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LA GLOBALIZACIÓN:
La economía actual es cada vez más, una economía global, en la que el capital,
la producción, la gestión, los mercados, la fuerza de trabajo, la información y
la tecnología se organizan en flujos que atraviesan las fronteras nacionales. No
se trata de simplemente de que la economía tenga una dimensión mundial (lo cual
comenzó a partir de 1492) sino que el sistema económico funciona cotidianamente
como una unidad en el ámbito mundial. La primera fase de la revolución
Industrial estuvo estrechamente identificada con ascenso de Inglaterra; la
segunda con el avance de Estados Unidos y Alemania. La tercera fase el asenso de
Japón, que durante las décadas del ´70 y ’80 supo sacar el mayor provecho de las
posibilidades productivas de las tecnologías de la información, aunque esto no
signifique que el liderazgo lo sigan teniendo estados Unidos y los países de
Europa Occidental.
El actual proceso de globalización
reconoce sus orígenes en los inicios en la etapa que se denomina como
“transición” del sistema feudal al sistema capitalista, cuando Europa comenzó
sus procesos de conquista y colonización.
Sin embargo, hay que distinguir
diferencias importantes. En los procesos que se dieron a partir de los siglos XV
y XVI las distinciones entre el centro y la periferia eran mayores. La
civilización europea y cristiana pretendió, en ese entonces, imponer a los
pueblos y naciones no europeas sus valores y sistemas de vida y, por primera
vez, apareció un esbozo de la economía-mundo capitalista.
Pero aquella era una
economía-mundo incompleta. Si bien los europeos controlaban el comercio
internacional desde el siglo XVI, la mayor parte de la producción aún se les
escapaba. Recién en el siglo XVIII, luego de la Revolución Industrial, en el
contexto del poder imperial inglés, se comenzó a establecer una verdadera
relación entre el centro (los países más avanzados tecnológica e industrialmente
de la época) y la periferia (constituida por el mundo atrasado). Se trató sólo
del inicio, el gran cambio llegó con la segunda revolución Industrial en el
siglo XIX, con el gran desarrollo industrial, y la gran evolución de los
transportes y las comunicaciones.
Hoy, la llamada revolución
científico-tecnológica, que resume los efectos de la revolución científica, con
el desarrollo de la biogenética, los descubrimientos en el campo energético, los
procesos de automación producidos por la robótica, y la aplicación de la
tecnología electrónica a las comunicaciones, posibilita la expansión del
“capitalismo de mercado” como único futuro posible.
El capitalismo del siglo XXI
presenta, como una de sus características más destacadas, la velocidad en el
movimiento de los capitales. Las inversiones ingresan y se retiran de los
mercados con la rapidez permitida por la comunicación electrónica, y los
ejecutivos que toman esas decisiones disponen de un menú de datos precisos,
respecto a las ventajas o peligros que ofrecen (para los inversionistas) los
mercados nacionales o regionales. De este modo, las instituciones y sociedades
privadas ejercen, como nunca antes, un gran poder en la conducción de los
asuntos mundiales, debilitando la capacidad de decisión que los estados
nacionales tienen en los asuntos que competen a sus problemas sociales y
económicos. A este original y nuevo proceso se lo conoce con el nombre de
transnacionalización de los asuntos mundiales o desterritorialización de los
mercados.
Las empresas transnacionales
procuran evadir los controles políticos de sus respectivos países de origen y,
buscan configurar los espacios nacionales en función de sus propios intereses,
adecuándolos a sus metas de beneficio y eficacia, no considerando, por lo tanto,
el carácter ni las necesidades de las sociedades en las cuales repercute su
acción.
El proceso de globalización de la
economía requiere cada vez más de la liberalización del comercio, es decir, de
la flexibilización, o más sencillamente derogación, de las normas que lo
dificultan. Para ello, los organismos internacionales, como es el caso del Banco
Mundial, presionan a los gobiernos para que modifiquen sus leyes.
Al quedar debilitado el poder de
los estados nacionales por la acción de las empresas transnacionales y la
globalización de la economía, aquellos dejan de ejercer su función reguladora de
la dinámica social para convertirse en el centro de operaciones desde el cual
las corporaciones llevan adelante sus estrategias. Estos procesos producen
cambios en la distribución de la población en el espacio, en la estructura
urbana, y en la distribución de la riqueza, acentuando, en la población,
diferencias antes atenuadas por la acción protectora del Estado.
Estas transformaciones, aceleradas
por la globalización, llevan al Estado y las empresas privadas, con la supuesta
pretensión de ser más eficientes, a realizar recortes laborales que lo único que
logran es aumentar cada vez más los niveles de desempleo.
Sin embargo, no es sólo el
fantasma de la desocupación el que amenaza a los trabajadores, sino, también, la
precarización del trabajo. El trabajo por tiempo prolongado, sostenido en
contratos que garantizaban la seguridad laboral, está en vías de extinción. Ha
sido reemplazado por otras formas de empleo, contratos de trabajo por períodos
breves, trabajos provisionales y trabajos de jornada parcial. En estos nuevos
empleos, es común la ausencia de pautas claras de horario y días de descanso.
En el campo cultural, la
globalización ha producido una sociedad regulada ya no por la política y la
disciplina, sino por la comunicación, el consumo y en definitiva por el mercado.
Esto ha desembocado en un nuevo individualismo, caracterizado por el impulso de
la autonomía individual , hecho que es fomentado e incitado por el mismo
sistema.
Occidente buscó siempre
universalizar su cultura creyendo que, al hacerlo incorporaba a los países
“ocidentalizados” a un civilización superior. Inglaterra en su momento tuvo
éxito en esa empresa. Y estados Unidos la heredó y hoy la propugna con la misma
convicción. El concepto que surgió, como consecuencia del poder
“universalizador” de los mas media, fue el de globalización.
Luego del atentado
del 11 de septiembre, la potencia del Norte, la superpotencia que garantizaba e
impulsaba la globalización del occidente actual, se sintió poderosamente herida.
No imaginamos todavía hasta qué punto. Y los países que resisten a la
globalización norteamericana afirman su diferencia. Que un país afirme su
derecho a ser diferente a la universalización que propone un Imperio es un signo
de debilidad para ese Imperio. Se debiera suponer que la gran potencia bélica se
basta para imponer su cultura como la cultura de todos, como la “cultura
universal”. No puede haber “diferencias” cuando se plantea un “orden global” y
más aún si ese “orden global” responde a una estrategia de “guerra total”.
Cuando Inglaterra universalizaba su cultura, cuando entraba en la India o en
China, lo hacía para expandirse y para ganar mercados. Hoy, Estados Unidos se
globaliza porque necesita librar una “guerra global”. No porque su enemigo sea
el planeta entero, sino porque ahora (con el nuevo tipo de terrorismo) su
enemigo puede estar en cualquier parte del planeta. El terror del terrorismo es
su no-lugar. El terrorismo no tiene territorialidad. Así, de esta manera el
terrorismo elude la globalización. Y el Islam, que es adonde apuntan los misiles
del Imperio, afirma su derecho a la diferencia, que es su derecho a la
identidad. La próxima guerra será total, será una “guerra civil mundial”. No es
mucho lo que podemos. O sí, esperar esa inspiración sagrada que sin dudas posee
el hombre. La misma que hace que un amigo vaya hasta el mismísimo fin del mundo
si su amigo está mal y lo necesita. La misma que hace que el amor exista. El
amor en todas sus formas. Porque justamente es eso lo que quieren matar, el
amor.
Prof. Pablo
Salvador Fontana
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