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Sir Robert Peel, modelo de los
primeros empresarios de la industria textil:
El
más importante de los primeros industriales del algodón fue sir Robert Peel
(1750-1830), que cuando murió dejó una fortuna de casi un millón y medio de
libras —una cantidad de dinero muy elevada para aquellos tiempos— y un hijo a
punto de ser nombrado primer ministro. Los Peel eran una familia de campesinos yeomen de condición media que, como muchos otros campesinos del
Lancashire, combinaron la agricultura con la producción textil doméstica
desde mediados del siglo XVII.
El
padre de sir Robert (1723-1795) aún vivía de la venta de los productos del
campo, y no fue a vivir a la ciudad de Blackbum hasta el año 1750, fecha
en que todavía no había abandonado totalmente los trabajos agrícolas. Tenía
algunos conocimientos no técnicos y un cierto ingenio para los proyectos
sencillos y para la invención (o, como minino, un buen sentido para saber
valorar los inventos de otros hombres, como el de su paisano James
Heargreaves, tejedor, carpintero e inventor de la spinningjenny).
Además también tenía tierras, de un valor aproximado de 2.000 a 4.000 libras
esterlinas, que hipotecó a principios de la década de 1760 para construir una
empresa de estampado de indianas con su cuñado Haworth y un tal Yates,
que fue quien aportó el capital, con los ahorros acumulados gracias a los
negocios familiares como posaderos en el Black Bull.
La
familia tenía experiencia: algunos de sus miembros ya trabajaban en el ramo del
textil, y el futuro del negocio de estampado de indianas, que hasta entonces
había sido una especialidad londinense, parecía excelente. Y, ciertamente, así
fue. Tres años más tarde (durante toda la década de los sesenta) la necesidad de
algodón para estampar fue tan grande que la firma tuvo que dedicarse a fabricar
los tejidos, hecho que, como observó un historiador local, «es una buena prueba
de la facilidad con que se ganaban dineros en aquellos tiempos».
Los
negocios prosperaron y se dividieron: los Peel se quedaron en Blackbum y
los otros dos socios se trasladaron a Bury, donde en el año 1772 se les
asoció el futuro sir Robert con el apoyo inicial, todavía muy modesto, de su
padre. Pero el joven Peel no necesitaba demasiado esta ayuda. Empresario de
notable energía, sir Robert no tuvo dificultades para obtener capital adicional,
asociándose con algunos prohombres locales, que deseaban invertir en la
creciente industria o que, sencillamente, tenían ganas de contribuir
económicamente en las nuevas ciudades y en los sectores de actividad industrial.
La empresa, con sólo la sección de estampados, obtuvo beneficios tan
rápidamente, sobre las 70.000 libras anuales durante períodos muy largos, que no
necesitó nunca más capital. Hacia la mitad de la década de 1780 ya era un
negocio muy suculento, dispuesto a adoptar cualquiera de las innovaciones que
iban surgiendo, como por ejemplo la máquina de vapor.
Hacia
1790— a la edad de cuarenta años y cuando sólo hacía dieciocho que se había
iniciado en los negocios Robert Peel era ya «pequeño barón», miembro del
Parlamento y reconocido representante de una nueva clase: los industriales. Peel
era diferente de otros esforzados empresarios del Lancashire, incluyendo
algunos de sus socios, porque no se durmió en la opulencia —cosa que podía haber
hecho perfectamente hacia 1785—, sino que se lanzó a empresas cada vez más
audaces como, por ejemplo, ser dirigente industrial.
Cualquier miembro de la clase media industrial del Lancashire dotado de un
talento modesto y de suficiente energía comercial para entrar en el negocio del
algodón difícilmente habría esperado hacer dinero con tanta rapidez [..]. Entre
los lluviosos campos y pueblos del Lancashire surgió así, con una notable
rapidez y facilidad, un nuevo sistema industrial basado en una nueva tecnología,
si bien, como hemos visto antes, surgió por una combinación de la nueva y la
antigua.
Aquella prevaleció sobre ésta. Las hipotecas rurales y los ahorros de los
posaderos fueron sustituidos por el capital acumulado en la industria, los
inventivos constructores de telares por los ingenieros, los telares manuales por
los mecánicos y la combinación de unos pocos establecimientos mecanizados con
una masa de trabajadores dependientes por un proletariado fabril. En las décadas
posteriores a las guerras napoleónicas los viejos elementos de la nueva
industrialización fueron retrocediendo gradualmente y la industria moderna pasó
a ser, de conquista de una minoría pionera, a la norma de vida del Lancashire.
El
número de telares mecánicos de Inglaterra pasó de 2.400 en 1813 a 55.000 en
1829, 85.000 en 1833 y 224.000 en 1850, mientras que el número de tejedores
manuales, que llegó a alcanzar un máximo de 250.000 en 1820, disminuyó hasta
unos 100.000 en 1840 y a poco más de 50.000 a mediados del decenio de 1850. A
pesar de esto, sería insensato menospreciar el carácter todavía relativamente
primitivo de esta segunda fase de transformación y la herencia de arcaísmo que
dejaba atrás.
Fuente Consultada: HOBSBAWM, E. J.:
Industria e imperio
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