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Pearl Harbor: Cinco ocasiones perdidas
POR WALTER LORD
La dramática descripción del ataque a Pearl Harbor por el oficial que guió a
las fuerzas aéreas japonesas está en este mismo libro (véase “Yo acaudillé el
asalto a Pearl Harbor”).
DESDE
EL 7 de diciembre de 1941, los norteamericanos han estado discutiendo quién fue
responsable del desastre de Pearl Harbor. Y con razón, pues ese ataque de
sorpresa que llevaron a cabo 353 aviones japoneses fue sin duda una de las
victorias militares menos costosas de la historia. Cuando terminó (sólo duró
unas dos horas) los ocho acorazados norteamericanos que se encontraban en el
puerto habían sido hundidos o averiados, y muchos de los cruceros y destructores
también fueron alcanzados por las bombas.
Las
seis grandes bases de Oahu estaban arruinadas y casi todos sus aviones
destruídos. Más de 2.400 vidas se habían perdido. Los japoneses, en cambio, de
vuelta en sus portaaviones, comprobaron una pérdida de tan sólo 29 aviones y 55
hombres. Aunque técnicos y expertos han dedicado mucho tiempo a estudiar el
aspecto militar de este asunto, aún más interesante para el profano es el papel
desempeñado por las deficiencias inherentes a la naturaleza humana.
Ellas fueron
en realidad las que impidieron prevenir el desastre del 7 de diciembre; pues,
dejando de lado la cuestión de si Washington envió o no envió la información
suficiente sobre la situación, como también la de si el mando norteamericano de
Hawai hizo uso adecuado de sus propios informes y equipo militar, cabe subrayar
que en las últimas horas todavía se presentaron cinco magníficas oportunidades
de evitar la tragedia.
Debido a que los seres humanos son tan sólo eso, seres humanos, las cinco
oportunidades se desperdiciaron. La primera se presentó a las 6,30 de la tarde
víspera del ataque, cuando la flota japonesa se encontraba todavía a 800
kilómetros de distancia. Mientras Honolulu gozaba de su última puesta de sol en
tiempo de paz, el teniente coronel Jorge Bicknell, oficial del servicio secreto,
llevó apresuradamente al comandante en jefe, general Walter Short, un mensaje
por demás interesante: la F B. I. (oficina federal de investigación) había
interceptado una llamada telefónica de Tokio a un japonés de Honolulu. Tokio
pedía información sobre aviones, reflectores, barcos, el tiempo... y sobre
flores. El interlocutor de Honolulu contestó: “En la actualidad las plantas
florecen menos que en cualquier otra época del año; sin embargo, los hibiscos y
las flores de Pascua se han abierto ya”.
Los
dos oficiales se quedaron perplejos. ¿Por qué razón iba alguien a gastar dinero
en una costosa llamada a través del Pacífico para hablar de flores? Por otra
parte, si se trataba de espionaje, ¿por qué se utilizaba para la conversación un
medio tan fácil de interceptar como el teléfono? Todavía hoy el sentido de
aquella llamada permanece oscuro, aunque lo que ocurrió después la hace aún más
sospechosa. En ese entonces los dos oficiales, después de discutir durante una
hora, llegaron a una conclusión muy humana: consultar el caso con la almohada, y
volver a considerarlo al día siguiente. Así pasó la tarde, y llegó la noche, una
noche apacible, no de jarana y de orgía como se ha dicho muchas veces. A las
3,42 de la mañana siguiente, cuando la flota japonesa estaba a 450 kilómetros de
distancia, el pequeño dragaminas “Cóndor” vio aparecer un periscopio cerca de la
entrada de Pearl Harbor.
Inmediatamente comunicó la novedad al destructor “Ward”, que patrullaba esa
zona. El “Ward” se acercó a toda máquina y escudriñó el mar por espacio de un
hora, pero no pudo encontrar nada. El “Cóndor” no avisó nunca a las autoridades
lo que había visto porque su capitán pensó, muy humanamente, que si no se había
vuelto a descubrir el periscopio en una hora de búsqueda, seguramente él se
habría equivocado. El “Ward”, por su parte, no avisó tampoco porque el “Cóndor”
no lo hacía, y después de todo era ese buque el que decía haber visto algo. La
estación naval radiotelefónica, que había estado escuchando todo el tiempo,
calló también, puesto que el “Ward” y el “Cóndor” callaban, y al fin era asunto
de ellos. Así, hombres bien intencionados, decentes, que luego supieron probar
su valor, capacidad e inteligencia, dejaron perder esa oportunidad, pues el
periscopio pertenecía realmente a uno de los micro-submarinos japoneses que se
disponían a cooperar con el ataque aéreo. Y mientras se cambiaban las últimas
señales entre el “Cóndor” y el “Ward”, los primeros aviones enemigos despegaban
ya desde sus portaaviones, a 370 kilómetros de distancia.
A las
6,45 de la mañana (la flota aérea japonesa estaba a 290 kilómetros), el “Ward”,
que todavía patrullaba esa zona, vio frente a Pearl Harbor la torre de mando de
un submarino extranjero. Marchó sobre él a toda velocidad; hizo fuego, arrojó
bombas de profundidad, y consiguió hundirlo. Un avión de la armada se unió al
ataque y dejó también caer algunas bombas. Tanto el “Ward” como el avión
enviaron radiogramas a las bases de la costa, avisando que un submarino había
sido hundido en aguas prohibidas. Reaccionando en forma muy humana, los
oficiales superiores comenzaron a consultarse por teléfono. ¿Qué significaba
esto? ¿Sería verdad? ¿No lo sería? Llegaron a la conclusión de que probablemente
lo que el “Ward” había visto era una boya. Peor aún sería que hubiesen hundido
un submarino norteamericano por equivocación. Enviaron un destructor de servicio
en ayuda del “Ward” y decidieron, obrando en forma demasiado humana, esperar
nuevos acontecimientos.
A las
siete los aviones japoneses estaban a sólo 220 kilómetros, y dos soldados
norteamericanos que atendían la estación de radar de Opana descubrieron en la
pantalla más manchas de las que jamás habían visto; tantas, en verdad, que
pensaron que el aparato se había descompuesto. Pronto se dieron cuenta de que
ése no era el caso, y de que se trataba de una enorme formación aérea que
avanzaba hacia las islas. Telefonearon al centro de información, el cual estaba
a cargo de un joven subteniente que sólo había desempeñado estas funciones una
vez y que no sabía nada respecto al radar. Ninguno de sus superiores estaba ese
día de servicio, y los suboficiales se habían ido a desayunar. Así, pues, todo
dependió en ese momento de un joven oficial que se hallaba en realidad tan
impotente como un soldado raso: ningún superior ni inferior a quien consultar, y
un desconocimiento absoluto del problema. Por desgracia recordó que al venir a
tomar su guardia, que era de cuatro a ocho de la mañana, había oído en el
aparato de radio de su automóvil discos hawaianos transmitidos por la estación
KGMB, y también recordó que cuando llegaban aviones de California, esa estación
transmitía toda la noche para orientarlos, indicándoles su posición.
Creyó, por tanto, que se trataba de aviones norteamericanos; no bien llegó a la
conclusión tan lógica, comunicó a los soldados de la estación de radar,
procediendo en forma muy humana, que no debían preocuparse. Los soldados
continuaron viendo acercarse los aviones. A las 7,15 estaban a 148 kilómetros; a
las 7,25, a 100 kilómetros. Hasta que por último, a las 7,39, dejaron de verlos
en la pantalla, pues ya estaban demasiado cerca para que el radar los
registrara. Ilustración 12: Bombardeo de Pearl Harbor
Aproximadamente a esa hora un mandadero, Tadao Fuchikami, salía de la oficina
telegráfica de la R. C. A. en Honolulu, con un telegrama dirigido al general en
jefe. El despacho había sido redactado hora y media antes en Washington por el
general Jorge Marshall, quien acababa de enterarse de que los japoneses se
disponían a romper finalmente las negociaciones diplomáticas con los Estados
Unidos, y que a la una de la tarde así lo informarían a Cordell Hull, secretario
de Estado. Era obvio que a la una, hora de Washington, algo iba a ocurrir, y en
ese momento, serían las 7,30 a.m. en Pearl Harbor, hora ideal para un ataque
aéreo de sorpresa.
El
general no tuvo más que un pensamiento: dar aviso del peligro. Inmediatamente
redactó un mensaje, pero no tomó el teléfono que estaba al alcance de su mano;
pensó muy lógicamente que, aunque ese aparato se conectaba con Honolulu mediante
un circuito directo, con un sistema especial de protección, la llamada podía,
sin embargo, poner en peligro la seguridad de su sistema de comunicación.
Prefirió que el mensaje fuese enviado por radio, lo que teóricamente era casi
tan rápido. Esa mañana las condiciones atmosféricas eran malas. Como esto podía
impedir la recepción del mensaje, que era demasiado importante para correr el
riesgo, un oficial, creyendo hacerlo mejor, optó por la vía del cable comercial.
La medida resultó fatal. Desastrosa. El cable llegó a Honolulu hora y media
después que el general Marshall lo redactara, y en ese momento eran las 7,33. El
sobre no tenía indicación alguna de que fuera urgente, y Tadeo Fuchikami, que
salía con él en la mano, se entretuvo unos minutos con otros muchachos en la
zona de estacionamiento que estaba al otro lado de la calle. Por fin subió a su
motocicleta Indian, de dos cilindros, y la hizo arrancar.
En
ese momento vio alzarse espesas nubes de humo negro sobre Pearl Harbor, y
proyectiles antiaéreos agujerear el cielo matinal. Era demasiado tarde; el
ataque había comenzado. Todavía hoy se discute el asunto. Sin embargo, aparte de
lo que el alto mando hizo o no hizo en Washington y en Pearl Harbor, la verdad
es que existieron esas posibilidades de evitar el desastre. Oportunidades que se
perdieron, no por maldad o incompetencia, sino porque los seres humanos son,
después de todo, seres humanos. Y siempre ha sido así. En la India, antes de
estallar la rebelión de los sepoy en contra de los ingleses, flechas inflamadas
atravesaron el cielo nocturno, dando aviso de que se aproximaba la catástrofe.
En el
caso del “Titanic”, se recibieron a bordo seis mensajes radiotelefónicos
anunciando que había témpanos de hielo en las inmediaciones. Quien estudie la
naturaleza humana y advierta la forma extraña en que suele comportarse la gente,
se inclinará a pensar que la solución no está en perfeccionar los métodos o la
estrategia. La mejor manera de evitar un desastre es en realidad muy simple:
debemos aprender a reconocer las señales de peligro cuando se presentan a
nuestra vista. Tomado de una conferencia.
Tomado de una
conferencia.
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