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Chin Shi Huang, Primer
Emperador de China:
China se llama China por Chin Shi Huang, que fue su primer emperador.
El
fundó a sangre y fuego la nación, hasta entonces despedazada en reinos
enemigos, le impuso una lengua común y un común sistema de pesas y medidas,
y creo una moneda nacional única, hecha de bronce con un agujerito en el
centro. Y para proteger sus dominios alzó la Gran Muralla, una infinita
cresta de piedra que atraviesa el mapa y sigue siendo, dos mil doscientos
años después, la defensa militar más visitada del mundo.
Pero estas minucias nunca le quitaron el sueño. La obra de su vida fue su
muerte: su sepultura, su palacio de después. Comenzó la construcción el día
que se sentó en el trono, a los trece años de su edad, y año tras año el
mausoleo fue creciendo, hasta ser más grande que una ciudad. También creció
el ejército que iba a custodiarlo, más de siete mil jinetes y soldados de
infantería, con sus uniformes del color de la sangre y sus negras corazas.
Esos guerreros de barro, que ahora asombran al mundo, habían sido modelados
por los mejores escultores. Nacían a salvo de la vejez y eran incapaces de
traición.
El monumento funerario era trabajo de presos, que extenuados morían y eran
arrojados al desierto. El emperador dirigía la obra hasta en los más mínimos
detalles y exigía más y más. Estaba muy apurado. Varias veces sus enemigos
habían intentado matarlo, y él tenía pánico de morir sin sepultura. Viajaba
disfrazado, y cada noche dormía en un lugar diferente.
Y
llegó el día en que la colosal tarea terminó. El ejército estaba completo.
El gigantesco mausoleo también, y era una obra maestra. Cualquier cambio
ofendería su perfección.
Entonces, cuando el emperador estaba por cumplir medio siglo de vida, vino
la muerte a buscarlo y se dejó llevar.
El gran teatro estaba listo, el telón se alzaba, la función comenzaba. Él no
podía faltar a la cita. Ésa era una ópera para una sola voz.
ALEJANDRO MAGNO:
Demóstenes se burlaba:
—Este jovencito quiere que le levantemos altares. Y bueno. Vamos a hacerle
el gusto.
El jovencito era Alejandro Magno. Se decía pariente de Heracles y de
Aquiles. Se hacía llamar el dios invencible. Había sido herido ocho veces y
seguía conquistando mundo.
Había empezado coronándose rey de Macedonia después de matar a toda su
parentela y, queriendo coronarse rey de todo lo demás, vivió en guerra
continua los pocos años de su vida.
Su caballo negro rompía el viento. Él era siempre el primero en atacar,
espada en mano, penacho de blancas plumas, como si cada batalla fuera un
asunto personal:
—Yo no robo la victoria —decía.
Y muy bien recordaba la gran lección de Aristóteles, su maestro:
—La humanidad se divide entre los que nacen para mandar y los que nacen para
obedecer.
Con mano dura apagaba las rebeliones, crucificaba o lapidaba a los
desobedientes, pero era un raro conquistador que respetaba las costumbres de
sus conquistados y hasta se daba el lujo de aprenderlas. Nacido para ser el
mandamás, el rey de reyes, invadió tierras y mares desde los Balcanes hasta
la India, pasando por Persia y Egipto y todo lo que encontró, y en todas
partes sembró matrimonios. Su astuta idea de casar a los soldados griegos
con mujeres del lugar fue una desagradable novedad para Atenas, donde cayó
muy mal, pero consolidó el prestigio y el poder de Alejandro en su nuevo
mapa del mundo.
Efestion lo acompañó siempre en el andar y el guerrear. Fue su brazo derecho
en los campos de batalla y su amante en las noches de celebración. Junto con
él y sus miles de jinetes imparables, largas lanzas, flechas de fuego, fundó
siete ciudades, las siete Alejandrías, y parecía que eso no iba a
terminar nunca.
Cuando Efestion murió, Alejandro bebió a solas el vino que habían compartido
y al amanecer, borracho, mandó alzar una inmensa hoguera que quemara el
cielo y prohibió la música en todo el imperio.
Y poco después también él murió, a los treinta y tres años de su edad, sin
haber conquistado todos los reinos que en el mundo eran.
HOMERO: No había nada ni nadie. Ni
fantasmas había. No más que piedras mudas, y alguna que otra oveja buscando
pasto entre las ruinas.
Pero el poeta ciego supo ver, allí, la gran ciudad que ya no era. La vio
rodeada de murallas, alzada en la colina sobre la bahía; y escuchó los
alaridos y los truenos de la guerra que la había arrasado.
Y la cantó. Fue la refundación de Troya. Troya nació de nuevo, parida por
las palabras de Homero, cuatro siglos y medio después de su exterminio. Y la
guerra de Troya, condenada al olvido, pasó a ser la más famosa de todas las
guerras.
Los historiadores dicen que ésa fue una guerra comercial. Los troyanos
habían cerrado el paso hacia el mar Negro, y lo cobraban caro. Los griegos
aniquilaron Troya para abrirse camino al Oriente por el estrecho de los
Dardanelos. Pero comerciales fueron todas, o casi todas, las guerras que en
el mundo han sido. ¿Por qué habría de hacerse digna de memoria una guerra
tan poco original?
Las piedras de Troya iban a convertirse en arena y nada más que arena,
cumpliendo su destino natural, cuando Homero las vio y las escuchó.
Lo que él cantó, ¿fue pura imaginación?
¿Fue obra de fantasía esa escuadra de mil doscientas naves lanzadas al
rescate de Helena, la reina nacida de un huevo de cisne?
¿Inventó Homero eso de que Aquiles arrastró a su vencido Héctor, atado a un
carro de caballos, y le dio varias vueltas alrededor de las murallas de la
ciudad sitiada?
Y la historia de Afrodita envolviendo a Paris en un manto de niebla mágica
cuando lo vio perdido, ¿no habrá sido delirio o borrachera?
¿Y Apolo guiando la flecha mortal hacía el talán de Aquiles?
¿Habrá sido Odiseo, alias Ulises, el creador del inmenso caballo de madera
que engañó a los troyanos?
¿Qué tiene de verdad el final de Agamenón, el vencedor, que regresó de esa
guerra de diez años para que su mujer lo asesinara en el baño?
Esas mujeres y esos hombres, y esas diosas y esos dioses que tanto se nos
parecen, celosos, vengativos, traidores, ¿existieron?
Quién sabe si existieron.
Lo único seguro es que existen.
ASPASIA: En tiempos de Pendes, Aspasia
fue la mujer más famosa de Atenas.
Lo que también se podría decir de otra manera: en tiempos de Aspasia, Pendes
fue el hombre más famoso de Atenas.
Sus enemigos no le perdonaban que fuera mujer y extranjera, y por agregarle
defectos le atribuían un pasado inconfesable y decían que la escuela de
retórica, que ella dirigía, era un criadero de jovencitas fáciles.
Ellos la acusaron de despreciar a los dioses, ofensa que podía ser pagada
con la muerte.
Ante un tribunal de mil quinientos hombres, Pendes la defendió. Aspasia fue
absuelta, aunque en su discurso de tres horas, Pendes olvidó decir que ella
no despreciaba a los dioses pero creía que los dioses nos desprecian y
arruinan nuestras efímeras felicidades humanas.
Por entonces, ya Pendes había echado a su esposa de su lecho y de su casa y
vivía con Aspasia. Y por defender los derechos del hijo que con ella tuvo,
había violado una ley que él mismo había dictado.
Por escuchar a Aspasia, Sócrates interrumpía sus clases. Anaxágoras citaba
sus opiniones.
—Qué arte o poder tenía esta mujer para dominar a los políticos más
eminentes y para inspirar a los filósofos? —se preguntó Plutarco.
JULIO CÉSAR: Lo llamaban el calvo
putañero, decían que era el marido de todas las mujeres y la mujer de todos
los maridos.
Fuentes bien informadas aseguraban que había estado encerrado varios meses
en el dormitorio de Cleopatra, sin asomar la nariz.
Con ella, su trofeo, regresó a Roma desde Alejandría. Y coronando sus
campañas victoriosas en Europa y en África, rindió homenaje a su propia
gloria mandando al muere a una multitud de gladiadores y exhibiendo jirafas
y otras rarezas que Cleopatra le había regalado.
Y
Roma lo vistió de púrpura, la única toga de ese color en todo el imperio, y
ciñó su frente con corona de laurel, y Virgilio, el poeta oficial, cantó a
su estirpe divina, que venía de Eneas, Marte y Venus.
Y poco después, desde la cumbre de las cumbres, se proclamó dictador
vitalicio y anunció reformas que amenazaban los intocables privilegios de su
propia clase.
Y los suyos, los patricios, decidieron que más vale prevenir que curar.
Y el todopoderoso, marcado para morir, fue rodeado por sus íntimos y su
bienamado Marco Bruto, que quizás era su hijo, lo estrujó en el primer
abrazo y en la espalda le clavó la primera puñalada.
Y otros puñales lo acribillaron y se alzaron, rojos, al cielo.
MARCO POLO: Estaba preso, en Génova,
cuando dictó su libro de viajes. Sus compañeros de cárcel le creían todo.
Cuando escuchaban las aventuras de Marco Polo, veintisiete años de viajes
por los caminos de Oriente, todos los presos se escapaban y viajaban con él.
Tres años después, el prisionero veneciano publicó su libro. Publicó es un
decir, porque la imprenta no existía en Europa. Circularon algunas copias,
hechas a mano. Los pocos lectores que Marco Polo encontró no le creyeron ni
una palabra.
Alucinaba el mercader: ¿así que las copas de vino se alzaban en el aire sin
que nadie las tocara, y llegaban a los labios del gran Kan? ¿Así que había
mercados donde un melón de Afganistán era el precio de una mujer? Los más
piadosos dijeron que no estaba bien de la cabeza.
En el mar Caspio, camino del monte Ararat, este delirante había visto
aceites que ardían, y había visto rocas que ardían en las montañas de China.
Sonaba por lo menos ridículo eso de que los Chinos tenían dinero de papel,
billetes sellados por el emperador mongol, y barcos donde navegaban más de
mil personas.
Sólo Carcajadas merecían el unicornio de Sumatra y las arenas cantoras del
desierto de Gobi, y eran simplemente inverosímiles esas telas que se
burlaban del fuego en los poblados que Marco Polo había encontrado más allá
de Takjinakán
Siglos después, se supo:
los aceites que ardían eran petróleo;
las piedras que ardían, carbón;
los chinos usaban papel moneda desde hacía quinientos años y sus buques,
diez veces más grandes que los buques europeos, tenían huertas que daban
verduras frescas a los marineros y les evitaban el escorbuto;
el unicornio era el rinoceronte;
el viento hacía sonar las cumbres de los médanos en el desierto;
y eran de amianto las telas resistentes al fuego.
En tiempos de Marco Polo, Europa no Conocía el petróleo, ni el Carbón, ni el
papel moneda, ni los grandes buques, ni el rinoceronte, ni las altas dunas,
ni el amianto.
TOMAS MORO: A Tomás Moro sí lo
entendieron, y quizás eso le costó la vida. En 1535, Enrique VIII, el rey
glotón, exhibió su cabeza en una pica alzada sobre el río Támesis.
Veinte años antes, el decapitado había escrito un libro que contaba las
costumbres de una isla llamada Utopía, donde la propiedad era común, el
dinero no existía y no había pobreza ni riqueza.
Por boca de su personaje, un viajero regresado de América, Tomás Moro
expresaba sus propias, peligrosas, ideas:
* Sobre las guerras: Los ladrones son a veces
galantes soldados, los soldados suelen ser valientes ladrones. Las dos
profesiones tienen mucho en común.
*
Sobre el robo: Ningún castigo, por severo que
sea, impedirá que la gente robe si ése es su único medio de conseguir
comida.
*
Sobre la pena de muerte: Me parece muy injusto
robar la vida de un hombre porque él ha robado algún dinero. Nada en el
mundo tiene tanto valor como la vida humana. La justicia extrema es una
extrema injuria. Ustedes fabrican a los ladrones y después los castigan.
*
Sobre el dinero: Tan fácil sería satisfacer las
necesidades de la vida de todos, si esta sagrada cosa llamada dinero, que se
supone inventada para remediarlas, no fuera realmente lo único que lo
impide.
*
Sobre la propiedad privada: Hasta que no
desaparezca la propiedad, no habrá una justa ni igualitaria distribución de
las cotando el retrato del nuevo monarca. Pero el artista y el rey se
detestaban.
GOYA: El rey sospechaba, con toda razón,
que era mentirosamente amable esa pintura cortesana. El artista no tenía más
remedio que cumplir con su trabajo ganapán, que le daba de comer y le
brindaba una buena armadura contra los embates de la Santa Inquisición. Al
Tribunal de Dios no le faltaban ganas de quemar vivo al autor de La mala
desnuda y de numerosas obras que hacían mofa de la virtud de los frailes y
de la bravura
de los guerreros.
El rey tenía el poder y el artista no tenía nada. Fernando había llegado al
trono para restablecer la lnquisición y tos privilegios del señorío, en
andas de una multitud que lo aclamaba gritando:
—Vivan las cadenas!
A la corta, más que a la larga, Goya perdió su puesto de pintor del rey, y
fue sustituido por Vicente López, obediente burócrata del pincel.
Entonces el artista desempleado buscó refugio en una quinta, a orillas del
río Manzanares, y en esas paredes nacieron las obras maestras de la llamada
pintura negra.
Goya las pintó para él, por su puro gusto o disgusto, en las noches de
soledad y desesperación, a la luz de las velas que erizaban su sombrero.
Y así este sordo de absoluta sordera fue capaz de escuchar las voces rotas
de su tiempo, y les dio forma y color.
OSCAR WILDE: El lord chambelán del reino
británico era bastante más que un camarero. Entre otras cosas, tenía a su
cargo la censura del teatro. Con ayuda de sus expertos, decidía qué obras
debían ser cortadas o prohibidas para proteger al público contra los riesgos
de la inmoralidad.
En 1892, Sarah Bernhardt anunció que una nueva obra de Oscar Wilde,
«Salomé», iba a inaugurar su temporada en Londres.
Dos semanas antes del estreno, la obra fue prohibida.
Nadie protestó, salvo el autor. Wilde recordó que él era un irlandés
viviendo en una nación de tartufos, pero los ingleses le festejaron el
chiste. Este panzón ingenioso, que llevaba una flor blanca en el ojal y en
la lengua una navaja, era él personaje más venerado en los teatros y en los
salones de Londres.
Wilde se burlaba de todos, y también de sí mismo:
—Yo puedo resistir todo, menos la tentación —decía.
Y una noche compartió su lecho con el hijo del marqués de Queensberry,
fascinado por su belleza lánguida, misteriosamente juvenil y a la vez
crepuscular; y ésa fue la primera noche de otras noches. El marqués se
enteró, y le declaró la guerra. Y la ganó.
Al cabo de tres procesos humillantes, que ofrecieron cotidianos banquetes a
la prensa y desataron la indignación de los ciudadanos contra este corruptor
de costumbres, el jurado lo condenó, por haber cometido actos de grosera
indecencia con los jovencitos que tuvieron el placer de denunciarlo.
ROSA DE LUXEMBURGO: Nació en Polonia,
vivió en Alemania. A la revolución social consagró su vida, hasta que cayó
asesinada. A principios de 1919, los ángeles guardianes del capitalismo
alemán le partieron el cráneo a golpes de culata de fusil.
Poco antes, Rosa Luxemburgo había escrito un artículo sobre los primeros
pasos de la revolución rusa. El artículo, nacido en la cárcel alemana donde
estaba presa, se oponía al divorcio del socialismo y la democracia.
*
Sobre la nueva democracia: La democracia socialista no es algo que empieza
en la tierra prometida sólo cuando han sido echados los fundamentos de la
economía socialista. No llega como una especie de regalo de Navidad para la
gente que la merece por haber soportado, en el ínterin, a un puñado de
dictadores socialistas. La democracia socialista empieza simultáneamente con
el comienzo de la destrucción de la clase dominante y de la construcción del
socialismo.
*
Sobre la energía del pueblo: El remedio que han encontrado Trotski y Lenin,
la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se
proponen curar, porque tapona la única fuente de corrección de todas las
limitaciones de las instituciones sociales. Esa fuente es la activa,
irrestricta, energizante vida política de las más amplias masas del pueblo.
*
Sobre el control público: El control público es indispensablemente
necesario. Cuando no existe, el intercambio de experiencias se reduce al
cerrado círculo de los dirigentes del nuevo régimen. La corrupción resulta
inevitable.
*
Sobre la libertad: La libertad sólo para los partidarios del gobierno, sólo
para los miembros de un partido, por numeroso que sea, no es libertad. La
libertad es siempre y exclusivamente libertad para quien opina diferente.
*
Sobre la dictadura burocrática: Sin elecciones generales, sin irrestricta
libertad de prensa y libertad de reunión, sin un libre debate de opiniones,
la vida muere en las instituciones públicas, se convierte en una caricatura
de vida donde sólo la burocracia es elemento activo.
La vida pública cae gradualmente dormida, y unos pocos líderes del partido,
dotados de incansable energía y de ilimitada experiencia, gobiernan y
mandan.
Entre ellos, no más que una docena de cabezas dirigen realmente, y una
minoría selecta de la clase trabajadora es invitada, de tiempo en tiempo, a
reuniones donde aplaude los discursos de los líderes y aprueba las
resoluciones por unanimidad.
EL "DR. MENGELE": Por razones de
higiene, a la entrada de las cámaras de gas había rejillas de hierro. Ahí
los
funcionarios limpiaban el barro de sus botas.
Los condenados, en cambio, entraban descalzos. Entraban por la puerta y
salían por las chimeneas, después de ser despojados de los dientes de oro,
la grasa, el pelo y todo lo que pudiera tener valor.
En Auschwitz, el doctor Josef Mengele hacía sus experimentos como otros
sabios nazis, él soñaba con criaderos capaces de generar la súper raza del
futuro. Para estudiar y evitar las taras hereditarias, trabajaba con moscas
de cuatro alas, ratones sin patas, enanos y judíos. Pero nada excitaba tanto
su pasión científica como los niños gemelos.
Mengele repartía chocolatines y afectuosas palmadas entre sus cobayos
infantiles, aunque en la mayoría de los casos no resultaron útiles al
progreso de la Ciencia.
Intentó convertir a algunos gemelos en hermanos siameses, y les abrió las
espaldas para conectarles las venas: murieron despegados y aullando de
dolor.
A
Otros trató de cambiarles el sexo: murieron mutilados.
A otros les operó las cuerdas vocales, para cambiarles la voz: murieron
mudos.
Para embellecer la especie, inyectó tintura azul en gemelos de Ojos Oscuros:
murieron ciegos.
Prohibido ser ineficiente
El
hogar estaba pegado a la fábrica. Desde la ventana del dormitorio, se veían
las chimeneas.
El director regresaba a casa cada mediodía, se sentaba junto a su mujer y
sus cinco hijos, rezaba el Padrenuestro, almorzaba y después recorría el
jardín, los árboles, las flores, las gallinas y los pájaros cantores, pero
ni por un instante perdía de vista la buena marcha de la producción
industrial.
Era el primero en llegar a la fábrica y el último en irse. Respetado y
temido, aparecía a cualquier hora, sin aviso, en cualquier parte.
No soportaba el desperdicio de recursos. Los costos altos y productividad
baja le amargaban la vida. Le daban náuseas la falta de higiene y el
desorden. Podía perdonar cualquier pecado. La no Eficiencia, no.
Fue él quien sustituyó el ácido sulfúrico y el monóxido de carbono por el
fulminante gas Zyklon B, fue él quien creó hornos crematorios diez veces más
productivos que los hornos de Treblinka, fue’ él quien logró producir
la mayor cantidad de muerte en el meritorio tiempo y fue él quien creó el
mejor centro de exterminio de toda la historia de la humanidad.
En 1947, Rudolf Hóss fue ahorcado en Auschwitz, el campo lo concentración
que él había construido y dirigido, entre los árboles en flor a los que
había dedicado algunos poemas.
Fundación de los Campos de Concentración
Cuando
Namibia conquistó la independencia, en 1990, se siguió llamando Goering la
principal avenida de su capital. No por Hermann, el célebre jefe nazi, sino
en homenaje a su papá, Heinrich Goering, que fue uno de los autores del
primer genocidio del siglo veinte.
Aquel Goering, representante del imperio alemán en ese país africano, había
tenido la bondad de confirmar, en 1904, la orden de exterminio dictada por
el general Lothar von Trotta.
Los hereros, negros pastores, se habían alzado en rebelión. El poder
colonial los expulsó a todos, y advirtió que mataría a los hereros que
encontrara en Namibia, hombres, mujeres o niños, armados o desarmados.
De cada cuatro hereros, murieron tres. Los abatieron los cañones o los soles
del desierto adonde fueron arrojados.
Los sobrevivientes de la carnicería fueron a parar a los campos de
concentración, que Goering programó. Entonces, el canciller Von Bülow tuvo
el honor de pronunciar por primera vez la palabra Konzentrationslager.
Los campos, inspirados en el antecedente británico de África del Sur,
combinaban el encierro, el trabajo forzado y la experimentación científica.
Los prisioneros, que extenuaban la vida en las minas de oro y diamantes,
eran también cobayos humanos para la investigación de las razas inferiores.
En esos laboratorios trabajaban Theodor Moilison y Eugen Fischer, que fueron
maestros de Joseph Mengele.
Mengele pudo desarrollar sus enseñanzas a partir de 1933. Ese año, Goering
hijo fundó los primeros campos de concentración en Alemania, siguiendo el
modelo que su papá había ensayado en África.
Fuente Consultada: Espejos de Eduardo Galeano
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