se necesitaban científicos, por supuesto,
pero no bastaba sólo con ellos. Era imprescindible también disponer, además de
otros profesionales (ingenieros, muy en particular), de una estructura
organizativa compleja, en la que no faltase el modo de producción industrial.
Los grandes recursos económicos que requiere la Gran Ciencia no siempre están a
disposición de naciones aisladas. En la Europa posterior a la segunda guerra
mundial, la construcción de grandes aceleradores de partículas era demasiado
costosa como para que cualquier nación pudiese permitirse el lujo de construir
uno lo suficientemente potente como para poder aspirar a producir resultados
científicos de interés. Así nació el Centre Européen de Recherches Nucléaires
(CERN) de Ginebra, fundado en 1952 por doce naciones europeas. La Gran Ciencia
fomentaba en este caso la internacionalización.
De
hecho, el CERN sirvió de experiencia de asociación política europea; el ambiente
político estaba listo para este tipo de experiencias, que culminarían años más
tarde en la creación de la Comunidad Económica Europea, que con el tiempo se
convertiría en la actual Unión Europea. La Gran Ciencia puede llegar a ser tan
grande que incluso naciones del potencial económico e industrial de Estados
Unidos se vean obligadas a abrir algunos de sus proyectos científicos a otros
países. Esto ha ocurrido, por ejemplo, con el telescopio espacial Hubble
construido por la Natiorial Aeronautics and Space Administration (NASA).
El
telescopio Hubble fue lanzado el 24 de abril de 1990, utilizando para ello una
de las aeronaves Discovery, pero la idea de poner un gran telescopio en órbita
alrededor de la Tierra para evitar la pantalla de radiaciones que es la
atmósfera terrestre había surgido cuatro décadas antes. En esos cuarenta años
hubo que vencer muchas dificultades; algunas de carácter técnico, por supuesto,
pero otras de orden financiero y político. En 1974, por ejemplo, la Cámara de
Representantes estadounidense eliminó del presupuesto el proyecto del
telescopio, a pesar de que ya había sido aprobado en 1972. El motivo es que era
demasiado caro. Tras muchas gestiones se llegó al compromiso de que el proyecto
saldría adelante únicamente si se internacionalizaba, involucrando a la Agencia
Espacial Europea (European Space Agency; ESA).
Por
supuesto, no se dio este paso por un repentino ataque de fervor ecuménico de los
representantes estadounidenses, sino porque la ESA se debería hacer cargo del
quince por ciento del presupuesto, con lo que éste se abarataría sustancialmente
para Estados Unidos. Finalmente la agencia europea, formada por un consorcio de
naciones entre las que se encuentra España, participó en el proyecto,
encargándose en particular de la construcción de una cámara para fotografiar
objetos que emiten una radiación débil. En más de un sentido se puede decir que
el mundo de las naciones individuales se está quedando demasiado pequeño para la
Gran Ciencia. Una muestra más de esa tendencia, la globalización, que parece
estar caracterizando al mundo de finales del siglo XX.
Fuente Consultada: Diccionario de la Ciencia
de José M. Sánchez Ron
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