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Desde
finales del siglo x, Asia Menor, corazón del imperio bizantino, se vio invadida
por sucesivas oleadas de nómadas turcos. Un siglo más tarde, tras la desastrosa
derrota infligida a los ejércitos bizantinos en Mantzikert (1071), los
turcos seliúcidas eran dueños de las llanuras de Anatolia. Pronto se las
disputaron las hordas mongólicas de
Gengis Kan, y tuvieron que pedir ayuda a
otras tribus turcas. Ertogrul, caudillo de la tribu establecida en Sogut,
les ayudó a rechazar el avance mongol, por lo que recibió en recompensa zonas de
pastos de verano e invierno para los rebaños tribales.
El término “otomano” u
“osmanli” proviene de Osmán, hijo de Ertogrul, y todos los reyes
de la dinastía otomana fueron descendientes directos suyos. Los osmanlies
nunca se llamaron a sí mismos turcos, ya que ésta era una apelación peyorativa
que se aplicaba a los pastores nómadas y campesinos del Asia Menor, pero tales
fueron precisamente los orígenes de su sociedad.
El primer periodo de la historia
otomana supuso la transformación de los reyezuelos nómadas en poderosos
autócratas de hábitos progresivamente sedentarios. A fines del siglo XIII, los
otomanos abarcaban ya un vasto territorio conquistado a partir de su base de
Brusa. Sus ataques se dirigían sobre todo hacia el oeste, ya que, en el este,
Anatolia se hallaba desgarrada por pequeñas guerras tribales que no eran aún
capaces de controlar. Los restos del territorio bizantino en torno al mar de
Mármara constituían una zona de conquista mucho más prometedora. El imperio
bizantino se encontraba en una posición desesperada. Si bien los bizantinos
habían recuperado Constantinopla tras su ocupación, en 1204, por los soldados de
la cuarta cruzada, tal triunfo no podía en modo alguno compensar la pérdida,
ante el avance turco, de las tierras centrales del Asia Menor, que habían sido
la fuente de hombres y alimentos de que se nutría Bizancio.
A mediados del siglo XIII, los
bizantinos se aferraban desesperadamente a la fértil franja costera del Asia
Menor occidental. El apogeo del poderío otomano dio al traste con esta
situación: la ciudad de Brusa cayó en manos de los turcos en 1326, y Nicea y
Nicomedia en 1329 y 1337 respectivamente. A mediados de siglo, las ciudades
ribereñas del mar Negro constituían los únicos bastiones bizantinos en Asía
Menor.
La conquista de los Balcanes A
Orján (1326-1362), hijo de Osmán, se debieron las primeras victorias
militares contra Bizancio, y fue asimismo durante su reinado cuando se verificó
la más importante transformación de la estrategia osmanli. En 1345, los
bizantinos cometieron el error de contratar a mercenarios otomanos e instalarlos
en la península de Gallípoli, en Tracia, y alrededor de la propia
Constantinopla. Estos soldados no tardaron en rebelarse contra la autoridad
bizantina y formaron el núcleo de los ejércitos que iniciaron una rápida y
sanguinaria conquista de los Balcanes.
Soleimán (o Solimán) Pachá, hijo de Orján,
dirigió un ataque a la ciudad de Gallípoli, y su hermano Murat I(1363-1389) tomó
las ciudades tracias de Adrianópolis y Filipópolis, cortando de este modo la
comunicación por tierra entre Constantinopla y el resto de Europa. Este fue el
primer paso de una prolongada campaña que terminaría con la estrangulación de la
capital del imperio.
Constantinopla sobrevivió cien
años más gracias a la solidez de sus fortificaciones y a la tenacidad de sus
defensores. Mientras tanto, los otomanos se adentraban cada vez más en Europa.
En el siglo xiv, destruyeron el antiguo reino de Servia y a finales dclxv habían
llegado con sus incursiones hasta Grecia y el sur de los Balcanes. Pronto
abandonaron el avance hacia el oeste, pues una nueva y temible amenaza se
precipitaba sobre el imperio desde Oriente.
En 1402, Timur, el gran
guerrero mongol, invadió Asia Menor. Sus ejércitos llegaron hasta Sivas, en
Anatolia, y los otomanos hubieron de retirar velozmente sus tropas de Europa
para combatirlos. El sultán Bayaceto (1389-1402) se enfrentó a los mongoles en
Ankara y sufrió una desastrosa derrota. Todas las ambiciones que los otomanos
albergaban de extender sus territorios por Asia Menor quedaron frustradas, y los
bizantinos pusieron sus ojos en Timur para lograr una liberación temporal.
Durante los cincuenta años siguientes, los osmanlies gozaron de una suerte
variable. Mohamed 1 el Restaurador (1402-21) consiguió reparar los daños
causados a los ejércitos otomanos por Timur, y derrotó a sus hermanos rivales,
Soleimán, Isa y Musa, quienes, con toda la ayuda que los bizantinos podían
prestarles, izaron el estandarte de la rebelión en las tierras otomanas de
Europa. El reinado de su hijo, Murat 11(1421-1451) se vio también perturbado por
rebeliones. Los bizantinos apoyaban a Mustafá, supuesto hijo de Bayaceto, en su
lucha por hacerse con el poder, en tanto que, en la frontera septentrional del
territorio otomano, el voivod (señor) de Transilvania, Juan Hunyady, se
levantaba contra los osmanlíes en Hungría. Pero tales obstáculos a la expansión
del poderío otomano fueron poco duraderos. En 1453, Mohamed II (1451-81) logró
el mayor triunfo de la historia temprana del imperio osmaali:
la conquista de Constantinopla.
La caida de Constantinopla:
La conquista de la capital bizantina era una una ambición de los sultanes
otomanos, y Mohamed II preparó el asalto final con sumo cuidado. Las ciudades y
los campos de Tracia estaban ya bajo dominio otomano, de manera que la principal
tarea del sultán era cortar las entradas marítimas a Constantinopla. Se elevaron
sendas fortalezas a ambos lados del Bósforo para impedir la llegada de cualquier
ayuda procedente del norte, particularmente de Rusia. Naves otomanas patrullaban
el mar de Mármara para rechazar posibles refuerzos de Occidente. Pese a tales
preparativos, es dudoso que Constantinopla, la ciudad que había salido
victoriosa de todos los asedios a que se la había sometido durante mil años,
hubiera caído de no haberla abandonado a su suerte el resto de Europa.
Las rivalidades religiosas entre
la iglesia romana y la bizantina, el recuerdo de la ocupación latina de
Constantinopla en 1204, y los largos años de competencia comercial con las
ciudades italianas, son otras tantas razones que explican el poco entusiasmo
demostrado por ayudar a los bizantinos. Al comenzar a hacerse insoportable el
asedio otomano, en 1452, el emperador de Constantinopla, Constantino XI, lanzó
un último y desesperado llamamiento a Occidente. La respuesta que recibió fue el
envío, por parte del papa, de un exiguo ejército de 200 hombres, y de 3000
soldados genoveses por parte de una ciudad temerosa de una mayor expansión turca
en el Mediterráneo. La caída de Constantinopla se produjo el 29 de mayo de 1453.
Un asalto otomano simultáneo por tierra y por mar logró abrir una brecha en las
murallas; el último emperador bizantino pereció luchando valientemente al frente
de sus tropas. Al día siguiente, la gran
iglesia de Santa Sofía quedó transformada en
mezquita. Mohamed proclamó que la ciudad, que pasó a llamarse Estambul seria su
nueva capital.
El reinado de Soleimán el
Magnifico (1520-1566) supuso el apogeo del Estado osmanli. No sólo se llevaron a
cabo victoriosas campañas para extender el imperio, sino que la administración
otomana alcanzó su mayor eficacia. Existían dos áreas principales de expansión:
Hungría y el Mediterráneo. Soleimán atacó primero por tierra. En 1521 tomó
Belgrado, controlando así la ruta norte-sur a través de los Balcanes. Cinco años
más tarde. tras haber diezmado a la nobleza húngara en la batalla de Mohacs
(1526), tomó Buda. Hungría quedó incorporada al imperio en 1541. perman~. en su
seno durante más de cien anos X de las grandes campañas, Soleirnari aie—~ mismo
la realización de continu en Ucrania y Polonia para cap: elemento imprescindible
de la otomana.
Piratas del Mediterráneo Fue en el
Mediterráneo donde los países del Occidente europeo se encontraron cara a cara
con el imperio osmanli. Mediante la ocupación de los astilleros de
Constantinopla y de los bosques de los Balcanes, los otomanos se convirtieron
rápidamente en una de las grandes potencias maritimas. Además de librar grandes
batallas navales, los piratas, o corsarios, que, al mando de capitanes tan
famosos como Jaireddin Barbarroja y Dragut Rais, ambos al servicio de Soleimán,
atacaban a los barcos europeos desde sus bases en la costa norteafricana,
constituyeron una seria y permanente amenaza para el comercio occidental. Una a
una, las islas mediterráneas que estaban en manos occidentales fueron cayendo en
poder de los otomanos, quienes llegaron a saquear ciudades situadas tan a
poniente como las de Cataluña. Hasta la gran
batalla naval de Lepanto
(1571) no
disminuyeron los ataques osmanlies a lo largo y ancho del Mediterráneo.
La organización del Estado otomano
se manifestó en su más alto nivel de eficacia y elaboración durante su época de
esplendor, en los siglos XV y XVI. Tal como indica el constante uso de su
patronímico, los otomanos se consideraron siempre superiores al resto de los
pueblos turcos, y tal exclusividad explica en parte su gran dependencia de los
esclavos, tanto en el ejército como en la administración. Los primeros triunfos
militares fueron obtenidos por los temibles jenizaros, un cuerpo de
esclavos cuya lealtad al sultán era, al menos entonces, total. Se les reforzaba
con caballeros de Anatolia, cada uno de los cuales recibía una propiedad (timar)
a cambio de sus servicios. Estas tierras no podían legarlas a sus descendientes,
impidiéndose así el desarrollo de una aristocracia terrateniente que pudiera,
con el tiempo, competir con el poderío del sultán. La mayor parte de los hombres
con que los otomanos nutrían sus gigantescos ejércitos eran esclavos capturados
más allá de las fronteras del imperio (ya que la ley musulmana prohíbe
esclavizar a un creyente) y “niños de tributo” que los pueblos de los Balcanes
entregaban en lugar de impuestos pecuniarios. Estos soldados obtenían su
recompensa del botín capturado en las campañas victoriosas.
El sultán, además de dirigir las
fuerzas del Islam en las batallas, tenía el deber de preservar la fuerza de la
fe musulmana de su pueblo. Soleimán el Magnifico añadió a todos sus otros
títulos el de “califa”, que tradicionalmente correspondía al jefe espiritual
islámico, y su determinación de destruir a los
musulmanes chiitas de Persia, considerados
herejes, es ilustrativa de su profunda preocupación por los asuntos de índole
religiosa. La tercera función del sultán era gobernar a su pueblo conforme a las
leyes islámicas. La principal, la
Charia, no podía alterarla ni siquiera él
mismo y la administraban los ulemas, funcionarios religiosos instruidos en las
leyes islámicas.
El sultán, empero, podía promulgar
edictos o kanuns. Fue este tipo de actividad jurídica el que le valió a
Soleimán el apodo de Kanuni, el Legislador. El sultán encabezaba una burocracia
de sorprendente complejidad. Numerosas oficinas, desde la del Gran Visir,
principal funcionario del Estado y, en ocasiones, comandante en jefe de los
ejércitos, hasta la del más humilde jardinero de palacio, formaban parte de su
gobierno. La mayoría de los funcionarios eran asimismo esclavos, y no era en
modo alguno insólito el que un esclavo ascendiera a los puestos administrativos
más elevados.
La decadencia del imperio A
finales del siglo XVI, y en el breve periodo de doscientos años, el imperio
otomano había pasado a ser, de una simple asociación de guerreros nómadas, un
Estado de gran complejidad, temido y envidiado por las naciones occidentales.
Pero el éxito del sistema osmanlí tenía límites. Su estabilidad dependía de la
continuidad de las victorias bélicas y de la expansión de sus confines. A la
vista de los éxitos obtenidos, a finales del siglo XVI, las campañas se
extendieron a zonas alejadas más de 1300 Km. de Estambul, centro del poder
político. Las dificultades de aprovisionamiento, así como la brevedad de la
estación en que estas incursiones eran factibles, determinaron que esta
distancia se convirtiera en el perímetro exterior del circulo del expansionismo
turco.
Cuando las campañas dejaron de
reportar riquezas y territorios, los jenízaros, los altos cargos gubernamentales
y los beneficiarios de la tenencia de tierras decidieron repartirse el Estado.
Se convirtieron así en castas hereditarias que legaban sus posesiones a sus
descendientes y que desarrollaron un poderío familiar, abandonando el servicio
exclusivo al sultán. Los jenízaros pasaron a interesarse por la política y, del
mismo modo que la guardia pretoriana de la antigua Roma, comenzaron a nombrar y
a deponer a sus gobernantes.
El buen funcionamiento del sistema
dependía de la energía y decisión del sultán. Si éste era débil, las campañas
disminuían y los gobernadores de las provincias remotas se “semiindependizaban”
y lucraban exigiendo el pago de impuestos a los súbditos del sultán. Se puso en
práctica la venta de cargos públicos, y cada funcionario exigía a las gentes el
pago de los servicios prestados. Las victorias obtenidas en Europa rara vez
podían aprovecharse debido a la amenaza persa. Las expediciones dirigidas hacia
el este sólo servían para que Occidente tuviera tiempo de recuperarse en la
Europa central y el Mediterráneo. El Estado moscovita de Iván el Terrible
acosaba las fronteras norteñas del sultán.
Al propio Soleimán el Magnifico le
hubiera sido difícil rechazar tales ataques, y sus sucesores del siglo XVII
fueron, por lo general, demasiado indolentes, o estuvieron demasiado
condicionados por su propio aparato político, como para siquiera intentarlo.
Por, otra parte, la existencia de
pueblos totalmente dispares, sometidos por la fuerza, impedía su aglutinación y,
por consiguiente, la creación de un auténtico elemento unificador. Al
resquebrajarse la autoridad militar, la desmembración del imperio se hizo
inevitable.
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