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I) En el África se desarrollan una serie de
conflictos armados —que al igual que sus periódicas hambrunas— parecen no
merecer mayores comentarios en la opinión pública Occidental. De ellas, el
Genocidio de Ruanda y la Guerra del Congo —que involucró a Angola, Zimbabwe,
Uganda, Ruanda y Namibia— fueron las más tremendas. Otro ejemplo: más de tres
millones de personas murieron entre 1998 y 2002 en la selva congoleña por actos
violentos, hambre y enfermedades en el más mortífero conflicto surgido en el
mundo tras la Segunda Guerra Mundial.
Bélgica, la potencia colonial en Ruanda, privilegió desde el principio de su
dominio a la minoría tutsi y la convirtió en una elite, a lo que la Iglesia
contribuyó, inculcando la noción de su superioridad respecto de los hutus y los
colocó en los puestos clave de la administración colonial. Estas dos etnias
largamente enemistadas, los hutus (en 1994, el 85% de la población) y los
tutsis
(la minoría, representada por un 12%) se enfrentaron en una guerra sin cuartel
que dejó un millón de muertos.

Propiedad Tutsi
(Foto de
www.inshuti.org/fotos2e.htm)
El
primer estallido de violencia interétnica se dio entre 1959 y 1963. Desde
entonces hubo sucesivos brotes de intensidad desigual: 1973, 1990, 1994, sin que
ello signifique que los años no señalados han sido pacíficos.
El
último enfrentamiento tuvo lugar en 1962 cuando los hutus tomaran el poder luego
de la muerte del rey tutsi. Entonces, unos 130.000 tutsis deberían abandonar su
país. En 1992, el parlamento belga tuvo conocimiento a través del embajador en
Ruanda de que se preparaba una “solución final” del problema étnico, pero no
hizo nada al respecto, sabiendo que la base del conflicto se encuentra en el
miedo de los tutsis a ser
exterminados y en el temor de los hutus a ser explotados. Por lo tanto no están
dispuestos a compartir el poder, sino a monopolizarlo para emplearlo en la
eliminación del otro.
Francia, que en 1975 firmó un acuerdo de suministro de armas a Ruanda en nombre
del carácter francófono de ese país, apoyó al régimen dictatorial de los hutus
radicales, a pesar de sus actuaciones inaceptables. Esto coloca a Francia como
un catalizador del genocidio que vendría.
La
inducción al uso masivo de las armas se basa en los miedos ya mencionados,
atizados de forma intensiva por medios de comunicación en manos de los hutus
radicales. La facción hutu en el poder había previsto una “solución definitiva”
al problema étnico que consistiría en no dejar vivos ni siquiera a los niños, a
diferencia de ocasiones anteriores. Una de las consignas más repetidas era: ¿ Ya has matado a tu tutsí?
A la
propaganda y al papel cómplice de una parte de la Iglesia se une el hecho ya
citado de la fuerte jerarquización de la sociedad ruandesa: la población,
disciplinada y obediente, no presentó demasiada oposición al papel que se le
pedía —verdugo o víctima—, aunque buena parte de las víctimas fueron hutus que
se negaron a asesinar a sus vecinos o parientes.
El
proyecto genocida se puso en marcha como alternativa a la implantación de un
plan internacional de paz promovido por varios países africanos en los Acuerdos
de Arusha, los que preveían que hutus y tutsis compartieran el poder político.
Además, la situación en la que tuvieron lugar los acontecimientos de 1994 era de
penuria económica: el campesinado se encontraba ahogado por la falta de tierras
y por la pobreza creciente. La densidad de población en las tierras útiles
llegaba a 380 habitantes por kilómetro cuadrado.
En
1994, los milicianos hutus radicales usaron armas absolutamente primarias:
machetes, mazos, hachas, garrotes, aunque a menudo las víctimas se remataban a
tiros. Movilizaron masas enormes de civiles con los que consiguieron aniquilar
los objetivos que se habían planteado. La organización fue muy cuidadosa y el
resultado, eficaz. La elección de utilizar ese instrumental primario en lugar
del arsenal del ejército respondía, según Ryzard Kapuscinski, al objetivo de
crear una “comunidad criminal” que hiciera culpables a grandes masas de
población y que las obligaría, así, a ser fieles a sus dirigentes.
Los
enfrentamientos armados posteriores al genocidio, es decir, los ataques de
milicias hutus contra las i~e~za3 tutsis ya instaladas en el poder, tuvieron la
forma de asaltos guerrilleros, generalmente nocturnos y sorpresivos. La
población civil conformó el grueso de las víctimas.
Durante el genocidio, los medios de Occidente no cubrieron los hechos. Los
crímenes o sus resultados no fueron filmados ni fotografiados ni reporteados. La
cobertura periodística recién llegó con la Operación Turquoise, de ayuda
humanitaria y el éxodo de los hutus. Lo que sí se filmó y fotografió de forma
masiva fueron los hutus ya situados en el Zaire (RD Congo actual) y sus
benefactores humanitarios occidentales socorriéndolos. Las víctimas del
genocidio nunca se vieron.
Pese
a ello, una de las historias más desgarradoras que surgirían después en la
prensa internacional fue la de Kwibuka, de la etnía hutu, que fue obligado por
una banda asesina de hutus a decapitar a Francoise, su propia esposa. Hoy en
día, la situación es incierta, ambas facciones permanecen armadas y listas para
una nueva ronda de exterminio mutuo.
II)
Históricamente saqueado desde tiempos de Leopoldo II, al Congo se le han
codiciado: diamantes, oro, niobio, cobre, estaño y carbón, a los que se le
agregan: el coltán —mineral esencial para la fabricación de los teléfonos
móviles— el uranio y sus reservas inmensas de petróleo y agua dulce.
Esta
región africana pasó por el tamiz de la Guerra Fría, cuando Joseph-Désiré Mobutu
(1930-1997), con apoyo de la CIA derrocó mediante un golpe de Estado a Kasa Vubu
(1917-1969), en 1965. Mobutu estableció un sistema político de partido único en
el que ocasionalmente se llamaba a elecciones donde el dictador era el único
candidato.
Desde
entonces, su gobierno fue el ejemplo de las dictaduras en los países de reciente
descolonización: violaciones a los derechos humanos, represión, culto a la
personalidad y corrupción extrema. En 1984 Mobutu declaró tener depositados en
Suiza, unos 4.000 millones de dólares, una cuenta similar a la deuda nacional.
En
1971, luego de una década de campañas de rebautizo de ciudades y lugares
renombró al país como la República de Zaire, el cuarto cambio de nombre en once
años y el sexto en la cuenta. Al año siguiente, el mismo Mobutu se cambió el
nombre por el de Mobutu Sese Seko. Con el fin de la URSS, las relaciones con
Estados Unidos se enfriaron y los servicios de contención del comunismo del
dictador se hicieron innecesarios y la oposición interna surgió en demanda de
reformas políticas y elecciones libres.
Desde
1994, el Congo fue desgarrado por una lucha étnica y una guerra civil, afectado,
además, por la afluencia masiva de refugiados que escapaban del Genocidio de
Ruanda.
El
gobierno de Mobutu Sese Seko (imagen) fue derrocado en mayo de 1997 por la
rebelión liderada por Laurent-Désiré Kabila (1939-2001), ex ministro del régimen
que se había enfrentado varias veces con Mobutu. El nuevo tirano restauró el
nombre de “República Democrática del Congo- Kinshasa”, pero sus aliados pronto
se volcaron contra él y su régimen fue desafiado por una rebelión apoyada por
Ruanda y Uganda en agosto de 1998. Tropas de seis países intervinieron y el país
sufrió una devastadora guerra que tuvo un alto en julio de 1999. Antes, durante
y después de la guerra, el saqueo de los minerales siguió siendo una constante.
A
principios de 2001 Kabila fue asesinado y su hijo Joseph Kabila (1971), formado
militarmente en China, fue nombrado Jefe de Estado, sin que este país haya
logrado la estabilidad, hasta la fecha.
En
las guerras africanas prevalece la idea de que las facciones étnicas se
enfrentan por sus problemas ancestrales. Esto “exime” a Occidente de intervenir,
debido a que la masacre es entre “pueblos bárbaros”, arrastrados por una suerte
de maldad primitiva.
Sin
embargo, las causas más profundas de estas guerras son el saqueo constante por
parte de las grandes potencias de las riquezas que atesoran esos territorios y
el hecho de que los sectores en pugna se transforman en “mercados” para el
tráfico de armas, que hoy es uno de los negocios que más dinero mueve en el
mundo. No podía ser de otra manera: en un mundo en el que el Mal sistémico se
despliega con todo sigilo, las armas, indispensables para eliminar al Enemigo,
son, a la vez, fuente de sostenimiento de la producción capitalista.
Algunos números aclaran el panorama. El gasto militar mundial se estima entre
850.000 millones y un billón (millón de millones) de dólares. Estados Unidos
tiene el mayor presupuesto de defensa del mundo. Luego de los ataques
terroristas del pasado 11 de septiembre y de la guerra en Afganistán, el
presupuesto militar estadounidense aumentó de 310.000 millones de dólares en
2001 a 450.000 millones en 2005.
El
economista Jeffrey Sachs —devenido en asesor del secretario general de la ONU,
Kofi Annan (imagen) — sostuvo que una pequeña fracción del presupuesto militar
estadounidense —aproximadamente 25.000 millones de dólares— bastaría para
resolver la mayor parte de los problemas económicos y sociales del mundo. Sin
embargo, Washington no ha mostrado disposición alguna a recortar su presupuesto
de defensa ni a desviar recursos hacia los países más pobres.
En la
Cumbre de Rio, en 1992, la comunidad internacional acordó en la Agenda 21 —el
plan global para un ambiente más limpio— desviar cada año 700.000 millones de
dólares de los presupuestos militares hacia proyectos sustentables, dado que la
Guerra Fría ya había terminado. Haciendo caso omiso a los compromisos asumidos y
en línea con los defensores del complejo militar norteamericano, el creciente
gasto militar mundial no sólo desvía vitales recursos financieros, materiales y
humanos al servicio de la destrucción, sino que pone en riesgo el ambiente del
planeta y las perspectivas de desarrollo social y económico de todos los países.
Los EE.UU. gastan hoy en defensa tanto como todas las naciones que le siguen,
juntas. Las tropas norteamericanas tienen bases en 75 países y cada rama del
Ejercito tiene su propia fuerza aérea.
Fuente Consultada:
El Derrumbe del Humanismo Daniel Muchnik y Alejandro Garvie
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