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Henry Ford y la revolución del
automóvil: La mayor revolución
tecnológica de principios del siglo XX fue quizás la del transporte. Es
interesante señalar que esta revolución no fue tanto el resultado de los avances
tecnológicos como de unos procesos de fabricación especialmente eficaces. En
1900 el automóvil había alcanzado ya la mayoría de edad, en el sentido de que
los elementos básicos de la tecnología automotriz del siglo XX estaban ya
establecidos.
Sin
embargo, en todo el mundo había apenas unos pocos miles de automóviles. El
caballo seguía dominando los caminos. El espectacular cambio se produjo en 1908,
cuando el fabricante norteamericano de automóviles Henry Ford lanzó su famoso
«modelo T». Al principio las ventas fueron modestas, apenas 1.700 unidades en
los primeros 15 meses, pero en 1916 habían alcanzado un ritmo anual de 250.000
unidades vendidas y el precio original, de 850 dólares, había descendido
sustancialmente. En 1927, cuando se abandonó su producción, se habían vendido
por lo menos 15 millones de estos notables coches. En diez años, el automóvil
había llegado a las masas, aunque más en Estados Unidos que en el resto del
mundo.
Henry
Ford nació en Dearborn, en el estado norteamericano de Michigan, en 1863, y en
su juventud se dedicó a la reparación e instalación de maquinaria agrícola. En
una época estuvo interesado en fabricar un tractor barato. Sin embargo, en 1890
abandonó este proyecto para dedicarse a los automóviles y aceptó un empleo como
ingeniero jefe de la Detroit Automobile Company, uno de cuyos éxitos era
el modelo «999», de cuatro cilindros y 80 caballos de fuerza.
En
1903 estableció su propia empresa, ya no con la idea de fabricar un tractor
barato, sino un automóvil económico, sencillo y sólido. Aunque la adopción del
acero de vanadio como material de construcción fue un importante factor técnico,
la principal razón de su éxito fue la aplicación de la línea de producción en
cadena y la estandarización de las piezas.
Su
famoso comentario de que «los clientes pueden pedir el color que quieran,
siempre que sea negro» no refleja de hecho una inflexible actitud de "tómelo o
déjelo", sino que es la consecuencia de su método de producción. Hasta 1914 sus
automóviles se fabricaron en diferentes colores pero, para entonces, la única
pintura que se secaba con rapidez suficiente para mantener las líneas de
producción en movimiento era la de color negro.
El
sistema de utilizar piezas estandarizadas intercambiables no era una novedad en
la industria norteamericana. Samuel Colt, por ejemplo, ¡o había utilizado desde
mediados del siglo XIX para fabricar revólveres. Tampoco era nuevo el concepto
de la línea de producción en cadena, ya que Sears Roebuck (el precursor de las
ventas por correspondencia) lo utilizaba en sus vastos almacenes de Chicago. El
genio de Henry Ford reside en haber sabido combinar lo mejor y más apropiado de
las técnicas disponibles en ese momento y, tal vez incluso más, en reconocer que
el automóvil no
era
un artículo exclusivo de la clase acaudalada, sino que tenía un gran futuro
entre el público en general, siempre que fuera posible reducir los costes. Pero
ni siquiera él podía prever que en un plazo de 30 años Estados Unidos estaría
fabricando alrededor de 4 millones de vehículos al año (más que el total de
Europa) y que el 20 % de esa producción procedería de la fábrica Ford y
asociados.
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