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Una nueva música, que nace y se
forma en el sur de los Estados Unidos, irrumpe con su vibrante ritmo en los años
veinte: En una
cálida y húmeda tarde de julio, por las afueras de Nueva Orleáns, una fúnebre
comitiva se dirigía al cementerio. Iba precedida de una pequeña banda que
entonaba lentos y melancólicos sones, quizás alguna vieja canción negra como «Just
a Closer Walk With Thee». Poco después, la ceremonia concluyó y los
semblantes se iluminaron. Habían llorado la pérdida del amigo y ahora iban a
celebrar su recompensa en la otra vida.
A
cierta distancia del cementerio, el tamborilero de la Tuxedo Brass Band tensó su
instrumento e inició un vibrante redoble; mientras, sus compañeros se
dispusieron a interpretar varias piezas de intenso ritmo como «Panamá» y «Didn’t
He Ramble». Al poco tiempo, la comitiva que regresaba del entierro se
convirtió en un espectáculo.
Unos
bailaban, casi todos parecían poseídos, enajenados por las notas de un joven
cornetista. Aquella exhibición no era un hecho extraordinario en la Nueva
Orleáns de 1922. Después de los entierros, las bandas solían continuar la fiesta
en una taberna o en una sala de baile, pero aquel día no era posible.
El
sorprendente cornetista que había entusiasmado a la concurrencia debía tomar el
tren de Chicago y, tras una calurosa despedida, se ausentó. Su nombre era Louis
Armstrong. Entonces sólo tenía 22 años, pero en aquella capital del jazz se
sabía ya que por su temperamento e inspiración podría desplazar del estrado de
los maestros a cualquier otro trompetista. En los últimos tres años había tocado
por toda la ciudad en garitos y salas de baile. En verano actuaba con la banda
de Fate Marable en las travesías nocturnas, Mississippi arriba, del Sidney,
barco de recreo. Allí deleitaba a los que bailaban, y asimiló y recreó cuanto
los demás músicos podían aportarle.
En
1922 disfrutaba de un sólido prestigio en el mundo musical de Nueva Orleáns.
Alguien, sin embargo, podía disputarle el cetro: Joseph Oliver «El Rey»,
trompetista legendario que cuatro años antes se había dado a Chicago y cuya
Creole Jazz Band cosechaba sonantes éxitos. Para Armstrong, Oliver fue siempre
«Papá Joe», que le había ayudado e inspirado desde año. Al subir al tren, Louis
no podía imaginarse que después de una década, su figura no sólo superaría a de
Oliver sino que llegaría a convertirse en el músico jazz más famoso, respetado e
influyente del mundo
El jazz, música de Estados Unidos
Se
diría que la fecha del nacimiento de Louis Armstrong fue escogida directamente por
los hados: el 4 de julio 1900, «Día de la Independencia» de los Estados Unidos y
comienzo de siglo. Surgía una vida y un arte nuevo genuinamente norteamericanos:
su exponente, su argumento era el jazz. El jazz surgió, como el pueblo
estadounidense, una extraordinaria variedad de procedencias y culturas. Sus
esencias más antiguas se escuchaban en todo el sur del país: en las ciudades, en
las zonas pantanosas, en los aserraderos o «campos de trementina»...
Pero
el mejor jazz se tocaba en Nueva Orleáns, la cosmopolita y Nilliciosa ciudad del
delta del Mississippi. Allí el comercio había producido una encrucijada cultural
que albergaba en 1900 una fascinante variedad de estilos musicales: cantos
africanos, canciones de esclavos, ritmos de las Antillas, himnos protestantes,
sones criollos, música sacra, folk, blues rurales y, además, polcas.
contradanzas y otras variantes europeas. Todo esto de un modo u otro,
contribuiría a la nueva amalgama del jazz.
El jazz no fue inventado por nadie,
pero hubo dos intérpretes considerados como precursores. Uno era Ihxldy Bolden,
cornetista, barbero y editor
de panfletos escandalosos; el otro, Ferdinand Morton,
alias "Jelly Roll" (imagen) , pianista y antiguo delincuente. En el Tin Type, sórdida sala
de baile de Nueva Orleáns, Bolden alcanzó fama como inventor de los hot blues.
Para ello partió de los blues indolentes y melancólicos que se oían desde
antiguo en las zonas rurales y les infundió un aire vigoroso y sensual, a tono
con el frívolo ambiente del Tin Type. En ocasiones improvisaba solos fabulosos,
que por su potencia se reconocían —así se decía— a muchas millas de distancia.
En las melodías lentas arrancaba a la corneta un sonido apasionado que muchos
trataron en seguida de imitar.
Bolden
fue el primer "Rey" de la Nueva Orleáns
de fin de siglo y señaló la pauta para el futuro. Jelly Roll Morton, amigo de
Bolden. fue el primer compositor de jazz. A finales del siglo XIX, el ragtime
—nuevo estilo de tocar el piano— descendió desde Missouri, por el Mississippi
hasta Nueva Orleáns. Hacia 1900 Morton lo aprendió y le añadió el stonzping.
ritmo rápido de su invención ejecutado con la mano izquierda. Así comenzó a
escribir canciones que incorporaron el ragtime a los conjuntos musicales.
Hasta
los años treinta, no hubo repertorio completo de jazz sin «King Porter Stomp»,
«Milenberg Joys», «Wild Man Blues», «The Pearls» u otras de sus movidas e
indiscutibles composiciones. En 1900 el jazz poseía ya las características que
hasta nuestros días lo han distinguido de otras formas musicales: el ritmo
sincopado, la improvisación y la triste tonalidad lograda mediante la adición de
dos notas (una tercera y una séptima desafinadas) a las ocho de la escala
musical europea. Cuando estos elementos se adaptaron al ragtime, shag, shuffle y
otros ritmos bailables, la música no volvería ya sobre sus pasos.
Storyville:
Este
jazz primerizo tuvo un perfecto escenario: Storyvihe, zona muy singular de Nueva
Orleáns y uno de los pocos «barrios chinos» legalizados del país. Músicos
espontáneos y autodidactas acudían a los bares, cafés y burdeles donde aprendían
unos de otros. A todas las horas del día y de la noche se suscitaban reñidas
confrontaciones cuando en algún sitio coincidían bandas diferentes. Los grupos
rivales desplegaban su mejor repertorio hasta que el aplauso de la concurrencia
decidía el campeón. Joe Oliver saltó una noche a la fama cuando solo, sin apoyo
de banda alguna, derrotó a Emanuel Pérez y Freddie Keppard, dos de los mejores
trompetas de la ciudad.
Como un pistolero salió al porche del saloon y comenzó a
tocar ante las salas de sus adversarios. A los pocos minutos congregó en la
calle a una nutrida multitud; y allí Ohiver fue coronado como «El Rey».
Storyville disfrutaba momentos de gran brillantez; pero también, a veces, era
sacudido por la violencia. Bessie Smith, asidua cantante en el viejo Club 28,
expresaba el ambiente pendenciero del lugar en su canción «Gimme a Pigfoot»:
Revisa tus navajas y pistolas.
Nos pelearemos cuando llegue la banda.
Dame una
tranca y un barril de cerveza.
Que me encierren, Gate, no me importa.
Alcánzame
la marihuana y una botella de ginebra.
Mátame porque estoy en pecado.
A lo
largo de las calles Bourbon, Basin, Canal y South Rampart, famosas por sus
canciones, surgía una serie interminable de talentos del jazz: el trompetista
Bunk Johnson, los clarinetistas Alphonse Picou, Johnny Dobb, Albert Nicholas y
Jimmy Noone; el genial saxosoprano y primer intérprete de jazz internacional
Sidney Bechet; los músicos de raza blanca Wingy Manone y Nick La Rocca y su
Original Dixieland Jazz Band; en fin, numerosos artistas que en los años
cincuenta serían redescubiertos y presidirían en Nueva Orleáns un segundo
apogeo: así, Kid Ory, Kid Thomas Valentine, Big Jim Robinson, Buhe y Dee Dee
Pierce, George Lewis y muchos, muchísimos más.
El jazz nació en el sur de Estados Unidos, donde, tras los entierros, bandas de
músicos de color celebraban con exultantes ritmos la recompensa del finado en la
otra vida. En los años veinte el jazz se extendería por todo el país.
Cuando el joven Louis Armstrong llegó a Storyville se dirigió inmediatamente al
Cabaret 25 y escuchó desde el exterior la inspirada música del Rey Oliver. Tal
era el apasionamiento del muchacho que Oliver se ocupó personalmente de su
enseñanza y le procuró un local para actuar. En 1917, Armstrong, vestido con un
viejo uniforme de policía y una gorra, tocaba en el Mastranga, garito donde le
pagaban 1,25 dólares por noche más propinas. Utilizaba una corneta de "Papá Joex".
Iba camino del éxito. Sin embargo, aunque 1917 significó para Armstrong
el comienzo de su carrera musical, constituyó también el fin de una época. La
guerra amenazaba y el Ministerio de Marina ordenó el cierre de los locales de Storyville debido a los problemas creados por los marineros que disfrutaban de
permiso. Muchos músicos quedaron sin trabajo y marcharon en busca de mejor
fortuna hacia el norte y el oeste del país. En Nueva York preparaba el terreno
un grupo blanco, la Original Dixieland Jazz Band, que de la noche a la mañana
comenzó a cosechar resonantes éxitos y realizó las primeras grabaciones de
auténtico jazz.
Sin embargo, la mayoría de los músicos prefirieron incorporarse
a las grandes comunidades de jazz que se habían establecido en Chicago, St.
Louis y Kansas City. En 1918, el Rey Oliver se sumó a la migración e inició sus
actuaciones en el Lincoln Gardens de Chicago. En 1922, cuando se le unió Louis
Armstrong, Chicago se había convertido ya en la capital del jazz.
La
«Ciudad del Viento»
En
Chicago, la «Ciudad del Viento», no triunfaban las mediocridades. En toda la
ciudad se tocaba con calor y viveza; en el sur actuaban los negros, y en los
alrededores del Loop, el distrito comercial más importante, se hallaban los
blancos, con notables conjuntos como los New Orleans Rhythm Kings y los
Wolverines. Estos últimos constituían una banda, presidida por Bix Biederbecke,
trompetista de habilidad pasmosa. Pero sobre Chicago también pesaban
prohibiciones análogas a las de Nueva Orleáns y los músicos llevaban una doble
vida. Los grupos pequeños tocaban en locales donde se vendían clandestinamente
bebidas alcohólicas; las grandes orquestas interpretaban música amable en las
salas de fiesta. Pero el Rey Oliver todavía reinaba.
Se
había rodeado de los mejores músicos y poseía un extenso repertorio de números
de jazz no escritos. Louis sabía ya leer «los puntitos negros» del pentagrama,
mas no necesitaba hacerlo ya que poseía el misterioso don del jazz. Lii Hardin,
sentado al piano, marcaba el ritmo; Baby Dodds batía los platillos y el grupo se
ponía en movimiento; Armstrong y Oliver avanzaban entonces hacia el público e
iniciaban sus magníficos e impecables dúos.
La
«Gran Manzana»
«Cuanto yo hacía», declaraba Louis más tarde, «era añadir notas a todo lo que Joe tocaba, con el fin de que aquello sonase del modo más grato posible». El
resultado era tan excelente que la Creole Jazz Band fue el primer grupo negro
que llegó a grabar discos. Transcurría el año 1923 y los rudimentarios equipos
de grabación de entonces —por supuesto, no eléctricos— constaban de una trompa a
la que se aplicaba la aguja. Cuando los músicos daban rienda suelta a su genio,
producían tal intensidad sonora que todo lo echaban a perder.
En «Chimes Blues»,
Louis hubo de colocarse a seis metros de distancia para grabar su primer solo.
Estos discos iniciales acrecentaron el interés que en el este del país se sentía
por el jazz, y al año siguiente Armstrong recibió una oferta para tocar en Nueva
York con la famosa orquesta de baile de Fletcher Henderson compuesta por once
maestros. Como el grupo de Oliver amenazaba desintegrarse por cuestiones
crematísticas, en otoño de 1924 Louis tomó su instrumento y se dirigió a Nueva
York, la «Gran Manzana» y Meca del arte, en el argot de los artistas.
Louis
halló en Nueva York el éxito, pero escasas satisfacciones personales. Se
desenvolvía bien con los elegantes arreglos de Henderson, pero el hecho de
hallarse en una orquesta le impedía actuar a su modo. No obstante, infundió en
los disciplinados músicos de Henderson su espíritu despreocupado que les
llevaría a desarrollar un tipo de jazz con más garra. En 1925 regresó a Chicago,
donde comenzó a actuar en el Dreamland y se unió a la Vendome Theatre Orchestra.
Mientras su popularidad aumentaba, Armstrong se preocupó de reunir un excelente
grupo musical, un conjunto que prácticamente volvería a inventar el sonido del
jazz. Se llamaban los Hot Five, que luego se transformarían en los Hot Seven.
El
estilo de Satchmo
Hasta
1925 el jazz fue una música bailable donde apenas actuaban solistas. Pero Louis
rompió la tradición con los Hot Five que sólo se reunían para grabar y no
necesitaban sujetarse al gusto del público. Pronto hizo del jazz un arte de
solistas, una música basada en actuaciones espontáneas e improvisadas. Seguía
presente la melodía y un cierto trabajo coral de conjunto, pero estos elementos
sólo formaban un marco para las intervenciones de los artistas que se turnaban
interpretando libremente. Mas esto no era todo, pues la corneta de Armstrong
estaba revolucionando toda la técnica del jazz.
En su época de Nueva Orleáns,
Louis comenzó a tocar de un modo especial: no lanzaba sus notas según el compás,
como todos hacían, sino que las anticipaba o retrasaba ligeramente. Se trataba
de un balanceo fuera del ritmo, que tan pronto fue descubierto por las orquestas
inauguró dentro del jazz todo un movimiento: la época del swing.
Louis mostraba
un talento prodigioso. Arrancaba tanto a la corneta como a la trompeta
(instrumento que utilizó desde 1925) una impresionante variedad de tonos y
ejecutaba solos magistrales incluso en el registro más alto. Tenía un estilo
impecable y flexible que, a diferencia de otros intérpretes, no necesitaba de
sordinas ni de efectos especiales. Su rica imaginación musical creaba
continuamente nuevas ideas. Inagotable, igualmente, era su sentido del ritmo,
que subrayaba el compás con sorprendentes silencios y pausas. Como importante
complemento poseía también una resistencia fabulosa, manifestada durante años
tocando hasta la madrugada en festivales y cabarets. Hubo largas temporadas en
que actuaba tarde y noche en el Vendome, y luego se trasladaba precipitadamente
al Sunset, donde interpretaba hasta el amanecer.
El público que bailaba
languidecía y sus compañeros se doblaban de cansancio, pero Louis parecía
fortalecerse en el transcurso de la noche. A la hora de despedirse entonaba de
modo perfecto las agudas y largas notas del «The World is Waiting for the
Sunrise». En el Vendome, Louis comenzó también su carrera como cantante y
animador. Distraer al público desde el escenario formaba parte del repertorio de
numerosos músicos de jazz. Louis, sin embargo, hizo de ello un arte. Solía
enfundarse una levita, subía solemnemente al escenario y se presentaba como el
reverendo Satchelmouth («el de la boca inmensa»), nombre que quedaría
inmortalizado en Satchmo.
Su número fuerte era «Heebie Jeebies», donde siempre
incluía algunos compases de su «scat chorus», jocosa forma de canción que
sustituía las palabras por sílabas sin sentido. Pero, sobre todo, Louis contaba
con sus grandes atributos personales: su voz grave y maravillosa («Estoy
resfriado», solía decir), su eterno pañuelo blanco y su sonrisa radiante y
contagiosa. Para comprender la magnitud del impacto que Louis Armstrong supuso
en el jazz de su época, basta con escuchar sus primeras grabaciones. Sobre un
fondo de música que hoy nos resulta anticuada, su trompeta se impone vibrante e
imaginativa como algo absolutamente actual.
Durante la década de los veinte y en
años posteriores, no hubo músico que compusiese sin tener delante la inmensa
producción de los Hot Fives —al menos los Fifty Hot Choruses of Armstrong,
publicados por Melrose— o que no estudiase los trucos de Louis. Entre tanto, el
ídolo se ocupaba de conquistar al público y actuaba por todo el país en olor de
multitudes. No sólo sus abrumadores méritos sino también su cálido estilo
personal liberaron el jazz del estigma de ser considerado como tosca música,
digna de bares y burdeles.
Desde Europa hacia el Oriente el jazz no conocía
fronteras. A mediados de siglo había adquirido carácter internacional y ,nuevos
intérpretes irrumpieron en escena: el saxo británico John Dankworth
y el violinista francés Stephane Grappelli (centro). Pero nadie como Satchmo contribuyó al entusiasmo mundial.
Sus giras y películas familiarizaron a las gentes con
el jazz, algo de lo que apenas se había hablado antes. Otros estilos
pretendieron mejorar lo realizado por el genio: el swing en los años treinta y
cuarenta, el bop polirrítmico de la segunda posguerra y posteriormente el jazz
frío y «progresivo». En la actualidad, se han producido reacciones extremas que
todavía no han clasificado su esencia: la resurrección del folklore (el llamado
rhythm and blues, sucedáneo del rock’n roll) Y la aparición de una exasperada
vanguardia. Ninguna musical, sin embargo, ha podido oscurecer el ascendiente
personal de Louis.
Su
genio perdura :
Finalmente, Armstrong y el jazz con quistaron el mundo. A lo largo de los años,
el jazz, considerado por ichos la única música genuina de Estados Unidos, pendió
también en Europa y se mantuvo viva gracias a constante afluencia de
grabaciones. Los discos aureolaron de leyenda la figura de Louis Armstrong. Sus
giras al extranjero y el Armstrong Plays Handy —álbum extraordinariamente célebre—
prepararon su viaje triunfal por Europa como «Embajador Satch» en 1955.
Después
recorrió con su música América del Sur, África y todos los rincones del mundo.
Incluso en los años sesenta, cuando sus poderosos pulmones comenzaron a
flaquear, creó dos nuevos éxitos, «Mack the Knife» y «Hello, Dolly», que se
impusieron desde Kansas hasta Kenia. La magia de Armstrong, el hechizo de le
jazz hot —según la expresión francesa— y el virtuosismo de algunos intérpretes
otorgaron al jazz un carácter universal.
John Dankworth (imagen) en Londres, Stephane
Grappelli en París, Django Reinhardt (guitarrista gitano nacido en Bélgica y
ciudadano del mundo) y muchos otros realizaron importantes contribuciones. El
ritmo original de Armstrong, su balanceo característico, vive aún en la música
contemporánea, tanto en las quejas de B. B. King a la guitarra como en el
sentido canto de Aretha Franklin.
El 6 de julio de 1971 murió Louis Armstrong en
su hogar de Nueva York y nos dejó un legado difícilmente superable. Su
influencia fue soberana, al menos sobre dos generaciones de músicos, y conquistó
para su estilo un público universal. Las inconfundibles notas que él creó no
perderán vigor para millones de personas conquistadas por su afecto. Los genios
—se ha dicho— no mueren del todo. Mientras alguien, en alguna parte, interprete
jazz, Satch estará vivo.
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