
JOULE Y SUS ESTUDIOS SOBRE LA
TRANSFORMACIÓN DE LA ENERGÍA - EL CALOR - |
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Joule y la energía.
Desde los tiempos
prehistóricos el hombre se dio cuenta de que el movimiento puede realizar
trabajo y hacer esfuerzos. Colocamos una piedra sobre una nuez y no pasa nada;
pero le comunicamos un rápido movimiento hacia abajo y la nuez se casca. Una
flecha en reposo es casi inofensiva, pero lanzada en rápido movimiento puede
perforar la gruesa piel de un animal. Y muchos habrán visto esas demoledoras que
pulverizan muros de ladrillo con un enorme péndulo de acero.
La capacidad de
realizar trabajo se llama «energía». Los objetos en movimiento poseen energía de
movimiento o «energía cinética».
Cuando Newton
enunció sus leyes del movimiento en los años 80 del siglo XVII, dijo que
cualquier objeto en movimiento continuaría moviéndose a la misma velocidad a
menos que una fuerza exterior actuara sobre él (véase el capítulo 7). Dicho de
otro modo, la energía cinética de un objeto tenía que permanecer constante.
Ahora bien, en el
mundo real operan siempre fuerzas exteriores sobre los objetos en movimiento, y
la energía cinética da la sensación de que desaparece. Una pelota que rueda por
el suelo pierde velocidad y se para. Una canica bota varias veces y luego se
detiene. Y los meteoritos cruzan por el aire y son detenidos por la Tierra.
¿Qué ocurre con
la energía cinética en todos estos casos? Parte de ella, pero no toda, puede
convertirse en trabajo. En efecto, la canica que rebota o la pelota que rueda
puede que no realicen ningún trabajo, y aun así su energía cinética desaparece.
La respuesta: el calor
El meteorito nos
da una pista, porque crea gran cantidad de calor al atravesar la atmósfera,
hasta el punto de ponerse incandescente.
Aquí entra en
escena el científico inglés Prescott Joule. Poco apto —por culpa de una infancia
enfermiza— para llevar una vida activa, se refugió en el mundo de los libros y
descubrió su interés por la ciencia. Por fortuna era hijo de un rico cervecero
que podía permitirse el lujo de darle los mejores tutores. Joule llegó a heredar
la cervecería, pero siempre le interesó más la ciencia que el mundo de los
negocios.
El interés de
Joule giraba en torno al problema de la conexión entre la energía y el calor, y
seguramente no desconocía la idea de Rumford de que el calor era una forma de
movimiento. Según éste, el calor consistía en el rápido movimiento de partículas
diminutas de materia
De ser así, pensó
Joule, la energía cinética no desaparecía para nada. El movimiento de una pelota
al rodar producía rozamiento contra el suelo; el rozamiento producía calor; por
consiguiente, el movimiento de la pelota al rodar se convertía lentamente en el
movimiento de millones y millones de partículas: las partículas de la pelota y
las del suelo sobre el que rodaba.
El calor sería
entonces otra forma de energía en movimiento, pensó Joule. La energía cinética
ordinaria se convertía en energía térmica sin pérdida de ninguna clase. Quizá
ocurriera lo mismo con otras formas de energía. La idea no parecía descabellada.
La electricidad y el magnetismo podían realizar trabajo, y lo mismo las
reacciones entre sustancias químicas.
Así pues,
existían la energía eléctrica, la magnética y la química. Todas ellas podían
convertirse en calor. El magnetismo, por ejemplo, podía producir una corriente
eléctrica que a su vez era capaz de calentar un alambre. Y al arder el carbón,
la reacción química entre éste y el aire generaba gran cantidad de calor.
El calor, se dijo
Joule, debía ser otra forma más de energía, igual que las anteriores. Por
consiguiente, una cantidad dada de energía debería producir siempre la misma
cantidad de calor. En 1840, cuando sólo tenía 22 años, comenzó a hacer
mediciones muy precisas con el fin de comprobar esa posibilidad.
Uno de los
experimentos consistió en agitar agua o mercurio con ruedas de paletas y medir
la energía invertida por éstas y el aumento de temperatura en el líquido. Otro,
en comprimir aire y medir luego la energía invertida en la compresión y el calor
generado en el aire. Un tercero, en inyectar agua a través de tubos delgados.
Otro más, en generar corriente eléctrica en una espira de alambre, haciéndola
rotar entre los polos de un imán, o bien en hacer pasar una corriente por un
cable sin la presencia del imán. En todos los casos Joule midió la energía
consumida y el calor generado.
Ni siquiera
durante su luna de miel pudo resistir la tentación de hacer un paréntesis para
medir la temperatura en la parte superior e inferior de una cascada, con el fin
de ver cuánto calor había generado la energía del agua al caer.
Hacia 1847 Joule
estaba ya convencido de que una cantidad dada de energía de cualquier tipo
producía siempre la misma cantidad de calor. (La energía se puede medir en
ergios y el calor en calorías.) Joule demostró que siempre que se consumían unos
41.800.000 ergios de energía de cualquier tipo, se producía 1 caloría. Esta
relación entre energía y calor se denomina «equivalente mecánico del calor». Más
tarde se introdujo en honor de Joule otra unidad de energía llamada «joule» o
«julio». El julio es igual a 10 millones de ergios, y una caloría equivale a
4'18 julios.
Un auditorio reacio
A Joule no le fue
fácil anunciar su descubrimiento, porque no era ni profesor ni miembro de
ninguna sociedad erudita. Era simplemente cervecero, y los científicos de la
época no le prestaron oídos. Finalmente decidió dar una conferencia pública en
Manchester y convenció a un periódico de la ciudad para que publicara el texto
íntegro.
Meses después
logró pronunciar la misma conferencia ante un auditorio de científicos, que, sin
embargo, le dispensaron fría acogida. Y habrían pasado por alto el meollo de la
cuestión de no ser porque uno de los asistentes, el joven William Thompson, se
levantó e hizo algunas observaciones a favor de Joule. Los comentarios de
Thompson fueron tan inteligentes y agudos que el auditorio no tuvo más remedio
que darse por enterado. (Thompson se convirtió con el tiempo en uno de los
grandes científicos del siglo XIX, y es más conocido por el título de Lord
Kelvin.)
Quedó así
establecido que cualquier forma de energía podía convertirse en una cantidad
fija y limitada de calor. Pero el propio calor era una forma de energía. ¿Sería
que ésta no se puede destruir ni crear, sino sólo transformar de una modalidad a
otra?
Un mérito mal atribuido
Esa idea se le
ocurrió al científico alemán Julius Robert Mayer en 1842. Pero por aquel
entonces estaba todavía inédita la labor de Joule, y Mayer disponía de muy pocas
mediciones. La idea de Mayer parecía como sacada de la manga y nadie le prestó
atención.
Hermann Ludwig
Ferdinand von Helmholtz, otro científico alemán, lanzó la misma idea en 1847, al
parecer sin conocimiento de los trabajos de Mayer. Para entonces ya se habían
publicado los trabajos de Joule; los científicos estaban por fin dispuestos a
escuchar y a calibrar la importancia del hallazgo.
Es Helmholtz, por
tanto, a quien suele atribuirse la paternidad del así llamado «principio de
conservación de la energía», que en su formulación más simple dice lo siguiente:
la energía total del universo es constante.
Mayer trató de
recordar al mundo que eso mismo lo había dicho él en 1842; pero todos lo habían
olvidado o ni siquiera lo habían oído, de modo que el pobre Mayer fue acusado de
querer adornarse con plumas ajenas. Su desesperación llegó hasta tal punto que
intentó suicidarse tirándose por una ventana. Se recuperó, sin embargo, y vivió
en la oscuridad otros treinta años. No fue hasta el final de sus días cuando se
comprendió la importancia de este hombre.
El principio de
conservación de la energía recibe a menudo el nombre de «primer principio de la
termodinámica». Desde la primera parte del siglo XIX, los científicos venían
investigando el flujo de calor de un objeto a otro, estudio que lleva el nombre
de «termodinámica» (del griego «movimiento del calor»). Una vez aceptado el
principio de conservación de la energía, hubo que tenerlo en cuenta en todos los
estudios de termodinámica.
La máquina de Carnot
Hacia la época en
que fue establecido este principio, los estudiosos de la termodinámica ya habían
caído en la cuenta de que la energía no siempre se podía convertir íntegramente
en trabajo. Parte de ella se esfumaba invariablemente en calor, hiciese uno lo
que hiciese por impedirlo.
El primero en
demostrar esto mediante cuidadosos análisis científicos fue el joven físico
francés Nicholas Leonard Sadi Carnot. En 1824 publicó un librito sobre la
máquina de vapor en el cual exponía argumentos encaminados a demostrar que la
energía térmica producida por una máquina de vapor no podía generar más que una
cierta cantidad de trabajo. Esta cantidad de trabajo dependía de la diferencia
de temperatura entre la parte más caliente de la máquina de vapor y la más fría.
Si la máquina entera estuviese a una misma temperatura, no produciría trabajo,
por mucho calor que acumulara.
Cuando Helmholtz
anunció el principio de conservación de la energía, los científicos se acordaron
de las pruebas de Carnot relativas a la limitación del trabajo que se podía
obtener con una máquina de vapor. ¿Por qué ese trabajo era normalmente mucho
menor que la energía producida por la máquina? Que las diferencias de
temperatura influían en el trabajo obtenido lo había demostrado Carnot
convenientemente; pero ¿por qué?
La razón de Clausius
La formulación
matemática del fenómeno fue elaborada en 1850 por el físico alemán Rudolf Julius
Emmanuel Clausius, quien lo hizo con ayuda del concepto de temperatura absoluta
o temperatura por encima del cero absoluto. En el cero absoluto, es decir, a
—273 grados centígrados, no hay calor ninguno.
Clausius comprobó
que si dividía energía térmica total de un sistema por su temperatura absoluta,
obtenía una razón que aumentaba siempre en cualquier proceso natural, ya fuese
la combustión de carbón en el sistema de una máquina de vapor o la explosión de
hidrógeno y helio en el «sistema» del Sol. Cuanto más rápidamente aumentaba esa
razón, menor era el trabajo que se podía extraer del calor. Hacia 1865 Clausius
llamó «entropía» a esta razón.
La entropía
aumenta en cualquier proceso natural. Crece, por ejemplo, cuando un objeto
caliente se enfría, cuando el agua cae ladera abajo, cuando el hierro se oxida,
cuando la carne se descompone, etc. El hecho de que la entropía crece siempre se
conoce hoy por el «segundo principio de la termodinámica», que puede expresarse
con mayor sencillez de la manera siguiente: La entropía total del universo no
cesa de aumentar.
Los principios
primero y segundo de la termodinámica son quizás los enunciados más
fundamentales que jamás hayan establecido los científicos. Nadie ha encontrado
jamás excepción alguna, y quizá nadie la encuentre nunca. Por lo que sabemos hoy
día, son leyes que se aplican al universo entero, desde los grupos más grandes
de estrellas a las partículas subatómicas más pequeñas.
Pese a las
revoluciones científicas que ha experimentado el pensamiento científico en el
siglo presente, los principios de la termodinámica se han mantenido firmes y
siguen siendo sólidos pilares de la ciencia física.
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