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LA DECADENCIA:
Ford
estaba contra la organización de la mano de obra y se opuso resueltamente a la
formación de sindicatos durante años. Las relaciones laborales estaban en manos
del célebre Ford Service Department dirigido por un hombre brutal llamado Harry
Bennett. Ford, en sus años seniles, llegó a confiar enormemente en ese hombre,
antiguo boxeador profesional, que aplicaba en sus relaciones con los empleados
de Ford la creencia darwiniana acerca de la supervivencia de los mejor dotados.
Siempre empuñaba un fusil y guardaba una diana en su despacho. Henry Ford, que
durante un tiempo había sido el ídolo de los trabajadores con sus
Five Dolar Day, que se consideraba a sí mismo
como un trabajador corriente y que aborrecía a los capitalistas, llegó a ser
conocidísimo como explotador.
No
fue extraño, por consiguiente, que entre las manifestaciones de protesta y las
marchas del hambre que tuvieron lugar en los Estados Unidos durante la Gran
Depresión, hubiese una constituida por parados de Detroit que se encaminase
hacia la factoría de Dearborn. Una procesión de varios centenares de personas se
formó en la primavera de 1932 y, cuando llegó Bennett y saltó de su coche,
alguien le arrojó un ladrillo a la cabeza. Inmediatamente sonaron disparos,
algunos de la policía de Deatborn, otros de la propia policía de protección de
Ford —en realidad, Ford tenía más policías en nómina que toda la ciudad de
Detroit—.
Cuatro de los manifestantes resultaron muertos y veinte fueron heridos. La
tragedia copfirmó la hostilidad de Ford hacia los sindicatos y acentuó la pésima
reputación que tenía entre sus empleados. Siguieron más años de violencia,
negándose Ford a tratar con los sindicatos. No fue hasta 1941 cuando por fin se
logró romper su determinación y, al votar sus trabajadores en favor de la
sindicalización, Henry quedó sorprendido y apesadumbrado.
LOS HEREDEROS DEL IMPERIO
Cuando Edsel Ford falleció en 1943, Henry volvió a ser presidente de la
compañía. La vejez se sumaba, entonces, a los peligros de su personalidad. En
1945, a la edad de 82 años, abandonó finalmente el poder y dejó que su nieto
Henry Ford II reconstruyese los maltrechos restos de la empresa automovilística
más famosa del mundo. El joven Henry, que aún no contaba 30 años, fue lanzado
repentinamente en úna.de las más díftciles tareas de reconstrucción de la
historia de la industria.
Como
se las arregló para recuperar no sólo la rentabilidad y la posición de Ford
Motor Company, sino también su imagen, constituye uno de los milagros de la
industria moderna. Actualmente, continúa al pie del cañón. Ciertamente, la
sombra del viejo Henry fue disipada con rapidez. Ante la perplejidad del mundo,
el nuevo patrón despidió, casi a un tiempQ, a más de mil miembros de su personal
de dirección. Uno de los primeros en salir de la firma fue Harry Bennett, que
era vicepresidente y tenía puestos los ojos en la presidencia. Se dice que Henry
en persona fue al despacho de Bennett y contribuyó a lanzar los muebles a la
calle. Indeciso, el viejo Henry, senil y miserable, continuó hasta el 7 de abril
de 1947. Por aquel entonces, Henry Ford ya era un trozo de la historia que él
despreciaba.
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