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Tribunal de la Inquisición Española
La
Iglesia católica romana
Uno de los apóstoles, san Pedro
(llamado originalmente Simón o Simeón), organizó a los cristianos en la Iglesia
primitiva. Es decir, parece haberlo hecho. Los relatos históricos hablan poco de
la vida y las obras de Pedro. San Pablo, judío converso a quien se considera
también apóstol, predicó extensamente entre los gentiles (es decir, no judíos),
incluyendo a los romanos.
La Iglesia católica considera a
Pedro el primer obispo de Roma, y allí, según la leyenda, fue crucificado por
los romanos hacia el año 64 d.C. La Iglesia estableció su sede en Roma, donde
los sucesivos papas (de la palabra latina papa que significa padre) han sido
ungidos como los sucesores de Pedro y representantes de Dios en la tierra.
Convertirse en “la Iglesia”
Hasta la Reforma protestante la
Iglesia católica romana era simplemente la Iglesia, al menos en Europa. La
palabra católico significa universal o de gran alcance. La Iglesia católica
romana era la iglesia de todo el mundo.
La doctrina católica romana se
centra en una Santa Trinidad, en la que un dios toma la forma de tres personas
distintas:
Dios Padre, Dios Hijo (Jesús) y
Dios Espíritu Santo. Los católicos veneran también a la madre de Jesús, María, a
quien consideran virgen después de haber dado milagrosamente a luz. (Los santos
son seres humanos cuyas vidas ejemplares causan milagros divinos y cuya virtud,
confirmada por la Iglesia, los hace acreedores a la condición de santidad.)
Aunque varios emperadores romanos
persiguieron a los cristianos, Constantino el Grande dio media vuelta en el
siglo cuarto d.C., y no solamente ordenó tolerar el cristianismo sino que
convirtió a la Iglesia en una institución rica y poderosa.
Una fuerza unificadora
A la caída del Imperio Romano de
Occidente, en el siglo quinto d.C. la Iglesia permaneció siendo la principal
fuerza unificadora y civilizadora en Europa, llamada también la cristiandad.
Los reyes consideraban que su autoridad era un derecho concedido por el dios de
los cristianos. El papa era no sólo un líder espiritual sino también político.
León III (el futuro san León) coronó al rey franco Carlomagno como emperador de
Occidente (o emperador del Sacro Imperio Romano) en el año 800 d.C.
Cuando el pontífice Urbano II hizo
un llamado para la liberación de los Santos Lugares (el Israel actual) del
dominio turco, su poder y prestigio impulsaron las Cruzadas en 1095.
Enfrentar disidencias y abandonos
Sin embargo, no todo el mundo
estaba de acuerdo sobre si el rey respondía directamente ante Dios o ante el
Papa, y esto produjo luchas de poder que duraron siglos. En la Inglaterra del
siglo doce este desacuerdo causó el asesinato del arzobispo de Canterbury, a
manos de los soldados de Enrique II, lo que fue un desastre de relaciones
públicas para el rey. Enrique negó haber ordenado el hecho, pero se había
quejado del arzobispo, Thomas Becket, quien había sido antes su canciller, y
había manifestado en voz alta su deseo de verse librado de tan “turbulento
clérigo”.
A veces surgían disputas acerca de
quién era el verdadero papa. Cuando Federico 1, emperador del Sacro Imperio
Romano, estuvo en desacuerdo con la elección de Orlando Bandínelli como el papa
Alejandro III, ocurrida en 1159, simplemente decidió nombrar por su cuenta, uno
tras otro, a sus propios candidatos, que recibieron el nombre de antipapas.
Víctor IV, Pascal III, Calixto IV e Inocencio III se llamaron a sí mismos papas,
pero Roma replicaba: “Vaya! ¡Ninguno de ustedes es el verdadero papa!”
Las luchas de poder entre la
Iglesia y los gobernantes nacionales causaron la Reforma protestante del siglo
dieciséis
La Reforma produjo contiendas
militares entre protestantes y católicos, la mayor de las cuales fue la guerra
de los treinta años. Esta contienda comenzó en 1618, cuando los protestantes de
Bohemia, región que formaba parte del Sacro Imperio Romano, trataron de nombrar
un rey protestante. España se lanzó a la guerra, del lado católico, y como
demostración de que las guerras religiosas suelen ocurrir por causas ajenas a la
religión, la católica Francia se alió con los protestantes. (Los franceses
estaban inquietos por el hecho de que los Habsburgo, familia católica que
gobernaba España y el Sacro Imperio Romano, se estaba volviendo demasiado
poderosa.)
Algunos conflictos entre
protestantes y católicos, pero sólo de nombre, habrían de estallar mucho tiempo
después. Uno particularmente enconado se centra en la disyuntiva de si Irlanda
del Norte, en donde la mayoría de la población es protestante, debe seguir
formando parte de la Gran Bretaña o unirse a la democrática y católica República
de Irlanda.
Puesta en marcha de la Inquisición
Antes de que el clérigo alemán
Martín Lutero desencadenara la Reforma protestante en 1517, ciertos funcionarios
eclesiásticos intentaron abordar el problema de la percepción extendida y
creciente de muchos europeos acerca de la corrupción, indolencia y arrogancia de
sacerdotes y monjes. Algunos cardenales y obispos trataron de expulsar a los
clérigos de conducta impropia. Estos ensayos reformistas tuvieron poco éxito,
excepto en España, país que, al enfrentar desafíos diferentes de los de gran
parte de Europa, produjo una solución extremista.
Los moros, que eran musulmanes,
gobernaron España durante siglos. Los cristianos tomaron el último reino
musulmán de la península en 1492, el mismo año en que Colón se hizo a la vela.
Muchos judíos vivían también en España. Y como los moros eran más tolerantes que
los cristianos europeos hacia los judíos, éstos preferían vivir en las regiones
dominadas por los musulmanes.
Al perder los moros el poder,
judíos y musulmanes quedaron paralizados. Podían salir del país, convertirse al
cristianismo o, posiblemente, ser asesinados. Muchos se convirtieron, pero eran
cuando mucho cristianos tibios: odiaban a la Iglesia y a todo lo que
simbolizaba, y practicaban en secreto sus religiones.
Los cristianos españoles temían
que estos cristianos nuevos se rebelaran si los moros de África del norte o los
turcos musulmanes del oriente atacaban. Por su parte, la jerarquía eclesiástica
temía que el resentimiento de los cristianos nuevos minara la autoridad de los
sacerdotes.
Para aliviar estas inquietudes,
los monarcas Fernando e Isabel pusieron en marcha la Inquisición española,
campaña para detectar, exponer y castigar la herejía.
La
Inquisición ganó bien su reputación de minuciosidad, imparcialidad (nobles,
religiosos y gente del común eran todos vulnerables) y abominable crueldad.
Operaba en secreto, empleando informadores anónimos y efectuando arrestos
nocturnos, y recurría al confinamiento solitario y a la tortura para arrancar
las confesiones.
La sentencia era pública, sin
embargo, y tenía lugar en una llamativa ceremonia llamada auto da fe, en la cual
los prisioneros aparecían vestidos con una túnica especial denominada sambenito.
Las penas iban desde multas y azotes hasta el trabajo forzado como remero en una
galera y la muerte por el fuego.
Tales tácticas y castigos no eran
inusitados en ese tiempo, y de hecho la Inquisición era menos cruel que muchas
cortes civiles: prohibía la tortura que produjera daño físico permanente y
requería la presencia de un médico; los condenados a la hoguera debían morir
primero, casi siempre por estrangulación.
Con todo, la institución era
temible. Los marineros extranjeros tenían pavor de un arresto en España por
piratería o contrabando, pues estaban seguros de que terminarían en manos de la
Inquisición, y difundían historias sobre sus horrores.
Simultáneamente, la Iglesia
española se volvió más rigurosa. Sacerdotes y monjes indolentes y corruptos
fueron expulsados. Así que cuando las ideas de la Reforma protestante llegaron a
España, no encontraron tierra fértil. La Inquisición se encargó de aquéllos
pocos tentados por el protestantismo. Y sólo para asegurarse, mantuvo alejadas
las ideas que consideraba peligrosas mediante la proscripción de libros y la
prohibición, para los españoles, de estudiar en universidades extranjeras. El
asunto funcionó y las ideas calvinistas y luteranas no encontraron eco en la
península ibérica.
Se
mantiene la continuidad
La Iglesia permaneció siendo una
importante influencia civil en las naciones firmemente católicas y sus
territorios, durante el siglo dieciséis, y en la actualidad continúa teniendo
poder en muchos países. Los sacerdotes, que figuraron entre los primeros
españoles presentes en muchas regiones del Nuevo Mundo , construyeron misiones y
convirtieron a los nativos, con lo cual el catolicismo se convirtió en la
religión mayoritaria de gran parte de Latinoamérica.
La Iglesia católica sigue
ejerciendo influencia política. Sus normas influyen desde hace tiempo sobre las
leyes civiles, especialmente en lo referente a problemas de orden moral como el
divorcio y el control natal, en países católicos como Italia e Irlanda.
Algunas conductas en los asuntos
políticos son contrarias a la política del Vaticano. En el siglo veinte, la
Iglesia católica romana censuró a los clérigos latinoamericanos que predicaban
la teología de la liberación y participaban en movimientos políticos populares.
Como Actuaban?:
Los inquisidores se establecían
por un periodo definido de semanas o meses en alguna plaza central, desde donde
promulgaban órdenes solicitando que todo culpable de herejía se presentara por
propia iniciativa. Los inquisidores podían entablar pleito contra cualquier
persona sospechosa. A quienes se presentaban por propia voluntad y confesaban su
herejía, se les imponía penas menores que a los que había que juzgar y condenar.
Se concedía un periodo de gracia de un mes más o menos para realizar esta
confesión espontánea; el verdadero proceso comenzaba después.
Si los inquisidores decidían
procesar a una persona sospechosa de herejía, el prelado del sospechoso
publicaba el requerimiento judicial. La policía inquisitorial buscaba a aquellos
que se negaban a obedecer los requerimientos, y no se les concedía derecho de
asilo. Los acusados recibían una declaración de cargos contra ellos. Durante
algunos años se ocultó el nombre de los acusadores, pero el papa Bonifacio VIII
abrogó esta práctica. Los acusados estaban obligados bajo juramento a responder
de todos los cargos que existían contra ellos, convirtiéndose así en sus propios
acusadores. El testimonio de dos testigos se consideraba por lo general prueba
de culpabilidad.
Los inquisidores contaban con una
especie de consejo, formado por clérigos y laicos, para que les ayudaran a
dictar un veredicto. Les estaba permitido encarcelar testigos sobre los que
recayera la sospecha de que estaban mintiendo. En 1252 el papa Inocencio IV,
bajo la influencia del renacimiento del Derecho romano, autorizó la práctica de
la tortura para extraer la verdad de los sospechosos. Hasta entonces este
procedimiento había sido ajeno a la tradición canónica.
Los castigos y sentencias para los
que confesaban o eran declarados culpables se pronunciaban al mismo tiempo en
una ceremonia pública al final de todo el proceso. Era el sermo generalis o auto
de fe. Los castigos podían consistir en una peregrinación, un suplicio público,
una multa o cargar con una cruz. Las dos lengüetas de tela roja cosidas en el
exterior de la ropa señalaban a los que habían hecho falsas acusaciones. En los
casos más graves las penas eran la confiscación de propiedades o el
encarcelamiento. La pena más severa que los inquisidores podían imponer era la
de prisión perpetua. De esta forma la entrega por los inquisidores de un reo a
las autoridades civiles, equivalía a solicitar la ejecución de esa persona.
Aunque en sus comienzos la
Inquisición dedicó más atención a los albigenses y en menor grado a los
valdenses, sus actividades se ampliaron a otros grupos heterodoxos, como la
Hermandad, y más tarde a los llamados brujas y adivinos. Una vez que los
albigenses estuvieron bajo control, la actividad de la Inquisición disminuyó, y
a finales del siglo XIV y durante el siglo XV se supo poco de ella. Sin embargo,
a finales de la edad media los príncipes seculares utilizaron modelos represivos
que respondían a los de la Inquisición.
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