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El infierno ha sido interpretado a
lo largo de los siglos por las distintas civilizaciones bajo dos puntos de vista
diferentes: como morada de los muertos o como lugar de perdición de los pecadores
El infierno como morada de los
muertos:
El
desconocimiento del hombre del «más allá», que identifica con la conciencia de
oscuridad, unido a la costumbre de muchos pueblos de enterrar a sus muertos,
explican que la morada de éstos se localice en las oscuras profundidades de la
Tierra. Para muchas religiones el infierno, que es parte del cosmos, representa
el reino de la noche y está dominado por dioses propios que gobiernan sobre lo
nativo, la muerte, el terror, lo hostil.
Mesopotamia y Egipto
En la
cultura sumeria, lnnana, diosa celeste, viaja al reino inferior y oscuro, el
Kigallú donde reina Ereshkigal. Regresa gracias a la intervención del dios Enki. El
semidiós Tammuz es el protector de los muertos. En la epopeya acadia de Gilgamés
desaparece esta esperanza de la salvación: Enkidu no es salvado por Gilgamés y
el infierno de Istar se convierte en un campo de batalla. En la religión
asirio-babilónica Nergal junto con su esposa Ereshkigal se convierte en dueño
absoluto del infierno identificado con el sol abrasador, origen de la fiebre, es
por lo tanto el responsable de la enfermedad y su corte está poblada por
demonios que personifican las plagas.La única esperanza de los muertos en su reino
será satisfacer sus deseos. La diferencia de suerte en el otro mundo, tal y
como ocurrirá para otras muchas religiones encuentra condicionada al
cumplimiento de una serie de ritos.
Para
los egipcios el infierno es el reino de Osiris, dios que regula la vida y la
muerte.
En su reino los justos esperan a ser llamados a vivir una segunda vida. El viaje
difunto al reino de Osiris es de una importancia capital y se facilita a través
del libro de los muertos, cuyo contenido mágico doblega a los dioses. Entre los
mayas de América, el rey del inframundo se llama Hunahau y se le representa
adornado de cráneos y huesos. Su símbolo es el perro y su mensajero la lechuza.
Ekahau, el pájaro de las quejas en forma de halcón, es su acompañante.
Grecia:
En la
civilización griega se cree en la existencia de un paraíso para los héroes, las
Islas Afortunadas, y un lugar de tinieblas para el resto de los hombres, el Hades,
situado en el centro de la Tierra, limitado por corrientes de agua y rodeado por
el océano. Estas corrientes de agua que fue definiendo la literatura de la época son
el aqueronte, el Cócito, el Estigio, el Flogetón y el Leteo. Se atravesaban en la
barca de Carón o Caronte que exigía un pago u óbolo por sus servicios. En otras
religiones se encuentra esta metáfora del camino de acceso al más allá. Entre
los incas, por ejemplo,las
almas de los muertos debían cruzar un puente trenzado de cabellos, y en la
antigua religión iranía el puente Chinvat aparece como un juez mecánico que se
ensancha para los buenos o se estrecha para los mentirosos.
El
Hades griego sólo recibe el significado de lugar de recompensa para los héroes,
a los que está reservada una copa mágica, y de sufrimiento para los malvados, a
los que espera un cenagal, a partir de la Odisea de Homero, siendo antes un
lugar neutro. Según Homero, el rey Minos decide sobre los destinos de los
muertos y de los héroes, que en su caso reciben su castigo por su perversidad o
soberbia, y administra así justicia. En Platón se encuentra también esta
diferenciación en el más allá entre los campos Elíseos para los sueños y el
Tártaro para los injustos. Entre los injustos algunos son dignos de purificación
y alcanzan el Tártaro. El Hades se divide de esta manera en tres partes: la de
los buenos, la de los malos, y la de los que no merecen castigo ni recompensa.
Es el origen de la tripartición cristiana del cielo, infierno y purgatorio,
representada por Dante. En el contexto de esta Antigüedad clásica, los romanos
llaman a los dioses del Tártaro infierní, en contraposición a los del mundo
superior o superiori.
El infierno Judio:
El
judaísmo continúa concibiendo la morada de los muertos (seol) en dos partes: una
para los buenos y otra para los malos. En el seol, fosa donde reina la oscuridad
y en la que gobierna Leviatán, los muertos esperan la llegada de un libertador
que abra sus puertas y permita la salida de los justos. Al final del mundo
antiguo ya no se concibe el más allá como región terrestre, infierno o paraíso,
sino como divina y alejada en el espacio.
Infierno como lugar de perdición
de los pecadores
Aunque la idea de condenación eterna es específicamente judío-cristiana, en
todas las grandes religiones aparece más o menos explícitamente un infierno, o
más bien. un purgatorio, como oposición a la vida virtuosa en el más allá. Para
los chinos existen unos libros que recogen las acciones buenas y malas de los
espíritus que serán juzgados. En Japón un espejo refleja las acciones de los
muertos antes de este juicio. La duración de las penas en las diferentes
civilizaciones es variable y generalmente la permanencia en el infierno no se
concibe como eterna. Para los chinos cada año el día 30 del séptimo mes el
infierno se vacía y quedan liberados los proscritos. Entre los hindúes tampoco
el suplicio en el infierno es eterno y su sentido se encuentra en relación con
la creencia en la trasmigración de las almas. El mazdeísmo tampoco cree en la
eternidad de las penas. La destrucción del infierno será el paso previo que
habrá de preceder al triunfo absoluto del bien.
El
infierno como lugar específico donde son castigadas las faltas o pecados de los
hombres aparece con el comienzo de la era cristiana y el exilio de los judíos.
El infierno pasa a representar el triunfo de la justicia divina y se desarrolla
la idea de gehema, lugar donde los pecadores sufren un continuo tormento por sus
faltas y arden en un fuego eterno que jamás los consume.
En el
Apocalipsis se habla de un lago de fuego y azufre donde se arroja a los
condenados. En el Antiguo Testamento son numerosas las metáforas utilizadas para
representar el infierno, abismo donde reina un real destructor. Es Dios el que
envía al:
Hombre o lo libera de los infiernos. Ya en el Nuevo Testamento el descenso a los
infiernos de Cristo representa por un lado el anuncio de la buena nueva y de la
salvación que los apóstoles y doctores, y el mismo Jesús, transmiten a los
patriarcas y profetas de Israel. La resurrección o la subida de los infiernos
del Mesías significa la liberación efectiva de ¡os justos, la victoria en
definitiva sobre Satán o “el adversario”., El fuego del infierno pasa así a
convertirse en fuego purificador. El descenso y la subida de estos infiernos de
Cristo se identifica en la cultura cristiana de esta manera con el rito del
bautismo. Muchos autores han interpretado esta metáfora de la bajada a los
infiernos de Cristo como la mayor evidencia de la influencia de la mitología en
el cristianismo. En el Nuevo Testamento la bajada a los infiernos como castigo
los pecadores sólo se conserva en los manuscritos latinos mientras que en el resto
de los textos este infierno no se concibe como lugar de tormento. Cuando se
define la distinción en él entre morada de los muertos y lugar de condenación es
en la época helenística.
En la
teología cristiana la pena de condenación consiste en la privación de la visión de
Dios (pena de daño) aunque nunca ha sido específicamente definida por la Iglesia.
Es circunstancial ya que el infierno es el lugar en el que la redención, siempre es
posible gracias a la esperanza universal del cristiano, no ha ocurrido todavía.
Hasta el siglo XIX no se supera el concepto de espacio de condenación eterna dentro
protestantismo. Hoy en día en esta tendencia doctrinal dentro de la Iglesia se
tiende a hablar del infierno más como estado o condición que como lugar, y se da
más importancia a la esperanza que al castigo eterno. Los católicos continúan
creyendo la existencia de un infierno que durará siempre, según una fiel lectura
de las das Escrituras.
La Imagen del Infierno
Las
ideas sobre este infierno cristiano se manifiestan en los libros apócrifos de
donde pasaron a la liturgia y al arte. El Apocalipsis de Pedro (siglo II) y el de
Pablo (siglo IV) son obras que aportan muchísima información sobre la
representación de este lugar de perdición. En ellas se muestra el paraíso como
lugar de luz situado en el cielo y el infierno como horno ardiente. Para los
cristianos medievales el infierno es el reino de Satanás donde son torturados
los cuerpos de los condenados entre las llamas eternas. Desde el siglo XII
aproximadamente la entrada en el infierno se representa como las fauces abiertas
del monstruo Leviatán en cuyo interior se encontraba a veces una caldera.
Durante el Renacimiento este símbolo se sustituyó por la boca de una cueva o, en
menores ocasiones, como la puerta de acceso de un edificio, custodiada por el
perro de tres cabezas de la mitología griega Cerbero. El acceso al cielo se
representaba en forma de puente, recogiendo esta vez la tradición de aquellas
civilizaciones antiguas sobre las que nos deteníamos líneas atrás. En épocas
posteriores en las representaciones de este infierno veremos cómo los lujuriosos
se sumergen en llamas sulfurosas, los sodomitas giran en un asador mientras que
los glotones se revuelcan entre inmundicias. Muchas otras metáforas recrean este
espacio tan propicio para el desarrollo de la imaginación humana. El lugar del
infierno en el arte cristiano se encuentra en las representaciones del Juicio
Final.
Fuente Consultada: Gran
Enciclopedia Universal (Espasa Calpe)
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