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Los últimos días de Adolfo Hitler
POR FREDERIC SONDERN,
JR.
Dos libros sirvieron de base a este relato: 'The Last Days
of Hitler”, editado por Macmillan y escrito por el mayor H. R. Trevor-Roper,
historiador inglés adscrito por el Servicio de Informaciones Británico al caso
de Hitler, y “Ten Days to Die”, editado por Doubleday, en el que su autor, el
capitán Michael A. Musmanno, de la Reserva Naval de los Estados Unidos, jurista
de Pensilvania y juez que fue del Tribunal de Nuremberg, recopiló,
complementándolos con minuciosas investigaciones propias, los hechos aportados
por diversos servicios aliados de información. Frederic Sondern, Jr., llegó a
Berlín poco después de la caída de la capital alemana. Allí entrevistó a muchos
oficiales de los servicios de información que investigaban los hechos.
TRES
SEMANAS DESPUÉS del derrumbe de la Alemania nazi, el mayor Iván Nikicine,
comisario delegado de la policía de seguridad soviética, informaba desde Berlín
que, contra lo que generalmente se daba por cierto, ni el Führer se había
suicidado en su refugio subterráneo, ni habían incinerado su cadáver..., si en
realidad había perecido. Esa sigue siendo en este año de 1951 la versión oficial
que dan los rusos. El Servicio de Información del general Eisenhower ordenó en
1945 que se procediese inmediatamente a investigar a fondo los hechos.
Comisiones especiales de expertos norteamericanos, ingleses y franceses, fueron
reconstruyendo punto por punto los últimos días de Hitler. Las 28 personas que
acompañaron al dictador alemán en los días de la batalla de Berlín se hallaban
en poder de los aliados occidentales.
Fueron sometidas a repetidos interrogatorios y sus declaraciones cotejadas una y
otra vez. Se hizo un estudio detenido de cerros de documentos. La versión aliada
del fin del dictador alemán es hoy completa. En la tarde del 30 de abril de
1945, a eso de las 2,30, Adolfo Hitler tomó asiento al lado de su esposa en el
refugio subterráneo llamado el Führerbunker, mordió el cañón de una automática
Walther y apretó el gatillo, en tanto que Eva Hitler trituraba entre los dientes
una ampolla de cianuro. A las 10.30 de la noche, el general Rattenhuber y unos
soldados de la Guardia Selecta sepultaron en los jardines de la Cancillería lo
que aún restaba de los cadáveres, a los que habían prendido fuego varias veces
después de empaparlos en gasolina. La artillería rusa estuvo bombardeando ese
sector de la ciudad toda la noche, y los huesos del Führer quedaron dispersados,
lo mismo que su “Reich de los Mil Años”. No quiere Moscú que ésta sea la versión
de los hechos.
Las
autoridades rusas hicieron cuanto estuvo a su alcance por entorpecer la
investigación de los aliados occidentales. Testigos muy importantes capturados
por los rusos —el general Rattenhuber entre otros— desaparecieron de la noche a
la mañana. El Servicio de Información de los Estados Unidos tuvo noticia de que
dos técnicos que le hicieron los dientes postizos a Hitler habían identificado
positivamente como perteneciente al Führer un hueso maxilar hallado por los
investigadores rusos en el lugar donde se prendió fuego a los cadáveres. Maxilar
y técnicos fueron despachados a Moscú y no volvió a saberse de ellos. El propio
Stalin sentó cuál es la actitud de Rusia al manifestar en la Conferencia de
Potsdam, con gran asombro del presidente Truman y del secretario de Estado
Byrnes, que creía que Hitler estaba vivo y se hallaba oculto en España o en la
Argentina. La Prensa rusa habla siempre de la “misteriosa desaparición” de
Hitler.
Según
opinan en Washington algunos especialistas en el análisis de la propaganda rusa,
a Stalin le interesa mantener a Hitler “vivo” a fin de que esto le sirva de
excusa para actuar en Europa llegado el caso. Otros son de parecer que el relato
de lo ocurrido en Berlín durante aquellos últimos días, en que un tirano
enloquecido trató de hacer que la nación entera pereciese con él, sería lectura
malsana para el pueblo ruso. Era el cumpleaños del Führer (20 de abril de 1945).
En el Führerbunker, a 15 metros de profundidad bajo los jardines de la
Cancillería, altos jefes militares y del partido nazi se habían congregado a
cumplimentar al caudillo. Brillaban las charoladas botas, resplandecían las
condecoraciones, pero en la generalidad de los macilentos semblantes se
reflejaba la ansiedad. Los diezmados ejércitos alemanes retrocedían en todos los
frentes. Amenazaban ya los rusos a Berlín. Los norteamericanos, después de
cruzar el Elba, avanzaban rápidamente a reunirse con ellos.
Desde
la conspiración de los generales y el atentado de la bomba oculta en una
cartera, del cual escapó con vida por milagro, Hitler había envejecido
súbitamente. Encorvado, vacilante, arrastraba un pie al caminar y le temblaba
perceptiblemente el brazo izquierdo. Pero ahora, rodeado de áulicos que
murmuraban frases de felicitación, su voz era tan incisiva y su mirada tan
centelleante como en los mejores tiempos. En la conferencia que se celebró
después, los sátrapas del Tercer Reich se resistían a dar crédito a sus oídos.
Cuando el mariscal Wilhelm Keitel trató de pintarle a Hitler la gravedad de la
situación, Hitler lo hizo a un lado con ademán de impaciencia, diciendo
ásperamente: “¡Absurdo! Los rusos llevarán la más sangrienta de sus derrotas
ante las puertas inexpugnables de Berlín.
Enseguida arrollaremos a los aliados hasta el mar”. Paseó Hitler la magnética
mirada en derredor, y cuantos allí estaban quedaron suspensos. Hermann Göring,
mariscal del Reich, rompió por unos momentos el hechizo que sobrecogía a todos.
—Alemania triunfará; es inevitable que triunfe —aseguró el corpulento jefe de la
en un tiempo potente Luftwaffe—. Pero ¿no convendría más a la seguridad del
Führer que él se retirase a las fragosas alturas de Berchtesgaden y dirigiese
desde allá sus tropas? —Lo que usted está recomendando en realidad —estalló
Hitler— es que usted mismo se retire a lugar más seguro. Muy bien, ¡puede
marcharse! Göring saludó con el bastón de mariscal constelado de piedras
preciosas, y sin decir palabra abandonó el recinto. A los pocos minutos, seguido
de un convoy de veloces camiones cargados de tesoros, salía en su Mercedes
blindado camino de Baviera, donde, según imaginaba, estaría a salvo. Hitler,
entretanto, volvía a sus mapas y explicaba sus planes estratégicos. “Sabíamos
que la mayoría de las divisiones con que él estaba maniobrando no eran ya
unidades efectivas —comentaba después un general veterano—, y, sin embargo, al
oírle, casi todos pensamos que aún podía haber alguna esperanza”.
Solamente un hombre de los que se hallaban ese día en el Führerbunker se mostró
inmune a la fascinación ejercida por Hitler y capaz de pensar ante todo en el
bien de su patria. Alberto Speer, ministro de Armamentos, había surgido como el
brillante cerebro industrial del Reich. En más de una ocasión llevó a cabo lo
que parecía imposible en el suministro de cañones, aeroplanos y tanques. A
principios de marzo Speer descubrió los terribles planes de Hitler para
aniquilar el Reich si llegaba a verse derrotado. Conforme a instrucciones
precisas comunicadas a los jefes de distrito del partido, al avanzar las tropas
aliadas debían destruirse todas las fábricas importantes, todos los servicios
públicos, todas las existencias de víveres y de vestuario. A las fuerzas
militares tocaría volar los puentes claves, las instalaciones de canales y vías
férreas, los buques, las locomotoras. Speer efectuó una gira relámpago por el
país entero y logró que los principales jefes nazis y los generales, conviniesen
en posponer la ejecución de las órdenes del Führer. El día del cumpleaños de
Hitler le pareció a Speer la mejor coyuntura para intentar un último esfuerzo en
pro de Alemania.
Todo
fue en vano. “Si el pueblo alemán renunciase a luchar —le respondió Hitler
mirándolo fríamente— demostraría que carece de entereza moral. De ser así,
merece que lo aniquilen.” Speer determinó sabotear, aún con riesgo de la propia
vida, el holocausto que proyectaba su jefe. Exponiéndose a que la Gestapo le
echase mano en cualquier momento, efectuó una segunda gira relámpago por
Alemania. En Hamburgo el jefe Karl Kaufmann le prometió no demoler ese
importantísimo puerto; otros jefes nazis obraron nerviosamente en igual sentido.
Para evitar que los fanáticos pudiesen llevar adelante el plan de destrucción,
Speer dispuso que se echasen a los pozos y a las galerías previamente inundadas
de las minas todos los explosivos de alta potencia que no se hallasen en manos
de los militares. Esta sola orden salvó muchas fábricas importantes. Hitler
había perfeccionado entretanto sus planes para rechazar en Berlín a los rusos.
Confió el mando de las fuerzas contraatacantes a uno de sus jefes predilectos,
el general Félix Steiner, de la Guardia Selecta (la SS). “El oficial que exima a
uno solo de sus hombres de participar en esta operación lo pagará con la vida en
el término de cinco horas”, rugió Hitler por teléfono.
En la
tarde del 22 de abril anunció el Führer a su estado mayor la primera victoria de
la nueva campaña. El servil adulador Heinrich Himmler, jefe de la SS, acababa de
telefonearle que la contraofensiva de Steiner estaba reciamente empeñada y los
rusos empezaban a retroceder. A renglón seguido entregaron al coronel general
Alfredo Jodl, jefe de operaciones, varios partes. Jodl permaneció unos minutos
sin resolverse a hablar. Notando la expresión de su semblante, le preguntó
Hitler: —¿Qué hay? ¿Qué hay? —Mein Führer —repuso Jodl— Steiner no ha atacado.
Comunican que las fuerzas blindadas del mariscal Shukov están ya en Berlín.
Hitler quedó con la mirada perdida en tanto que el rostro iba convirtiéndose en
amoratada máscara. —¡Me ha traicionado la SS! —exclamó al fin con sordo acento—.
Primero el ejército, después la Luftwaffe y ahora la SS —y elevó la voz para
gritar con todas sus fuerzas—. ¡Traidores! ¡Todos traidores! ¡Perros traidores!
Por tres horas dio rienda suelta a su cólera. Tan terrible fue la explosión de
la desbordada personalidad de Hitler, que hasta hombres nada impresionables como
los generales Keitel y Jodl, según manifestó después uno de ellos,
“retrocedieron precipitadamente hasta quedar contra la pared”.
Por
fin Hitler se desplomó en su asiento. —Ha caído el Tercer Reich —murmuró
sordamente—. No me queda más camino que la muerte. Permaneceré aquí hasta el fin
y luego me pegaré un tiro. Que Göring negocie con los aliados. Lo dicho por
Hitler se comunicó a Göring, al cual, según la Ley de Sucesión promulgada por el
Führer en 1941, tocaba seguirle en el mando. El obeso y epicúreo mariscal
abrigaba la seguridad de que lograría negociar con los aliados una capitulación
razonable, y que en el peor de los casos escaparía con verse condenado a cómodo
destierro. Así, pues, dirigió a Hitler este radiograma. “Mein Führer: Vista su
determinación, ¿conviene en que yo asuma el mando supremo y absoluto del Reich?
De no recibir respuesta antes de las 10 de la noche, consideraré que es
afirmativa.” Göring aumentó su guardia a 1.000 hombres y manifestó a su estado
mayor que el día siguiente tomaría un avión para ir a entrevistarse con el
general Eisenhower.
Estaba redactando un mensaje al general estadounidense cuando recibió el
siguiente de Hitler: “Göring: Lo que ha hecho pide sentencia de muerte. No
ordenaré que procedan contra usted si presenta renuncia de todos sus cargos. De
lo contrario tomaré las medidas del caso. Adolfo Hitler.” Estaba Göring
contemplando con mirada incrédula estas líneas cuando resonaron en el enlosado
patio las recias botas de una escuadra de la SS. El mariscal del Reich quedaba
preso. Hitler no abrigaba intención alguna de dejar sucesor. Ilustración 13: La
última foto de Adolfo Hitler
Una
hora después de su dramática despedida en el Führerbunker, Hitler había empezado
a planear la pira funeraria más colosal que habrían visto los siglos. Con serena
precisión ordenó que se replegara hacia Berlín el XII Cuerpo de Ejército que al
mando del general Wenck combatía contra los estadounidenses. Entretanto, todo
hombre y muchacho de la capital marcharía a las barricadas a contener el avance
de los rusos. A los desertores se les ahorcaría en el acto. Al tener
conocimiento de tales órdenes, el “gauleiter” Wegener, veterano y leal miembro
del partido, logró ponerse al habla por teléfono con Hitler. Si el Führer
autorizara la rendición de las fuerzas enfrentadas en el Oeste a estadounidenses
e ingleses —suplicó Wegener— habría manera de contener a los rusos mientras se
pactaba un armisticio, que evitaría una considerable devastación. —Devastación,
Wegener, es precisamente lo que deseo —repuso Hitler—. Nada mejor para iluminar
mi caída.
Al
otro día, 25 de abril, los rusos habían sitiado completamente a Berlín. Difícil
es pintar el espectáculo que ofrecía en mayo de 1945 la capital de Alemania. En
las inmediaciones de la Cancillería del Reich, detrás de una pila de escombros,
tropezaron mis ojos con lo que supuse eran bultos de trapos. Esos bultos habían
sido los sirvientes de un nido de ametralladoras. El de más edad, sentado aún y
caído de bruces sobre el arma, no tendría arriba de quince años. En los puentes
del Wannsee se amontonaban los cadáveres de 600 muchachos que intentaron detener
a los rusos con granadas de mano. En otros lugares de Berlín se balanceaban
pendientes de los faroles muchachos de la Juventud Hitleriana y viejos de la
Guardia Cívica a los que había ahorcado la SS por desertores. En los últimos
siete días de la batalla de Berlín disminuyó el grupo de los que acompañaban a
Hitler en el Führerbunker. Goebbels y su esposa llevaron a esa fortaleza
subterránea a sus seis niños, a los que más adelante dieron muerte antes de
suicidarse. Martin Bormann, el brazo derecho político de Hitler, resolvió
permanecer allí.
Eva
Braun, amante de Hitler desde hacía años sin que Alemania tuviese de ello
conocimiento, se negó a abandonarlo. En las dos cámaras de acero y hormigón
inmediatas a la del Führer estaban alojados 26 altos funcionarios civiles y
militares y 30 secretarios y guardas. Sobrevinieron escenas inusitadas. Cuando
los proyectiles de la artillería rusa, al caer más y más cerca, empezaron a
hacer retemblar los refugios subterráneos “la locura fue apoderándose de todos
cuantos allí se hallaban “. Corría el licor como agua. Los estirados generales
prusianos se despojaban de sus guerreras y bailaban alocadamente con sus
taquígrafas. Hitler, entretanto, permanecía inclinado sobre sus mapas o
consultaba con sus consejeros.
Al saber que los rusos podrían acaso avanzar por
un túnel del ferrocarril subterráneo que pasaba cerca de la Cancillería, ordenó
a su jefe de estado mayor que lo hiciese inundar. —Mein Führer —objeto el
general Krebs— tenemos en ese túnel miles de nuestros heridos... —¡Hágalo
inundar! —rugió Hitler. Minutos después quedaban abiertos los grifos de
inundación. El 28 de abril llevaron a conocimiento del Führer un despacho de
prensa fechado en Estocolmo en el cual informaban que Heinrich Himmler, jefe de
la SS, había entablado negociaciones con el conde Bernadotte para la rendición
del Reich a los aliados. Era el principio del fin. —Und jetzt der treue Heinrich!
(¡Y ahora hasta el fiel Heinrich!) —gritó Hitler fuera de sí. Pero esa rabieta
fue la última de su vida. De súbito recobró la calma y la lucidez.
Con
la defección de Himmler perdía la última esperanza de resistir. Había llegado su
hora. Los dos últimos días pasados en el Führerbunker fueron los más extraños de
todos. En las primeras horas de la mañana del 29 de abril Hitler y Eva Braun
contrajeron matrimonio en breve y sencilla ceremonia en tanto que las granadas
rusas, estallando en la Cancillería casi sobre sus mismas cabezas, hacían caer
en continua lluvia el enlucido del cielo raso. Seguidamente dictó Hitler a su
secretario “su última voluntad y testamento político”. Ese documento no contenía
nada que no hubiera dicho anteriormente en muchas ocasiones. Después de borrar a
Göering y a Himmler de la nómina del partido, designó al almirante Karl Doenitz
para sucederle como jefe del Estado. Más adelante leyó en el resumen diario de
las noticias, que como de costumbre le entregaron, la relación pormenorizada del
fusilamiento de Mussolini por un pelotón de facciosos y la manera como los
cadáveres del dictador italiano y de Clara Petacci habían sido exhibidos
colgados de los pies en una plaza de Milán. Hitler, que había dado ya
instrucciones para que tanto su cadáver como el de Eva fuesen destruídos por
completo inmediatamente después del suicidio, repitió esas órdenes diciendo:
“Completamente destruídos, ¿lo entienden? ¡Completamente!”
Esa
tarde, en la acostumbrada reunión del estado mayor, recibió sin inmutarse el
parte del avance de los rusos. El asalto a la Cancillería ocurriría a más tardar
el 1 de mayo. “Quiere decir que no disponemos de mucho tiempo —comentó Hitler—.
No he de caer vivo en sus manos de ninguna manera”. Ya entrada la noche, un
ordenanza avisó a todos que fuesen a la cámara principal. El Führer deseaba
decirles adiós. Así que estuvieron reunidos, Hitler les estrechó la mano uno por
uno en completo silencio. “Tenía los ojos vidriosos —cuenta un testigo—. Parecía
que estuviese ya lejos de todo”. Cuando los que habían asistido a esta escena
volvieron a la cantina, estalló el desorden. Alguien empuñó una botella y,
subiéndose a una mesa, gritó: “¡Brindemos por los muertos!” Otro puso a
funcionar el fonógrafo.
El
baile, cada vez más ruidoso, se prolongó hasta la mañana. Del Führerbunker llegó
repetidas veces orden de guardar silencio, pero nadie hizo caso. El 30 de abril
a la hora acostumbrada, dos de la tarde, sirvieron a Hitler el almuerzo. El
Führer estaba pálido y silencioso, pero comió al parecer con apetito. Al
levantarse de la mesa, pasó con su esposa al corredor central donde estaban
esperándolos Bormann, Goebbels y varios otros de los principales ayudantes de
Hitler. Les estrecharon la mano en silencio y se volvieron a sus habitaciones.
Cerróse con seco golpe la puerta frente a la cual fue a ocupar su puesto uno de
los guardias del Führer. Un instante después sonó una detonación. El Reich que
iba a durar mil años se había derrumbado.
Por
Frederic Sondern, Jr.
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