|
Religión popular en la Alta Edad
Media
Hemos
sido testigos de las acciones de los papas, cardenales, obispos y monjes. Pero,
¿qué se puede decir de los clérigos ordinarios y de la gente laica? ¿Cuáles eran
sus esperanzas y sus temores religiosos? ¿Cuáles eran sus aspiraciones
espirituales?
Los
sacramentos de la iglesia católica aseguraban que ésta era una parte de la vida
de las personas, desde el nacimiento hasta la muerte. Había siete sacramentos (y
todavía los hay) que administraban sólo los clérigos. Los sacramentos, como el
bautismo y la eucaristía (el cuerpo de Cristo), se consideraban como símbolos
externos de una gracia interna (la gracia era el don de Dios dado libremente que
posibilitaba a los seres humanos ser salvados), y eran forzosos para que un
cristiano se pudiera salvar. Por consiguiente, los clérigos desempeñaban un
papel clave en el logro de la salvación.
También fueron importantes otras prácticas de la iglesia para las personas
ordinarias. Se creía que los santos eran hombres y mujeres quienes, por su
santidad, habían alcanzado una posición especial en el cielo, por lo que podían
actuar como intercesores ante Dios. La habilidad de los santos para proteger a
las pobres almas los revestía de gran importancia a nivel popular. A los
apóstoles de Jesús se les reconocía corno santos por toda Europa, pero hubo
numerosos santos locales que tuvieron significado especial en la región.
Surgieron con rapidez nuevos cultos, sobre todo en la intensa atmósfera
religiosa de los siglos XI y XII. Los ingleses introdujeron a san Nicolás, santo
patrono dé los niños, que sigue siendo reconocible hoy en día por su
identificación con Santa Claus.
De
todos los santos, la Virgen María —la madre de Cristo— ocupó la más prominente
posición en la Alta Edad Media. Se concebía a María como la mediadora más
importante ante su hijo, Cristo, juez de todos los pecadores. Es más, a
partir del siglo XI se volvió evidente la fascinación por María como madre
humana de Jesús. un símbolo de la importancia de María es el creciente número de
iglesias por toda Europa que se consagraron a ella, en los siglos XII y XIII,
sin olvidar la catedral de Notre-Dame en París.
El
énfasis en el papel de los santos estuvo estrechamente relacionado con el uso de
reliquias, el cual aumentó de manera considerable en la Alta Edad Media. Las
reliquias solían ser huesos de santos, u objetos íntimamente vinculados con
ellos, y a los que el creyente consideraba dignos de veneración. Un monje inglés
del siglo XII comenzó esta descripción de las reliquias de la abadía diciendo:
"Aquí se conserva una cosa más preciosa que el oro..,
el brazo derecho de san Osvaldo... Lo hemos visto con nuestros propios ojos y lo
hemos besado, y lo sostuvimos en nuestras propias manos... También aquí se
conservan parte de sus costillas y un pedazo del suelo donde cayó"
El
monje seguía enumerando las reliquias adicionales que tenía la abadía, las
cuales incluían dos fragmentos del sudario de Cristo, trozos del pesebre de
Jesús y una parte de las cinco hogazas de pan que Jesús utilizó para alimentar a
cinco mil personas. En vista de que la beatitud de los santos se consideraba que
estaba presente en sus reliquias, se creía que estos objetos eran capaces de
curar a las personas o de hacer otros milagros.
En la
Alta Edad Media se convirtió en práctica común de la iglesia asignar
indulgencias a estas reliquias. Las indulgencias aminoraban el tiempo pasado en
el purgatorio. Se creía que el purgatorio era un lugar de penitencia en que el
alma de los difuntos podía purificarse antes de ir al cielo. Los seres vivos
podían aminorar este sufrimiento mediante misas y oraciones ofrecidas en nombre
del difunto y, por supuesto, mediante las indulgencias. Estas se recibían a
cambio de limosnas caritativas y por venerar las reliquias de los santos. La
iglesia especificó los años y días de cada indulgencia,
lo que permitía que las almas pasaran menos tiempo en el purgatorio.
Los
cristianos medievales creían que la peregrinación a un santo lugar era de
particular beneficio espiritual. El más importante lugar sagrado, pero el más
difícil de alcanzar, era la Ciudad Santa de Jerusalén. En el continente europeo,
dos centros de peregrinaje eran populares en la Alta Edad Media: Roma —donde
estaban depositadas las reliquias de San Pedro y San Pablo—y la ciudad española
de Santiago de Compostela, donde se suponía que estaba la tumba del apóstol
Santiago. Atracciones locales, como los lugares santos consagrados a la
bienaventurada Virgen María, también se convirtieron en centros de peregrinaje.
Fuente Consultada: Civilizaciones de
Occidente de Jackson Spielvogel
|