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Los
franciscanos y la pedagogía de la evangelización. Apenas
descubierta América, iniciaron los discípulos de
San
Francisco de Asís su obra de evangelización, convirtiendo y
pacificando a millares de indígenas, enseñándoles los rudimentos de
las primeras letras y reuniéndolos en reducciones.
Para ello debieron superar, con una
constancia sin límites, las dificultades del idioma. Con este objeto
aprendieron las lenguas de las razas vencidas y buscaron en ellas
palabras o símbolos que hicieran comprensibles los misterios de la
fe para la mentalidad nativa.
Fue una obra ejemplar de abnegación y
sacrificio la de estos misioneros ignorados, que se lanzaron entre
las masas indígenas afrontando muchas veces el martirio y la muerte.
Entre los misioneros de esta orden
sobresalió la figura de fray Pedro de Gante, uno de los creadores de
la pedagogía de la evangelización. Organizó en México el Colegio de
San Francisco, con talleres de artes e industrias, donde centenares
de niños aprendieron a leer, escribir, cantar y tañer y se
ejercitaron en las diferentes artes manuales.
Con este ensayo aparece por vez
primera la idea desarrollada posterior mente en más vasta extensión
por el obispo Vasco de Quiroga de una colonia industrial donde el
trabajo se realiza en cooperación. Se destacaron también, entre
estos religiosos, el fraile flamenco Jodoco Ricki, introductor de
las artes y oficios manuales en Quito; fray Luis de Bolaños, que se
ocupó con celo infatigable de la evangelización en el litoral
guaranítico, y San Francisco Solano, que catequizó en el noroeste
quichua.
Las misiones jesuíticas. Entre
todas las congregaciones Religiosas establecidas en las Indias, se
distinguió la Compañía de Jesús por su eficaz obra de civilización.
Los jesuitas, que llegaron a América
después que las otras órdenes, constituían ya en el 1700 el
principal organismo de cultura y una de las más grandes potencias
políticas y económicas del Nuevo Mundo. "A la insustituible
jerarquía intelectual que imponen los jesuitas en el siglo XVIII se
agrega su fuerza económica y formidable poderío social. La riqueza
jesuítica de la época se diversifica en bienes tan variados como las
grandes haciendas del valle central chileno, las estancias del Río
de la Plata, las enormes fincas rústicas y urbanas de Perú y México,
los obrajes paraguayos, peruanos y quiteños y hasta la explotación
minera de que disfrutaban en la región del Chocó en la Nueva
Granada.
Con las rentas do la gran propiedad
inmobiliaria dirigen colegios y misiones que tienen dentro de la
vida económica de la Colonia una importancia tan preeminente como la
de la orden de los Templarios en la Edad Media europea".
Desde el convento principal de la
Orden, establecido en Lima, avanzó la misión religiosa y cultural de
los padres jesuitas hasta las más lejanas e inexploradas regiones
del inmenso Virreinato. En el año 1606 se creó la provincia
jesuítica del Paraguay, que abarcaba las gobernaciones d Tucumán,
Paraguay, Río de la Plata y Chile. Su primer provincial fue el padre
Diego de Torres.
Para llevar a cabo su obra
civilizadora, comenzaron los jesuitas por pacificar a los indígenas
reuniéndolos en reducciones, organismos gobernados por caciques,
alcaldes y regidor « indios, bajo la suprema dirección de los
misioneros. El aspecto general de los pueblos jesuitas era análogo:
alrededor de una amplia plaza cuadrada o rectangular se agrupaban la
iglesia, la casa de los misioneros, las escuelas y los talleres; a
espaldas la huerta; a los otros lados, alineadas regular mente, las
casas de los indios.
Por medios persuasivos, los
integrantes de la Compañía procuraron atraer a los naturales, que
eran ocupados en distintas tareas. Los jesuitas 'supieron aprovechar
admirable mente la capacidad adquisitiva y de imitación de los
indios para trabajos de artesanos y labores artísticas. Ya a media
dos del siglo XVII había en cada pueblo talleres con herreros,
carpinteros, tejedores, pintores, decoradores, estatuarios, torneros
y relojeros y hasta grabadores, impresores y fabricantes de
instrumentos musicales. Los mismos indios construían violines,
flautas, arpas y órganos para sus iglesias. Las tareas, amenizadas
con música, cantos y procesiones, se iniciaban al alba y finalizaban
al atardecer.
En cada reducción había escuelas y
colegios. En 1611 acudían a la escuela jesuita de Asunción unos 400
indígenas. "En la escuela al decir de Bayle se estudiaban las
inclinaciones y mañas de los niños, para dedicarlos al arte que
mejor cuadraba con ellas, de la escuela salían los músicos, los
alcaldes, fiscales, cuanto valía y significaba algo en la
administración o en la vanidad. En la escuela se preparaban los
actores y danzantes que amenizaban las fiestas y encendían la
piedad. En la escuela, finalmente, se moldeaba el corazón y se
ilustraba el entendimiento para producir las virtudes cristianas,
pasmo de los extraños y legítimo orgullo de los misioneros" .
Con la expulsión de los jesuitas,
ordenada en 1767 por Carlos III, fracasaron las misiones por ellos
establecidas, que aunque confiadas al cuidado de otras órdenes, se
fueron extinguiendo hasta convertirse en ruinas.
Entre la legión de misioneros jesuitas
se destacó el padre Roque González (15761628), emparentado con el
gobernador Hernandarias, que murió martirizado en Todos los Santos
del Caaró (Brasil).
Sobresalieron también entre estos
religiosos el ya citado padre Diego de Torres y el padre Alfonso
Barzana, que inició su ministerio en el Tucumán en 1585.
Fuente Consultada:
Historia de la educación de Manganiello-Bregazzi |