No mucho después de la época en
que Tales cavilaba sobre los misterios del universo, hace unos 2.500 años, había
otro sabio griego que jugaba con cuerdas. Pitágoras, al igual que Tales, vivía
en una ciudad costera, Crotona, en el sur de Italia; y lo mismo que él, no era
precisamente un hombre del montón. Las cuerdas con las que jugaba Pitágoras no
eran cuerdas comunes y corrientes, sino recias, como las que se utilizaban en
los instrumentos musicales del tipo de la lira. Pitágoras se había procurado
cuerdas de diferentes longitudes, las había tensado y las pulsaba ahora una a
una para producir distintas notas musicales.
Números musicales Finalmente
halló dos cuerdas que daban notas separadas por una octava; es decir, si una
daba el do bajo, la otra daba el do agudo. Lo que cautivó a Pitágoras es que la
cuerda que daba el do bajo era exactamente dos veces más larga que la del do
agudo. La razón de longitudes de las dos cuerdas era de 2 a 1. Volvió a
experimentar y obtuvo otras dos cuerdas cuyas notas diferían en una «quinta»;
una de las notas era un do, por ejemplo, y la otra un sol. La cuerda que
producía la nota más baja era ahora exactamente vez y media más larga que la
otra. La razón de las longitudes era de 3 a 2. Como es lógico, los músicos
griegos y de otros países sabían también fabricar cuerdas que diesen ciertas
notas y las utilizaban en instrumentos musicales. Pero Pitágoras fue, que se
sepa, el primer hombre en estudiar, no la música, sino el juego de longitudes
que producía la música. ¿Por qué eran precisamente estas proporciones de números
sencillos —2 a 1, 3 a 2, 4 a 3— las que originaban sonidos especialmente
agradables? Cuando se elegían cuerdas cuyas longitudes guardaban proporciones
menos simples —23 a 13, por ejemplo— la combinación de sonidos no era grata al
oído. Puede ser, quién sabe, que a Pitágoras se le ocurriera aquí una idea
luminosa: que los números no eran simples herramientas para contar y medir, sino
que gobernaban la música y hasta el universo entero. Si los números eran tan
importantes, valía la pena estudiarlos en sí mismos. Había que empezar a pensar,
por ejemplo, en el número 2 a secas, no en dos hombres o dos manzanas. El número
2 era divisible por 2; era un número par. El número 3 no se podía dividir
exactamente por 2; era un número impar. ¿Qué propiedades compartían todos los
números pares? ¿Y los impares? Cabía empezar por el hecho de que la suma de dos
números pares o de dos impares es siempre un número par, y la de un par y un
impar es siempre impar. O imaginemos que dibujásemos cada número como una
colección de puntos. El 6 vendría representado por seis puntos; el 23, por
veintitrés, etc. Espaciando regularmente los puntos se comprueba que ciertos
números, conocidos por números triangulares, se pueden representar mediante
triángulos equiláteros. Otros, llamados cuadrados, se pueden disponer en
formaciones cuadradas.
Números cuadrados Si el
triángulo tiene tres lados, el cuadrado tiene cuatro (y cuatro ángulos rectos,
de 90 grados), por lo cual era de esperar que la sucesión de los números
cuadrados fuese muy distinta de la de los triangulares. Ahora bien, un solo
punto aislado encajaba igual de bien en un cuadrado que en un triángulo, de
manera que la sucesión de cuadrados empezaba también por el número 1. Los
siguientes cuadrados se podían formar colocando orlas de puntos adicionales a lo
largo de dos lados adyacentes del cuadrado anterior. Añadiendo tres puntos al
cuadrado de uno se formaba un cuadrado de cuatro puntos, que representaba el
número 4. Y el de nueve se obtenía de forma análoga, orlando con cinco puntos
más el cuadrado de cuatro. La secuencia proseguía con cuadrados de dieciséis
puntos (el cuadrado de nueve, más siete puntos), veinticinco puntos (dieciséis
más nueve), treinta y seis (veinticinco más once), etc. El resultado era la
sucesión de números cuadrados: 1, 4, 9, 16, 25, 36, ... Como los triángulos
crecían de manera regular, no le cogió de sorpresa a Pitágoras el que los
cuadrados hicieran lo propio. El número de puntos añadidos a cada nuevo cuadrado
era siempre un número impar, y siempre era dos puntos mayor que el número
añadido la vez anterior. (Las cursivas vuelven a indicarlo.) Dicho de otro modo,
los números cuadrados podían formarse mediante una sucesión de sumas de números
impares consecutivos: 1 = 1; 4 = 1 + 3; 9=1 + 3 + 5; 16 = 1 + 3 + 5 + 7; 25 = 1
+ 3 + 5 + 7 + 9; etcétera. Los cuadrados también se podían construir a base de
sumar dos números triangulares consecutivos: 4=1+3; 9 = 3 + 6; 16 = 6+10;
25=10+15; ... O multiplicando un número por sí mismo: 1 = 1x1; 4 = 2x2; 9 = 3x3;
... Este último método es una manera especialmente importante de formar
cuadrados. Puesto que 9 = 3x3, decimos que 9 es el cuadrado de 3; y lo mismo
para 16, el cuadrado de 4, o para 25, el cuadrado de 5, etc. Por otro lado,
decimos que el número más pequeño —el que multiplicamos por sí mismo— es la raíz
cuadrada de su producto: 3 es la raíz cuadrada de 9, 4 la de 16, etcétera
Triángulos rectángulos El
interés de Pitágoras por los números cuadrados le llevó a estudiar los
triángulos rectángulos, es decir, los triángulos que tienen un ángulo recto. Un
ángulo recto está formado por dos lados perpendiculares, lo que quiere decir que
si colocamos uno de ellos en posición perfectamente horizontal, el otro quedará
perfectamente vertical. El triángulo rectángulo queda formado al añadir un
tercer lado que va desde el extremo de uno de los lados del ángulo recto hasta
el extremo del otro. Este tercer lado, llamado «hipotenusa», es siempre más
largo que cualquiera de los otros dos, que se llaman «catetos». Imaginemos que
Pitágoras trazase un triángulo rectángulo al azar y midiese la longitud de los
lados. Dividiendo uno de ellos en un número entero de unidades, lo normal es que
los otros dos no contuvieran un número entero de las mismas unidades. Pero había
excepciones. Volvamos a imaginarnos a Pitágoras ante un triángulo cuyos catetos
midiesen exactamente tres y cuatro unidades, respectivamente. La hipotenusa
tendría entonces exactamente cinco unidades. Los números 3, 4 y 5 ¿por qué
formaban un triángulo rectángulo? Los números 1, 2 y 3 no lo formaban, ni
tampoco los números 2, 3 y 4; de hecho, casi ningún trío de números elegidos al
azar. Supongamos ahora que Pitágoras se fijara en los cuadrados de los números:
en lugar de 3, 4 y 5 tendría ahora 9, 16 y 25. Pues bien, lo interesante es que
9+16=25. La suma de los cuadrados de los catetos de este triángulo rectángulo
resultaba ser igual al cuadrado de la hipotenusa. Pitágoras fue más lejos y
observó que la diferencia entre dos números cuadrados sucesivos era siempre un
número impar: 4-1 = 3; 9-4 = 5; 16-9 = 7; 25 - 16 = 9; etc. Cada cierto tiempo,
esta diferencia impar era a su vez un cuadrado, como en 25— 16 = 9 (que es lo
mismo que 9 + 16 = 25). Cuando ocurría esto, volvía a ser posible construir un
triángulo rectángulo con números enteros. Puede ser, por ejemplo, que Pitágoras
restase 144 de 169, que son dos cuadrados sucesivos: 169 — 144 = 25. Las raíces
cuadradas de estos números resultan ser 13, 12 y 5, porque 169 = 13 X 13; 144 =
12 X 12 y 25 = 5 X 5. Por consiguiente, se podía formar un triángulo rectángulo
con catetos de cinco y doce unidades, respectivamente, e hipotenusa de trece
unidades.
El teorema de Pitágoras
Pitágoras tenía ahora gran número de triángulos rectángulos en los que el
cuadrado de la hipotenusa era igual a la suma de los cuadrados de los catetos.
No tardó en demostrar que esta propiedad era cierta para todos los triángulos
rectángulos. Los egipcios, los babilonios y los chinos sabían ya, cientos de
años antes que Pitágoras, que esa relación se cumplía para el triángulo de 3, 4
y 5. Y es incluso probable que los babilonios supiesen a ciencia cierta que era
válida para todos los triángulos rectángulos. Pero, que sepamos, fue Pitágoras
el primero que lo demostró. El enunciado que dio es: En cualquier triángulo
rectángulo la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la
hipotenusa. Como fue él quien primero lo demostró, se conoce con el nombre de
«teorema de Pitágoras». Veamos cómo lo hizo.
Prueba de deducción
Para ello tenemos que volver a
Tales de Mileto, el pensador griego de que hablamos en el Capítulo 1. Dice la
tradición que Pitágoras fue discípulo suyo. Tales había elaborado un pulcro
sistema para demostrar razonadamente la verdad de enunciados o teoremas
matemáticos. El punto de arranque eran los «axiomas» o enunciados cuya verdad no
se ponía en duda. A partir de los axiomas se llegaba a una determinada
conclusión; aceptada ésta, se podía obtener una segunda, y así sucesivamente.
Pitágoras utilizó el sistema de Tales —llamado «deducción»—, para demostrar el
teorema que lleva su nombre. Y es un método que se ha aplicado desde entonces
hasta nuestros días. Puede que no fuese realmente Tales quien inventara el
sistema de demostración por deducción; es posible que lo aprendiera de los
babilonios y que el nombre del verdadero inventor permanezca en la penumbra.
Pero aunque Tales fuese el inventor de la deducción matemática, fue Pitágoras
quien le dio fama.
El nacimiento de la geometría
Las enseñanzas de Pitágoras, y
sobre todo su gran éxito al hallar una prueba deductiva del famoso teorema,
fueron fuente de inspiración para los griegos, que prosiguieron trabajando en
esta línea. En los 300 años siguientes erigieron una compleja estructura de
pruebas matemáticas que se refieren principalmente a líneas y formas. Este
sistema se llama «geometría» (véase el Capítulo 3). En los miles de años que han
transcurrido desde los griegos ha progresado mucho la ciencia. Pero, por mucho
que el hombre moderno haya logrado en el terreno de las matemáticas y penetrado
en sus misterios, todo reposa sobre dos pilares: primero, el estudio de las
propiedades de los números, y segundo, el uso del método de deducción. Lo
primero nació con Pitágoras y lo segundo lo divulgó él. Lo que Pitágoras había
arrancado de sus cuerdas no fueron sólo notas musicales: era también el vasto
mundo de las matemáticas.
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