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UNA NOCHE DE NAVIDAD EN LAS TRINCHERAS Por
alguna razón desconocida hasta ahora, la victoria más grande que obtuvo el
hombre en la primera guerra mundial ha sido sistemáticamente silenciada por la
historia. Ocurrió en la Navidad de 1914. Esa noche un espíritu de paz y
fraternidad prendió en forma espontánea e incontenible entre los soldados que,
abandonando sus armas, corrieron a abrazarse en medio del campo de batalla.
Entonces se había iniciado ya una de las peores pesadillas del siglo: “la guerra
de trincheras”. Después de las grandes batallas que se libraron durante los dos
meses iniciales de la guerra, el frente se estancó en un terrible empate. Los
enemigos se situaron en posiciones defensivas casi inamovibles y la guerra que
tradicionalmente había sido una operación de maniobras y movimientos se
petrificó, dando lugar a una contienda de desgaste, a un desangramiento
lentísimo. En esas circunstancias la guerra iba a ser ganada por las naciones o
alianzas que tuvieran mayor capacidad para seguir enviando víctimas frescas,
nueva carne de cañón a las trincheras.
Desde
el Canal de la Mancha hasta la frontera franco-suiza, se extendían frente a
frente las trincheras enemigas de primera y de segunda línea. Allí en pocas
horas los cadáveres se acumulaban hasta alcanzar alturas de un metro y más. Los
soldados vivían el interminable calvario de las heladas, el barro, las
inundaciones, los piojos, las infecciones y el hambre. A todo eso se agregaban
los bombardeos, los asaltos y más tarde los ataques con lanzallamas y gases
tóxicos que reventaban los pulmones y los ojos.
“Las
trincheras se excavaban con todos los medios aprovechables —recordaba un capitán
francés de infantería—. Se queda uno estupefacto cuando se traslada
retrospectivamente a esos fosos apenas suficiente para guarecer a un hombre de
pie, con troneras por las cuales con dificultad lograba asomarse la cabeza...
Fue ése un verdadero período de retomo a la choza primitiva. Los hombres,
acostados unos contra otros encima de un poco de heno, se daban calor
mutuamente...”
“La
alambrada de púas es la obsesión del soldado de infantería —anotaba en una carta
un combatiente anónimo—. Toda su audacia, su valor se anulan en cuanto tropieza
en el asalto con una red a medio destruir. Sabe que si se engancha en las mallas
enredadas, los hilos de la red lo mutilarán y allí quedará aprisionado para
sufrir una lenta agonía”.
Sin
embargo, en medio de ese infierno, se originó un suceso que ayuda a mantener
viva la confianza en el hombre.
La
noche de Navidad de 1914 hubo una luna esplendorosa en diversos lugares del
frente occidental. La tierra estaba helada y blanca y una calma inusual se
extendió a lo largo de las excavaciones y de las alambradas. De pronto los
ingleses advirtieron que varias luces comenzaban a encenderse en las líneas
enemigas. Al principio no se explicaron lo que ocurría. Después, alguien se dio
cuenta de que al otro lado de la “tierra de nadie”, una franja de cerca de 50
metros que separaba las trincheras, los alemanes estaban preparando arbolitos de
pascua. Cerca de las 12 se escucharon coros entonando la tradicional canción
navideña: “Noche de paz, noche de amor...”, y otros villancicos.
Cada
vez que los alemanes concluían una canción, sus enemigos ingleses los aplaudían.
Los británicos, entusiasmados con la celebración, improvisaron sus propios coros
y así la casi cinco meses de guerra, no se escucharon disparos en el mundo.
Como
se ha dicho, el suceso fue y sigue siendo olvidado. Los informes oficiales
hablan de una tregua espontánea o se limitan a reproducir la fórmula de “sin
novedad en el frente”, que Erich María Remarque usaría como título para una de
las novelas antibélicas más populares de la postguerra. Los textos de historia
no mencionan el asunto y sólo se ha dado cuenta de él en artículos aislados de
publicaciones pacificistas y en revistas como las Selecciones del Reader’s
Digest.
Cuando los altos mandos militares se enteraron de lo que realmente había
sucedido, dispusieron serias medidas para evitar que se siguiera propagando esa
epidemia de fraternidad. La publicidad de guerra de ambos bandos había pintado
al enemigo como un conjunto de monstruos capaces de las peores atrocidades. Si
seguían dándose la mano los unos con los otros, iban a comprobar que eran buenas
personas y eso resultaba peligroso para los grandes poderes que provocaron y que
mantenían el conflicto.
¿Pudo la tregua de
1914 haber puesto fin a la Primera Guerra Mundial?
Un sobreviviente,
Albert Moren, cree que sí. “Si la tregua se hubiera prolongado otra semana”,
asegura, “habría sido muy difícil reiniciar la guerra”. En este caso se habrían
salvado casi nueve millones de hombres que morirían antes del Armisticio.
La
tregua navideña de 1914 continuó en algunos sectores del frente hasta el Año
Nuevo, y aún después. “tuvimos que dejar que durara todo ese tiempo”, explicó un
alemán, en una carta enviada a su casa. “Queríamos ver cómo salían las fotos que
ellos nos tomaron”.
(Ver Las Trinchera en la Primera Guerra Mundial)
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