EL AUMENTO DE LAS DESIGUALDADES: RELACIÓN NORTE-SUR: Debemos aclarar que los conceptos sobre la relación Norte-Sur necesitan un abordaje diferente al de “países desarrollados” (norte) y “subdesarrollados o en vías de desarrollo” (sur). Hacerlo de la manera tradicional y “desarrollista” nos lleva a la concepción de una historia lineal. Por lo tanto debemos utilizar categorías diferentes como países centrales y países periféricos. Lo cual se comprendería de la siguiente manera: La pobreza condena a los países periféricos porque no hay una única “vía” al desarrollo en la que los países más “desarrollados” sólo van adelante y los otros, los que están “en vías de desarrollo”, ya los alcanzarán pues se encuentran en la misma “vía”, la única. Esta es una falacia. Si hay una “única vía de desarrollo” la historia es lineal y lleva a un futuro de plenitud para todos. Pero no, no existe esa “vía”. Los países “en vía de desarrollo” van por otra “vía”. De aquí que la separación de las dos “vías” se continúe ampliando de un modo ya apocalíptico, sobre todo si pensamos en África, India o los invadidos, misileados países islámicos. La periferia no tiene “tren de la historia”. Ni tiene “vía” a la cual pueda incorporarse. Ninguna de sus posibles “vías” es la “vía” por la que transitan las potencias centrales. Ahora, podemos seguir adelante analizando los diversos hechos que condicionaron la relación norte-sur en los últimos años. Durante los años de crecimiento económico sostenido (1950-1973), la diferencia entre los países centrales (norte) y los periféricos (sur), aumentó. Pero durante los 60, la instalación de industrias multinacionales en América latina y Asia, buscando mano de obra barata y transfiriendo tecnología en desuso, permitieron a algunos países un relativo crecimiento y una cierta industrialización. A pesar de las crisis y los cambios de modelos económicos, durante los años 80 y 90, el norte, aunque a un ritmo más lento, siguió creciendo. El sur, en cambio, no sólo dejó de crecer sino que con el desmantelamiento de industrias y con la caída de los precios de las materias primas, aumentó su pobreza. Paralelamente, el norte logró equilibrar el crecimiento de la población controlando la natalidad, mientras que en el sur continuó el aumento desmedido de la población. Esto empeoró notablemente la situación ya que mientras la población aumentaba la economía se achicaba y se tomaba cada vez más excluyente. La mortalidad infantil creció en el sur hasta cifras alarmantes en los últimos años del milenio. Pero la pobreza no sólo creció en el sur. La desocupación provocó en los países desarrollados un aumento de la indigencia, de la delincuencia y de la violencia. Esta situación de desigualdad interna, obligó a los estados que habían reducido sus gastos públicos a mantener o aumentar sus aparatos represivos y de seguridad. A su vez, la desigualdad entre los países obligó a los más ricos a mantener sus presupuestos militares y a intervenir en distintas regiones. En definitiva, la brecha entre los países más ricos (centrales) y los más pobres (periféricos) se siguió agrandando en una relación asimétrica que parece no terminar. Prof. Pablo Salvador Fontana |
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