
Los pares del reino aguardaban el momento de encaminarse a la abadía de
Westminster para asistir a la coronación de la reina Isabel 11, mas al parecer
prestaban mayor atención a un titular del diario The Times, de Londres, que a la
pompa que los rodeaba. Lo que tanto les cautivaba, esa mañana de junio de 1953,
era la sensacional noticia de que el Everest, el monte inaccesible, acababa de
ser conquistado, y por montañistas ingleses. Tan gloriosa empresa, concluida
precisamente la víspera de la coronación de la joven soberana, parecía el digno
heraldo de una segunda edad isabelina.
El Everest, con sus 8848 m de altitud, es
la montaña más alta del mundo. En la región, este pico del Himalaya, al que los
ingleses dieron el nombre de Everest en honor del topógrafo de la India del
siglo XIX que midió por primera vez su altitud, es más conocido por Chomolungma,
o "Diosa Madre del Mundo". Chomolungma se alza entre el Tíbet y Nepal, y,
fianqueado por otras cimas inmensas, aparece inconquistable e inaccesible. "En
primer lugar, sería necesario encontrar la montaña", decía el alpinista inglés
George Mallory, antes de su precursora expedición de 1921.
Mallory encontró el
Everest, pero en 1924 perdió la vida en su intento de escalarlo. En el curso de
los tres decenios siguientes, no menos de otras nueve expediciones debieron
declararse vencidas por las aterradoras dificulta des que presenta: abruptas
paredes de roca, gruesas capas de nieve en polvo, furiosas ventiscas, un frío
cruel y penetrante, y una altitud tal que los pulmones no pueden soportarla.
A pesar de ello, cuando la Roya] Geographical Society y el Club Alpino
designaron al coronel Johíi Hunt, de 42 años, para que capitanease la expedición
británica de 1953 al monte Everest, centenares de niontañistas le ofrecieron sus
servicios.
De ellos, diez fueron aceptados: Charles Evans, cirujano del cerebro,
hombre pelirrojo de 33 años de edad; Charles Wylie, de 32, silencioso militar;
Alfred Gregory, de 39, agente viajero, hombre atildado y de corta estatura;
Wilfrid Noycc, de 34, tímido maestro de escuela; Tom Bourdillon, de 28, físico
corpulento pero ágil; Michacl Westmacott, de 27, especialista en estadísticas y
dueño de una insuperable técnica montañista; y George Band, de 23, que fue
presidente del Club de Alpinismo de la Universidad de Cambridge y a quien Hunt
consideraba "el moiitañista más brillante de Inglaterra". Hunt, que necesitaba
hombres con experiencia en la nieve y el hielo, tuvo que buscar a los tres
últimos expedicionarios fuera de las Islas Británicas.
Dos neozelandeses
satisfacían los requisitos: George Lowe, de 28 años de edad, hombre larguirucho
y de vigor casi sobrehumano; y Edmund Hillary, de 33, soltero, apicultor en
Auckland, de casi dos metros de estatura, que calzaba enormes botas y que, según
decía, practicaba el montañismo "por mera diversión". Luego se les agregó un
veterano de cinco expediciones anteriores al Everest: Tensing Norkay, de 39
años, individuo de la tribu sherpa del Himalaya; aunque no sabía leer ni
escribir, mostraba el aire inconfundible del hombre que sabe lo que vale.
Mientras los demás componentes del equipo se ejercitaban en Gales y en Nueva
Zelanda, Tensing subía y bajaba los cerros cercanos a su casa de la India,
cargado con una mochila llena de piedras. "Esta vez lo voy a lograr", se juraba
en silencio. "O lo hago o me muero."
Durante la primera semana de marzo de 1953, los expedicionarios del Everest se
reunieron en Katmandú, ciudad de templos y palacios situada en el boscoso valle
de Nepal. Allí, se les agregaron Tensing y un médico, un fisiólogo, un
camarógrafo y un corresponsal del Times de Londres, diario que había adquirido
derechos exclusivos para publicar la crónica de la ascensión.
Llegado el 10 de marzo, la expedición había emprendido la marcha de 270 km hacia
el este, hacia el primer campamento base, establecido en el monasterio de
Thyangboche. Engrosaban ya sus filas un grupo de sherpas experimentados, hechos
a trabajar a grandes altitudes, y 350 porteadores entre los que se contaban
algunas mujeres, que constituían un bullicioso complemento.
Los montañistas de Hunt cruzaron el valle cubierto por las rojas flores del
rododendro. Luego iniciaron el sinuoso ascenso de las montañas, doblaron hacia
el norte y atravesaron Namcha Barwa, la pequeña capital de los sherpas. Un poco
más arriba, a 4100 m, se alzaba el santuario budista de Thyangboche. En este
punto, Hunt y sus compañeros armaron 20 tiendas de campaña.
El monasterio, vasto edificio coronado por una perilla de oro, se levantaba
entre campos de azules primaveras y bosques de enebro. Alrededor vagaban
faisanes, perdices y almizcleros. Los monjes dedicaban el tiempo a destilar un
licor de arroz con aroma de clavo, conocido como leche del lama, y a adorar a
los dioses que habitan el Chomolungma. La cima del Everest se avistaba desde una
eminencia y de su silueta triangular se levantaba una nube de nieve en polvo
como un penacho de plumas.
Dio comienzo entonces un periodo de riguroso entrenamiento y aclimatación que
duraría tres semanas. A medida que los
expedicionarios se aventuraban a alturas
cada vez mayores, sus pulmones se expandían, se les tensaban los músculos,
preparándose al asalto de la pared meridional de la montaña gigantesca. Los
siete rasgos topográficos de esta pared les eran bien conocidos: el glaciar de
Khumbu, ondulado y cubierto de morenas; la escarpada Cascada de Hielo; el Circo
Occidental, valle de hielo entre el Everest y el Lhotse; la pared de éste,
aterradora, casi vertical; el ventoso Collado del Sur, de 8000 m; el Pico del
Sur, que se eleva a 8748; y, por último, la inmaculada cresta que lleva hasta la
cumbre y que sólo se conocía por algunas fotografías aéreas.
La aclimatación a alturas de 6000 m debía lograrse gradualmente. Los montañistas
requerían tiempo para que su médula ósea formara más glóbulos rojos portadores
de oxígeno. A más de 6000 metros se necesitaba respirar con tanques de oxígeno.
La falta de este elemento causa náuseas, aceleración del pulso, visión nublada y
peligroso aturdimiento. Hunt experimentaba con dos sistemas diferentes: el de
circuito abierto, en el cual el aire exhalado se pierde definitivamente, y el de
circuito cerrado, en el cual pasa por un filtro de cal y sosa cáustica que
elimina el anhídrido carbónico para poder aspirar otra vez el aire, mezclado con
oxígeno puro.
En la tercera semana de abril el campamento base se había trasladado ya al
glaciar de Khumbu, a una altitud de 5450 m. La cabecera del Khumbu, al pie mismo
del Everest, es la formidable y cambiante Cascada de Hielo, de 600 m de
longitud.Allí, Hillary, Lowe, Band y Westmacott se dedicaron a abrir una "escalinata" lo
bastante firme para los sherpas cargados con pesados fardos. Era obra
dificultosa y traicionera, complicada aún más por las ventiscas, los aludes y el
lento avance de todo glaciar. Había moles de hielo del tamaño de una casa, y
agujas como campanarios que sólo se podían salvar con escalas de cuerda. Era
preciso valerse de pértigas y escaleras de aluminio para cruzar profundas
grietas, demasiado anchas para franquearlas de un salto.
El campamento 11, consistente en dos tiendas de un metro cada una, se estableció
a mitad de la Cascada de Hielo, a 5900 m. A éste seguía el campamento 111, a
6150, y en breve se hicieron sentir los efectos de tales altitudes: confusión
mental, entusiasmo decreciente. Fue allí donde James Morris, el corresponsal del
Times, advirtió por primera vez que Hillary "tenía una vena de grandeza".
Morris, que vio a aquel hombre vigoroso tallando gradas en el hielo sin
descanso, pintaba su energía como "casi demoniaca". Hillary "exhalaba una
vitalidad desbordante, elemental, contagiosa ... bajo esa energía y compañerismo
mostraba una sutil gravedad".
En el Circo Occidental establecieron el campamento IV o base avanzada; el V, al
pie de la imponente pared del Lhotse; y el VI y VII, a 7000 y 7300 m
respectivamente, en la pared misma del Lhotse.
Mientras se ejecutaban todas aquellas tareas, entre Hillary y Tensing se fue
estableciendo una asociación sumamente prometedora. Hacían una curiosa pareja:
el uno, esbelto y anguloso; el segundo, bajo de estatura y vigoroso aunque
flaco. El 26 de abril, cuando ambos hacían su primera ascensión juntos, Hillary
saltó temerariamente sobre una grieta de la Cascada de Hielo; atado a él venía
su compañero. Hillary describe así el incidente: "Fue demasiado para el borde
voladizo, que se desprendió con un ruido seco y se precipitó hendidura adentro
conmigo encima. No tuve mucho tiempo para pensar. Sólo supe que debía evitar el
verme aplastado contra el hielo por el bloque que caía girando, y violentamente
apoyé los pies, provistos de crampones, contra una de las paredes y los hombros
contra la otra. Un instante después sentí que la cuerda se tensaba y vi que el
bloque rodaba lejos de mí. Tensing había reaccionado con rapidez ... Manipulaba
la cuerda con superior habilidad, como lo demostró en esa ocasión en que tan
cerca estuve de una catástrofe. Aunque tal vez no fuese técnicamente notable en
el hielo, era hombre muy vigoroso y resuelto, y se aclimataba a la perfección.
Su principal virtud, en lo que a mí toca, consistía en que estaba preparado para
proceder con firmeza y celeridad." Ya de regreso en el campamento base, Hillary
confesó: "Sin Tensing, yo no habría pasado de hoy."
Seis días después, durante otra ascensión de prueba, Hillary y Tensing hicieron
el recorrido de ¡da y vuelta entre el campamento base y la base avanzada usando
oxígeno en circuito abierto. El viaje se consideraba empresa de tres días, pero
Hillary y Tensing regresaron al anochecer del mismo día, a pesar de una fuerte
ventisca. Tan extraordinaria acción los consagró como la pareja de escaladores
más vigorosa de la expedición.
El 2 de mayo Hunt dispuso un descanso de varios días a más baja altitud, que
deberían tomar todos excepto Lowe y Band, quienes seguían en el Lhotse abriendo
una ruta hacia el Collado del Sur. Los montañistas se congregaron en una meseta
que se extendía diez kilómetros más abajo del campamento base, y allí gozaron de
aquel paisaje de flores y hierba como de un tónico necesario antes de acometer
la ascensión en firme.
Regresaron al campamento base el 7 de mayo para recibir instrucciones de su
capitán. Encaramados en alguna caja o tendidos sobre un saco de dormir, los
montañistas aguardaban, reprimiendo el aliento, a que se les asignara el papel
que cada uno desempeñaría en el acto final del drama. Primeramente, Lowe, Band y
Westmacott, anunció Hunt, terminarían, el 15 de mayo, de abrir la ruta para
escalar la pared del Lhotse, tras de lo cual Noyce y Wylie establecerían el
campamento VIII a cerca de 8000 m de a,ltitud en el Collado del Sur,
inhospitalaria depresión en una gran crestería de hielo y roca, barrida por los
vientos. Evans y Bourdillon, partiendo de allí, efectuarían la primera tentativa
de alcanzar la cima. Su objetivo principal sería reconocer el Pico del Sur, sólo
100 metros más bajo que la cumbre del mundo, pero separada de ella por una
arista que ningún escalador había visto jamás. Sólo si eran suficientes sus
reservas de oxígeno y que continuara el buen tiempo deberian proseguir
ascendiendo hacia la cúspide.
Si no lograban llegar, Hillary y Tensing habrían de partir del Collado del Sur
antes de 24 horas, recogiendo en su camino una tiendecilla y provisiones que
Gregory y Hunt descargaríana 8500 m. La pareja debería establecer a continuación
el campamento IX lo más cerca posible de la cima, para iniciar el asalto
decisivo tras una noche de sueño reparador.
El médico del equipo, Michael Ward, de 27 años de edad, fue el único que objetó
el plan de Hunt. Se oponía a que el capitán ascendiera a aquella altura. Mejor
que nadie, Ward apreciaba los reveladores surcos del rostro de Hunt. "Ya ha
hecho usted más de la cuenta", le advertía a Hunt. r-ste le agradeció su
interés, pero el plan original no sufrió alteración.
A las 5 de la tarde siguiente Lowe comunicó por radio, desde la pared del
Lhotse, que Band se encontraba enfermo y tendría que descender. Entre tanto,
ayudado intermitentemente por Ward, Noyce y el sherpa Ang Nyima, Lowe continuaba
metiendo clavijas en la pared del Lhotse, decidido a mantener una ruta abierta
contra los fuertes vientos y las densas nevadas. Al concluir su obra, Lowe había
pasado diez noches consecutivas a más de 7000 metros de altitud. Griffith Pugh,
el fisiólogo, estaba inquieto por los posibles efectos que ello tuviera en el
cerebro de Lowe. Su hazaña, declaró Hunt, "ha pasado a la historia del
montañismo como un épico triun~ fo de la tenacidad y la destreza". Ya para
terminar, contaría Noyce, Lowe se encontraba tan agotado que cayó dormido
durante una de las comidas, con una sardina colgándole de la boca.
El 21 de mayo, Noyce y el sherpa Annulla efectuaron la primera ascensión de la
pared del Lhotse hasta el campamento Vlll, en el Collado. "En el curso de mi
vida he estado en muchos sitios desiertos y salvajes", decía Tensing
refiriéndose al lugar, "pero jamás en ninguno como el Collado del Sur. Es un
llano abierto ... una desolación de roca y hielo castigada sin cesar por el
rugido del viento."
El primer intento para alcanzar la cima del Everest se hizo el 26 de mayo,
partiendo del campamento VIII. El día previsto amaneció despejado y brillante.
Evans y Bourdillon, equipados con oxígeno de circuito cerrado, emprendieron el
ascenso de la enorme garganta nevada de más de 300 m de altura que conduce al
Pico Sur del Everest. Ya entrada la mañana, los que estaban en el Collado vieron
dos lejanas siluetas que trepaban con paso firme hacia el pico. En el campamento
reinaba enorme agitación. George Lowe informó que sólo Tensing, por lo general
inclinado a dar voces y a cantar en falsete cuando se sentía feliz, "había
dejado de sonreír ... La idea de que cualquiera que no fuera Tensing llegase a
la cúspide no le complacía."
A la una de la tarde Evans y Bourdillon alcanzaron el Pico del Sur. Con sus 8748
m era el punto más alto jamás escalado por el hombre. Los dos montañistas
anhelaban seguir adelante por la última crestería, que descendía
precipitadamente antes de subir hasta la cima. Pero el día estaba muy avanzado,
y Evans calculaba que tardarían cinco horas en llegar hasta allá y volver,
aparte de las que necesitarían para regresar al Collado del Sur. Por añadidura,
su provisión de oxígeno se agotaba, y se hallaban más rendidos de lo que se
figuraban.
Completamente exhaustos, descendieron parte de la garganta a trompicones y
llegaron al campamento Vlll a las 4:30 de la tarde, "con el rostro cubierto de
escarcha", escribía Hunt, "como seres de otro planeta".
Esa noche la temperatura descendió a 253 C bajo cero. Apretujados en tres
tiendas, sin suficientes aparatos de "oxígeno nocturno" para que pudieran
dormir, todos pasaron una mala noche. "El viento azotaba el Collado", comentaría
Lowe, "sacudiendo las tiendas, gimiendo, rugiendo y restallando incesantemente."
Evans y Bourdillon amanecieron en malas condiciones, y Hunt tuvo que conducirlos
hasta una altura inferior. Los fortísimos vientos continuaban machacando las
tiendas, lo que obligó al segundo grupo de escaladores a postergar su intento
hasta el siguiente día. El 28 amainó el viento y, a las 8:45 de la mañana, Lowe,
Gregory y Ang Nyima se pusieron en marcha a fin de preparar la ruta garganta
arriba. Una hora después Hillary y Tensing los siguieron. Iban provistos de
oxígeno en circuito abierto, que Tensing prefería porque "no causaba tan mal
efecto cuando se cerraba la llave de paso".
Al mediodía, los escaladores y su grupo de apoyo se reunieron en una elevada
cordillera. Continuaron adelante hasta una altitud de 8340 m donde recogieron la
tienda y las provisiones allí descargadas por Hunt y Gregory dos días antes. Su
cargamento les resultaba ya agobiante, pues pesaba entre 20 y 30 kilos. A las
2:30 de la tarde llegaron a una altitud de 8500 m aproximadamente. En este
punto, las dos parejas se separaron.
Hillary y Tensing ocuparon las horas siguientes en disponer una plataforma de
dos metros (el campamento IX) bajo una escarpa rocosa para armar allí su tienda.
El sitio resultaba incómodo por tener dos niveles, uno 30 cm más alto que el
otro. No obstante los fuertes vientos que soplaban, los montañistas consiguieron
asegurarlas sogas a unos tanques de oxígeno hundidos en la nieve circundante. Tensing
preparó una cena de sopa caliente, sardinas, frutas en conserva descongeladas,
dátiles, bizcochos, jalea, miel y enormes cantidades de té, asícomo una bebida compuesta de jugo de limón y azúcar en polvo, disueltos en agua
tibia. A las 6 de la tarde se metieron en sus sacos de dormir: Tensing en el
nivel inferior, y el larguirucho Hillary en el superior, donde se acomodó
semitendido, semisentado. Tensing no olvidaría nunca las incomodidades de esa
noche. "A oscuras", relató después, "charlamos de nuestros planes para el día
siguiente. Luego, nos colocamos las mascarillas de oxígeno y tratamos de dormir.
Dentro de nuestros sacos acolchados, llevábamos puesta toda la ropa. Pasaban las
horas. Yo dormitaba y despertaba, dormitaba y despertaba. Y cada vez que
despertaba, me ponía a escuchar. A medianoche el viento había dejado de soplar.
Dios es muy bueno con nosotros, me dije."
A las 3:30 de la madrugada Tensing se asomó a mirar fuera de la tienda. A la luz
del alba se distinguía el monasterio de Thyangboche, a unos 4250 m más abajo del
campamento IX. El sherpa abrigaba la esperanza de que los monjes estuviesen
rezando por él y su compañero. Tras de hacer un rápido desayuno, los dos
montañistas se encontraban listos para acometer la prueba más importante -de su
vida. Pero cuando Hillary fue a coger sus botas, lo único que se había quitado,
las halló completamente congeladas. Tardaron una hora en deshelarlas. Por fin, a
las 6:30 de la mañana, los escaladores cubiertos con tanta ropa que sus
extremidades parecían de hidrópico, conectaron el oxígeno y emprendieron el
ascenso hacia el Pico del Sur. Tensing iría delante hasta que Hillary se
sintiera seguro de sus botas.
La cuesta estaba nevada y resbaladiza. En determinado momento Hillary cayó al
suelo tan pesadamente que lanzó una exclamación, preguntándose en alta voz si no
sería peligroso seguir adelante, a lo que Tensing contestó: "Como usted quiera."
Sin que mediase otra palabra, ambos continuaron ascendiendo. No tardaron en
encontrarse trepando por un filo cada vez más angosto hacia el punto donde Evans
y Bourdilloti les habían depositado valiosos tanques de oxígeno. "Aquel estrecho
filo conducía hasta una grandiosa y empinada ladera de nieve que llegaba al Pico
del Sur", contaba Hillary. "Evans y Bourdillon habían subido por los peñascos de
la izquierda, y descendieron por la cuesta nevada. Sus huellas apenas se veían,
y ni una ni otra ruta nos agradaba. Analizamos la cuestión y optamos por la
nieve. Comenzamos a ascender por escalones de unos 30 cm de fondo, cubiertos de
una delgada costra de nieve formada por el viento y con muy poco espacio para
valerse del piolet. La situación era deplorable, y, cuando me asaltaba el miedo,
yo mismo me decía: '¡No hagas caso! Se trata del Everest, y tienes que correr
riesgos.' Tensing parecía muy contrariado, pero no decía nada de regresar.
Turnándonos en la delantera, avanzábamos lentamente. Un centenar de metros más
arriba la subida se hizo menos pendiente, entre la nieve asomaban más rocas y
nuestra tensión disminuyó."
A las. 9 de la mañana Hillary y Tensing pisaron el Pico del Sur y vieron cómo se
extendía frente a ellos la crestería final que llega a la cúspide.
"Contemplábamos la cresta con cierta ansiedad, pues allí estaba el meollo de la
ascensión ... Tanto Tom como Charles (Bourdillon y Evans) habían comentado las
dificultades que presentaba, y no abrigaba yo grandes esperanzas." Ofrecía una
vista "impresionante y aun aterradora", decía Hillary. "A la derecha, grandes y
contorsionadas cornisas, y moles voladizas de nieve y hielo, se extendían cual
dedos retorcidos sobre la caída vertical de 3000 m que mide el paredón del
Kangshung. Cualquier intento de poner pie en tales cornisas sólo podría llevar
al desastre. Desde las cornisas, la cordillera descendía bruscamente hacia la
izquierda, hasta donde la nieve termina en la inmensa pared de roca que se eleva
del Circo Occidental. Sólo parecía haber algo a nuestro favor: la fuerte cuesta
nevada que se extendía entre las cornisas y los rocosos precipicios estaba
cubierta de nieve probablemente helada y firme. Con nieve blanda tendríamos
pocas esperanzas de avanzar por la crestería. Pero si lográbamos tallar
escalones en aquella pendiente, conseguiríamos adelantar un poco."
Por fortuna, la nieve estaba firme. Mientras Tensing le iba soltando cuerda,
Hillary se aventuraba a lo largo de la cresta, abriendo pacientemente un escalón
tras otro.
Los escaladores llegaron, cerca de las 10 de la mañana, a un obstáculo
formidable que Hillary temía desde que lo observó por primera vez, con unos
prismáticos, cuando estaban en Thyangboche. Era un gran peñasco, de unos 12 m de
altura que de pronto juzgó "imposible de salvar para nuestras débiles fuerzas".
No podrían escalarlo directamente por ser de paredes demasiado lisas, resultaba
insalvable por la izquierda, y al lado derecho sólo había una profunda y angosta
grieta entre la roca y una cornisa de nieve congelada. Comprimiéndose dentro de
esta chimenea, Hillary fue clavando sus crampones hacia atrás en la nieve y
asiéndose a todo intersticio que lograba
encontrar, para ascender poco a poco a lo alto del peñasco y alcanzar un resalto
seguro. Tensing lo siguió, y Hillary sintió "la vehemente seguridad de que ya
nada podría impedirnos llegar a la cima". Y continuaron adelante, cortando
gradas pausadamente, siempre ascendiendo la escarpa interminable.
Hillary escribía: "Nuestro ardor del principio había desaparecido ya por
completo, convertido en una torva brega. En esto, advertí que la cordillera., en
vez de seguir ascendiendo monótonamente delante de mí, descendía bruscamente, y
divisé allá abajo, a lo lejos, el Collado del Norte y el Glaciar de Rongbuk. Al
levantar la vista vi un estrecho borde de nieve que subía hasta una cumbre
nevada. Unos golpes más del hacha contra la dura nieve, y nos hallamos en la
cima."
Tensing lo describe así: "Un poco antes de la cumbre, Hillary y yo nos
detuvimos. Los dos miramos hacia arriba. Y seguimos adelante. Seguimos subiendo
despacio pero seguros. Y de pronto nos vimos allí. Hillary pisó la cumbre el
primero, y yo después que él." Eran las 11:30 de la mañana de] 29 de mayo de
1953.
La primera reacción de Hillary fue de profunda gratitud por no tener más
peldaños que abrir. Tensing sonreía bajo la mascarilla de oxígeno. Ambos
montañistas cambiaron un formal apretón de manos. Esto, sin embargo, no fue
bastante para el gozoso sherpa. "Agité los brazos y luego se los eché al cuello
a Hillary, y nos dimos palmadas en la espalda, hasta casi faltarnos el aliento a
pesar del oxígeno." Tensing desplegó, atadas a su piolet, las banderas de las
Naciones Unidas, del Reino Unido, la India y Nepal. A continuación se irguió en
la cumbre, y Hillary lo fotografió.
Cuando ambos tendían la mirada hacia abajo desde la cima del mundo, Hillary
pensó en los. muchos montañistas que habían perdido la vida por querer
encontrarse donde él estaba. Incluso buscó alguna señal de Mallory y de su
compañero, Andrew Irvine, que rnurieran en la empresa, pero nada encontró.
Tensing abrió un agujero en la nieve, y depositó una ofrenda de chocolate,
caramelos y bizcochos para los dioses del Chomolungma. Hillary, por su parte,
enterró un pequeno crucifijo blanco que alguien había enviado a Hunt por correo.
Transcurrieron quince minutos, durante los cuales Hillary tomó algunas
fotografías. En seguida, recordando que su provisión de oxígeno era limitada y
tendría que bastarles para bajar desde la cúspide hasta el Pico del Sur,
emprendieron el descenso, hundiendo los crampones con cuidado en los escalones
tan laboriosamente abiertos durante su ascensión. Al cabo de una hora llegaban
al Pico del Sur, donde recogieron los tanques de oxígeno guardados allí.
Después de beber unos tragos de jugo de frutas, continuaron la marcha. Para
entonces ambos montañistas se sentían fatigados en extremo. Un fuerte soplo de
viento, un movimiento en falso podría precipitarlos de cabeza al glaciar de
Kangshung, 3000 m más abajo. Consciente de ello, Hillary apisonaba cada escalón
para que estuviera seguro antes de bajar.
Pararon en el campamento IX para beber algo caliente, y allí cambiaron de
tanques de oxígeno. Al ir abriéndose camino en su descenso por la helada
garganta, podían ver allá abajo, a sus pies, las tiendas del campamento VIII,
sacudidas por el viento. A unos 50 m del campamento esperaba George Lowe con
sopa caliente para los escaladores, que ya sentían entumecidas las piernas.
"¡Vaya! ¡Hemos vencido a ese endemoniado!", exclamó Hillary sonriendo.
Al día siguiente el grupo victorioso descendió la pared del Lhotse para llegar
al Circo Occidental, donde Hunt aguardaba noticias con gran impaciencia. De
repente, alguien avistó a los escaladores, y una ansiosa muchedumbre salió de
las tiendas. Cuando estaban a sólo 15 m del campamento, señaló Lowe hacia la
cima agitando los brazos triunfalmente. Westmacott y Hunt se precipitaron al
encuentro de los que volvían, y tras de ellos fueron Gregory con su gorro de
borla, Bourdillon con los tirantes colgando, Evans con el sombrero vuelto hacia
arriba. Hillary alzó el piolet en alto; Tensing mostraba una luminosa sonrisa.
Todos se abrazaron y se estrecharon las manos, riendo y llorando
a la vez.
VOLVER ARRIBA
|