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SIGLO XV: La imprenta, la revolución de las letras
La idea de imprimir imágenes con bloques de madera o metal no era nueva, pero la idea de utilizar letras individuales hechas a mano para crear las diferentes páginas del texto era revolucionaria. Fue introducida por primera vez en Europa por Johannes Gutenberg de Maguncia, Alemania, a partir de 1450.

Aunque se podían requerir 50.000 caracteres para formar un libro extenso como la Biblia, una vez armada, la misma obra podía ser reproducida-miles de veces. Para 1520 había más de 200 diferentes ediciones impresas de la Biblia en varios idiomas, que representaban en total, tal vez, 50.000 copias individuales. No obstante, aunque la imprenta ya estaba bien establecida en Europa, los trastornos religiosos de la Reforma transformaron su comercio en una gran industria: en Alemania aparecieron un total de 150 publicaciones distintas en 1518, 570 en 1520 y 935 en 1523, alcanzando sus ventas totales quizás 500.000 copias.

Aunque algunas de ellas estaban en latín, el idioma tradicional del debate erudito, la mayoría estaba impresa en lengua vernácula. Podían ser leídas, o escuchadas y comprendidas por casi todos. Un número considerable de estas nuevas obras fue escrito por un solo hombre: Martín Lutero. De los 935 libros publicados en Alemania en 1523, 183 provenían de su pluma y algunas de sus publicaciones posteriores fueron impresas en tiradas de 100.000 ejemplares.

SIGLO XVIII: La Revolución Industrial en Inglaterra

Esta revolución productiva marca un hito fundamental en la era moderna que comenzó en el siglo XVIII. Antes de 1800, regiones como West Riding de Yorkshire, Lancashire sur y West Midlands presentaban muy poco desarrollo urbano. La industrialización en el siglo XVIII no se caracterizó por conurbaciones -que son un fenómeno del siglo XIX— sino por un aumento gradual de los asentamientos industriales todavía rurales.

La localización de la industria estaba sólo comenzando en 1800. La manufactura de textiles de lana estaba muy dispersa, aunque existía cierta especialización local, fundamentalmente ligada a la disponibilidad de agua. Los paños finos y las sargas requerían procesos industriales que demandaban grandes cantidades de agua; no ocurría lo mismo con la fabricación de frazadas, franelas y telas de lana peinada. La industria del algodón se estableció en Lancashire porque el clima era húmedo, los gremios eran menos poderosos, los puertos por los que se traía el algodón en bruto desde ultramar estaban próximos y existía una mano de obra experimentada en trabajar el lino y la lana. Tanto en las industrias algodoneras como en las laneras, las nuevas máquinas requerían de la energía hidráulica para impulsarse.

La llegada de las máquinas de vapor, además de incrementar la producción, permitió elegir ubicaciones menos dependientes de la cercanía del agua.

En 1700, la densidad de población fuera del área de Londres estaba determinada principalmente por la industria de la lana. Hacia 1750, incluso antes del establecimiento de los canales y caminos de peaje, la distribución de la población estaba cambiando con celeridad. Los textiles se desplazaron hacia el norte, y las áreas ricas en carbón y hierro comenzaron a poblarse densamente. Entre 1700 y 1800, la población total de Gran Bretaña aumentó de casi seis millones a nueve millones, es decir, tuvo un crecimiento promedio de 30.000 habitantes al año. De allí en adelante el incremento fue mucho más rápido.

Entre 1811 y 1821 subió de diez a doce millones, una tasa de aumento cinco veces más elevada que en el siglo anterior. En los principales centros industriales el cambio fue incluso más impactante. Manchester tenía 90.000 habitantes en 1801; 237.000 en 1831 y 400.000 en 1861.

Este aumento sin precedentes fue una razón para el auge de la producción industrial y agrícola durante los siglos XVIII y XIX. Debían satisfacerse las necesidades de millones de personas adicionales. Otra razón era la guerra, un prodigioso consumidor de hierro y sus derivados. En 1790, la producción británica de hierro no superaba las 79.000 toneladas. En 1820, como resultado de las guerras napoleónicas, había llegado a 400.000 toneladas.

Con una población en aumento, creció la demanda por productos manufacturados. Los salarios eran bajos, por lo que se necesitaban nuevas invenciones para permitir a los fabricantes producir más y lograr así bajar los precios. La lanzadera volante de Kay en 1733, la hiladora con varios husos de Hargreaves en 1770, la máquina de hilar intermitente (selfactina) de Crompton en 1778 y el telar mecánico de Cartwright en 1785 estuvieron entre los avances que transformaron la industria textil.

En la elaboración de hierro, los pioneros más destacados fueron Abraham Darby, que en 1709 logró descubrir cómo utilizar carbón de piedra en vez de carbón de leña para fundir el hierro, y Henry Cort, que en 1784 introdujo el proceso de pudelación para elaborar hierro fundido. La minería y todas las formas de fabricación se beneficiaron con la invención y perfeccionamiento de la máquina de vapor, a través de una serie de progresos desde la máquina atmosférica de Newcomen de 1712, hasta las máquinas de Watt de las décadas de 1770 y 1780 y las máquinas de alta presión de Trevithick, introducidas durante los primeros 20 años del siglo XIX.

No servía de mucho ser capaz de producir bienes en mayores cantidades a menos que éstos pudieran llevarse en forma expedita y a bajo precio a sus clientes y se pudieran entregar oportunamente las materias primas alas fábricas. La Revolución Industrial fue también la revolución del transporte. Durante los siglos XVII y XVIII, los caminos se deterioraron tanto a causa del aumento del tráfico sobre ruedas, que prácticamente sólo podían ser transitados por caballos de montar o columnas de caballos de carga.

Antes de la aparición del ferrocarril en la década de 1830, la única manera confiable de transportar cargas pesadas era la navegación. Durante la segunda mitad del siglo XVIII, se hicieron inversiones considerables en la construcción de canales, pero el ímpetu decayó tan pronto como se comenzó a descubrir el potencial de los ferrocarriles.

 

LA CIENCIA Y TECNOLOGÍA UN HECHO DESTACADO DE LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD

La difusión del conocimiento
Aun cuando sea borroso, el límite entre ciencia y tecnología existe, por lo que es necesario considerar la manera en que la información lo atraviesa. El principal camino son las publicaciones. El científico académico no desea ocultar sus trabajos: las publicaciones son el medio para que su investigación llegue a sus colegas de todo el mundo y, tanto en el aspecto de formarse una reputación como en el de avanzar en la carrera, lo importante es haber sido el primero.

En consecuencia, existe un volumen cada vez mayor de conocimientos científicos que todo el mundo puede aprovechar libremente. Hasta hace relativamente poco tiempo, la mayor parte de los conocimientos nuevos se comunicaban a través de periódicos publicados por instituciones científicas. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial entraron en este campo las editoriales comerciales, que sin embargo siempre habían editado libros científicos.

A propósito de este tema, es interesante señalar que a mediados del siglo XX el material publicado era tan vasto y crecía con tanta rapidez, que una de las principales preocupaciones entre los científicos era encontrar la forma de utilizarlo con eficacia, ya que el día no les alcanzaba para mantenerse al tanto de las últimas novedades.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la aplicación de la informática al archivo y la recuperación de la información permitió solucionar el problema. Este enorme volumen de conocimientos de libre acceso para todos puede conducir directamente a importantes aplicaciones tecnológicas. Por ejemplo Marconi, precursor de la comunicación por radio, se inspiró para sus trabajos en una casual referencia a los experimentos de Heinrich Hertz que encontró en una revista. Casi medio siglo más tarde, el gigantesco proyecto Manhattan, que produjo la primera bomba atómica, fue el resultado directo de los artículos publicados sobre experimentos en física atómica, el más importante de los cuales apareció en 1939, apenas dos días antes de que estallara la guerra.

Sin embargo, a finales del siglo XIX, la industria comenzó a considerar que esta fuente de información era insuficiente para sus necesidades. Como complemento, y para asegurarse de que las investigaciones realizadas tuvieran que ver con sus necesidades (e indirectamente con las de sus dientes), las principales empresas fundaron sus propios laboratorios. Entre las primeras en hacerlo figura la United Alkali Company, de Gran Bretaña, cuyos laboratorios Widnes comenzaron a funcionar en 1892. Resulta significativo que su equipo de investigaciones, entonces reducido, estuviera compuesto casi exclusivamente por químicos formados en el extranjero, en Giessen, Heidelberg y Zurich.
Investigación nacional e internacional. En general, las investigaciones desarrolladas en ese tipo de laboratorios estaban directamente vinculadas con las actividades de la empresa madre.

Por razones comerciales, gran parte de los resultados obtenidos no se publicaban o sólo se comunicaban una vez protegidos por patentes.

Quedaban, sin embargo, áreas de investigación de importancia nacional general, pero sin relación directa con ninguna empresa en concreto, por ejemplo, la investigación sobre corrosión y metrología. Para rellenar este vacío, sólo se podía recurrir a laboratorios patrocinados por el Estado. Entre las primeras grandes instituciones de este tipo figuran el National Physical Laboratory del Reino Unido (1900), la National Bureau of Standars (actualmente National Institute of Standards and Technology) de Estados Unidos (1901) y el Instituto Kaiser Guillermo (luego Max Planck) de Alemania.

Así pues, durante los primeros años del siglo XX se fomentaba el progreso de la ciencia en tres frentes: en las universidades, con una fuerte inclinación hacia la investigación pura en las más antiguas y una mayor tendencia hacia la ciencia aplicada en las más nuevas, en los laboratorios de las grandes empresas industriales con base técnica y en las grandes instituciones estatales. Si bien estas divisiones eran bastante reales y estaban bien establecidas, había una buena cantidad de interrelaciones, aunque su naturaleza y alcance variaba de un país a otro. Así pues, los científicos universitarios de mayor prestigio eran consultados por sus colegas de la industria. A menudo no sólo les ofrecían sus consejos, sino que desarrollaban investigaciones concretas para la industria con la ayuda de sus estudiantes. También había contactos entre las universidades y los laboratorios nacionales.

Aunque el equilibrio de fuerzas cambiaría con el paso de los años, esta pauta se mantuvo esencialmente hasta mediados de este siglo. Surgió entonces un cuarto frente, cuando el coste y la complejidad de la investigación en algunos campos llegaron a superar los recursos de casi todos los países, a excepción de los más poderosos. A esta fase pertenecen instituciones como el CERN (actualmente, Centro Europeo para la Investigación de las Partículas), con sede en Ginebra, dedicado a la investigación nuclear; el Laboratorio Europeo de Biología Molecular, en Heidelberg; la Agencia Espacial Europea , y el JET, que se dedica a la investigación sobre fusión.


La imagen popular de la ciencia y la tecnología
Hasta aquí hemos tratado las amplias interrelaciones dentro de la propia ciencia. Ahora debemos considerar las no menos importantes relaciones entre la ciencia y el ciudadano comente. Durante la primera mitad de este siglo, al igual que ahora, la ciencia tuvo más repercusiones que los científicos. Unos pocos nombres, pero no necesariamente los más destacados, lograron fama mundial: Roentgen, Marconi, Edison, Einstein y Zeppelin figuran entre los más recordados. Pero, en general, la población advirtió sobre todo las consecuencias sociales de los avances científicos y tecnológicos. Durante la primera década del siglo, las novedades fueron el automóvil, la radio, la luz eléctrica, el cine, el gramófono, los alimentos congelados, la aspiradora y la limpieza en seco.

En la cara opuesta de la moneda, el ciudadano corriente fue testigo de la desaparición de elementos que formaban parte de la vida desde los tiempos más remotos. La llegada del automóvil, por ejemplo, determinó el abandono casi total del caballo como medio de transporte. La medida de la velocidad y alcance del cambio la da el hecho de que relativamente poca gente puede recordar un mundo en el que la radio y la televisión no fueran poderosos medios informativos.

Sin embargo, hasta pasada la Primera Guerra Mundial ninguno de los dos existía siquiera, y los principales medios de difusión de la información eran las conferencias en vivo y los artículos publicados por los periódicos y revistas. En cuanto a la ciencia, la prensa popular dedicaba poco espacio a los temas científicos y tecnológicos, situación que no cambiaría sustancialmente durante más de medio siglo. La situación era diferente, en cambio, en el caso de las conferencias.

Durante el siglo XIX, la mayoría de las grandes ciudades y muchas de las pequeñas en Europa y América tenían sociedades locales para el fomento de una amplia gama de intereses intelectuales, como la música, la literatura, el arte y también la ciencia. Las conferencias de los viernes por la tarde en la Royal Institution de Londres atraían a un refinado público y contaban a menudo con la asistencia de miembros de la familia real, y la Sociedad Literaria y Filosófica de Manchester tenía su homologa en la Sociedad Literaria y Filosófica de Nueva York.

Este tipo de sociedades, que todavía florecen en las comunidades pequeñas, se contaban por cientos. Aunque individualmente eran pequeñas, en conjunto tenían probablemente decenas de miles de miembros y representaban, por lo tanto, un medio importante para que los legos se mantuvieran al tanto de los acontecimientos y pudieran discutir los últimos avances conseguidos por la ciencia.

Por encima de estas organizaciones locales, había además una serie de importantes instituciones nacionales. El prototipo de estas instituciones era la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia, fundada en 1831 como foro para que los científicos no sólo se comunicaran entre sí, sino que informaran al público, labor que en opinión de muchos la Royal Society estaba descuidando enormemente.

La asociación celebraba sus reuniones anuales en diferentes ciudades de Gran Bretaña y, muy esporádicamente, en otros países de la Commonwealth. Atraía audiencias de miles de personas y sus actividades aparecían ampliamente reflejadas en la prensa, una excepción a la general indiferencia periodística hacia los asuntos científicos. La asociación todavía funciona, pero en los últimos años ha dejado de prestar atención a la ciencia en sí misma para concentrarse en sus repercusiones sociales. También en otros países había instituciones similares. La Asociación americana para el Progreso de la Ciencia, fundada en 1848, sigue celebrando reuniones anuales sumamente concurridas. Una asociación francesa de estas características se fundó en 1878, una india en 1876 y otra en Australia y Nueva Zelanda en 1888.

Especialización creciente
Los primeros científicos consideraban que su campo de estudio era todo el mundo natural, desde los cuerpos celestes descubiertos a principios del siglo xvn por los telescopios de Galileo, hasta el mundo de los microorganismos que Antony van Leeuwenhoek observó con sus microscopios a finales del mismo siglo. Sin embargo, el siglo XIX marcó el fin de esta era. La expansión de los conocimientos hizo que la especialización, al menos en cierto grado, resultara inevitable. Hacia 1900 habían surgido ya cuatro grandes ramas de las ciencias naturales: la química, la física, la biología y la geología.

Las dos primeras, que recibían el nombre de ciencias físicas, se ocupaban del mundo inanimado; uno de sus rasgos distintivos era la naturaleza esencialmente cuantitativa de sus resultados, expresados en términos matemáticos. Esta relación queda sucintamente reflejada en el aforismo según el cual la matemática es la doncella de la ciencia. Pero éste no era básicamente el caso de la biología, que abarcaba todo el mundo vegetal y animal y se basaba más bien en observaciones y descripciones.

La geogología resultaba ligeramente anómala. Si bien se ocupaba sobre todo de la materia inanimada (las rocas y minerales de la corteza terrestre), gran parte de sus investigaciones dependían de la observación y clasificación de los restos fósiles de los organismos que vivieron en el pasado.
Con el transcurso del siglo XX, esta divergencia en campos especializados se volvió todavía más pronunciada, hasta el punto de que los especialistas de las diferentes ramas dejaron de comprenderse claramente entre sí. La química, por ejemplo, se dividió en química inorgánica y fisicoquímica. Paradójicamente, sin embargo, surgió al mismo tiempo una complicada red de interconexiones, cuando cada una de las especialidades descubría que tenía algo en común con las otras. Los biólogos y los químicos, por ejemplo, encontraron un ámbito común durante los años 20, período en que apareció la bioquímica, el estudio de los procesos vitales. Después de la Segunda Guerra Mundial, la bioquímica produjo una importante rama: la biología molecular, que estudia la naturaleza de los organismos vivos en el nivel molecular.

Así pues, el siglo XX heredó y profundizó estas pautas sociales internas, en las que los diferentes grupos reconocen y aceptan la existencia de los otros pero encuentran difícil comprender sus trabajos. Sin embargo, sobre esta estructura había además otro sistema de castas de diferente tipo. Los científicos académicos, con sus investigaciones «puras», seguían adoptando con frecuencia una postura de superioridad con respecto a los que aplicaban la ciencia a fines prácticos. Aun así, eran cada vez más estos últimos los que realizaban los descubrimientos que estaban cambiando las economías del mundo occidental y, en último término, los que proporcionaban los recursos para que la investigación académica pudiera desarrollarse. Entre los inventos y descubrimientos realizados por la industria figuran las sulfamidas (medicamentos), la baquelita, el nilón, el poliéster y el polietileno (materiales), el láser y el transistor.

El reconocimiento del importante papel de los técnicos queda implícito en la palabra «tecnocracia» (y más adelante «tecnócrata»), que indica una sociedad en la que los recursos industriales son desarrollados para el bien común por expertos técnicos. El término fue acuñado en Estados Unidos y se utilizaba ya en 1919, aunque no se generalizó en Europa hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Fuente Consultada:
El Estallido Científico Trevor I. Williams
Atlas de la Historia Universal - The Times
Civilizaciones de occidente Tomo B Jackson J. Spielvogel

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