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Este
tratado dio origen al bloque conformado por los Estados Unidos, el Canadá y
México, y entró en funciones en 1994. En este caso, México —país en desarrollo—
se une a dos Estados desarrollados, y este rasgo lo coloca en una situación
especial respecto del resto de los países de América latina. Por ejemplo, el
Canadá y los Estados Unidos tienen un 74% de la población económicamente activa
(PEA) ocupada en el sector de servicios y un 23% en la industria; México, en
cambio, cuenta con un 54% de su PEA en servicios y un 24% en actividades
primarias.

La
proximidad geográfica ya había llevado a políticas de integración comercial que,
finalmente, se oficializaron con el Tratado. Éste establece únicamente la libre
circulación de bienes y no la de las personas, como en los casos anteriores.
Esta característica acentúa los reparos de los Estados Unidos a la integración
de la población y la cultura latina. La intolerancia que existe en muchos de sus
estados hacia las minorías étnicas potencia la medida del TLC sobre las
restricciones a los trabajadores. Así, por ejemplo, quienes trabajan en las
maquiladoras son mexicanos que perciben salarios relativamente bajos de los
cuales se benefician los Estados Unidos.
El proyecto “Área de Libre
Comercio de las Américas”
En
1994 el gobierno estadounidense lanzó el proyecto de una zona de libre comercio
de las Américas, con el objetivo de suprimirlas aduanas y los aranceles en todo
el continente hacia el 2005.
Las
posturas acerca de este tipo de integración están muy divididas. La visión
crítica sostiene que se trata de una estrategia de los Estados Unidos para tener
bajo su control un mercado continental; además, se señala que la integración
está impulsada por los grupos económicos y las empresas transnacionales antes
que por los intereses nacionales de los treinta y cuatro países participantes.
La
visión a favor está representada por los grandes grupos empresarios y los
gobernantes de los países participantes, que ven una opción viable para ampliar
el comercio continental sin ningún tipo de traba. Los mandatarios de América
latina, el Canadá y los Estados Unidos ven el ALCA como una vía adecuada para
garantizar el funcionamiento de la democracia de la mano de la integración
económica. Cuba está excluida del proyecto. 
El
proyecto del ALCA apunta a generalizar las normas del Tratado de Libre Comercio
(TLC) en todo el continente. El proyecto contempla la integración en un conjunto
de temas: educación, democracia, pobreza, derechos de las personas e integración
económica. Pero, de hecho, se centra en esta última área, para favorecer las
privatizaciones y desregulaciones que beneficien a las multinacionales. Los
Estados Unidos se reservarían el derecho de bloquear la entrada de productos
agrícolas provenientes del sur por medio de leyes “antidumping”.
La
aplicación de políticas neoliberales con el supuesto fin de sacar a América
latina del subdesarrollo ya lleva dos décadas, pero más del 36% de los hogares
latinoamericanos viven en la pobreza a comienzos del año 2000. El peso de las
economías en el PBI total del ALCA es marcadamente desigual: los Estados Unidos,
el Brasil, el Canadá y México acaparan respectivamente el 75,5%; 6,7%; 5,3% y
3,9%; los treinta y un países restantes, el 8,4%. Economías como las de
Nicaragua o Haití, el 0,002% y el 0,003% del PBI del continente.
Así,
los efectos que tendría la integración en los país ningún fondo de desarrollo ni
red de seguridad alguna resulta preocupante En los treinta y cinco países de
América, incluida Cuba, surgieron organizaciones de oposición al ALCA, muchas de
las cuales representan a trabajadores, asociaciones a ambientales, feministas,
campesinos, comunidades autóctonas. En general, reclaman una mayor participación
de los ciudadanos y las ciudadanas del continente en la formulación y la
ejecución de políticas sociales y económicas.
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