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Radio y comunicaciones
internacionales: Los experimentos de
comunicación inalámbrica de
Heinrich Hertz tenían por objeto comprobar la
validez de la teoría del electromagnetismo de James Clerk Maxwell. Experimentos
similares fueron llevados a cabo en Inglaterra por Oliver Lodge, quien en 1894
hizo demostraciones ante la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia,
y en Rusia por A.S. Popov, en 1896. Aunque aparentemente Popov consiguió
realizar transmisiones hasta una distancia de 3,2 km hacia 1898, la iniciativa
de utilizar el nuevo descubrimiento como base para un nuevo sistema de
telecomunicaciones no partió deL mundo de la ciencia, sino de un joven
aristócrata italiano con muy poca formación técnica.
A
fines de siglo, el mundo estaba preparado para recibir la innovación. El
desarrollo de una red internacional de telégrafos y la más reciente aparición
del teléfono (patentado en 1876) habían suscitado gran entusiasmo popular. En
1900 se enviaron 400 millones de telegramas sólo en Gran Bretaña, y en Estados
Unidos había ya un millón de teléfonos instalados. Pero si bien estos sistemas
fueron en su día socialmente revolucionarios, presentaban considerables
inconvenientes prácticos, sobre todo por requerir decenas de miles de kilómetros
de cable y multitud de conexiones que tenía que ser operadas manualmente.
Además, sólo era posible comunicar directamente con puntos integrados en la red
y, en particular, era totalmente imposible establecer contacto con los barcos en
alta mar. La telegrafía inalámbrica resultaba, por lo tanto, particularmente
atractiva por eliminar todos estos problemas.
En
1894, los trabajos de Hertz llamaron la atención de
Guillermo Marconi, un estudiante italiano de
apenas 20 años. Muy pronto, Marconi no sólo consiguió transmitir señales a
distancias superiores a los 3 km, sino que fue capaz de transmitirlas con las
pulsaciones del código Morse. Al no encontrar apoyo en Italia, se trasladó a
Gran Bretaña, donde en 1897 estableció su propia empresa, que en 1900 se
transformaría en la Marconi Wireless Telegraph Company. En 1899 logró
transmitir a través del canal de la Mancha y en 1901 sus señales cruzaron el
Atlántico. Esta última hazaña resultaba particularmente sorprendente porque si
las ondas de radio eran realmente ondas eléctricas, deberían haber seguido una
trayectoria recta hacia las profundidades del espacio exterior.
La
explicación de su regreso a la Tierra no se encontraría hasta 20 años más tarde,
cuando el físico británico Edward Appleton demostró la presencia de una capa
electrificada en la alta atmósfera que refleja las ondas de radio. En 1909,
cuando Marconi obtuvo el premio Nobel,
300 barcos mercantes y de pasajeros y la mayoría de las marinas del mundo
disponían del nuevo equipo. Entre los buques de pasajeros figuraba el Campania,
que el famoso asesino H.H. Crippen y su amante habían tomado en Amberes, en
viaje hacia Canadá. Al recibir un boletín informativo, el capitán comenzó a
sospechar y pudo comunicar a la policía británica la presencia de Crippen en el
barco.
La
policía envió agentes a Canadá en un barco más veloz y detuvo a Crippen y a su
amante en cuanto llegaron a puerto. Crippen fue condenado a muerte. La enorme
publicidad que rodeé al caso supuso un gran impulso para el negocio emprendido
por Marconi.
Desde
el punto de vista tecnológico, los avances fueron muy importantes. Uno de los
rasgos esenciales de los receptores inalámbricos es un tubo (o válvula) que
permite que la electricidad pase solamente en una dirección, lo cual facilita la
manipulación de la corriente. Al principio se trataba de un dispositivo muy
sencillo, resucitado medio siglo más tarde bajo la forma del transistor. Pero en
1904, el ingeniero eléctrico británico J.A. Fleming inventó el tubo o válvula de
dos electrodos (diodo), seguido en 1906 por el tríodo del inventor
norteamericano Lee De Forest. Sobre esta base, y utilizando bandas de longitud
de onda más corta, fue posible transmitir señales más poderosas, reemplazar los
audífonos por altavoces y transmitir sonido música y palabras en lugar de una
simple señal pulsante. Técnicamente, el tríodo constituyó un gran adelanto,
sobre todo después de su integración en circuitos «regenerativos».
Inventado independientemente en 1912 en Estados Unidos y Alemania, el tríodo
permitió una gran amplificación de señales débiles mediante un sistema en
cascada. En el piazo de diez años, los aparatos de radio a galena habían
desaparecido casi por completo. El mismo año, en Estados Unidos, R.A. Fessenden
y E.H. Armstrong inventaron el circuito heterodino. Hasta entonces, la función
del receptor había consistido en responder a la señal recibida permitiendo o
impidiendo el paso de una corriente directa. En el circuito heterodino, la débil
señal recibida modulaba una onda poderosa, generada en el propio receptor, lo
cual aumentaba en gran medida la potencia del aparato. Los años 20 fueron
testigos de la aparición del circuito superheterodino, todavía más complejo.
Mientras tanto, la técnica de la transmisión había experimentado progresos
similares. En 1913, en Alemania, Alexander Meissner combiné el tríodo con un
oscilador para producir señales mucho más poderosas.
Así
pues, aunque en 1914 el equipo seguía siendo muy aparatoso, ya era posible
transmitir y recibir señales de buena calidad sobre distancias considerables. La
situación creó sin embargo problemas nuevos. Los primeros transmisores eran
aparatos sencillos que generaban ondas en una amplia gama de frecuencias. De
esta forma, un solo transmisor podía cubrir con eficacia un área relativamente
grande. Su mérito residía en la extremada sencillez de su manejo y, de hecho, no
estuvieron prohibidos internacionalmente hasta 1930.
Mucho
antes, sin embargo, hacia fines del siglo pasado, se habían inventado
dispositivos de sintonización que permitían a un operador ceñirse a una banda de
frecuencias determinada, dejando las otras libres para que las utilizaran los
demás. En un momento en que la radio comenzaba a utilizarse en todo el mundo,
sobre todo en las comunicaciones entre barcos en alta mar, estos dispositivos
constituían una puerta abierta hacia el progreso, pero su aplicación se vio
obstaculizada en gran medida por la política monopolística de la empresa de
Marconi.
La compañía había decidido que su equipo sólo podía ser manejado por
sus propios operadores, que tenían prohibidas las comunicaciones con las
estaciones ajenas a la red de Marconi. Dos conferencias internacionales
celebradas en Berlín en 1903 y 1906 trataron de quebrar el monopolio de Marconi,
pero con escasos resultados. Pero se produjeron dos tragedias en el mar que,
combinadas con el caso Crippen, contribuyeron a resolver la situación.
En
1909, el buque norteamericano Republic colisionó con el italiano Florida en la
espesa niebla de la costa oriental de Estados Unidos. Las señales enviadas por
el Republic consiguieron que en menos de media hora acudiera otro barco, que
salvó a 1.700 pasajeros. El naufragio del
Titanic en 1912 fue una historia muy
diferente. Aunque el Carpathia recibió la señal de socorro y acudió en ayuda del
buque doce horas después del accidente, logrando salvar apenas 710 personas
entre los más de 2.000 náufragos, el posible auxilio estaba mucho más cerca.
El
California, que se encontraba a tan
sólo 30 km de distancia, había encontrado hielo y había tratado de prevenir al
Titanic, pero el
telegrafista de este buque había cortado la comunicación, aduciendo que estaba
muy ocupado.
En
otra conferencia internacional, celebrada apenas tres meses después del desastre
del Titanic, se llegó fácilmente al acuerdo de que la comunicación por radio no
debía depender de los equipos utilizados. De hecho, Marconi había aceptado ya lo
inevitable y había abandonado las prácticas restrictivas.
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