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TERRORISMO DE ESTADO EN
LATINOAMÉRICA:
Un Concepto clave para pensar la realidad Argentina
y latinoamericana, es el de “terrorismo de estado”. A partir de los años 60 y
70, las Fuerzas Armadas en América Latina, en general, adoptaron la denominada
“Doctrina de la Seguridad Nacional”, difundida por los Estados Unidos desde
mediados de los 60.
Según ella, el enemigo principal de los países
latinoamericanos no era externo sino interno. Los enemigos eran los opositores,
a los que se comenzó a llamar “subversivos”. Esta “Doctrina” proponía la
aniquilación de toda oposición que obstaculizara la implantación de los cambios
económicos y sociales que se necesitaban.
En esta etapa, el sistema
capitalista mundial sufría un profunda crisis –crisis del petróleo- por la cual
los sectores del capital debían recuperar ganancias, reacomodando las relaciones
entre capital y trabajo.
Mientras en los países centrales,
este reacomodamiento, se tradujo en un ajuste de las cuentas fiscales y la
negociación de nuevas condiciones laborales con los sindicatos. En los países
periféricos, como los latinoamericanos, la reestructuración apuntó a la
aplicación de severos planes de ajuste -con una importante caída del salario
real- y programas económicos claramente antipopulares que requerían para su
aplicación el aumento del control de la población y la decidida represión a todo
intento de modificar o cuestionar las bases del sistema.
El “terrorismo de estado” comienza
cuando el propio Estado utiliza a sus Fuerzas armadas en contra de los
ciudadanos, violando sus derechos fundamentales y recurriendo sistemáticamente
al asesinato de muchos de ellos. Cuando esto ocurre, se quiebra un principio
básico del Estado de derecho, que consiste en que los ciudadanos aceptan que el
Estado es el único que puede utilizar la fuerza y las armas para garantizar la
vigencia de los derechos individuales de las personas. El “terrorismo de
estado”, por el contrario, utiliza las fuerzas de las armas para anular los
derechos de los ciudadanos, incluso el derecho a la vida.
El Estado se convierte en
“terrorista” cuando hace uso de la tortura, oculta información, crea un clima de
miedo e inseguridad, margina al Poder Judicial, produce incertidumbre en la
familias y conduce deliberadamente a la opinión pública.
Frente al “terrorismo de Estado”,
los ciudadanos se sienten y realmente están, totalmente indefensos y sujetos a
la voluntad autoritaria de quienes se apropiaron ilegalmente de la autoridad.
En muchos países latinoamericanos,
a través de este “estado terrorista”, se instaló una verdadera maquinaria de
exterminio que contó con el aval de los sectores empresariales y terratenientes
más poderosos, principales beneficiarios de la nueva situación. Esta alianza
entre militares y civiles se propuso disciplinar por completo a la sociedad. Por
eso se dispusieron a organizar este tipo de Estado, que de manera sistemática
aplicó un plan para aterrorizar al conjunto de la sociedad. La aplicación de
esta violencia terrorista les pareció el camino más efectivo para eliminar
físicamente a los opositores más tenaces -a los que llamaron “delincuentes
subversivos”- y para inmovilizar por el miedo al resto de la población.
El plan “terrorista” consistió en
utilizar el uso de la violencia, tanto desde las instituciones públicas como
desde estructuras clandestinas, creadas por el propio Estado, para hacer más
eficiente la “lucha antisubversiva”. Desde este Estado “semiclandestino” se
implementó un plan de tortura y la desaparición forzada de personas. También, en
este período, se produjo la prohibición y persecución explícita de toda
actividad política, sindical y cultural que a juicio de los dictadores,
cuestionara los valores clásicos del sistema. El terror y el miedo lo impregnó
todo. La sociedad en su conjunto fue vigilada y reorganizada en su vínculos
sociales y privados. El objetivo del “terrorismos de estado” fue reestablecer
los valores culturales de autoridad y obediencia trastocados por lo que
denominaban “subversión”. Para los militares latinoamericanos, la “subversión”
era un término muy amplio y abarcador. Además de los integrantes de las
organizaciones políticas opositoras, comprendía a todos aquellos que se oponían
a la cultura oficial. De esta manera, eran incluidos dentro del calificativo
“subversivo”, todos aquellos que provenían del movimiento beat, el rock, la
literatura, el feminismo, etc. Esto funcionaba como un estigma que marginaba a
una persona, haciéndole peligrar su puesto de trabajo, profesión y hasta corría
peligro su propia vida.
A partir de 1973 Chile y Uruguay
comenzaron a sufrir regímenes militares. Mientras en Brasil se consolidaba la
dictadura, en Argentina, en marzo de 1976, asumía el control pleno del gobierno
una Junta Militar presidida por Jorge Rafael Videla. En Paraguay continuaba la
dictadura de Stroessner, que había comenzado en 1954. En Perú fue desalojado del
poder el General Velazco Alvarado, por una coalición de sectores conservadores y
militares.
En definitiva, casi
sincrónicamente, todo el sur del continente se encontraba comandado por Fuerzas
Militares antipopulares y con un marcado sesgo dictatorial, antidemocrático y
conservador. Esta sincronía, se manifestó claramente en lo que se dio por llamar
“plan cóndor”. Era un común acuerdo entre las dictaduras del sur del continente
para pasarse información y evitar que las personas que eran perseguidas por el
régimen de un determinado país pudieran exiliarse en un país vecino.
(Ver Terrorismo de Estado en Argentina)
Prof. Pablo Salvador Fontana
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