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La principal riqueza de Inglaterra en los tiempos medios radicaba en la exportación de lanas a las ciudades flamencas. Entre el rey de Francia y el conde de Flandes reinaba excelente armonía, mal vista por los ingleses, temerosos de perder sus mercados.

Una disputa dinástica estimuló la ambición del monarca inglés Eduardo III (1327-1377) el cual hizo valer sus derechos a la corona de Francia, por ser hijo de Isabel, hermana del último monarca francés Carlos IV el Hermoso, fallecido sin dejar descendencia.

Los franceses eligieron rey a Felipe de Valois (1328-1350) y ello fue causa del estallido del conflicto. Flandes se vio invadido por Felipe VI de Francia, mientras Eduardo desembarcó en las costas de Normandía con un ejército de 30.000 hombres.

Los franceses fueron vencidos en la batalla de Crecy (1346), que tuvo una gran significación militar, ya que en ella fueron empleadas por primera vez las armas de fuego. Poco después los ingleses tomaron la plaza de Calais. Muerto el rey francés, le sucedió su hijo Juan el Bueno, y la guerra volvió a reanudarse, viéndose Francia nuevamente invadida.

El príncipe de Gales, llamado también el Príncipe Negro (por el color de su armadura), derrotó a un numeroso ejército francés en la batalla de Poitiers, en la que Juan el Bueno, extenuado, chorreando sangre y sudor, fue hecho prisionero y conducido a Inglaterra. Varios años después fue puesto en libertad después de haberse comprometido a pagar un fuerte rescate.

Al llegar a Francia, encontró a su país empobrecido y sumido en la anarquía. Los vasallos, aldeanos y burgueses se habían sublevado contra los nobles a quienes culpaban de los reveses guerreros y de la derrota de Poitiers, y los caminos se encontraban infestados de salteadores.

Juan el Bueno no pudo pagar el rescate equivalente a unos cuarenta millones de francos y regresó a Londres donde vivió prisionero aunque esta condición no le impedía divertirse en continuas fiestas. Por la paz de Brétigny, Inglaterra adquirió la cuarta parte del territorio francés.

Carlos V el Sabio (1364-1380), hijo de Juan el Bueno, fue quien sacó a Francia de su lamentable estado, gracias a los méritos personales de un joven caballero bretón llamado Beltrán Du Guesclín (1320-1380).

Reorganizó el Ejército y libró al país de la terrible plaga de las "Compañías" constituidas por bandas de mercenarios dedicados al pillaje y que sembraban el terror. Debido a dichas bandas, comarcas y pueblos enteros quedaron deshabitados. En Picardía, los aldeanos llegaron a vivir escondidos en cuevas.

Du Guesclín, nombrado condestable, expulsó a los ingleses de casi todas las plazas que ocupaban, con la sola excepción de una estrecha faja de litoral (Calais, Cherburgo, Brest, Burdeos, Bayona). Después pudo dar un gran impulso a la prosperidad del país. Muerto Carlos V, y durante la minoridad de su hijo Carlos VI, Francia se vio ensangrentada por una guerra civil ocasionada por el asesinato de Felipe de Orleans.

En ella lucharon dos bandos rivales: los Borgoñeses y los Armagnacs. El país se cubrió de ruinas y de sangre. Unos y otros, con tal de exterminar a los contrarios, llegaron a ofrecer a los ingleses la mitad del reino. El rey de Inglaterra, Enrique V, se declaró en contra de los Armagnacs, derrotándoles en Azincourt.

Tras apoderarse de Caen y Rouen, logró la firma del Tratado de Troyes, en virtud del cual resultaba el rey inglés heredero de la corona francesa. Al fallecer en 1442 los monarcas Enrique V de Inglaterra y Carlos VI de Francia, se intentó proclamar rey de este país al niño Enrique VI de Inglaterra, de acuerdo con una de las cláusulas del famoso Tratado de Troyes. Un movimiento nacionalista se colocó al lado del Delfín desposeído, verdadero heredero de la corona, que fue proclamado rey de Francia con el nombre de Carlos VII.

Solamente las provincias centrales guardaron fidelidad al monarca. Muchos nobles y ciudades francesas, entre ellas París, se habían pasado al bando inglés, mientras la guerra se recrudecía ante la indiferencia e ineptitud del rey francés al ver que los ingleses sitiaban a Orleans, la única ciudad que les cerraba el paso hacia el Sur de Francia.

Ver: Juana de Arco y El Final de La Guerra de los 100 Años