INICIO DE LA GUERRA DE TROYA
Esparta ataca a Troya:
El ultraje que el príncipe troyano había inferido al honor de los aqueos reunió
en seguida en el palacio de Menelao a todos
los grandes guerreros de Grecia,
ávidos de venganza. Decidieron reunir una armada tal que ni siquiera una
parecida hubiese surcado alguna vez los mares, y marcharon contra Troya para
arrancar a Paris el tesoro mal adquirido. Para ello, los príncipes se convocaron
en el puerto de Aulis, ciudad de Beocia, empeñándose en coadyuvar en la empresa
con hombres y dinero.
Poco después, la playa de Aulis
era un hormiguero de hombres armados; decenas de naves ancladas en la rada
aguardaban el viento favorable para partir. Estaban todos: el viejo Néstor;
Agamenón, elegido jefe de la expedición; Menelao; el Áyax Telamón, rey de
Salamina; Ulises, rey de Ítaca; Aquiles con sus mirmidones. La armada contaba
con 120.000 hombres y 1.186 naves.
A solicitud de los dos soberanos
ofendidos —ya que Menelao era hermano de Agamenón, rey de Micenas, y el más
poderoso de los reyés de Grecia—, se reunieron en una especie de confederación
todos los jefes de las ciudades, todos los pueblos del centro, del sur y de las
islas, a las órdenes de los más valientes generales, y fue dispuesta la
movilización general, preparándose para la guerra.
Se habían hecho presentes, además,
el Áyax Oileo, jefe de cuarenta naves procedentes de Lócride; Idomeneo, hijo de
Deucalión, llegado de Creta con ochenta naves; el grande e impetuoso Diómedes,
de Argos, y, también, Patroclo, amigo de Aquiles. Todos estaban animados por un
justificado ardor guerrero contra las gentes de Tróade, y habían decidido vengar
la grave ofensa infligida a Menelao y a toda Grecia.
Ulises, el más astuto y pacífico
de los reyes aquéos, fingió estar loco para no participar en la guerra, y se
puso a arar la ‘playa de Ítaca, sembrando en ella sal. Pero cuando los emisarios
de Agamenón, poco convencidos de su gesto de demencia, quisieron poner delante
del arado a su hijito Telémaco, desistió de la comedia y se resignó a partir.
Aquiles, el más joven y más
valiente de los aqueos, había sido escondido por su madre, la diosa Tetis, entre
las mujeres del palacio de Esciros, vestido con indumentos femeninos. Pero
Ulises, advirtiendo el subterfugio, se presentó en aquella mansión vestido de
mercader ambulante y ofreció a las doncellas joyas y ricos vestidos. Mientras
las mujeres examinaban con viva admiración su mercadería, Ulises extrajo de su
bolsa, como al descuido, una espada filosa y un brillante yelmo de bronce. En
seguida, la más alta de las jóvenes, que hasta entonces había quedado apartada
del grupo, asió con fuerza aquellas armas y empezó a manearlas con viril
seguridad; Aquiles, así descubierto, no pudo ya dejar de partir para Aulis.
La flota estaba anclada aún,
porque los vientos eran desfavorables. El adivino Calcas había declarado que el
tiempo sólo cambiaría si la ‘hija de Agamenón, Ifigenia, era sacrificada sobre
el ara de Artemis. Un sentimiento de desolación había embargado a los jefes
aqueos, ya que ninguno osaba proponer al padre el horrendo sacrificio. Al cabo,
el mismo Agamenón impartió la orden; entre las lágrimas e imploraciones de todo
el ejército, la desdichada niña fue llevada al altar, frente a las olas; allí
Calcas esperaba con el brazo en alto, armado de un cuchillo.
Todos apartaron la mirada para no
ver la irreparable acción, pero, en el momento mismo en que iba a ser consumado
el sacrificio, fueron sacudidos por un grito de estupor del sacerdote. Ifigenia
había desaparecido y, en su lugar, como por obra de magia, había una cierva
blanca, el símbolo de Artemis.. El puñal se abatió centelleante y un soplo
inmenso recorrió el cielo: las velas de las naves se extendieron con estrépito y
se hincharon. ¡Era el viento favorable!.
En la bahía de Aulis sólo se oían
gritos de júbilo; desaparecieron las tiendas; los hombres se aglomeraban en los
puentes de los barcos, apresurándose para subir a bordo; cortaron amarras y
levaron anclas, y, una tras otra, las bellas naves aqueas zarparon hacia alta
mar.
Después de algunos días, en una mañana resplandeciente de sol, la alarma corrió
por las calles y las plazas de Troya. La gente se volcó sobre las altas murallas
de la ciudad y vio el horizonte cubrirse de velas: una flota poderosa se
acercaba.
Se reunieron los jefes, salieron
por las puertas los soldados y se dio la orden de combate en la playa, bajo el
mando de Héctor, el mayor de los hijos de Príamo. Las naves aqueas, ya muy
cerca, enrollaban las velas y parecían vacilar. Una vez más, Calcas había
pronunciado un lúgubre vaticinio: el primero que pisara tierra firme sería
muerto. Ya los troyanos esgrimían sus armas animándose unos a otros, cuando se
vio saltar al agua a un joven guerrero.
En medio del silencio general,
Protesilao, rey de una parte de Tesalia, se levantó y corrió hacia la playa,
alcanzando tierra firme justamente delante del carruaje de Héctor. La espada del
héroe troyano silbó fulmínea, y el joven rey cayó en la arena dorada, regándola
con la primera sangre aquea.
Pero ya, con intenso fragor de armas y de gritas, todo el ejército griego se
lanzaba contra los defensores, los que, batiéndose en retirada, se refugiaron
tras el seguro baluarte de las murallas.
Así se inició el prolongado sitio
de Troya. Ya durante un anterior sacrificio a Apolo, de debajo del ara salió una
serpiente que subió a un plátano cercano para devorar un nido de nueve pájaros,
y luego fue transformada en piedra. El adivino Calcas interpretó el
acontecimiento en el sentido de que la guerra de Troya duraría diez años, como
en efecto sucedió.
Fuente Consultada: Relatos de la Antigüedad
- Lo Se Todo Tomo III - Figuras y Leyendas Mitológicas
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