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El
proceso histórico transcurrido entre 1914 y 1955 es uno de los más
complejos, para ser explicado, de toda la historia. En este caso, la
dificultad no se debe a la escasez de fuentes y datos, sino al cúmulo de
información de que dispone el historiador. A ello se suma que, en muchos
aspectos, ese proceso histórico aún no concluyó, por lo que resulta
difícil realizar un balance o una interpretación del conjunto de hechos
ocurridos. En los cuarenta años que abarca el período se produjeron
transformaciones de gran importancia y que afectaron a todo el mundo.
Los conflictos entre las potencias imperialistas originaron dos guerras
mundiales. La crisis financiera que se inició en 1929 con el crack de
Wall Street afectó gravemente a la economía internacional.
A partir
del triunfo de la Revolución Rusa de 1917, el modelo económico y social
capitalista entró en competencia, a nivel mundial, con el socialista. El
mundo quedó dividido en dos bloques —el occidental capitalista, liderado
por Estados Unidos, y el socialista, encabezado por la Unión Soviética—.
La democracia liberal, la forma más exitosa de organización política
europea del siglo XIX, fue cuestionada y sustituida en algunos países
por regímenes autoritarios —el fascismo y el nazismo—. Las ilusiones de
progreso y bienestar de muchos europeos no pudieron sostenerse ante un
panorama mundial tan conflictivo.
También
emergió de esa crisis mundial una nueva realidad, la de los países
pobres del Tercer Mundo. Luego de la Segunda Guerra Mundial, la
debilidad de los imperios coloniales permitió que triunfaran diferentes
movimientos de liberación nacional en los países periféricos. Los nuevos
Estados independientes intentaron formar un frente común para insertarse
en el mundo y tratar de resolver sus problemas económicos.
Estudiar
este período de la historia es fundamental para comprender muchos de los
problemas del mundo actual. La capacidad del hombre para destruir el
medio ambiente y a la misma humanidad tuvo un hito en esa época, cuando
explotó la bomba en Hiroshima. El racismo y las discriminaciones, las
guerras, la desigualdad entre países ricos y pobres, son algunas de las
características del proceso histórico mundial que se desarrolló entre
1914 y 1955 y que aún persisten en nuestros días.
La
finalización de la Primera Guerra Mundial no significó el fin de los
conflictos entre los países que se habían enfrentado. Por lo contrario,
en las décadas de 1920 y 1930 los países capitalistas enfrentaron nuevos
problemas, algunos derivados de las condiciones impuestas por los
tratados de paz a los vencidos y otros originados por la crisis
financiera que, entre 1929 y 1930, afectó a las economías capitalistas
norteamericana y europeas, y por la depresión económica que éstas
sufrieron durante los años siguientes.
En el
período de entreguerras —el período comprendido entre 1918, año de
finalización de la Primera Guerra Mundial, y 1939, año en que comenzó la
Segunda— se desarrollaron complejos procesos políticos, económicos e
ideológicos. Para comprender por qué se inició un nuevo conflicto bélico
a escala mundial es necesario tener en cuenta la interacción simultánea
de todos esos procesos.
En el
plano político, el nacionalismo fue uno de los motivos de las tensiones
entre los Estados europeos. Los nuevos Estados multinacionales creados
en la región de los Balcanes por los tratados de paz no resultaron
arreglos satisfactorios para la mayor parte de los grupos étnicos que
formaban parte de ellos. En muchos casos, los límites políticos
resultaron totalmente arbitrarios. Las reivindicaciones nacionalistas
también cobraron fuerza en Alemania e Italia, donde una gran parte de
sus habitantes se sentían humillados por el tratamiento que sus países
habían recibido en Versalles y la pérdida de territorios que
consideraban alemanes e italianos respectivamente.
En el
plano económico, a las dificultades para reorganizar las economías
nacionales europeas después de la Gran Guerra y recuperar los niveles de
producción anteriores a 1914 —dificultades para reconvertir la industria
bélica, generar el nivel de empleo adecuado para los millones de
soldados desmovilizados que volvían a la vida civil, reconstruir campos
y ciudades— se sumaron los problemas originados por la crisis sufrida
por la economía de los Estados Unidos desde 1929. A partir de 1930, cada
Estado europeo se concentró en encontrar soluciones para los problemas
de sus propias economías nacionales.
En un
mundo que resultaba cada vez más pequeño para el gran desarrollo
industrial, las grandes potencias tenían que competir fuertemente entre
sí para obtener materias primas y mano de obra baratas y mercados en los
que colocar su producción. Francia e Inglaterra tuvieron que enfrentar,
además, la competencia de Alemania e Italia. En estos países, que los
tratados de paz habían dejado en inferioridad de condiciones, el capital
monopólico en alianza con los regímenes autoritarios y nacionalistas
nazi y fascista, se propusieron recuperar su participación en el mercado
mundial.
En el
plano ideológico, el período de entreguerras comprendió años de avance y
consolidación en la organización del movimiento obrero. Creció
incesantemente el número de afiliados a los partidos socialdemócratas,
socialistas y comunistas, y para algunos de ellos el éxito de la
revolución rusa la transformaba en un modelo de acción posible. Las
poderosas burguesías y las clases medias europeas se sintieron
amenazadas.
Teniendo
en cuenta esta situación se comprende por qué los gobiernos de Europa
occidental —en una primera etapa— aceptaron la expansión territorial de
la Alemania de Hitler sobre algunos Estados de Europa oriental. Aun
cuando el dominio de estos ricos territorios permitía a los nazis
obtener materias primas indispensables como carbón, hierro y cereales,
consideraron que esa expansión constituía un "cordón sanitario"
alrededor de la Rusia socialista y de contención de los movimientos
comunistas en cada nación. Así lo firmaron en 1938 en la Conferencia de
Munich. Chamberlain y Daladier —ministros de Gran Bretaña y Francia—,
reunidos con Hitler y Mussolini acordaron la incorporación de los
Sudetes —una región de Checoslovaquia— a Alemania.
Hitler,
por su parte, acordó las fronteras con Francia, firmó un pacto de no
agresión con Gran Bretaña y declaró que la anexión de los Sudetes era la
última reivindicación territorial de Alemania. Sin embargo, la situación
se modificó cuando en setiembre de 1939 Alemania invadió Polonia.
Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a Alemania y comenzó la
Segunda Guerra Mundial.
La
complejidad de los procesos interrelacionados que llevaron al
desencadenamiento de la Segunda Guerra se hace evidente si tenemos en
cuenta que, en el plano económico, el conflicto bélico significó una
salida para la crisis que atravesaban las economías capitalistas
industriales más importantes; y que la Unión Soviética fue aliada de las
potencias capitalistas Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos,
adversarios en los planos político, ideológico y económico en tiempos de
paz.
Fuente Consultada:Historia - Argentina y
el Mundo Contemporáneo Alonso-Elisalde-Vázquez |