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Las Grasas: Placeres peligrosos
A
pesar de su mala fama, las grasas tienen una enorme virtud: están deliciosas.
Una ensalada insípida puede convertirse en un primer plato excelente con un
chorro de aceite de oliva y un puñado de frutos secos. Un muslo de pollo suele
ser más tierno y más gustoso que una pechuga, que lleva menos grasa. Un cruasán
de mantequilla es para muchos paladares más sabroso que una rebanada de pan...
Los
humanos estamos diseñados para que nos gusten las grasas. La afición por las
grasas es uno de los regalos que nos ha hecho la naturaleza para protegernos de
la desnutrición. Pero hoy día tenemos a nuestro alcance más alimentos de los que
necesitamos.
Está muy bien poder comer lo que a uno le gusta y que ya nadie muera de hambre
en los países occidentales. Pero el péndulo ha pasado de un extremo al otro.
Ahora ya no morimos porque nos falte comida, morimos porque nos sobra. El
problema es que el cuerpo humano necesita su justa cantidad de cada alimento
para funcionar en ese estado de equilibrio. Y cuando uno da rienda suelta a sus
instintos y coge todo lo que encuentra a su alcance, se pierde el equilibrio y
se origina la enfermedad.
Las
grasas se dividen en cinco grandes grupos, y cada uno actúa de un modo distinto
en el cuerpo humano. Las definiremos por cinco alimentos típicos en los que
predominan: aceite de oliva (grasas monoinsaturadas); aceite de girasol
(poliinsaturadas omega-6); pescado (poliinsaturadas omega-3); carne de ternera
(saturadas); y bollería industrial (grasas trans). Aunque todas ellas caben en
una dieta equilibrada, las tres primeras (las insaturadas) se consideran grasas
saludables, mientras que las dos últimas (las saturadas y las trans) son poco
saludables y deben tomarse con moderación.
En
realidad, las grasas son imprescindibles para que la máquina humana funcione
correctamente. Son tan importantes que hasta un 30 % de las calorías que
ingerimos con la dieta deberían proceder de las grasas. De este 30 % se aconseja
que aproximadamente la mitad sean grasas monoinsaturadas, las que predominan en
el aceite de oh-va. Su principal virtud es que reducen el colesterol LDL (el
malo) y elevan ligeramente el HDL (el bueno). El aceite de oliva aporta además
vitamina E y otros antioxidantes.
Entre
los alimentos que aportan cantidades importantes de grasas monoinsaturadas
destacan también algunos frutos secos, como las avellanas, las almendras o las
nueces de Macadamia; algunos pescados, como el bacalao, la caballa o el arenque;
algunas aves, como el pollo y el pato; y los aguacates.
En
otros aceites vegetales como el de girasol predominan unas grasas llamadas
poliinsaturadas omega-6. Abunda también en el aceite de maíz o el de soja y en
algunos frutos secos como nueces, piñones o pipas de girasol.
Las
grasas características del pescado azul, las omega-3, son un auténtico regalo
para la salud, y especialmente para la salud cardiovascular. Estas grasas han
resultado ser una especie de alimento milagroso. Nos dimos cuenta cuando se
descubrió que los consumidores habituales de pescado tienen un riesgo de morir
por una enfermedad cardíaca un 60 % más bajo que las personas que casi nunca
toman pescado. Desde entonces, más de quince grandes estudios han confirmado los
beneficios de las grasas omega-3.
También se ha observado que, además de proteger frente a enfermedades
cardiovasculares, las omega-3 son beneficiosas frente a algunas enfermedades
inflamatorias y autoinmunes. Sabemos que reducen la tendencia de la sangre a
formar coágulos y, por lo tanto, el riesgo de infarto, ya que no hay infarto sin
coágulo. Y, por algún mecanismo que no comprendemos, reducen el riesgo de
arritmia, lo que explica que eviten muertes súbitas en enfermos cardíacos. Los
beneficios son tan grandes que hoy día la Asociación Americana del Corazón
recomienda comer pescado un mínimo de dos veces por semana a toda la población.
Los
pescados más ricos en omega-3, y por lo tanto los que tienen más grasas
saludables, son los pescados grasos como el salmón, el atún, la anchoa, la
sardina o cualquier otra especie de pescado azul. También contienen cantidades
apreciables de omega-3 algunos productos de origen vegetal como las nueces, el
aceite de soja o el de colza. Todos éstos se pueden considerar alimentos
cardiosaludables.
Respecto a las grasas saturadas, las que predominan en las carnes rojas, la
recomendación básica es consumir menos. Y hay buenas razones: el exceso de
grasas saturadas es la causa número uno de los altos niveles de colesterol LDL
(el malo) que se registran en los países occidentales; cuanto mayor es el
consumo de grasas saturadas, mayor es el riesgo de infarto; el abuso de carnes
rojas y grasas saturadas aumenta el riesgo de cáncer colorrectal; y también es
probable que aumente el riesgo de cánceres gástricos y de esófago.
Colesterol LDL Es el
colesterol que circula por la sangre unido a las lipoproteínas de baja densidad,
LDL en abreviatura (Low Density Lipoprotein, en inglés). Representa
aproximadamente el 75% del colesterol sanguíneo total. El colesterol LDL
favorece la formación de la arteriosclerosis. Es el llamado colesterol malo” o
nocivo.
Colesterol HDL Circula
unido a las lipoproteínas de alta densidad, HDL en abreviatura (High Density
Lipoprotein en inglés) Recientemente se ha puesto de manifiesto que este tipo de
colesterol, al que se le llama coloquial-mente “colesterol bueno”, tiene una
acción preventiva de la arteriosclerosis. Cuanto más alto sea su nivel en
sangre, tanto mejor.
El aceite de oliva, aunque
disminuye poco el colesterol total, ejerce un efecto protector sobre la
formación de la arteriosclerosis al aumentar el “colesterol bueno” transportado
por las lipoproteínas de alta densidad (colesterol MDL). Los aceites de
semillas, ricos en ácidos grasos poliinsaturados, disminuyen el colesterol
total, pero también el colesterol MDL de efecto protector, por lo que su efecto
global sobre la disminución del riesgo
La
Asociación Americana del Corazón recomienda que no más del 10 % de las calorías
de la dieta procedan de este tipo de grasas, lo que supondría una rebaja
sustancial respecto a los niveles de consumo actual. Conseguir estos niveles no
siempre resulta fácil en países donde las carnes rojas, los embutidos y los
lácteos como quesos, nata y mantequilla forman parte de la cultura gastronómica.
Para reducir el consumo de grasas saturadas, en lugar de tomar cada día carne de
segundo, una buena opción es probar a tomar una ensalada de primero y un plato
de pasta, o arroz, o legumbres después. Y lo que también se puede hacer, cuando
uno toma productos de origen animal, es elegir alimentos que de entrada sean
bajos en grasas, como carnes magras, leche desnatada o semidesnatada, yogures
desnatados o requesones.
Las grasas trans baten todos los récords en cuanto a lo perjudiciales que
resultan. A diferencia de las grasas saturadas, de las que el cuerpo humano
necesita una pequeña cantidad, las grasas trans no tienen ninguna virtud para la
salud.
Son
un cúmulo de defectos: elevan el colesterol malo, reducen el bueno, aumentan los
triglicéridos, puede que interfieran con la insulina y aumenten el riesgo de
diabetes y probablemente merman la capacidad de dilatarse de los vasos
sanguíneos. Abundan especialmente en productos de bollería industrial como
algunas galletas, bizcochos, magdalenas o pasteles envasados; en las frituras de
muchas cadenas de cocina rápida y algunos restaurantes; en platos fritos
precocinados; y en algunas margarinas. Y la razón por la que están en todos
estos productos no es para que los alimentos sean más nutritivos, sino para que
sean más rentables. Por un lado, porque son grasas baratas y reutilizables. Pero
sobre todo porque las grasas trans mejoran la presentación de los productos:
unas galletas o unas magdalenas elaboradas con aceite de oliva, que es líquido a
temperatura ambiente, resultan aceitosas; pero si se elaboran con grasas trans,
uno no se ensucia los dedos.
Lo
mejor que podemos hacer es seguir el ejemplo del Monstruo de las Galletas, que
se ha pasado a la fruta, y aunque sigue comiendo galletas, ya no las toma a
diario como antes sino sólo de manera ocasional.
También es preferible freír con aceite de oliva que con margarina o con aceite
de girasol. Incluso con aceite de oliva, no es aconsejable reutilizar muchas
veces el aceite. Una alternativa saludable es no freír los alimentos sino
cocinarlos a la plancha, hervidos o al horno. Hervidos, se obtienen alimentos
con muy poca grasa, y por lo tanto fáciles de digerir, que es la razón por la
que a las personas con trastornos digestivos se les suele aconsejar que tomen la
comida hervida, aunque tiene el inconveniente de que los cien grados de
temperatura que alcanza el agua cuando hierve destruyen en parte las vitaminas
de los vegetales. Otra opción es preparar los platos al vapor, con lo que no se
destruyen tantas vitaminas.
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