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Agricultura, fertilizantes y
agroquímica: La agricultura es la más
antigua de las grandes industrias del mundo y la más conservadora de todas. Esto
no es sorprendente. pues las consecuencias de una cosecha perdida pueden ser tan
desastrosas que son muy pocos los incentivos para abandonar los métodos
comprobados, aun cuando sean ineficaces, y adoptar otros basados en técnicas
innovadoras. De todas formas, aun cuando la agricultura del siglo XIX siguió
dependiendo en gran medida de los métodos empíricos más tradicionales, incluso
en el mundo occidental, la ciencia y la tecnología comenzaron a hacer sentir su
presencia. Nuevas máquinas vinieron a sustituir a las herramientas manuales y
los motores de vapor y gasolina comenzaron a desplazar al caballo como fuente
principal de potencia. Pero la auténtica innovación se estaba produciendo lejos
de las granjas, en los laboratorios químicos.
Uno
de los elementos básicos para el desarrollo de las plantas es el nitrógeno
(constituyente esencial de todos los seres vivos), que debe presentarse en forma
de algún compuesto, como por ejemplo los nitratos. Si el suelo no se trabaja de
manera demasiado intensiva, su contenido natural de nitrógeno, aumentado por al
abono con excrementos animales (un rasgo esencial en toda granja tradicional),
es suficiente.
Sin
embargo, el explosivo crecimiento de la población que tuvo lugar desde 1800
exigió mayor productividad a la agricultura, en ocasiones totalmente desligada
de la cría de ganado. Comenzó entonces a aumentar la exportación del guano
(nitrato de sodio), presente en vastos depósitos naturales en las costas de
Chile. Para 1900, la demanda mundial había alcanzado 1,35 millones de toneladas.
Estos depósitos, que eran únicos, se agotarían tarde o temprano y el mundo se
enfrentaría la perspectiva del hambre, a menos que se encontraran nuevas fuentes
de fertilizantes nitrogenados. El problema no dejaba de ser una ironía, ya que
tres cuartas partes de la
atmósfera terrestre se componen de nitrógeno. El problema técnico consistía en
«fijar» esta ilimitada reserva de nitrógeno de manera que las plantas pudieran
utilizarla. En Noruega, donde la energía hidroeléctrica era barata, se elaboró
un proceso electroquímico a pequeña escala que funcionó desde 1904, pero la
verdadera solución se encontró en Alemania. Esto no resulta sorprendente, ya que
Alemania era el principal importador europeo de guano y, como potencia militar
de primera fila, necesitaba además sales de nitrógeno para la fabricación de
explosivos. Así pues, por razones estratégicas, el país tenía especial necesidad
de disponer de una fuente de nitratos sintéticos.
Entre
1907 y 1909, el químico Fritz Haber investigó la posibilidad de utilizar la
reacción entre el nitrógeno y el hidrógeno atmosféricos para formar amoniaco,
que a su vez se puede oxidar para obtener ácido nítrico.
Sin
embargo, por la naturaleza de la reacción, para conseguir una producción
apreciable de amoniaco era preciso trabajar a presiones mucho más elevadas (unas
200 atmósferas) de las que utilizaba la industria química del momento. Además,
la reacción sólo tenía lugar rápidamente a temperaturas elevadas, pero luego la
producción se reducía por descomposición del amoniaco formado.
Era
preciso pues conseguir un catalizador que acelerara el proceso a temperaturas
más bajas. El proceso de Haber fue desarrollado por Carl Bosch, de la empresa
BASF (Badische Anilin-und Soda-Fabrik), y se aplicó por primera vez en Oppau en
1913. Por su importante trabajo, Haber obtuvo el premio Nobel en 1918.
Después de la Primera Guerra Mundial, el proceso desarrollado por Haber-Bosch
cambió el aspecto de la agricultura en el mundo. La disponibilidad de nitrógeno
barato (más barato todavía en algunos casos gracias a los subsidios estatales)
determinó que el aumento de la producción excediera con mucho el coste adicional
de los fertilizantes; con 1,25 kg de nitrógeno por hectárea era posible aumentar
en un 15 % la cosecha de arroz o trigo, y en un asombroso 75 % la de patatas.
Pero
la productividad del suelo no depende solamente de los factores que favorecen el
crecimiento de los cultivos, sino del control de las plagas y las enfermedades
que afectan a éstos y también a los productos agrícolas almacenados. A comienzos
del siglo XX, la industria agroquímica estaba en sus inicios. La mejor arma
contra las malas hierbas, los insectos y los hongos era una buena atención de
los cultivos, pero ya se utilizaban algunas sustancias químicas. Se empleaban
por ejemplo extractos vegetales, como piretro, rotenona y nicotina, pero debido
a su coste se utilizaban más en pequeñas huertas que en grandes explotaciones
agrícolas. En las grandes extensiones se empleaban las sustancias inorgánicas,
por ejemplo, compuestos de cobre o arsénico, clorato de sodio o azufre.
La
mezcla de Burdeos, a base de cobre, era un producto típico. Creada originalmente
para combatir el mildiu de la viña, se utilizaba también para controlar el moho
de las patatas y los tomates. También se empleaban algunas sustancias orgánicas
baratas (como el naftaleno, un derivado de la gasolina, para la esterilización
del suelo, y el aceite de alquitrán para rociar árboles frutales), pero en este
campo, el día de las sustancias sintéticas todavía estaba por llegar.
Sin
embargo, no era simplemente el uso creciente de fertilizantes y sustancias
químicas lo que aumentaba la productividad agrícola. La mecanización de los
procesos agrícolas básicos estaba avanzando en dos frentes, el de la maquinaria
y el de las fuentes de energía. Mucho antes de 1.900 ya se utilizaban máquinas
para segar, agavillar y trillar, tareas realizadas manualmente desde el alba de
la civilización. El caballo era todavía la principal fuente de energía, aunque
el uso de la máquina de vapor se estaba difundiendo.
Estas máquinas, que se
desplazaban de una granja a otra, se utilizaban sobre todo para arar la tierra.
Trabajando en pares, abrían surcos especialmente diseñados a través de un campo,
mediante cables de acero. Para las labores más ligeras, como cortar paja, se
utilizaban máquinas inmóviles con motores a gasolina.
Los
motores fijos resultaban inadecuados especialmente en recintos pequeños. En 1908
se produjo un importante adelanto cuando Holt, de California, comenzó a producir
tractores con motor a gasolina y ruedas de oruga para un mejor agarre al suelo.
Aunque eran lentos, podían arrastrar las máquinas anchas y pesadas que
resultaban apropiadas para las grandes extensiones de Norteamérica.
Además,
exigían poca mano de obra. Por el contrario, en Europa, donde la mano de obra
era abundante y los campos pequeños, el tractor no llegó a establecerse hasta
los años 30. En 1939, había en Gran Bretaña alrededor de un millón de caballos,
la mayoría de los cuales se utilizaban como animales de tiro en el campo.
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