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El 1
de julio de 1997, mediante una ceremonia que fue transmitida a todo el mundo,
Hong Kong volvió a pertenecer a China como una Región Administrativa Especial.
El gobierno británico de estos territorios, ocupados por Gran Bretaña en 1842,
había comenzado en el siglo XIX después de la derrota china en la Guerra del
Opio. El traspaso de la soberanía fue acordado en 1984 por la primera ministra
británica, Margaret Thatcher y Deng Xiaoping, líder de la República Popular
China.

Según
el compromiso asumido entonces, China respetará la vigencia del estilo de vida
capitalista de Hong Kong durante 50 años. Para China, la devolución de Hong Kong,
de 1.076 km2 y seis millones de habitantes, fue una reparación al orgullo
nacional y, también, la obtención de una de las plazas financieras más
importantes, el mayor puerto de tráfico de contenedores y la séptima economía
del mundo.
De
esta manera, Hong Kong se transformó en una vidriera de los cambios ocurridos en
China durante los últimos años. Para el gobierno chino, uno de los desafíos
consiste en aumentar la corriente de inversiones extranjeras, alentada por la
transformación del país.
Otra
herencia del traspaso es el papel de la ex colonia británica como centro de
cuestionamiento. Una de las mayores preocupaciones al ocurrir el traspaso era la
posible limitación de las libertades civiles, como resultado de la aplicación de
las leyes vigentes en China, más restrictivas.
La
mayoría de los habitantes de Hong Kong recibió con alegría el traspaso de la
soberanía. Confían en que el estilo de vida «hiperconsumista» que los
caracteriza no será alterado por la incorporación del territorio a China.
El primer aniversario del traspaso fue ensombrecido por la crisis del sudeste
asiático y matizado con protestas para exigir mayores libertades civiles frente
al presidente de ChiRa, Jiang Zemin.
Con
todo, la recuperación de la soberanía en Hong Kong provoca expectativas para que
la colonia portuguesa de Macao sea devuelta a China en 1999, tal como ha sido
pactado. El éxito de la fórmula «un país, dos sistemas» también podría mejorar
las perspectivas sobre el futuro de Taiwán, cuyo gobierno se resiste a la
incorporación a China.
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