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Los
seres vivos, y en particular los vertebrados han desarrollado un conjunto de
medidas que sirven de protección frente a los microorganismos y, en general,
frente a toda estructura no reconocida como propia. Es el sistema inmunitario
(foto: linfoncito T)
En
nuestro ambiente se encuentran presentes una serie de agentes microbianos, como
los virus, las bacterias, los hongos y los parásitos. Éstos pueden producir
patologías que, sin un control por parte del organismo, pueden conducir a la
muerte. En el sistema inmunitario del hombre se pueden distinguir dos tipos de
inmunidades: la inmunidad innata y la adaptativa. La inmunidad innata actúa como
una primera barrera frente a los agentes infecciosos que, de esta manera, son
controlados sin llegar a provocar una infección. Si estas defensas iniciales no
son suficientes, se elaboran entonces una serie de respuestas específicas para
cada agente infeccioso. Las principales características de este sistema
adaptativo son la especificidad y la memoria que guarda el organismo frente a
este agente externo.
Respuestas inespecíficas
Entre
las defensas innatas se puede mencionar la piel, las mucosas y una serie de
ácidos y enzimas secretados por distintos órganos. La piel constituye, gracias a
su capa de queratina, una primera barrera difícil de superar siempre y cuando no
se produzca ninguna alteración en su estructura. Las mucosas están constituidas
por una serie de células que segregan unas sustancias mucilaginosas para actuar
de barrera defensiva. Los cilios, como las estructuras respiratorias, que crean
corrientes de aire para eliminar el polvo, el polen, etc. En el estómago se
secreta ácido clorhídrico para elevar el PH. En las lágrimas y en la saliva se
secreta además un enzima de potente acción inmunológica: la lisozirna.
La
segunda barrera que se encuentran los microorganismos después de la piel y las
mucosas son una serie de células, como son los macrófagos y los micrófagos de la
sangre y la linfa que conducen a la respuesta inflamatoria. Como consecuencia de
la presencia de una herida las células de la zona responden liberando un
derivado del aminoácido histidina, la histamina, que conlleva un aumento del
flujo sanguíneo en esa zona, una elevación de la temperatura o lo que se conoce
como inflamación. Ante la inflamación se van a movilizar los leucocitos o
glóbulos blancos que circulan por la sangre. Dentro de ellos se pueden citar a
los neutrófilos (el 60% de los leucocitos circulantes), que una vez localizada
la lesión atraviesan las paredes capilares y fagocitan o destruyen a los
microorganismos gracias a la liberación de múltiples enzimas hidrolfticas.
Otras
células fagocíticas son los leucocitos basófilos y eosinófilos. Los primeros
liberan histamina, para aumentar la respuesta inflamatoria y están además
relacionados con los procesos alérgicos; de los eosinófilos no se conoce con
exactitud su función, pero suelen estar presentes en infecciones ocasionadas por
parásitos internos.
Los
monocitos llegan a la zona infectada después de los neutrófilos y una vez allí
se convierten en macrófagos con propiedades ameboides y fagocíticas. Estos
monocitos se localizan en el bazo, en los ganglios linfáticos, en el hígado y en
los pulmones donde se encargan de la eliminación de los patógenos presentes en
estos órganos, que han conseguido superar las primeras barreras. El aumento de
la temperatura que se produce normalmente ante una infección tiene lugar como
consecuencia de la liberación por parte de los leucocitos de unas sustancias
denominadas piretógenos, que mediante este proceso dificultan el desarrollo
bacteriano en la infección.
El interferón
El
tejido conectivo, los leucocitos y los linfocitos 1 de los vertebrados son
capaces de producir una serie de glucoproteírias en respuesta a las infecciones
de los virus. Estas proteínas conocidas como interferones poseen la
particularidad de que no actúan directamente sobre la infección sino que su
misión consiste en activar el sistema inmunitario del organismo, en lo que se
considera como una respuesta semiespecífica.
Respuestas específicas
Las
respuestas inmunes específicas se dan en dos niveles: celular, en el que
participan los linfocitos B y T y humoral, que viene dada por proteínas en
disolución, llamadas inmunoglobulinas.
Dentro del sistema inmunitario humano se pueden distinguir los órganos
primarios, como son la médula ósea y el timo, zonas donde se originan las
células inmunitarias o linfocitos que pasarán luego a los órganos secundarios
del sistema linfoide para distribuirse por todo el organismo. En la médula ósea
se encuentran las células Stem, que dan lugar a los linfoblastos y
posteriormente a los linfocitos. Dentro de ellos se puede hablar de:
•
Linfocitos B. La maduración de los linfoblastos
para convertirse en linfocitos se produce en la misma médula ósea, y la letra B
corresponde con ¡a bolsa de Fabricio de las aves que fue el primer lugar donde
se localizaron. Los mamíferos carecen de esta bolsa y la maduración se produce
en el feto en el hígado así como en la médula.
•
Linfocitos T Denominados con la letra T porque la
maduración de los linfoblastos se produce en el timo. El timo en los mamíferos
está constituido por dos lóbulos, se localiza en el tórax, sobre el corazón y
los vasos sanguíneos mayores. Dentro de cada lóbulo se pueden distinguir una
corteza con las células linfoides o timocitos inmaduros y una médula interna
constituida por células maduras.
Los
linfocitos maduros se distribuyen posteriormente por los órganos linfoides
secundarios, como son el bazo —su acción es muy importante ante las infecciones
donde el patógeno se transporta por la sangre—, localizado en la porción
superior izquierda del abdomen, detrás del estómago; las amígdalas; los ganglios
linfáticos, el apéndice fecal, y las placas de Peyer del intestino, que
defienden a esta zona de los múltiples microorganismos que se encuentran en
nuestro aparato digestivo habitualmente. Los ganglios linfáticos se pueden
describir como unas estructuras de tejido esponjoso, constituidas en su mayor
parte por los linfocitos y los macrófagos y que actúan como filtros de los
patógenos transportados en la sangre y en la linfa. En este proceso la linfa
entra en el ganglio por los vasos aferentes y pasa a la cisterna linfática donde
recoge gran cantidad de células inmunitarias que serán luego transportadas por
el sistema linfático, una vez han abandonado este reservorio de linfocitos y
macrófagos a través de los vasos linfáticos eferentes.
La
respuesta humoral tiene como base la síntesis en los linfocitos B de unas
proteínas globulares de alto peso molecular: las inmunoglobulinas o anticuerpos.
Son grandes estructuras proteicas constituidas por ¡a asociación de dos cadenas
polipeptídicas ligeras o L y dos cadenas pesadas o H. Estas cadenas se mantienen
unidas gracias a la formación de enlaces o puentes disulfuro. Los llamados
dominios de unión, en los extremos amino de ambas cadenas, son las zonas donde
se reconoce y une el 1 patógeno o antígeno. Dentro del gran grupo de las
inmurioglobulinas se puede hablar de cinco subgrupos importantes: las lg M, G,
D, E y A. Las proteínas M, son de las primeras en actuar ante una infección y su
misión fundamental es la de activar a otro sistema de proteínas llamado sistema
de complemento y a los macrófagos. Las lgG constituyen el grupo de las
gammaglobulinas; son las principales proteínas presentes en suero y su misión es
la de activar el sistema de complemento; también tienen capacidad para unirse a
los macrófagos y a los leucocitos. Las lgo, se han localizado principalmente en
la superficie de los linfocitos B. Las lg E, se encuentran en los tejidos y
están relacionadas con la liberación de histamina y por tanto con tos procesos
de alergia. Por último, las lgA suponen la primera línea defensiva ante un
patógeno y se han localizado en todas las secreciones externas así como en
órganos tan importantes como ¡os pulmones y los intestinos.
El
modo de actuación de los anticuerpos consiste en recubrir al patógeno,
combinarse con él para impedir su desarrollo adecuado y, bien actuando en
solitario o con la colaboración del sistema de complemento, llevar a cabo
gracias a enzimas líticas y a la fagocitosis de otras células del sistema
inmune, la destrucción del agente extraño. Dentro de la respuesta humoral se
pueden distinguir una respuesta primaria, en la que actúan principalmente las
proteínas M, y una segunda respuesta más rápida y eficaz, ante el mismo
patógeno, gracias a la memoria del sistema inmune, donde las principales
protagonistas son las inmunoglobulinas G.
La
inmunología celular es la consecuencia de la acción conjunta de los linfocitos B
y los linfocitos T Los primeros actúan frente a virus, bacterias y las
sustancias que pueden producir estos microorganismos y los linfocitos T lo hacen
sobre ¡as células del organismo que han sido infectadas por diferentes agentes
patógenos. Estos linfocitos actúan gracias a la presencia en la superficie de
las células de los llamados receptores de las células T. Existen tres tipos de
linfocitos T, citotóxicos, auxiliares y supresores, y el proceso inmunitario es
el siguiente:
Los
linfocitos T citotóxicos reconocen las células que presentan en su superficie
una proteína vírica y se unen a ella. Tras esto, gracias a la liberación de
fuertes enzimas hidrolíticas, destruyen la célula infectada. Para favorecer la
eliminación total de dichas células estos linfocitos segregan unas sustancias,
las linfocinas, que permiten la actuación de los macrófagos.
Los linfocitos
auxiliares son necesarios para la activación de los linfocitos B. Como
consecuencia de la actuación de estos linfocitos, una vez que reconocen a los
antígenos presentes en las células de los macrófagos, liberan una sustancia
denominada interleucina 2, que provoca la activación de los linfocitos B, con la
consiguiente formación de anticuerpos, y la maduración y diferenciación de los
linfoncitos T citotóxicos. Los llamados linfoncitos T supresores, parecen estar
relacionados con la mitigación de la respuesta inmune que puede desarrollar el
organismo contra sus propias células .
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