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El
mundo es vuestro... Vosotros jóvenes, llenos de vigor y vitalidad, estáis en el
despertar de la vida, como el sol a las ocho o nueve de la mañana. Nuestro sueño
está en vosotros... El mundo os pertenece. El futuro de China os pertenece
(Libro Rojo de
Mao).
Xiu
Xiu (J.
Chen, 1998) es una película que
narra los últimos estertores de la
Gran Revolución Cultural que
sacudió China durante una década, entre su lanzamiento oficial en 1966 hasta la
muerte de Mao
en 1976. En 1975 la protagonista, una joven estudiante de secundaria hija de un
sastre, es enviada al campo para “reformarse mediante el trabajo”. Su instructor
será un pastor tibetano, con quien lleva una vida nómada y miserable. Para poder
regresar a su ciudad se prostituye a vendedores ambulantes, soldados y
burócratas.
Su trágica
muerte simboliza el sufrimiento de toda una generación utilizada como carne de
cañón y fuerza de choque en las luchas por el poder, aunque muchos de ellos
creyeran sinceramente estar protagonizando la construcción del “hombre nuevo”
prometida por Mao, cuyas consignas leían en un pequeño Libro rolo
convertido en escritura sagrada o escuchaban en las multitudinarias
concentraciones de la Plaza
de Tiananmen.
La gran
Revolución Cultural Proletaria, de pomposo nombre, había sido lanzada en abril
de 1966, provocando un gran impacto entre la intelectualidad progresista del
primer mundo y la revolucionaria del tercero (y al parecer también un millón de
muertos). Tras el fracaso del “gran salto adelante” y unos años de pragmatismo
económico, se trataba de volver a las fuentes del comunismo y
ahuyentar la “contrarrevolución” mediante el recurso a una agitación ideológica
constante.
El instrumento
utilizado para ello fueron los jóvenes, encuadrados en el movimiento de los
“guardias rojos Eran estudiantes nacidos bajo el comunismo que representaban al
“nuevo hombre” solidario y sin prejuicios pequeño burgueses que se quería
construir.
Alentados por
la esposa de Mao (Jiang Qing) y sus secuaces, se pusieron el uniforme verde con
la gorra de la estrella roja y empezaron a atacar a los mayores (principalmente
a los “con gafas”, como se conocía a los profesores e intelectuales, pero
también a los viejos jerarcas del partido e incluso a sus propios padres).
Se echaban a
la calle en pandillas y organizaban rituales públicos en los que ridiculizaban a
las autoridades académicas y a los políticos moderados, en lamentables autos
de fe con los que nos han familiarizado las películas de Zhang Yimou y las
fotografías de Li Zhensheng. Su medio de expresión eran los dazibaos,
periódicos murales mediante los cuales se difundían las consignas. Se
organizaron incontables mítines en los que se denunciaba “el jazz, el
rock’n’roll, los desnudos en los cabarés, el impresionismo, el fauvismo” y
todos los ismos síntoma de la decadencia de Occidente. Se impuso una
censura sobre las actividades culturales y se impulsaron unas pocas obras de
teatro y opera. Para romper la brecha entre trabajo intelectual y manual se
redujo la educación superior (en 1970 sólo quedaban en China 50.000
universitarios) y se envió a millones de estudiantes al campo para
“reeducarlos”.
La
intelectualidad y los jóvenes occidentales sintieron inicialmente una notable
fascinación por la Revolución Cultural china: muchos colgaron el póster de Mao
en su habitación, otros se pusieron la gorra con la estrella y compraron el
Libro Rolo, algunos fundaron grupúsculos de inspiración maoísta. Algunos
creyeron en las posibilidades de esta revolución anticultural hermana de la
contracultural, que ellos estaban protagonizando, como la pensadora italiana
María A. Macciocchi: “Ha eliminado las élites políticas y tecnocráticas, la
burocracia, las jerarquías y los privilegios. Ha vuelto a unir el trabajo manual
y el trabajo intelectual, reunido ciudad y campo, sustituido directores únicos
de las fábricas, de las universidades y de las comunas populares por direcciones
colegiadas, los comités revolucionarios.
Ha
reestructurado la enseñanza, de la primaria a la universidad, en un sistema
educativo que opera la síntesis entre teoría y práctica, lo que hace que el
Horno sapiens y el Horno Faber formen un ser completo, un hombre
total”. Otros observadores más atentos, como Simon Leys, vieron enseguida la
perversión de la política maoísta: “La revolución cultural, que sólo tuvo de
revolucionaria el nombre y de cultural el pretexto táctico inicial, fue una
lucha por el poder, realizada en la cumbre entre un puñado de individuos, tras
la cortina de humo de un movimiento de masas ficticio”.
Pocos libros describen con mayor emoción el rumbo de la Revolución Cultural que
Cisnes salvajes (Jung Chang, 1991), la biografía de tres generaciones de
mujeres chinas. La abuela de la autora fue concubina de un señor de la guerra y
la madre una ferviente comunista (como el padre)
Jung tenía 14
años cuando empezó la Revolución Cultural en su escuela secundaria de una ciudad
de la China interior. Pronto se hizo de la Guardia Roja y participó en la las
actividades de sus coetáneos (trasladarse a vivir a la escuela, vestir con el
uniforme característico —gorra y brazalete con letras doradas—, acusar a los
profesores y a funcionarios “burgueses”, ridiculizarlos en ceremonias públicas,
quemar libros y obras de arte, estudiar el Libro Rojo, ir en
peregrinación a Pekín para ver a Mao y a otros lugares santos del comunismo,
etc.
Hasta que sus
propios padres, fieles funcionarios del partido, fueron también acusados de
revisionismo burgués y objeto de persecución, detenciones arbitrarias, burlas y
tortura, no se dio cuenta de la gran impostura. La autora describe las distintas
caras de este gran psicodrama, ayundándonos a comprender por qué tantos jóvenes
ilusos se convirtieron a la causa.
Por un lado,
la retórica oficial no distaban mucho de la que triunfaría en los campus
occidentales: “rebelión contra la autoridad”, “revolución en la educación”,
“destrucción del mundo viejo para que nazca uno nuevo mundo, “creación de un
hombre nuevo”, etc. Por otro, los adolescentes sintieron el poder de su
acción, liberándose de las tutelas familiares, académicas e incluso morales que
los amordazaban al tiempo que encontraban la seguridad en una “nueva religión”
revelada por un líder carismático e integrada por modas de vestir, libros
sagrados, rituales de violencia y sed de aventura. Cuando los jóvenes aplicaron
demasiado al pie de la letra estas consignas, vino el ejército para restablecer
el orden.
En 1969 la
mayor parte de escuelas secundarias y universidades cerraron y sus alumnos
fueron enviados a “reeducarse” junto con los campesinos, en uno de los
desplazamientos de población más grandes de la historia (unos 15 millones de
jóvenes fueron expulsados de sus casas). Jung pudo regresar y acabar graduándose
en la universidad, pero otros muchos jóvenes (como Xiu Xiu) se quedaron en el
camino.
Fuente Consultada: Historia Universal Fin de
Siglo Las Claves del Siglo XXI y Wikipedia
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