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Nació
en 1891 en la provincia de Entre Ríos y estudió en el Colegio Nacional de Buenos
Aires. Fue criado en un clima de recia disciplina y orden; su padre era militar
y gran amigo del general Julio A. Roca. Baigorri Velar se recibió de ingeniero y
se especializó en petróleo, que parecía ser (y lo era) la piedra filosofal del
futuro.
Estudió geofísica en la Universidad de Milán, Italia, adonde viajó
especialmente. Sin duda, no era un buscavidas o un improvisado. Al regresar,
trajo con él un aparato que medía el potencial eléctrico y las condiciones
electromagnéticas del planeta.
Baigorri redescubrió el Mesón de
Fierro, un famoso meteorito caído hace unos 4.000 años en el límite del Chaco
Austral y el Chaco Santiagueño; valiéndose de sus aparatos, capaces de medir el
potencial eléctrico y determinar las condiciones electromagnéticas de la tierra.
Trabajo en varios países como México, Bolivia,
Paraguay, Uruguay, Chile, Brasil y Perú, donde recibió la oferta del titular de
Y.P.F. Mosconi quería crear un ente capaz de supervisar la
explotación, destilación y posterior comercialización del petróleo y el mismo
Irigoyen dio su consentimiento. Pero la lucha contra los
muchos intereses de aquel entonces, no entusiasmaron al minucioso entrerriano,
al punto que desechó la oferta de Mosconi y volvió a su trabajo, esta vez en
Buenos Aires, alternando con esporádicos viajes a Montevideo.
Buscando un lugar seco para su familia, porque en Caballito la casa era
sumamente humeda, descubre al pasar el tranway por el barrio Villa Luro
un lugar ideal para lo que estaba buscando, y alquila una casa en Ramón Falcón y
Araujo muy cerca del punto ideal descubierto, que hoy seria en la calle
Rivadavia 10.100 al 10.200. Se muda junto a su mujer María y su hijo William.
Trabajando en Colonia, Uruguay, Baigorri comprueba que cada vez que usa uno de
sus aparatos, para la determinación de subsuelos, equipado con reactivos
químicos y una simple batería, el cielo más diáfano torna a convertirse en una
bóveda plomiza. Y llueve cuando, generalmente en esa época, el suelo uruguayo no
recibe mucha lluvia. Sigue con sus experiencia en Bs.As. ,generalmente los fines
de semana, y produce lluvia casi sistemáticamente los sábados y domingos. Es
así, pero bastante más adelante en el tiempo, en 1938, cuando el ingeniero
Baigorri Velar descubre que uno de sus aparatos, cargado con reactivos químicos
y conectado a una batería, es capaz de provocar lluvia en cualquier lugar del
mundo. Y comienza a realizar pruebas en los lugares más difíciles para una
misión semejante:
1) Santiago del Estero. Estancia Los
Milagros, de Juan Balbi. Hacía dieciséis meses que no caía una sola gota.
Baigorri conecta sus instrumentos y logra hacer llover ante el asombro de todos
los testigos. 2) También en Santiago del Estero,
es solicitado por el gobernador de esa provincia, el doctor Pío Montenegro. El
ingeniero accede a ir a una estancia del funcionario donde no llovía desde hacía
tres años. Trabaja allí durante tres días y luego llueven 60 mm. en solo dos
horas. 3) Nuevamente Santiago del Estero,
para Navidad. Llueve como nunca. 4) Ahora es Carhué,
en la provincia de Buenos Aires, a 520 kilómetros de la Capital Federal. Hacía
tres años que no llovía. Va Baigorri con sus aparatos y llueve tanto que
desborda la laguna. 5) El ministro de Asuntos Técnicos
de la provincia de San Juan lo llama en 1951 para probar suerte en
una zona en la que no caía ni una gota de agua desde hacía ocho años. Prueba. Y
llueven 30 milímetros. A pesar de todo esto, y por muchos años, siempre hubo un
grupo de la opinión pública que desconfiaba e insistía en llamarlo burlonamente
“el mago de Villa Luro”.
Les
costaba creer que todo aquello era posible. Pero lo era. Es común que cierta
gente se vuelva burlona y desconfiada sin tener la menor idea de qué es aquello
de lo que se burla y desconfía. Los más cercanos a una ciencia abierta prefieren
investigar.
Invento o casualidad
Han
pasado muchos años desde las primeras noticias con las que Baigorri impresionó a
un mundo más incrédulo y menos tecnificado. Hoy la historia de “su lluvia” suena
a historia de cow-boys cuando el hombre hace cuarenta años que llegó a la
Luna. Pero ante el avance electrónico, ante el lanzamiento regular de satélites
artificiales, ante toda esta revolución científica, el misterio de “la lluvia
de Baigorri” no ha podido develarse.
¡Claro que llovió! … ¡Y cómo! – contestan
los viejos santiagueños refiriéndose a aquel año de 1938.
- Dijo en tal fecha y en esa fecha llovió sobre Buenos
Aires-, aseguran los porteños de aquel tiempo, comentando la
precipitación del 2 de enero de 1939.
¿Qué
pasó entonces? ¿Fue casualidad? ¿No sirvió, acaso, la explicación científica que
dio Baigorri en su momento y que siguió sosteniendo hasta sus últimos días: “un
aparato que consta de una antena especial, que despide rayos electromagnéticos
hacia la atmósfera y va produciendo la congestión hasta provocar la lluvia”.
¿Por
qué la Dirección de Meteorología atacó tan tenazmente sus experiencias, mientras
éstas fueron siempre comprobadas por profesionales responsables? ¿Habrán sido
los “intereses creados” a los que alude el inventor, o por el contrario, la mera
casualidad permitió a éste el sostenimiento de su tesis?
Ajeno
a estos enigmas, Juan Baigorri Velar vivió en el silencio de su casa de Villa
Luro, acompañado por su fiel “Teófila”, una foxterrier que bautizaron sus
nietos y que lo miraba atentamente cuando el desgranaba los recuerdos que
extraía de sus amarillentos archivos. Los últimos años de su vida sirvieron para
aferrarlo más a su secreto, eludiendo toda publicidad. Prefería estar solo y en
silencio, entrecerrando a veces los ojos, para oír llegar desde afuera el eco de
aquellos coros juveniles: “…que llueva, que llueva, Baigorri está en la cueva….
enchufa el aparato y llueve a cada rato…”
(Fuente Consultada:
www.revisionistas.com.ar )
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