LA
INMIGRACIÓN EN ARGENTINA: La
teoría civilizadora que iría a transformar profundamente nuestro país se formuló
en un contexto de superpoblación y cambios en Europa. Para los Estados europeos
la emigración fue una válvula de escape a muchos problemas locales. El auge de
la navegación de vapor permitió un traslado transoceánico rápido y barato, al
punto que solía ser más caro el pasaje desde las aldeas a los puertos de salida,
que de éstos hasta América.
Proliferaban compañías cuyos
voceros recorrían los campos procurando convencer a sus pobladores de que
probasen la tentadora emigración. Agentes consulares y comerciales
contribuyeron, ofreciendo incluso pasajes gratuitos. Hubo episodios de
explotación del emigrante, cuya estada en los puertos fue aprovechada por
avisados traficantes para esquilmarlos. Se dieron casos de engaño en que se
mentía el destino del emigrante y se lo llevaba a lugares donde las condiciones
de trabajo eran abusivas.
Por fin, hacinados en la tercera
clase de buques, separadas las mujeres de los hombres, los europeos enfrentaban
el océano y la incertidumbre. En nuestro país, Buenos Aires fue la puerta de
entrada. Pequeña ciudad al comienzo, entre 1869 y 1914 duplicó su población.
Cuatro millones de personas desembarcaron en sus playas, en un proceso que
adquirió su máxima intensidad entre 1881 y 1930. En 1895, de cada 100
habitantes, 72 eran extranjeros de distintas procedencias, pero con un 43% de
italianos y un 3300 de españoles. El criollaje vio invadido su escenario. Esa
gringada, que se pensó iría a poblar el desierto, se concentró en la urbe y
cubrió todos los puestos de trabajo. Hasta los policías eran extranjeros. En
1910, los europeos eran dos millones y medio, sobre una población total de seis
millones y medio de habitantes. La crisis de 1929 frenó ese empuje. Aparecieron
políticas discriminatorias y se acabó la inmigración espontánea.
Sólo se permitía la llegada de
familiares de los ya radicados, con pasajes de llamada. Desde 1938, se combatió
la inmigración clandestina y sólo se admitió la selectiva. El flujo poblacional
se reanudará, en medida mucho más modesta, al fin de la Segunda Guerra Mundial,
entre 1945 y 1950. Fueron grupos muy distintos de los arribados en el linde de
los dos siglos. Pocos permanecerían entre nosotros. Volverían a Europa o
probarían otros destinos migratorios. El saldo resultó negativo. Buenos Aires,
como adelantamos, fue el gran receptor. A ello contribuyeron diversos factores.
Por ejemplo, la dificultad de los agricultores inmigrantes para acceder a la
tierra.
En el Litoral (Santa Fe, Entre
Ríos y, en menor medida, Corrientes) desde mediados del siglo anterior se verían
instalando colonias de los más diversos orígenes étnicos: judíos, suizos,
franceses, alemanes, eslavos y los omnipresentes españoles e italianos. Dieron
origen a lo que se llamó pampa gringa o pampa sin gaucho.
Los estancieros
locales aceptaron con beneplácito la presencia de los chacareros en la medida
que les permitía valorizar tierras de productividad dudosa, en muchos casos en
zonas de frontera amenazadas por los indios, y se constituían en clientela para
comerciantes dinamizando la región. Los terratenientes porteños y bonaerenses,
en cambio impulsaron, en forma más tardía, el régimen de arrendamientos,
alquiler precario de las tierras, en un ciclo que concluía con el alfalfado de
los campos, para provecho del ganado. Este se hallaba altamente valorizado en
función del progreso de la industria frigorífica.
Inmigrantes europeos en
Argentina:
En 1862 entraron al territorio
6.716 inmigrantes; en el curso del año 1880 vinieron 41.651, y la cifra había
ascendido a 70.000 en 1874. Esta población se distribuyó de preferencia en la
zona litoral, y así surgieron centros agrícolas de alguna importancia en
brevísimo plazo. Todo hacía suponer que el número seguiría aumentando; pero, a
medida que crecía, se hacía más necesaria una meditada política colonizadora
para arraigar a los núcleos aluviales y fundirlos en la comunidad.
Por el momento, la inmigración
no parecía sino un instrumento del progreso económico; pronto se vería que
suscitaba graves problemas de otro orden. Pero, sin duda, desde aquel punto de
vista, la inmigración constituyó un factor de enorme importancia; gracias a ella
creció la producción en tal escala que ya en la época de Avellaneda se logró
exportar cereales, inaugurando una era de prosperidad económica que reportaría
al país crecidos beneficios. En 1865 las importaciones habían superado a las
exportaciones en cuatro millones de pesos oro cuando la suma del comercio
exterior apenas pasaba los 56 millones; quince años más tarde, en 1880, las
exportaciones llegaban a 58 millones contra 45 de las importaciones y el monto
total del comercio exterior pasaba de los 100 millones.
Este acrecentamiento de la
riqueza se advirtió en el florecimiento de las instituciones de crédito y
en el fácil desarrollo de las actividades mercantiles, cuyo crecimiento
correspondió también a cierta transformación que fue operándose en el estilo de
vida, en especial en Buenos Aires.
José Luis Romero, Las Ideas
políticas en Argentina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica,
1969. (Fragmentos.)
Los inmigrantes europeos recién
llegados que no tuvieron posibilidades de trabajaren el campo, debieron
emplearse como trabajadores asalariados en la ciudad y pasaron a formar parte de
esta clase obrera urbana. De este modo, se fue conformando aceleradamente un
sector obrero numeroso y muy concentrado.».compuesto por argentinos nativos y,
mayoritariamente, por trabajadores de origen europeo.
Los inmigrantes que arribaron con
algunos recursos económicos o que ya desempeñaban un oficio en Europa, lograron
establecerse con un pequeño comercio o montaron su propio taller, trabajando por
cuenta propia —como zapateros, sastres, ebanistas o relojeros, por ejemplo— y
formaron parte de los sectores medios urbanos.
Con el tiempo, muchos hijos de inmigrantes obreros lograron ascender
socialmente, por la vía de una carrera profesional o por medio de un cargo en la
administración pública.
Esta cercanía entre los sectores
medios y los obreros,_ favorecida por \a pertenencia a una comunidad de origen,
una lengua natal una cultura, un barrio, y la movilidad social que existía entre
esas dos posiciones, permiten designar a esta franja de la sociedad —compuesta
por nativos y un gran número de inmigrantes y sus descendientes— como sectores
populares urbanos.
El torrente inmigratorio
concentrado en Buenos. Aires (la ciudad tenía en 1869 casi 180.000 habitantes y,
en 1904, 950.000) generó problemas habitacionales, debido a que la ciudad no
estaba preparada para recibir a tantas personas en tan corto lapso. El Hotel de
Inmigrantes sólo era un lugar de estancia transitoria para la gran mayoría de
inmigrantes sin recursos. Luego de permanecer allí unos días, los inmigrantes
debían salir y hallar un lugar para vivir, y lo conseguían en grandes casa donde
compartían el baño y hasta el comedor, conocidos como conventillos.
Durante los últimos años, la
sociedad argentina recibió dos tipos de inmigrantes muy diferenciados. La
situación de crisis económica y crisis política que atraviesan algunos países
latinoamericanos dio origen a una importante corriente inmigratoria
—particularmente desde Bolivia, Perú y Paraguay—. Muchos de estos inmigrantes
son jóvenes —en general, las familias quedan en el país de origen— que llegan a
nuestro país con la expectativa de encontrar trabajo —están dispuestos a
cualquier trabajo—- y a veces también de estudiar. El objetivo de estos
inmigrantes es poder enviar ayuda económica a sus familiares y organizar su vida
cotidiana con una mayor estabilidad que la que tenían en su país de origen.
Otra corriente migratoria muy
importante es la proveniente de los países de Europa del Este, que se originó a
partir de la crisis política y económica de la Unión Soviética que desorganizó
el bloque de países liderados por ese país. Los inmigrantes de este origen,
generalmente, son familias que tienen el objetivo de establecerse
definitivamente en el país.
Los árabes:
Cuando un árabe (vulgarmente
llamado turco) llegaba al país, declaraba indefectiblemente ser de profesión
comerciante. Al ver los registros, podía comprobarse que en verdad era
agricultor en su tierra. Pero el paisano que lo llamaba le aseguraba su
colocación en el comercio ambulante y el inmigrante asumía de antemano ese
papel. Se formaron verdaderas redes de distribuidores de telas y baratijas, a
partir de un árabe con negocio instalado, que mandaba al interior a los recién
llegados. Estos, con una caja o baúl al hombro, llegaban hasta apartados
rincones rurales a ofrecer su mercadería, sabiendo poco y nada del idioma. En
1906 el comercio ambulante sufrió una crisis en Buenos Aires, lo que hizo que
los árabes se desplazaran hacia el interior. Pronto alcanzaron una distribución
uniforme en todo el país. En Córdoba y en el Noroeste fueron más que todos los
otros extranjeros juntos. En La Rioja superaban a los españoles. Debieron luchar
contra la mala imagen que se les atribuía como comerciantes. En 1914, el 72 por
ciento de los árabes habitaba en medio urbano. Los que prosperaron se insertaron
en la industria y en otras actividades. Sólo en la segunda o tercera generación
enviaron sus hijos a la universidad.
Los judíos
llegaron al país organizados
gracias a la obra del barón Mauricio de Hirsch, que consiguió sacarlos de Rusia,
donde sus vidas no estaban garantizadas, e instalarlos en colonias agrícolas, la
primera de las cuales fue Moisesville. En Santa Fe y Entre Ríos prosperaron esos
que Gerchunoff bautizó como los gauchos judíos. Trabajaron también como
artesanos (en el estereotipo popular, como sastres) y comerciantes. Muy
preocupados por la educación utilizaron las facilidades de nuestro sistema
educativo para destacarse como profesionales, científicos y artistas. Al
original destino agrícola siguió la migración hacia las ciudades, periplo común
de nuestros campesinos. Allí se dedicaron al comercio y a la industria. En
general, los oriundos de Damasco y Alepo se ubicaron en el barrio porteño del
Once, dedicados a la confección y comercio de textiles. Pero no todos los
inmigrantes vinieron de Europa.
Los Japoneses:
A comienzos de siglo un convenio con el imperio japonés trajo a algunos
comerciantes de aquel país hasta el nuestro. En 1914 los orientales eran poco
más de mil, la mitad de ellos residían en Buenos Aires y grupos menores en Santa
Fe, Córdoba, Salta, Mendoza y Jujuy. Hacia 1933 eran 15.000 y hoy se los estima
en 33.000. En 1920 crearon un instituto para enseñar su idioma y en 1937
fundaron la Escuela Japonesa de Buenos Aires, bilingüe. La mayoría provenía de
la isla de Okinawa, cercana geográfica y culturalmente a China, mucho más
abierta al extranjero que el territorio central. Hacia 1920 se
definió la inserción japonesa en el mercado laboral: fueron floricultores,
horticultores y tintoreros. Popularmente se los sitúa en esta última profesión,
pero no siempre fue así. En 1912 una mujer recorría las casas pidiendo ropa para
lavar. Allí comenzó el camino de la colectividad hacia la tintorería. Pero
cuando en 1935 se creó la Unión de Propietarios de Tintorerías la reunión se
realizó en la Federación Gallega y no había japoneses afiliados. En 1939 un
dirigente se referiría a éstos como una amenaza, pidiendo se limitara su
ingreso. Según él, los precios bajos que cobraban los orientales se basaban en
un ritmo de trabajo inhumano, esclavista y en la falta de ambiciones y de
sentido social. Sólo en 1948 los japoneses ingresaron masivamente en la Unión.
Años después, en 1965,
arribaron grupos coreanos y
chinos. En la década del 80
los primeros participaron de una operatoria que fomentaba el ingreso de
inmigrantes con capital. Hoy son 40.000, si bien su llegada declinó a partir de
1989. El primer grupo era más pobre y, como todos, los inmigrantes tuvieron que
dedicarse a tareas no queridas por los nativos y mal pagas: fueron mozos,
lavacopas, lustrabotas. Primero habitaron en una villa en el barrio porteño de
Flores, erradicada compulsivamente por el gobierno militar. Entonces,
adquirieron o alquilaron locales y casas en el mismo barrio, creando el Barrio
Coreano o Koreatown. Convivieron en el Once y Caballito con los
comerciantes judíos sefardíes, que desde 1910 practicaban el comercio y la
confección textil. Pronto aprendieron el oficio, y comenzaron a crecer en el
rubro, renovándolo con nueva maquinaria y un sistema de trabajo intensivo basado
en mano de obra familiar.
Esa laboriosidad extrema era la
misma que los pioneros judíos tenían al iniciar su camino del inmigrante, cuando
trabajaban todo el día y dormían en el taller. No obstante, la crítica a los
nuevos competidores parecía calcada de los reclamos antijaponeses de los
treinta: trabajo abusivo e inhumano, desprecio por las conquistas sociales,
etcétera. La laboriosidad y la autoexploración eran vistas como defectos.
Aparte, los judíos decían ser más argentinos, integrados al país.
Los coreanos,
a su vez, respondieron alegando que los judíos no trabajaban, sólo hacían
números, y que si ellos adoptaron formas ilegales de explotación (trabajo en
negro, jornadas abusivas) fue porque lo aprendieron de sus críticos. En todas
las épocas el recién llegado siempre debió pagar derecho de piso y respondió al
prejuicio con el prejuicio. Los hijos de los coreanos ya asisten a nuestras
escuelas. Sus padres aprecian mucho las oportunidades educativas existentes
aquí, muy escasas en su patria. Es probable que en poco tiempo una nueva
generación de criollos de ojos rasgados aporte ejemplos útiles en la lucha
contra la discriminación, y su comunidad sea tan respetada como lo es hoy la
japonesa.
LAS CONDICIONES DE VIDA DE LOS
INMIGRANTES: Dado que
sus expectativas de acceder a la propiedad de la tierra se vieron frustradas por
su inexistencia, la mayoría de los inmigrantes terminaron estableciéndose en las
grandes ciudades como Buenos Aires, Córdoba o Rosario, en las cuales existía la
posibilidad de encontrar trabajo en los puertos, en la construcción de edificios
y desagües, o en algunos de los talleres industriales que comenzaron a
establecerse a fines del siglo XIX. En 1914, el 50% de la población de la ciudad
capital del país era extranjero. Las condiciones de de los inmigrantes eran muy
malas.
Las ciudades no contaban con la
infraestructura suficiente como para albergar a tanta gente, y ésta terminó
habitando en antiguas mansiones abandonadas por la epidemia de fiebre amarilla
de 1874, convirtiéndolas en
conventillos en los que se hacinaban varias familias por cuarto
Fuente Consultada: El Diario Intimo de un País - La nación